REFLEXIONES DE UN VETERANO GUERRERO CON ESPÍRITU DE MONJE EL TIEMPO DE LA VIDA, Pedro Motas

Queridos amigos: con motivo del acuartelamiento domiciliario al que me veo confinado, no por arresto de mis superiores en el “pelotón de castigo”, sino por las circunstancias sanitarias a las que nuestra querida España se ve confinada; estoy reflexionando continuamente sobre la situación, en lo personal y colectivo, como aprendiz a filósofo, invitando a participar en debate enriquecedor.

Me explico… con motivo de los estudios de mi última carrera de teología, donde había una carga importante de filosofía, me aficioné a esa asignatura de tal manera que mis lecturas actuales se basan en esa materia; y por ello, pertenezco a un grupo filosófico compuesto por doctores, catedráticos de diversas universidades y científicos, donde se debaten temas muy interesantes y profundos que me apasionan; y que os traslado para que sirvan de reflexión y unión entre nosotros en tiempo de crisis.

Y es por ello que he decidido compartirlo con vosotros, durante el arresto domiciliario, para así poder transmitir mis inquietudes, manera de ver la situación y forma de poderla superar, racional y espiritualmente, de forma clara, sencilla y atractiva, en unión también con los componentes de mi grupo filosófico.

Todo ello, claro está, con la frecuencia que nuestro querido General Dávila tenga a bien publicarlo, según posibilidad y oportunidad.

Un abrazo a todos.

Pedro Motas

 

REFLEXIONES DE UN VETERANO GUERRERO

CON ESPÍRITU DE MONJE

EL TIEMPO DE LA VIDA

Nos gustaría que la historia se dirigiera por los progresos del espíritu y que los seres humanos mejoráramos pensando; pero ocurre que la enfermedad, la desdicha, el fracaso o la culpa son más bien quienes impulsan la historia social y la historia individual a empujones, a puros golpes y patadas. La pandemia puede hacer volar por los aires el híbrido régimen dictatorial y va a barrer los populismos en las democracias y mejorará la política logrando que se dediquen a ella las gentes honradas que ahora no quieren ni tocarla.

Miro esa paz usurpada, esa belleza de un mundo cuyas calles se han vaciado. Tengo bastante rato para no hacer otra cosa que mirar. Estos días pasados el espectáculo era el pánico de un gentío arrastrando carros de compra y bolsas. Solo valía la pena salir al balcón para unirse a las ovaciones que una parte del barrio -solo una parte: muchas ventanas siguen cerradas y en negro- dedica a los sanitarios que no van a escucharlas pero las disfrutan y las necesitan. No había aún ninguna paz grandiosa ni había empezado la primavera. Era palpable que el miedo al dolor, a la soledad y a la muerte corría como una infección, mucho más deprisa que el virus desconocido, mutante, pegajoso, que espera dos semanas quieto en tu sangre hasta empezar a ahogarte, a destruirte.

Perdemos de vista que para al menos dos tercios de la humanidad, el día es una aventura que nadie sabe si logrará acabar. Parece que si a viva fuerza nos devuelven el tiempo y el silencio, se nos viene encima la angustia. Pascal suponía que un pobre ser humano abandonado al confinamiento solitario ve brotar de sí una fuente de horrible tedio. En estos tiempos parece que lo que sale de nosotros no tiene la calma extraña del tedio sino la velocidad enloquecida de la angustia. ¿No estábamos programados hasta hace nada para vivir noventa años y disponer de la posibilidad de probarlo todo?

Lo mejor de la filosofía contemporánea dice que, en realidad, no hay momento presente que no sea una crisis, pequeña o grande, y que está enfermo aquel que no quiere ver esto porque no puede soportarlo. De hecho, nuestros ojos se han acomodado a la morbosa visión al revés: todo es rutinario y solo muy de cuando en cuando se presenta algún desastre o se nos concede algún regalo que introduce una variación. Los casos serios no los conocemos: deben de estar guardados para un remoto futuro y quizá no vengan nunca.

