LA LEGIÓN CAMINO DE CENTENARIO (7) NO HE SIDO LEGIONARIO. Eduardo López Aranda

No he sido Legionario. Sí. Tengo que reconocerlo. Contemplando hoy tu imponente imagen, Señor de la Buena Muerte se ha apoderado de mi ser el desasosiego más lacerante. Y es que el sol de mediodía penetraba retador por la vidriera catedralicia reviviendo en la soledad interior del templo evocadores episodios de coloniales aventuras, ir y venir de anhelos que como las nómadas dunas se mueven rebeldes al reposo en la mente y que hacen al corazón sollozar: Yo no he sido legionario. Mi frente no ha sido ungida con la borla encarnada del gorrillo en solemne ritual, cuando en un lejano acuartelamiento blanco de cal y piedra al sonar del cornetín, cientos de hombres han hecho de su solar la más bella de las plazas de España en augusta formación bajo la enseña nacional, con sus armas apuntando hacia arriba, oteantes de cielos, ansiosas de eternidades.

Yo no he sido legionario… La tierra española no ha sido regada con mi sudor, ni la camisa legionaria ha sido empapada en días de esfuerzo ímprobo, silencioso, aparentemente inútil y hasta agobiante a veces, pero hecho con la única obsesión del deber cumplido y, por ello,  elevando a sobrenatural lo más sencillo, que ahí es donde reside la grandeza del servicio. No he podido sentir la fatiga, el dolor, el hambre y la sed en mística mortificación por la Patria, seguro de alta e ignota recompensa.

Yo no he sido legionario… y por ello no he sido uno sólo con todos los que por haber acrisolado su espíritu en la visión de Millán Astray son una sola voz, un solo cuerpo y un solo hombre allá donde se encuentren. La amistad, el compañerismo en la Legión son fraternidad sin fisuras, unidad en su más íntima y amplia acepción, porque dos hombres, y luego cuatro, y luego la unidad, el Cuerpo entero, saben que uno es todos y todos son uno. ¡Qué sublime grito el de “A mí la Legión”!

Yo no he sido legionario y por eso no he conseguido que mi sangre corra como un torrente estimulada por una disciplina que es modo de vida, amor sin tasa a un ideal que trasciende cualquier valor de una sociedad vacua como la que nos ha tocado vivir. Un ideal que se resume en una palabra: ¡España!

Yo no he sido legionario… Nunca al despertar he sentido el gozo de dedicar un nuevo día a lo más hermoso que un español puede aspirar, ennobleciendo la propia vida cada segundo de la jornada con la mirada puesta en la bandera legionaria hecha de sangre, de sufrimiento, de obsesión por España, de ansias por combatir y entregar el bien más preciado a quién todo lo merece pues todo lo da.

Yo no he sido legionario… y no he podido formar un sábado con guiones y banderines, galas de gastadores y estremecedor toque de oración legionaria; sábado de recuerdos y homenaje a los que precedieron a esta estirpe grande, única y sin igual como su espíritu. Mis ojos no han podido humedecerse en cualquier puesto de cualquier Bandera rodeado de quienes sabes que todo lo darían por ti y como uno sólo por España, su razón de ser desde hace un siglo.

Yo no he sido legionario… y no he sabido que el veinte de septiembre es de esos días en que la Providencia se acuerda de España. Aquel día, de aquel año, cuando la vida española se quedaba en tierras africanas en una vorágine salvaje la sangre de los heroicos tercios reclamaba desde su pasado glorioso e inmortal a un buen soldado, de ideas limpias, para el que el alto y sublime cumplimiento del deber es obediencia ciega hasta la muerte que por España no es muerte sino victoria. Y así, con el alma ocupada a partes iguales por el amor a la milicia y a la Patria trae Millán Astray al mundo a este nuevo Tercio, heredero de las glorias de Flandes, en el que habitan los hombres cabales y de bien, de muy diversas fortunas y condiciones pero unidos en lo más alto, que los hace más fuertes, con la frente levantada y la mirada hacia horizontes que hablan de amor patrio sin medida, sacrificio hasta el extremo, valor sin límite ayer, hoy y siempre. Por eso, con un nudo en la garganta cada veinte de septiembre exclamaré allá donde me encuentre: ¡Yo no he sido legionario!

Yo no he sido legionario… No he podido mirar cara a cara a la muerte y cantarle: Tú, Señor, nos dijiste que la muerte no existe, que es una mentira, una quimera, un falso invento y que la resurrección plena de vitalidad ha de llegar. ¿Dónde está muerte tu victoria; dónde esta muerte tu aguijón?, clamo con el apóstol de Tarso.Muerte, ¿cómo no voy a estar seguro que das vida si para ti te quise por novia? ¿No te das cuenta amada mía que en tu discurrir inefable veo la luz de la Vida?

¿No has pensado nunca que por la única y verdadera vida entregué la mía?

¿No sabes muerte que no te temo? ¿No has comprendido aún que para mí eres solamente un tránsito?

¿Qué eres Buena Muerte, sino el más bello epílogo para el final de un legionario?

Y como no he sido legionario, no he aprendido a soportar el dolor en su máxima expresión, a formar para el último desfile: que la muerte de un hombre de Millán Astray en el momento álgido de su vida no significa que Dios sea injusto porque su justicia escapa a toda humana comprensión; que el darse de estos hombres por encima del dolor que nos atenaza es orgullo y estímulo para la Legión entera.

Yo no he sido legionario pero hoy os quiero dar lo que tengo: lo mucho y lo poco, lo pasado y lo presente y un futuro a mis hijos que exclame a los cuatro vientos que el servicio a la Patria es corona, que la vida tiene sentido pues el mismo Dios que vosotros lleváis sobre los hombros y en vuestros corazones ha muerto en sublime sacrificio, esa palabra que nada más pronunciarla trae a la Legión al pensamiento.

¡Ay Cristo de la Buena Muerte! ¡Qué falto has de estar en el cielo de buenos hijos cuando has querido tener a tantos legionarios contigo!

Seguro que en lo más íntimo de su ser soñaban hacer realidad el espíritu de la muerte que unos y otros alcanzaron olvidando para siempre los cantos de réquiem terrenos y entrado a paso legionario entonando el Tercios Heroicos en la patria que el Señor de la Buena Muerte guarda a sus predilectos.

Y es que, aunque te ame hasta el hondón del alma, España, imploro desde hoy y para siempre tu maternal indulgencia pues yo… no he sido legionario.

Eduardo López Aranda. Presidente del Círculo de Amigos de las Fuerzas Armadas. Jaén

Artículo perteneciente a los “testimonios legionarios” publicados en el Blog: generaldavila.com con motivo del Centenario de la Legión.

20 febrero 2019