“HUMANISMO Y POLÍTICA” (Pedro Motas Mosquera)

Condición del gobernante:

 El gobernante, es decir, el político, debe enfrentarse a tres problemas: la pasión por el poder, la corrupción y la obsesión por su imagen.

La pasión por el poder, como la ambición, es legítima. La cuestión está en saber dirigir y enfocar esa ambición hacia los fines propios del ejercicio del poder: servir a los demás en vez de servirse a sí mismo. El poder necesita pasión, pues nada hay más desolador que un político sin ella. Y necesitamos políticos apasionados por su tarea y por su servicio a los demás.

La corrupción es el tema de nuestro tiempo y de nuestros días. Se produce porque el político corrupto se sirve a sí mismo, en vez de servir a los demás; pues considera que una vez alcanzado el poder todo le está permitido, especialmente enriquecerse.

El tercer problema del político se mueve en otra línea pero que conducen a la demagogia. Se convierte en esclavo de su imagen. Si lo que se espera de él es la tolerancia, será tolerante. Si lo que se espera es energía, endurecerá el gesto. Su talante, su actitud, sus decisiones no serán las que demande el interés general, sino aquellas a las que le obliga su “roll”, lo que se espera de él.

Si repasásemos juntos el listado de nuestros políticos podríamos detectar fácilmente a muchos personajes vacíos de sustancia, que hacen carrera y se perpetúan en ella por la habilidad de sus asesores de imagen, o por la “compra” o los favores a los medios que les apoyan.

Integridad del gobernante:

 Como para cualquier persona, la integridad es la base de todo buen gobernante. La buena presencia, una sonrisa agradable, unos detalles de buen humor o ironía, el hacerse el simpático, el halagar a quien se recibe, el decir siempre lo que le gustaría escuchar al interlocutor, no sirven por sí solos, se terminan por destapar a medio o largo plazo, y entonces, el político, aparece en toda su desnudez. No hace falta que ponga ejemplos, los hemos tenido y los tenemos en España, muy cercanos, para nuestra desgracia.

La lucha permanente por la integridad de las personas constituye el ideal permanente también del gobernante. No basta la honradez o la honestidad, es necesaria una vocación de plenitud personal al servicio de los ciudadanos y del bien común o interés general. Además, la comunidad tiene derecho a que sus gobernantes sean íntegros, porque los elige para que lo sean.

Un gobernante íntegro, debe preocuparse por conocer los problemas de los ciudadanos por complejos o técnicos que sean; que no puede emprender ningún proyecto sin haber valorado su viabilidad; que debe asumir las responsabilidades que le corresponden, tanto a él, como a sus inferiores; que  debe ser transparente, explicando públicamente sus objetivos, las dificultades que encuentre y sus fracasos.

Además de lo anterior, un gobernante íntegro sabe que no puede prometer nada que, conoce de antemano, no puede cumplir; y sobre todo, sabe cuándo debe marcharse.

Comportamiento político:

 La elegancia y el talante distinguen a los verdaderos líderes y a las elites.

No confundamos elegancia con pedantería, La pedantería, los comportamientos excéntricos, anárquicos o ridículos no interesan al humanismo. La verdadera elegancia es el comportamiento que se deriva de recoger la experiencia de belleza y de arte consecuencia de una buena educación.

Al otro extremo de la elegancia está la grosería y la ordinariez. Grosero es quien trata a las personas y a las cosas sin delicadeza, el que maltrata el lenguaje. Ordinario es hacer lo habitual con dejadez, con descuido, de cualquier manera, sin poner interés.

Frente a la grosería, la ordinariez y la vulgaridad aparecen la distinción, lo selectivo, lo escogido, lo cultivado o educado, en suma, la fineza de espíritu. Se trata de las cualidades que tienen las personas de hacer las cosas con buen gusto, con atención a los detalles, con cuidado en las formas, con sensibilidad, en la relación y en la atención a los demás.

La elegancia exige esfuerzo porque no es congénito ni es estable. Depende de una voluntad constante de elegir lo bueno, al igual que ocurre en la moral o en la política. Y ello porque lo que es bueno por naturaleza tiende a degradarse si no se está alerta.

Pero al hombre público y al político no solo les es exigible, desde la perspectiva humanista, un comportamiento elegante sino, además, una forma de conducirse ante los demás, que se llama talante, y que tiene tres manifestaciones: la serenidad, la naturalidad y el control de los sentimientos.

La serenidad implica resistir las presiones, las prisas o las agresiones. Implica conservar la calma, pensar las cosas antes de hacerlas, controlar los tiempos, incluido el largo plazo, hacer que no se altere ese espacio interior al que llega todo lo que procede del exterior.

