Humanismo, peregrinación y política (Pedro Motas Mosquera)

Queridos amigos:

El anterior artículo de mi querido General Dávila, titulado “El Pórtico de la Gloria y la Catedral de Toledo”, ha sido el que me ha motivado el presente artículo como pequeña reflexión.

Si se dice con frecuencia que la vida es una peregrinación por este mundo, merece que nos detengamos a reflexionar en el significado humanista de la peregrinación, y si podría ser aplicado a la política.

No tendrás dudas de que todos los hombres, en lo más íntimo de sus conciencias sienten que están en camino, buscando algo, o queriendo llegar a alguna parte, o queriendo alcanzar alguna meta o posición. En términos filosóficos y morales podría decirse que está en busca de la verdad.

Peregrinar significa ir avanzando en el tiempo y en el espacio, encontrar a personas muy diferentes a lo largo del recorrido, cansarse, encontrar problemas, y llegar a la meta fijada. Pero también significa avanzar hacia el interior de uno mismo, reflexionar, dar gracias por lo mucho que recibimos sin apreciarlo, y pedir perdón.

La verdad que busca el peregrino puede tener contenidos muy variados. Desde la verdad con mayúscula que solo se encuentra en Dios, hasta las verdades humanas como ejercer una profesión, crear una familia, educar a los hijos, se leal con los amigos y ser generoso con los menos favorecidos.

Para el humanismo la búsqueda de la verdad, tanto en las cosas más elevadas como en las más cotidianas, es la condición de la auténtica libertad. Sin aspirar a la verdad, o a la justicia o a la libertad, el peregrino se perdería en el camino.

Vivimos tiempos en que se quiere hacer de Dios el enemigo del hombre y de su libertad, y se quiere hacer silencio publico de la realidad primera y esencial de la vida del hombre. Pero la peregrinación no es solamente una aventura individual. La humanidad también peregrina.

En Santiago de Compostela, el mejor icono de la peregrinación, Benedicto XVI dijo que Europa ha de abrirse a Dios, salir al encuentro sin miedo, trabajar con su gracia por aquella dignidad del hombre que habían descubierto las mejores tradiciones, no solo la bíblica, sino también la época clásica, medieval y moderna, de las que nacieron las grandes creaciones filosóficas, literarias, culturales y sociales del continente.

En esta peregrinación por el camino que recorre la dignidad del hombre, el Papa pidió que le dejásemos proclamar una vez más la gloria del hombre y advertir las amenazas a su dignidad por el expolio de sus valores y riquezas originarias, por la marginación o la muerte infligidas a los más débiles o indefensos. Para él, la Europa de la ciencia o de la tecnología, de la civilización y la cultura, tiene que peregrinar hacia una Europa abierta a la trascendencia y a la fraternidad con otros continentes.

Como os anticipaba al comienzo de este artículo, nuestra cuestión es saber si la idea o la imagen de la peregrinación, en el sentido humanista, que te he expuesto, resultaría aplicable a la política.

No os quepa duda de que hay muchos puntos de conexión.

El político tiene que proponerse alcanzar una meta. No me refiero a sus legítimas ambiciones de alcanzar el poder, sino a la meta de servicio a los intereses generales o de bien común, que es su razón de ser y estar en la política.

Con frecuencia alcanzar esa meta exige un largo y duro caminar que en el argot se llama “travesía del desierto”. Durante ella se suelen hacer muchos amigos, y siempre serán mejores que los que se hacen desde el poder.

La meta es la verdad del político, cuando se sirve con lealtad, honradez, entrega y sacrificio. Esta verdad se desvirtúa cuando se pretende alcanzar mediante la deslealtad, la corrupción, la incompetencia y la pura ambición del poder, por el poder mismo.

La cuestión que os dejo planteada es si el político, una vez alcanzada la meta, debe retirarse a su vida privada, o permanecer toda la vida en la peregrinación de la política.

Recibid un cordial abrazo.

Pedro Motas Mosquera

Blog: generaldavila.com

5 septiembre 2018

Una pequeña reflexión sobre: Humanismo y amistad (Pedro Motas Mosquera)

Queridos amigos:

No podía faltar la amistad entre las actitudes que conforman el humanismo. Es otro signo o icono de la verdadera condición humana.

La amistad, como el amor, tiene algo de secreto o incomprensible. ¿Porqué con unos sí, y con otros no? Pero tiene la ventaja de que puede amparar y cobijar otras actitudes, como por ejemplo, la lealtad. La lealtad en sentido horizontal, pero también ascendente, hacia nuestros superiores, y descendente, hacia los inferiores, lo cual se olvida con demasiada frecuencia.

La amistad, como una de las manifestaciones del amor, se caracteriza por la preocupación, por el interés y por la solicitud hacia el amigo, por la predisposición a entregarse en actos singulares (favores) y por la solidaridad. Todo ello constituye un bien moral de primera magnitud. Se dice que quien tiene muchos amigos tiene un tesoro en la tierra. Y también lo tiene en el cielo. El Diccionario de la Academia de la Lengua la define como “afecto personal, puro y desinteresado, ordinariamente recíproco, que nace y se  fortalece con el trato”.

Para el humanismo, la amistad reúne sus dos condiciones características: el enriquecimiento de la condición personal y la capacidad de integración comunitaria. Además la generosidad que implica la amistad es algo consustancial. No hay amigos que no sean generosos entre ellos.

Vives y Moro. La amistad en tiempos difíciles

No son pocas las dificultades que el mundo moderno presenta para el desarrollo de auténticas amistades, especialmente en las grandes ciudades. Pero es que la verdadera amistad es un proceso inagotable que empieza en las primeras fases de la convivencia educativa. Cada una de ellas tiene su propio grupo de amigos. ¡Qué alegría cuando se producen los reencuentros!

Luego son las relaciones de convivencia y de trabajo las que ensanchan nuestro círculo. Pero no confundamos nunca estas relaciones sociales con la auténtica amistad. Repasemos y examinemos nuestro círculo de “conocidos” y veremos como pocos de ellos son nuestros amigos verdaderos e íntimos.

La amistad es muy exigente, pues no solo produce el disfrute de la compañía, sino que con frecuencia demandará nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, nuestra iniciativa, nuestro sacrificio para que no se extinga, y el vivir y compartir con el amigo sus dificultades y desgracias.

En política es difícil que haya verdaderas amistades. Por lo pronto se excluye a aquellos “amigos” que se hacen cuando se ejerce cargo público. La mayoría  abandona al día siguiente del cese, y el resto al poco tiempo. Por ello hay que desconfiar de quien se declara  amigo mientras se está en el poder.

También es difícil la amistad entre los políticos de una misma tendencia ideológica. Solo un tiempo prolongado de “travesía del desierto”, puede hacer buenos amigos, pero esa amistad estará siempre expuesta a tensiones, discrepancias, intereses y, cuando no, traiciones. Por ello la sabiduría del dicho popular que reza: ¡guárdame Dios de mis amigos, que de mis enemigos me guardo yo!

Sin embargo, en la milicia es algo sagrado; decía mi querido General Dávila en uno de sus artículos sobre “Amistad y Compañerismo: No son buenos tiempos para la amistad… Ojalá que nunca traicionemos la amistad ni al compañerismo. Para un soldado sería como perder el valor y el honor”.

Feliz verano y recibid un cordial abrazo de

Pedro Motas Mosquera

Blog: generaldavila.com

8 agosto 2018