“LA ESTANCIA” EN EL MONASTERIO DE SILOS” Pedro Motas Mosquera

 

Biblioteca de Silos

Llegado a Silos, contemplo el claustro con su ciprés. Los cipreses se sucedieron uno tras otro, ante la mirada curiosa de las figuras esculpidas en capiteles y relieves. Hace más de cien años, se plantó el de ahora, que ha sentado escuela y leyenda. Por su prestancia, le dieron el mote de “el arcipreste”. Se yergue solitario en un ángulo del claustro románico y apunta al cielo, es decir, vive tejas arriba. Nuestro ciprés mide treinta metros de altura y es colmena de pájaros, valga la licencia. Al pie del árbol se amontonan las cacas blanquinegras que lo alimentan. Es el tributo que pagan las avecillas a cambio del hospedaje que reciben. Pocas cosas han suscitado tantos poemas como el ciprés de Silos:

“¡Oh ciprés misterioso, alto, noble y austero,

compañero del monje, dulce y fiel compañero!.

Viejo ciprés del claustro, que en los días de oro,

lleno de luz, de alas y de salmos del coro,

esponjas el ramaje, vibras como un salterio,

y eres el corazón del viejo monasterio…”.

 

Silos es rico en aguas. Esa es, a buen seguro, una de las causas de su emplazamiento. De ellas depende la vida. Silos reunió siempre esta exquisita condición, no sólo en cantidad sino en calidad.

La huerta del monasterio se extiende a lo largo del pabellón donde se encuentran las celdas de los monjes y, formando un siete, flanquea también el patio de entrada presidido por la sequoia. Rodeada por el alto muro, tiene senderos interiores que separan unos cultivos de otros. Uno de aquéllos es un verdadero y cómodo camino que va de un extremo a otro, comenzando en un portón y terminando en un crucero de piedra. Cumple, entre otras misiones, esta vía, la de ser muy apta para deambular, y la pisan hombres con las manos atrás o metidas en los bolsillos que piensan en sus cosas.

Una huerta benedictina no es una huerta cualquiera. Todo lugar debe dejar espacio para las flores y los árboles de puro adorno y sombra. Los rosales crecen a lo largo del gran camino (el que termina en el crucero) y en una pérgola que completa los encantos del paraje. En ésta, unos bancos facilitan el reposo y la reflexión. Los frailes no se limitan a las rosas: dalias, margaritas y narcisos completan el cuadro, entre otras flores.

Silos. La hora de comer

Mis hermanos, los benedictinos de Silos de todos los tiempos, se han tomado siempre muy a pecho eso de la hospitalidad. Lo manda su regla y cumplen el precepto de muy buena gana. La hospedería de Silos es un lado entero de la casa, justamente el de la fachada principal, en cuyo patio se alza la gran sequoia. La hospedería de Silos vive la magia de ciertas constantes. Una pieza clave de la condición de huésped es la llave que se le presta. Con ella se abre casi todo y, entre otras cosas, facilita a cada cual el acceso a lo recóndito: el claustro nuevo, el claustro viejo y famoso, la iglesia, la huerta,… ¿para qué más? Esto hace que el huésped pueda moverse como Pedro por su casa, lo mismo hacia los rincones sagrados que hacia los árboles, hortalizas y rosales que pueblan la huerta. Igual da. Uno puede obrar a su antojo que allí nada se impone. Se ruega o recomienda ser consecuente con las horas y respetar el descanso ajeno.

Conozco los aposentos de la hospedería como cosa propia. Están reservados sólo para varones, dada la familiaridad de la hospedería con la clausura. Aquellos aposentos son sencillos, pero amplios y con todo lo necesario para pasar un fin de semana o una semana entera. Están compuestos del dormitorio propiamente dicho, cuarto de baño completo, un gran armario y lugar para el estudio o lectura. Los goces de la hospedería no acaban con la cordial acogida y la llave milagrosa que todo lo abre. Allí pasan cosas dignas de recuerdo, sobre todo cuando vienen señoritos de las ciudades. En primer lugar, todos se visten de huésped. Declinan el honor de la corbata y en los meses frescos se visten con jerseys, chaquetas de lana o cuero, bufandas y camisas de tela gorda, muchas veces a cuadros. En el cálido verano abundan las camisolas. Al cambiar la indumentaria, parece que cambian ellos mismos.