La naturalidad es vivir con normalidad el papel que se desempeña, sin hacer teatro, sin sobreactuar, sin dependencia obsesiva de las fotos, transparentando lo que de verdad se es, o lo que nos gusta, o lo que nos complace. No decir a cada uno lo que le gustaría escuchar.

El control del sentimiento se une a la elegancia para dominar los impulsos, el hambre, el sueño, el cansancio, la impaciencia, las emociones, el dolor, la alegría y los enfados.

Virtudes del gobernante:

 Con frecuencia oímos: “esto lo digo a título personal”. No es admisible. En el gobernante lo privado y lo público van unidos, porque quien carece de virtudes privadas, es difícil que tenga virtudes públicas.

El modelo virtuoso del gobernante es el de aquel que actúa regido por una completa integridad moral y por un irrevocable compromiso contra las injusticias o discriminaciones no justificadas.

Sin pretender ser exhaustivos podemos mencionar las siguientes virtudes:

– actuar con rectitud de corazón, lo que significa de acuerdo a una conciencia totalmente recta.

– buscar el conocimiento total de las cuestiones que aborda a través de una información completa para comprender y juzgar rectamente.

– tener la misma rectitud de intención en la vida pública y en la privada.

– luchar contra toda maldad o injusticia, manteniendo alejadas cualquier tipo de opción que implique una perversión moral.

– rechazar las calumnias y las difamaciones.

– huir de la arrogancia, la prepotencia y la soberbia.

– valorar la lealtad, evitando el consejo de quienes actúan con engaño, mentira y  fraude.

– combatir la criminalidad en cualquier ámbito de la vida social o económica.

Gobernantes y legisladores:

 La política es una misión; tal misión puede considerarse como una verdadera vocación a la acción política, concretamente, al gobierno de las naciones, a la elaboración de las leyes, o a la Administración Pública en sus diversos ámbitos.

Además, la política es el uso del poder legítimo para la consecución del bien común de la sociedad. Bien común que “abarca el conjunto de aquellas condiciones de la vida social con las que los hombres, familias y asociaciones pueden lograr más plena y fácilmente su perfección propia”. La actividad política, por tanto, debe realizarse con espíritu de servicio. El político ha de trabajar desinteresadamente, no buscando la propia utilidad, ni la de su propio grupo o partido, sino el bien de todos y de cada uno.

La preocupación esencial del hombre político tiene que ser la justicia. Una justicia que no se contenta con dar a cada uno lo suyo sino que tienda a crear entre los ciudadanos condiciones de igualdad en las oportunidades. Se trata de luchar contra las desigualdades injustas o discriminatorias.

En relación con los que ejercen funciones legislativas, deben tener en cuenta la afirmación de que la ley positiva no puede contradecir la ley natural, al ser ésta una indicación de las normas primeras y esenciales que regulan la vida moral y, por tanto, expresión de las características, de las exigencias profundas y de los más elevados valores de la persona humana.

Esto significa que las leyes tienen que respetar y promover siempre a las personas humanas en sus diversas exigencias espirituales y materiales, individuales, familiares y sociales. Por tanto, una ley que no respete el derecho a la vida del ser humano no es una ley conforme al designio divino.

Lo mismo puede decirse de toda ley que perjudique a la familia y atente contra su unidad e indisolubilidad, o bien otorgue validez legal a uniones entre personas, incluso del mismo sexo, que pretendan suplantar, con los mismos derechos, a la familia basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer.

Cuando el legislador se encuentre ante concepciones de vida, leyes y peticiones de legalización, que contrastan con la propia conciencia, será la prudencia, que es la virtud propia del político, la que le indique cómo comportarse para que, por un lado, no desoiga la voz de su conciencia rectamente formada y, por otra, no deje de cumplir su tarea de legislador.

Pedro Motas

Blog: generaldavila.com

31 octubre 2018

4 pensamientos en ““HUMANISMO Y POLÍTICA” (Pedro Motas Mosquera)

  1. Magistral lección que todo político y gobernante debería aprender, si alguno la aprendió la ha olvidado, para desgracia de los ciudadanos. Gracias. Julio de Felipe

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  2. Buenas noches, D. Pedro:

    magnifico el escrito para un gobernante y para una persona normal, por los muchos principios, basicos de convivencia, sensata. Otra cosa es, que eso en los politicos actuales, se pueda conseguir.. nada hay imposible, pero.. lo veo complejo y dificil. Hay que cambiar todo de arriba a bajo.
    Me ha gustado.. su escrito,

    Buenas noches, y un saludo afectuoso..D. Pedro Motas.
    .
    !! Viva España !! !! Viva el Rey !! !! Vivan las leales fuerzas Armadas Ejercito y la Legión!!

    Josefa Lopez del Moral Beltran

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