EL CAMBIO DE UNA ERA. (Pedro Motas Mosquera)

El pensador

Un viejo mundo se derrumba, una antigua civilización desaparece. Cortadas sus raíces, el árbol frondoso se marchita y se seca. Sus ramas cuelgan lánguidas víctimas de su propio desvarío. La noche está cayendo sobre Occidente. Llegan tiempos de tinieblas y el llanto será el compañero de viaje de los hombres.

Esta podría ser la crónica de una muerte anunciada; sus síntomas son visibles a todos pero los ojos no son capaces de ver, cegados por la torpeza y la pérdida de sentido común que enajena a nuestra humanidad. Estamos asistiendo al fin de una vieja civilización que ha perdido el flujo vital que antaño la hizo próspera, grande y dominadora.

Este camino nos llevará, si, al futuro, pero será el futuro de la nada, del vacío. Progresamos y avanzamos con rapidez, cierto, pero hacia el abismo y la sombría oscuridad. Cuando pase esta locura las generaciones futuras recordarán con horror esta tiempo nuestro como una generación de locura.

No es la solución esconder la cabeza

La ideología de género, la eugenesia social, el control de la natalidad, el aborto, el divorcio, la esterilización, el matrimonio homosexual, la eutanasia, la antinaturalidad, la violencia de género, la crisis de los emigrantes, la plaga del terrorismo… está produciendo ante nuestros ojos y apoyados en nuestra pasividad un genocidio histórico que nos conduce a un siniestro destino: la abolición del hombre.

El hecho incontestable es que nuestro mundo se encuentra en medio de un cambio, y más que cambio, una transformación de las ideas, un moldeamiento de las conciencias, un trastorno de las estructuras sociales, de tal envergadura, profundidad y rapidez que, corremos el serio peligro de que, como suele ocurrir en toda mudanza, algo se nos quede extraviado por el camino, solamente que lo que en este caso está en peligro de pérdida o al menos de corrupción es, ni más ni menos que el mismo ser humano: su sentido, su existencia y su destino.

Con la situación actual, el ser humano está perdiendo las razones de vivir, indicio de que estamos saliendo del mundo de certezas que había pretendido construir con las tradiciones, quedando atrapado en lo que puede conocer e intenta controlar; y forjándose una visión del mundo al que pretende abarcar con su razón dando origen a diversas ideologías que configuran su vida.

Ante el fracaso estrepitoso de la razón humana para encontrar un hogar adecuado al ser humano que diera razón a su existencia, el universo de la relatividad reacciona con el absurdo; este mundo de ahora carece simplemente de sentido, de tal modo que todo está permitido, todo menos el disenso por lo que nos muestra su cara ideológica y totalitaria, ya que el totalitarismo no soporta la contradicción.

Podemos crear un mundo nuevo, pero este mundo impondrá al hombre sus condiciones. Este mundo nuevo gestado por el hombre puede ponerse, y de hecho lo está haciendo, en contra del hombre. Por ello, este hombre vive en una continua incertidumbre ya que no encuentra bases sólidas sobre las que asentar su existencia. Todo  lo cual denota que este hombre carece de esperanza y no ama la vida, ya que la ve más como una carga que como una oportunidad.

Con lo cual el mundo de la pluralidad, del respeto a todos, de la libertad de expresión, acaba por convertirse en un mundo dictatorial y caemos inevitablemente en la dictadura del relativismo; donde muchos de nuestros contemporáneos viven constantemente en situaciones de riesgo, al no encontrar sentido al misterio del sufrimiento y de la muerte.

La modernidad se ha caracterizado en gran parte por el desprecio del otro, del diferente, que ha sido sometido para ser asimilado o excluido. Hay una especie de demencia en el hombre que le arrastra a negar al otro y a negarse a sí mismo, una especie de vorágine de autodestrucción que no parece provenir exclusivamente de sí mismo sino que tiene causas más profundas y ocultas.

Hoy día, la libertad de expresión es una quimera, porque el pensamiento único y lo políticamente correcto entiende la libertad de expresión en un solo sentido: el del que está de acuerdo con sus intereses, quien lo contradice es inmediatamente estigmatizado. Ocurre en todas las dictaduras, lo estamos viendo a diario porque estamos viviendo esta situación. Una sociedad que se autoproclama tolerante y democrática, se manifiesta completamente asfixiante y opresora cuando alguien intenta ejercer su libertad de expresión discrepando de los dogmas del laicismo.

Los acontecimientos que se suceden en la vida de las naciones son consecuencias de las acciones libres de sus ciudadanos. Lo que está pasando en España y en Europa, responde al abandono de la fe cristiana. Esta fe que forjó la identidad de Europa hasta convertirla en foco de civilización y que le permitió ejercer el liderazgo mundial durante muchos siglos, hoy está siendo extirpada del corazón de muchos de sus hijos por una ideología opresiva que provoca la destrucción del mismo ser humano.

Privada de la fe que le hizo grande y poderosa, Europa se debate hoy en la mediocridad y el deterioro social. Se está convirtiendo en una sociedad débil y desorientada porque le están arrancando sus raíces vitales. Le faltan razones para vivir, ilusión por el futuro, ideales por los que luchar. Parece, y es de hecho, una sociedad cansada y sin fuerzas, sin capacidad de sacrificio ni de grandes ideales.

El fenómeno del radicalismo islámico que se ha desatado entorno a esta generación, responde, entre otros, a los mismos criterios, porque un Occidente que está perdiendo sus valores y que no tiene nada que ofrecer más que un hedonismo estéril y un vacío materialista, es visto por el mundo islámico como una oportunidad y una amenaza a sus valores y se defiende violentamente, como ha sido su modo de actuar a lo largo de su historia.

Estamos ante un nuevo poder que busca la felicidad fácil de los ciudadanos, que pone a su alcance los placeres, atiende a su falsa seguridad, conduce sus asuntos procurando que gocen con tal de que no piensen sino en gozar. Estamos sometidos a un régimen dictatorial y despótico a nivel mundial que por fobia al cristianismo pretende sustituir la raíz cristiana de la cultura occidental por un llamado multiculturalismo que diluye los sentimientos propios, como pueden ser el patriotismo, el esfuerzo, el honor, la disciplina,…

Resulta, como mínimo, paradójico que en nombre de la libertad y la tolerancia que se exige para las minorías se quiera imponer la esclavitud y la intolerancia a las mayorías que no comparten los puntos de vista de la ideología. Con ello, pensar en libertad será cada vez más difícil y peligroso. Y es, junto con la ofensiva laicista de los partidos políticos de la izquierda, el síntoma más serio de una deriva totalitaria en las sociedades occidentales y, particularmente, en España.

Por desgracia este parece ser el camino emprendido por la democrática sociedad occidental, en la que se está imponiendo un programa propio de las llamadas izquierdas, toda vez que las derechas han renunciado a la defensa del pensamiento centrándose casi exclusivamente en el campo materialista de la economía. Sin embargo el llamado mundo occidental está imponiendo unas determinadas políticas supuestamente progresistas cuya intención es cambiar por completo los parámetros de la sociedad, relegando los valores cristianos en nombre de unos supuestos derechos individuales.

Pedro Motas Mosquera

Blog: generaldavila.com

3 agosto 2017