Silos. La Iglesia

Cada cual debe hacer su cama y limpiar su aposento. Individuos que no han ejecutado jamás este menester, (o, a lo sumo, en sus tiempos de escolar o de soldado) se afanan en él con celo ejemplar. Pero no todos obran así. Y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga… De este modo imitan una cosa tan tierna y doméstica cual es la madriguera de los conejos silvestres. Por la noche, todos duermen como leños, tanto los ordenados como los cucos, sin que los ronquidos que atruenan el pasillo puedan atribuirse exclusivamente a unos u otros. Después, el sol sale para todos.

En el comedor ocurren cosas curiosas. Gentes que en su vida cotidiana, ni siquiera por prescripción facultativa, prueban la mantequilla, la comen aquí con fruición durante el desayuno. Aunque la pensión que se paga es modesta, la comida es sana, abundante y hecha con amor. Este es el reino de las verduras, legumbres, pescado, tortillas,… frutas y, como proteína típica, el pollo. Todo sabe a gloria y los huéspedes comen mucho más de lo que acostumbran. Rige una cristianísima coparticipación: las fuentes o bandejas que por una casualidad sobran en unas mesas se pasan a otras más voraces. He visto comer abundantes acelgas a ejecutivos que no las prueban jamás. Piden a los compañeros que no se lo digan a su mujer, ya que en casa tienen prohibido que les den hortalizas. Es la gloria de la huerta, donde cada mañana se cogen las verduras que han de consumirse durante el día. Los domingos y fiestas de guardar se obsequia a la grey hospedera con el néctar de la casa: el licor benedictino. Una sola copichuela, pero deliciosa. Esto tiene su historia. Dicha bebida es la propia y exclusiva de Silos. Otros tienen sus licores o licorzuelos pero no el mismo “benedictino”. En Silos, se hace exprimiendo docenas de especies de hiervas aromáticas que tan pródigamente se crían en los montes cercanos. Todo ello, claro es, debidamente dotado de alcohol que hace al caso. El resultado es exquisito.

El licor se escancia con rigurosa medida. La petición de repetir es cortés y enérgicamente rechazada, con la mejor de las sonrisas. No ocurre lo mismo con el vino que, durante las comidas, queda a disposición de los huéspedes. Es un tinto aragonés y de mucho cuerpo, apto no solo para el trago sino, además, para mojar pan. Los monjes también lo beben.

Las cosas de la hospedería. He contado solo unas pocas de las más visibles. Unos vienen a ella solo o en corta compañía, por su cuenta. Otros hacen jornadas del espíritu llevándose al cura puesto. Y, otros, las tienen con la ayuda de un monje de la casa. Hay quien se va a Silos para rematar un libro o una tesis. También vienen huéspedes que huyen de alguna cosa que les atosiga. Otros con la esperanza de librarse de los temores que pueblan su alma. Pero lo más llamativo son los debates que se organizan espontáneamente por los más interesados en ello. En Silos, cada huésped hace de su capa un sayo porque allí se encuentra el soñado reino de la libertad

Silos. Habitación

La zona del Tabladillo, donde Silos se asienta, es rica en yerbas aromáticas y medicinales. La miel de silos es exquisita y se aleja de la comercial al uso, tan líquida. Aquella es espesa, maciza y reconfortante, aunque apta para disolverse en la leche caliente o comerse a bocados sobre una rebanada de pan o una galleta. También es curativa: el monje aconseja, contra el catarro, miel disuelta en agua caliente con limón.

En definitiva: Silos no es un coto cerrado para quienes tienen el don de la fe, aunque allí puede fortalecerse con las cosas sencillas que le son tan propias. También es buen puerto para quienes la desean, punto muy próximo a tenerla. Pero Silos es, a su vez, morada para quien busca simplemente la paz. No interroga a cerca de lo que se cree. Ofrece lo que tiene y, entre otras cosas, la calma. Convertirla en paz es cuestión de cada uno. Silos pone el clima. Los fríos y sudores del espíritu son problema muy personal. Tampoco demanda una mente selecta y cultivada. Basta, tan sólo, con la sensibilidad o, menos aún, con el afán de tenerla.

El hombre está más necesitado de silencio que en ningún otro tiempo de la historia. Allí puede encontrar, si de verdad lo desea, la liberación del estruendo que le ensordece y de los ruidos que le aturden. La oferta inmediata de Silos es la consecución de la paz. A esto cabe sumar cosas tan excelentes como el ejercicio de la sensibilidad y la búsqueda del misterio. ¿Qué más se puede pedir?

