“EL VIAJE” AL MONASTERIO DE SILOS Pedro Motas Mosquera

Queridos amigos del Blog: como complemento a algunos artículos que he realizado en anteriores fechas y con el permiso de mi querido amigo el General Dávila, escribo dos artículos que conmemoran mi 25 aniversario de asistencia al Monasterio de Santo Domingo de Silos en estas fechas; y que durante tantas jornadas estuve disfrutando de los Días Grandes del año en la hospedería del Monasterio; sus títulos son: “El viaje” y “La estancia”, artículos-vivencias que me ha parecido oportuno compartir con vosotros.

Un fuerte abrazo.

Pedro Motas

“EL VIAJE” 

Meses antes hago la reserva en la hospedería, pues es tanta la demanda que uno se arriesga a quedarse sin plaza. Uno de los secretos es que más que un centro religioso, es un centro espiritual internacional y de intelectualidad, pues no solo acuden católicos, sino anglicanos, ortodoxos, protestantes, budistas,… no solo creyentes, sino agnósticos, ateos,… no solo gente normal, sino políticos, artistas, científicos…

Me acerco a Silos y distingo la inconfundible silueta de su ciprés, que señala al cielo y al futuro. Y es que estoy en uno de los lugares más venerados y venerables de nuestra tierra. Un lugar de recogimiento y de fe, de armonías y silencios, de historia y de un arte del que se ha dicho que no tiene tiempo ni paga tributos al espacio porque, como toda obra de espíritu, se ubica en la eternidad. Solo en algunos lugares privilegiados, como Silos, ese arte se hace tiempo y se hace espacio.

Más de mil años han transcurrido desde que Silos se situara en la estela de la historia a través de tres elementos esenciales como son la piedra, la armonía y la palabra. Los profundos significados que encierran esos tres elementos han hecho que Silos constituya una parte esencial de ese patrimonio cultural de España que tanta importancia reviste para identificarnos como pueblo.

Silos, desde luego, representa muchas cosas pero, como español siento especialmente cercano su significado como expresión sublimada de un impresionante pasado y símbolo de lo que somos y, sobre todo, de lo que todavía podemos llegar a ser. Un símbolo reflejado, una vez más, en la figura de ese ciprés que nos señala al cielo y al futuro.

 Los benedictinos son de suyo estables y quedos en sus monasterios, los mueven los estudios, las conferencias, los debates, etc. Sin embargo, los hijos de San Benito han tomado en ocasiones memorables la decisión de mudarse de lugar con tal de ensayar formas de vida presuntamente más puras o más fieles al espíritu originario.

Los visitantes, cuando penetran en el zaguán de entrada habilitada para ellos, pueden ver un relieve prendido en el muro que representa a un monje entre pensativo y escribidor y conmemora el nacimiento de la lengua castellana. Porque Silos tiene que ver con el nacimiento de ese idioma que es, por antonomasia, el idioma español.

Silos tuvo también su escuela de copistas que tanto contribuyó a la propagación de la cultura, de modo que San Benito ha podido ser llamado, a causa de ella, entre otras cosas, padre y patrón de Europa. Sucesivamente, muchos fueron los monjes de Silos que brillaron en tareas literarias y artísticas. Hoy, sigue siendo un testimonio de cultura; siendo la biblioteca la que mantiene la guardia de la inquietud cultural.

El monje de Silos es con frecuencia sorprendente. El huésped tarda poco en averiguar que aquel fraile que limpia los retretes destinados a los visitantes, es un excelente organista; que aquel otro monje que se pone el mandil para servir la sopa, rige la biblioteca con excelente técnica y que, en general, ni la recogida de hortalizas, ni el barrido y fregado de los pasillos o cualquier otro menester manual, por enojoso que sea, priva o exime a cada uno del estudio y de los trabajos del espíritu.

Puede creerse también que alguno de los viejos monjes (ya se sabe, ¡aquellos tiempos!) son sacerdotes de concisa formación y no excesivas letras, hombres procedentes de las aradas y poblados que recibieron cuatro latines y salmodias. Después, se descubre que aquel hijo de labriegos, es el traductor de una obra de historia, el paciente recopilador de asombrosos datos o el experto en liturgia.

Tampoco son pequeña sorpresa el porte y solemnidad con que llevan las vestimentas litúrgicas y la excelencia con que cantan el nada fácil gregoriano aquellos hombres que hemos visto a lo largo del día con un mono de trabajo. Puede que Silos no sea un convento de crisóstomos, pero sí una familia humana cuyos miembros hablan bien, cosa cada vez más rara en este mundo.