La verdad es, sin embargo, que a cada instante se nos ofrece una novedad, un algo otro desconocido que está reclamando de nosotros una respuesta libre y, por eso mismo, creadora. La vida es por esencia imprevisible en la medida en que se nos da pasivamente, queramos o no; y lo es también si nos decidimos a introducir algo libre y nuestro para contestar a la incesante pregunta que nos dirige cada situación. Nuestra libertad, sin embargo, suele emplearse en el sentido de no admitir que nada ni nadie nos esté realmente preguntando o exigiendo algo y, por consiguiente, logramos hacer de los momentos presentes una masa de pasados reiterativos, de algo indiferente y que siempre sabe a lo mismo. Pero entonces es claro que si la sociedad provisionalmente nos retira de nuestros trabajos absorbentes, caeremos en la cuenta de que ni la angustia ni el tedio saben todo el tiempo a lo mismo: cambian a peor constantemente.

El caso serio es ahora, cada ahora; solo que -se diría- comprenderlo y experimentarlo fatiga mucho. En realidad, fatiga mucho más pasar por alto esta verdad continua. Esa vieja aspiración a escaquearnos consiste en querer morirse de aburrimiento o, si nos ataca la pandemia, en poder morirse de miedo. La solución no está en practicar un desapego respecto de todo que nos vuelva invulnerables a los giros tremendos de la suerte. Los cínicos, que preferían enloquecer antes que experimentar placeres, trabajaban todo el día para volverse invulnerables, autosuficientes; querían necesitar muy pocas cosas y esas pocas, necesitarlas muy poco. En efecto, quien se ha vuelto pobrísimo y prefiere vivir sin ambición alguna, puede estar movido tan solo por el ansia de que nadie lo envidie; y si nadie lo envidia, malamente será ofendido. Quien se descarta a sí mismo de toda empresa de aumento de su saber o sus talentos que pueda repercutir en beneficio público, se sentirá a salvo de que haya quien desee perseguirlo o, simplemente, calumniarlo.

Si no me vinculo absolutamente a nada, ni siquiera a mí mismo, tendré una independencia, una especie de ligereza y desembarazo -la levedad del ser…- que nadie más conoce. Nada me afectará, nada me alterará, nada me importará. ¡Qué paz la del olvidado, la del invisible, la de quien vive oculto, como recomendaba el semidiós Epicuro a sus adeptos! ¡Cuánto egoísmo puede esconderse en las renuncias de una persona que entienda mal, pésimamente mal, lo que la razón y la esperanza demandan!

El bien no nos llama de ninguna manera al desprecio de las realidades, ya sean sensibles y mundanas, ya sean de orden intelectual o espiritual. La verdad es en cambio la que expresó Blondel en una nota de su diario de juventud: El desasimiento perfecto nos ase a todo sin atarnos. Solo el ídolo ata; el amor, en cambio, está preocupado, desde luego que lo está, pero solamente por el amado, y se cuida de él. La verdad del desasimiento es vaciarse del egoísmo: quitar el yo para que solo subsista el fondo del alma, como, por ejemplo, lo expresa Tauler: fondo por el que corra entonces la vena llena de vida que es el Dios que lo ocupa.

Ninguna imagen sobre ello más poderosa que la de pensar, en este sentido, la dicha absoluta no como mi dicha, sino como el triunfo total del bien, del amor, de la eternidad: yo, casi desaparecido en medio de ese océano de belleza, recibiendo en él lo que el Dios disponga. Se hace un avance esencial cuando se comprende que no se vino al mundo para cumplir una misión que no sea, precisamente, la de haber nacido: la de ser el milagro de una vida original, secreta, mucho más real y profunda que la muerte. Este es un milagro que habla a todos de bien maravilloso, indeciblemente más grande que ninguna pretendida misión sin cuyo cumplimiento todo quede truncado, fracasado y sin sentido.