Pedro Motas Mosquera

Blog: generaldavila.com

14 julio 2018

“EL VIAJE” AL MONASTERIO DE SILOS Pedro Motas Mosquera

Queridos amigos del Blog: como complemento a algunos artículos que he realizado en anteriores fechas y con el permiso de mi querido amigo el General Dávila, escribo dos artículos que conmemoran mi 25 aniversario de asistencia al Monasterio de Santo Domingo de Silos en estas fechas; y que durante tantas jornadas estuve disfrutando de los Días Grandes del año en la hospedería del Monasterio; sus títulos son: “El viaje” y “La estancia”, artículos-vivencias que me ha parecido oportuno compartir con vosotros.

Un fuerte abrazo.

Pedro Motas

“EL VIAJE” 

Meses antes hago la reserva en la hospedería, pues es tanta la demanda que uno se arriesga a quedarse sin plaza. Uno de los secretos es que más que un centro religioso, es un centro espiritual internacional y de intelectualidad, pues no solo acuden católicos, sino anglicanos, ortodoxos, protestantes, budistas,… no solo creyentes, sino agnósticos, ateos,… no solo gente normal, sino políticos, artistas, científicos…

Me acerco a Silos y distingo la inconfundible silueta de su ciprés, que señala al cielo y al futuro. Y es que estoy en uno de los lugares más venerados y venerables de nuestra tierra. Un lugar de recogimiento y de fe, de armonías y silencios, de historia y de un arte del que se ha dicho que no tiene tiempo ni paga tributos al espacio porque, como toda obra de espíritu, se ubica en la eternidad. Solo en algunos lugares privilegiados, como Silos, ese arte se hace tiempo y se hace espacio.

Más de mil años han transcurrido desde que Silos se situara en la estela de la historia a través de tres elementos esenciales como son la piedra, la armonía y la palabra. Los profundos significados que encierran esos tres elementos han hecho que Silos constituya una parte esencial de ese patrimonio cultural de España que tanta importancia reviste para identificarnos como pueblo.

Silos, desde luego, representa muchas cosas pero, como español siento especialmente cercano su significado como expresión sublimada de un impresionante pasado y símbolo de lo que somos y, sobre todo, de lo que todavía podemos llegar a ser. Un símbolo reflejado, una vez más, en la figura de ese ciprés que nos señala al cielo y al futuro.

 Los benedictinos son de suyo estables y quedos en sus monasterios, los mueven los estudios, las conferencias, los debates, etc. Sin embargo, los hijos de San Benito han tomado en ocasiones memorables la decisión de mudarse de lugar con tal de ensayar formas de vida presuntamente más puras o más fieles al espíritu originario.

Los visitantes, cuando penetran en el zaguán de entrada habilitada para ellos, pueden ver un relieve prendido en el muro que representa a un monje entre pensativo y escribidor y conmemora el nacimiento de la lengua castellana. Porque Silos tiene que ver con el nacimiento de ese idioma que es, por antonomasia, el idioma español.

Silos tuvo también su escuela de copistas que tanto contribuyó a la propagación de la cultura, de modo que San Benito ha podido ser llamado, a causa de ella, entre otras cosas, padre y patrón de Europa. Sucesivamente, muchos fueron los monjes de Silos que brillaron en tareas literarias y artísticas. Hoy, sigue siendo un testimonio de cultura; siendo la biblioteca la que mantiene la guardia de la inquietud cultural.

El monje de Silos es con frecuencia sorprendente. El huésped tarda poco en averiguar que aquel fraile que limpia los retretes destinados a los visitantes, es un excelente organista; que aquel otro monje que se pone el mandil para servir la sopa, rige la biblioteca con excelente técnica y que, en general, ni la recogida de hortalizas, ni el barrido y fregado de los pasillos o cualquier otro menester manual, por enojoso que sea, priva o exime a cada uno del estudio y de los trabajos del espíritu.

Puede creerse también que alguno de los viejos monjes (ya se sabe, ¡aquellos tiempos!) son sacerdotes de concisa formación y no excesivas letras, hombres procedentes de las aradas y poblados que recibieron cuatro latines y salmodias. Después, se descubre que aquel hijo de labriegos, es el traductor de una obra de historia, el paciente recopilador de asombrosos datos o el experto en liturgia.

Tampoco son pequeña sorpresa el porte y solemnidad con que llevan las vestimentas litúrgicas y la excelencia con que cantan el nada fácil gregoriano aquellos hombres que hemos visto a lo largo del día con un mono de trabajo. Puede que Silos no sea un convento de crisóstomos, pero sí una familia humana cuyos miembros hablan bien, cosa cada vez más rara en este mundo.

