¿LA JUSTICIA O LA INJUSTICIA SOCIAL? Pedro Motas

El pasado 20 de febrero fue el Día Mundial de la Justicia Social. Fue propuesto por la Asamblea General de las Naciones Unidas a finales de 2007 aunque su observancia data de 2009. En cualquier caso coincide con la Gran Recesión iniciada en 2008, cuyos lesivos efectos económicos y laborales, sociales y políticos perduran. Este undécimo aniversario es una buena ocasión para volver a preguntarnos en qué puede consistir la justicia social. O más bien su reverso: la injusticia. Como muy bien dice Roberto R. Aramayo, Profesor de Investigación e Historiador de las ideas morales y políticas, del Instituto de Filosofía (IFS-CSIC)

Quiero responder inicialmente a esta cuestión con los tres principios que, según el filósofo ilustrado Immanuel Kant, deben definirnos como ciudadanos, a saber: libertad, igualdad e independencia o autonomía. Estas tres condiciones no pueden verse disociadas porque se necesitan y complementan mutuamente. Estamos ante el anticipo del concepto de Egaliberté acuñado por Étienne Balibar.

La igualdad de oportunidades:

Sin igualdad no puede haber libertad. Y esto exige a su vez ser autónomo en términos económicos. Porque nadie cuya subsistencia dependa de otro podrá ejercer su libertad y disfrutar de la igualdad. En términos kantianos, la justicia social consiste en que nuestra capacitación y nuestro esfuerzo, las aptitudes que perfilamos mediante nuestras actitudes, sólo precisen de la suerte para promocionarnos.

Es decir: si los talentos y el talante, conjugados únicamente con el azar de una u otra coyuntura, no sirven por sí solos para permitir ascender –o descender– en la escala social, no podrá decirse que exista una mínima justicia social. Esta no quiere decir que todos debamos tener exactamente lo mismo. Ni tampoco que debamos obtenerlo en función de nuestras necesidades o cosas parecidas. Determina que hemos de tener las mismas oportunidades, sin que nuestras metas queden condicionadas, para bien o para mal, por nuestros orígenes y nuestro punto de partida.

El esfuerzo y el éxito:

Cuando nuestra cuna, etnia, género, diversidad funcional o cualquier otra circunstancia de partida, totalmente ajena a nuestra voluntad, sella nuestro destino para bien o para mal, esto significa que la justicia social brilla por su ausencia. No deberíamos considerar la pobreza como un estigma, ni la riqueza como algo envidiable de suyo, porque a veces esto último dista mucho de ser algo merecido, al no haberse ganado a pulso. Menospreciamos la moral del esfuerzo y sobredimensionamos la del éxito. Menoscabamos lo que depende de nosotros, y de lo que por consiguiente somos responsables, en aras de aquello que nos viene dado sin más.

Todavía se aclaman los fundamentos del Estado de derecho, pero al mismo tiempo se desmantelan las bases del Estado de bienestar. Esto es un craso error. Porque se trata de las dos caras de una misma moneda, como la libertad y la igualdad. Al finiquitar el Estado de bienestar es más fácil que se conciten los populismos de ambos signos. También se abona el terreno para la demagogia y los caudillajes. Los años treinta del siglo XX nos recuerdan cómo suelen terminar ese tipo de procesos.

Mientras que la Gran Depresión de 1929 genera nuevos contratos sociales e intenta poner coto a la improductiva especulación financiera, mediante la regulación bursátil y un reparto proporcional en el pago de impuestos, la crisis de 2008 ha buscado soluciones completamente opuestas. Basta recordar las tablas impositivas que tuvieron los norteamericanos durante décadas tras el desastre de Wall Street en 1929. Y comparar ese dato con la tendencia actual de imposibilitar o procrastinar cualquier gravamen tributario a las grandes corporaciones, al tiempo que se devalúan las condiciones de los contratos laborales y se incrementa la precariedad laboral.

Buscar el beneficio propio:

A juicio de Kant, la caridad y la beneficencia no dejan de ser una impostura, porque no debería ser necesario ejercerlas. La necesidad de hacerlo proviene de alguna injusticia social cometida previamente, al acaparar los recursos disponibles en unas pocas manos y privar de los mismos a la inmensa mayoría.

La política y la ética deben coincidir en restringir el perjuicio que podamos causar a los demás. Las reglas de juego del ámbito político no deben pretender procurarnos la felicidad. Han de establecer las condiciones en que podamos buscarla causando el menor daño a los demás al perseguir nuestro provecho y beneficio.