Hay que combatir el miedo con realismo, jamás perdiéndole la mirada enigmática. Claro que tenemos tasado el tiempo, y por eso es apasionante vivir; claro que puede asaltarnos el dolor y que el sufrimiento y la muerte pueden, sobre todo, atacar a las personas que más queremos. Es el reverso del gozo y del amor. La muerte no es la nada, es lo otro. Hagamos, al menos, que nuestros muertos de ahora salgan, en efecto, por la puerta grande de este mundo y no en medio de nuestro terror de adolescentes que parece que nunca han pensado en nada que no sea trabajar todo el santo tiempo. Y eso ni siquiera es trabajar…

Hasta la próxima con un fuerte abrazo.

Pedro Motas

Blog: generaldavila.com

31 marzo 2020

8 pensamientos en “REFLEXIONES DE UN VETERANO GUERRERO CON ESPÍRITU DE MONJE EL TIEMPO DE LA VIDA, Pedro Motas

  1. Apreciado D. Pedro Motas.

    Muchas gracias por compartir sus reflexiones. Durante este confinamiento forzoso, la ansiedad y el miedo se convierten en otro enemigo a tener en cuenta.

    Un saludo a todos.
    Pedro Dalmau

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  2. Buenas tardes Pedro:
    Aplaudo tu iniciativa. Aquí estaremos para disfrutarla.
    El primer párrafo de tu escrito de hoy me ha parecido increíblemente optimista cuando dices:
    “La pandemia….va a barrer los populismos en las democracias y mejorará la política logrando que se dediquen a ella las gentes honradas que ahora no quieren ni tocarla”.
    Qué duda cabe que ojalá tengas razón y se cumpla.
    Pero, de momento, va ganando Voltaire:
    “La política es el camino para que los hombres sin principios puedan dirigir a lo hombres sin memoria”.
    Insisto: ojalá el tiempo te dé la razón y en las próximas elecciones tengamos memoria y pongamos a cada uno en el sitio que realmente le corresponde.
    Nada me gustaría más aunque no confíe en ello.
    Un fuerte abrazo.
    José Manuel del Pozo

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  3. “Maestro”Pedro Motas : Es un regalo leerte, debo confesarte que tengo que releer cada línea, para lograr asimilar su profundidad.
    La lectura me ha tranquilizado, es un sedante y al mirar mi interior y hacerme pensar, aprender a ver las cosas de otra manera.
    Espero volver a leerte en este Blog.
    Un abrazo sincero. 🇪🇸🇪🇸🇪🇸

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  4. “¿No estábamos programados hasta hace nada para vivir noventa años y disponer de la posibilidad de probarlo todo?” , dices y dices bien, querido Pedro. Si no lo “estábamos”, es cierto que así lo pensábamos.
    Se nos ha presentado, creo, la ocasión para que empecemos a pensar en la posibilidad, ¿necesidad?, de cliquear en el icono de “reiniciar” de nuestras expectativas y pensamientos, cuando el simple hecho de tomarte una caña en una terraza con tus amigos se te hace tan lejano, lejano en el pasado y tal vez tan lejano, lejano en el futuro.
    ¡Ojalá me equivoque!, pero como buen Capricornio soy pragmático y pesimista.

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  5. Buenos días, la Teología como rama de la Filosofía, y la costumbre de pensar. Estamos arrestados, y no importa que sea en un castillo o en casa, el ánimo o la indiganción dependerá de adonde deriven estos pensamientos. Esto no es bueno ni malo, ni siquiera todo lo contrario; en cuanto a que tras esta epidemia nos honren (aquí la línea entre servir o servirse es muy fina) políticos mejores con su mejor gobernanza, pues no sé yo; parece labor difícil para un virus, aunque sea exótico y chino.

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  6. Muchas gracias D. Pedro. Sus reflexiones me ayudan a interiorizar y pensar lo finitos que somos, por eso pienso que, ¿Por qué tanta sinrazón? Que su reflexiones y la ayuda de Dios nos haga más fácil este confinamiento. Saludos para todos.

    Le gusta a 1 persona

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