Son capaces de escuchar un extenso rollo acerca de una materia como si nada supiesen de ella, complaciendo al erudito que se despacha, y uno averigua más tarde que el oyente se las sabe todas al respecto. Por las mañanas transitan por el claustro camino de la iglesia, calada la capucha. Sus negras siluetas se recortan sobre la piedra dorada de los muros, interrumpidas por las columnas de los arcos. Llevan las manos bajo la cogulla. Su paso es ligero.

Los frailes predican en la misa dominical con pulcritud y, además, están de parte del público: no se exceden en la longitud de sus sermones y dicen lo que tienen que decir. Nada de interpolaciones o improvisaciones. Practican la sana costumbre de la homilía única en cada misa, de manera que el oficiante no se reitera con repetidas intervenciones oratorias.

No hay agobio. Es el lujo que se pueden permitir los que no paran de trabajar. Toman tiempo. Para ellos parece hecha la frase “sin prisa y sin pausa”. Cada uno sabe lo que tiene que hacer y lo hace. Es el gran secreto benedictino: la paciencia proverbial, una lección difícil de aprender porque sólo la poseen los hombres con esperanza.

Dicen los ignorantes que los monjes, por estar lejos del mundo, poco tienen que decir a quienes del mundo vienen. Se equivocan, su palabra no es un repertorio de recetas, sino que está cerca de lo esencial. Una y otra vez aparecen las ideas mágicas: alegría, paz, amor. Un monje define el amor de cien maneras y, entre ellas éstas: “Amar consiste en oír los problemas de tus hermanos… Amar es disculpar”.

No son coros angélicos, sino humanos y, más concretamente, viriles. El canto gregoriano, que es la música de los monjes, atrapa el espíritu y lo aquieta para elevarlo después. No hay retorno posible para quien penetra en su melodía. Es música para Dios capaz de cautivar, incluso, a quienes son extraños a la fe. Son himnos de paz. Jamás se ha pasado tan suavemente del silencio a la voz y de la voz al silencio.

Son los salmos los que señaladamente nutren el cuerpo de los cánticos. Por eso los salmos son alimento cotidiano del espíritu monástico. El salmo, a través del canto gregoriano, se hace presente de siglo en siglo y de generación en generación. Ya no hay cítaras y arpas. El órgano, suena, en efecto, pero la esencia de esa música es la voz del hombre.

Con lo dicho va de suyo que una de las cosas que debe aprender un monje benedictino es a cantar. Ellos han grabado sus cánticos (gregorianos y mozárabes) en discos que la gente se lleva de la tienda del monasterio con la mayor ilusión. No queda defraudada. El mejor momento es el de vísperas, cuando cae la tarde, como si los monjes, conjurados con los ángeles, hiciesen un esfuerzo supremo y cotidiano.

Quien se familiariza con la vida monacal se da cuenta de que no hay tristeza y que la felicidad personal de los monjes los sitúa muy por encima de aquella simple explicación que se resume en el refrán castellano de que “sarna con gusto no pica”.

El silencio se hace cada vez más comprensible, y hasta adorable, para el hombre de fuera que viene con la cabeza aturdida de tanto ruido o, si se prefiere, de tanto parche y tanto pito. Ya no se habla, se grita o se ruge. Cambian hasta las interjecciones tradicionales. Muchas veces cuando se habla,la palabra, se asemeja al ladrido bien por su agresividad, bien por su tono tan fuerte que ensordece.

No se desprenda de lo dicho anteriormente que los monjes de Silos practican el silencio absoluto. Aquí es otra cosa: es el silencio discreto no exento de cruce de palabras y conversación con propios y extraños. El necesario para la paz y para evitar la sinfonía del enjambre que es ruidosa y estéril. Y aquí paz y después gloria. El benedictino no está mudo, sino que habla poco.

En Silos no se oyen ruidos, sino sonidos como el de los pájaros, el de las campanas o el del viento. En Silos, el silencio no es sólo razonable práctica de monjes, sino también oferta. Los silencios de Silos son uno de sus tesoros. El huésped ve en el silencio un bien escaso que sólo puede gozar por unos días. Quizás no espera la Voz, pero se protege del vocerío que, bajo cien formas, le acosa y destruye cotidianamente en su vida ordinaria.

El claustro de Silos es el ombligo de la casa y camino que media entre el cuerpo que forman las celdas y la hospedería y la iglesia del monasterio. Por lo demás, el claustro no sólo es tránsito sino plaza mayor. Los monjes lo usan a su modo y los huéspedes también. Allí, la piedra, la fuente, el ciprés y los pájaros atrapan a cuantos buscan asilo en el viejo monasterio.

Pedro Motas Mosquera

Blog: generaldavila.com

9 julio 2018