Son capaces de escuchar un extenso rollo acerca de una materia como si nada supiesen de ella, complaciendo al erudito que se despacha, y uno averigua más tarde que el oyente se las sabe todas al respecto. Por las mañanas transitan por el claustro camino de la iglesia, calada la capucha. Sus negras siluetas se recortan sobre la piedra dorada de los muros, interrumpidas por las columnas de los arcos. Llevan las manos bajo la cogulla. Su paso es ligero.

Los frailes predican en la misa dominical con pulcritud y, además, están de parte del público: no se exceden en la longitud de sus sermones y dicen lo que tienen que decir. Nada de interpolaciones o improvisaciones. Practican la sana costumbre de la homilía única en cada misa, de manera que el oficiante no se reitera con repetidas intervenciones oratorias.

No hay agobio. Es el lujo que se pueden permitir los que no paran de trabajar. Toman tiempo. Para ellos parece hecha la frase “sin prisa y sin pausa”. Cada uno sabe lo que tiene que hacer y lo hace. Es el gran secreto benedictino: la paciencia proverbial, una lección difícil de aprender porque sólo la poseen los hombres con esperanza.

Dicen los ignorantes que los monjes, por estar lejos del mundo, poco tienen que decir a quienes del mundo vienen. Se equivocan, su palabra no es un repertorio de recetas, sino que está cerca de lo esencial. Una y otra vez aparecen las ideas mágicas: alegría, paz, amor. Un monje define el amor de cien maneras y, entre ellas éstas: “Amar consiste en oír los problemas de tus hermanos… Amar es disculpar”.

No son coros angélicos, sino humanos y, más concretamente, viriles. El canto gregoriano, que es la música de los monjes, atrapa el espíritu y lo aquieta para elevarlo después. No hay retorno posible para quien penetra en su melodía. Es música para Dios capaz de cautivar, incluso, a quienes son extraños a la fe. Son himnos de paz. Jamás se ha pasado tan suavemente del silencio a la voz y de la voz al silencio.

Son los salmos los que señaladamente nutren el cuerpo de los cánticos. Por eso los salmos son alimento cotidiano del espíritu monástico. El salmo, a través del canto gregoriano, se hace presente de siglo en siglo y de generación en generación. Ya no hay cítaras y arpas. El órgano, suena, en efecto, pero la esencia de esa música es la voz del hombre.

Con lo dicho va de suyo que una de las cosas que debe aprender un monje benedictino es a cantar. Ellos han grabado sus cánticos (gregorianos y mozárabes) en discos que la gente se lleva de la tienda del monasterio con la mayor ilusión. No queda defraudada. El mejor momento es el de vísperas, cuando cae la tarde, como si los monjes, conjurados con los ángeles, hiciesen un esfuerzo supremo y cotidiano.

Quien se familiariza con la vida monacal se da cuenta de que no hay tristeza y que la felicidad personal de los monjes los sitúa muy por encima de aquella simple explicación que se resume en el refrán castellano de que “sarna con gusto no pica”.

El silencio se hace cada vez más comprensible, y hasta adorable, para el hombre de fuera que viene con la cabeza aturdida de tanto ruido o, si se prefiere, de tanto parche y tanto pito. Ya no se habla, se grita o se ruge. Cambian hasta las interjecciones tradicionales. Muchas veces cuando se habla,la palabra, se asemeja al ladrido bien por su agresividad, bien por su tono tan fuerte que ensordece.

No se desprenda de lo dicho anteriormente que los monjes de Silos practican el silencio absoluto. Aquí es otra cosa: es el silencio discreto no exento de cruce de palabras y conversación con propios y extraños. El necesario para la paz y para evitar la sinfonía del enjambre que es ruidosa y estéril. Y aquí paz y después gloria. El benedictino no está mudo, sino que habla poco.

En Silos no se oyen ruidos, sino sonidos como el de los pájaros, el de las campanas o el del viento. En Silos, el silencio no es sólo razonable práctica de monjes, sino también oferta. Los silencios de Silos son uno de sus tesoros. El huésped ve en el silencio un bien escaso que sólo puede gozar por unos días. Quizás no espera la Voz, pero se protege del vocerío que, bajo cien formas, le acosa y destruye cotidianamente en su vida ordinaria.

El claustro de Silos es el ombligo de la casa y camino que media entre el cuerpo que forman las celdas y la hospedería y la iglesia del monasterio. Por lo demás, el claustro no sólo es tránsito sino plaza mayor. Los monjes lo usan a su modo y los huéspedes también. Allí, la piedra, la fuente, el ciprés y los pájaros atrapan a cuantos buscan asilo en el viejo monasterio.

Pedro Motas Mosquera

Blog: generaldavila.com

9 julio 2018