Imperativo de la disidencia:

Siempre nos cabe decir que no, y negarnos a secundar las injusticias, aunque no podamos instaurar aquello que consideramos justo salvo dando ese rodeo. De ahí el célebre imperativo de la disidencia, con el que se quiere actualizar la formulación kantiana de no instrumentalizar al ser humano en general.

Ante un conflicto entre nuestra propia conciencia moral y una presunta obediencia debida, siempre podemos atender a los dictados de nuestra conciencia. Lo haremos desde luego sin pretender imponer nuestro parecer por la fuerza, y apechando con las consecuencias que conlleve nuestra desobediencia, antes de acatar la obediencia debida.

Mientras quede tanto por hacer con ideales como la paz, la justicia o la democracia, no creo que nos hallemos en situación de jubilar al pensamiento utópico. Por lo que a mí concierne, declararía mi preferencia por la ‘vía negativa’ consistente en luchar por ideales como la paz, la justicia o la democracia ‘jugando a la contra’, es decir, oponiéndonos a las guerras, tratando de erradicar las injusticias y rebelándonos contra las tiranías.

Quizá el mejor modo de contribuir a instaurar y mantener la justicia social sea en efecto luchar contra las injusticias sociales desde todos los frentes y a cada paso que damos. La ventaja adicional es que, aun cuando debiera tratarse de una tarea primordial para las instituciones políticas, siempre podemos intentar atenernos contra viento y marea a ese criterio en nuestras pautas procedimentales, a nuestra cuenta y riesgo, contracorriente. Al margen de lo que piensen o hagan los demás.

Pues siempre nos cabe disentir de lo que consideremos inicuo. Por muy hegemónica que sea la rapacidad propia del robotizado homo economicus de corte ultra-neoliberal, cuya miopía cortoplacista le impide apreciar que a todos nos trae más cuenta evitar situaciones radicalmente injustas en el seno de cualquier sociedad. Parece obvio que nadie puede ganar a largo plazo con las reglas de juego del más exacerbado darwinismo social de sesgo economicista. Porque la baraja termina rompiéndose y los tahúres acaban tan mal como aquellos a quienes han timado.

Pero vayamos al grano:

España figura entre los países con peor justicia social de toda la Unión Europea, y se coloca en la posición 24 de los Veintiocho, diez puestos por debajo del lugar que ocupaba en 2008. La clasificación está encabezada por Dinamarca, seguida muy de cerca por Suecia, Finlandia, República Checa y Eslovenia. En el extremo opuesto, por detrás de España se sitúan Italia, Bulgaria, Rumanía y Grecia.

Muy mal en empleo y pobreza: De las seis dimensiones analizadas, España presenta sus peores registros en el acceso al mercado de trabajo –es el país donde más se ha deteriorado-, educación equitativa –con el segundo dato más alto de Europa en abandono escolar por detrás de Malta- y en prevención de la pobreza, donde aparece como el segundo país que más se ha degradado en ese campo después de Grecia.

Dentro de la educación, llama la atención el elevado porcentaje en España de población sin estudios secundarios, sólo superado por los de Malta y Portugal. En ambos países, sin embargo, esa tasa se ha reducido en casi 20 puntos desde 2008, mientras que en España, ha disminuido menos de 8 puntos en ese mismo período.

Además, las tasas de paro juvenil y parados de larga duración se dispararon y, pese a haberse reducido algo en los últimos años, continúan siendo de las más elevadas de Europa, sólo por detrás de Grecia en ambos indicadores.

En cuanto a la tasa de empleo, la media de la UE se sitúa, por primera vez desde la crisis de 2008, un poco superior que había antes de la recesión. España no ha recuperado el nivel de empleo previo a 2008, al igual que sucede en Italia, Croacia y Grecia.

Además, el porcentaje de españoles que trabajan con contratos temporales porque no pueden encontrar un puesto fijo es el segundo más alto de los Veintiocho, sólo superado por Chipre.

Otro indicador muy preocupante es el de los trabajadores que, pese a tener un empleo, viven por debajo del umbral de pobreza. En España, eso sucede con un punto porcentual más de los que había hace 10 años, que coloca al país en la parte baja de la clasificación, sólo por encima de Grecia y Rumanía.Según las opiniones de expertos españoles, “el impacto combinado de las dificultades económicas (crecientes tasas de paro junto a recortes en salarios y beneficios) y las medidas de austeridad (que han afectado a sanidad, educación, servicios sociales y programas de apoyo a discapacitados) ha exacerbado la marginalización”.

El Plan Nacional de Acción para la Inclusión Social del período 2013-2016 ha sido claramente insuficiente y las organizaciones sociales privadas han sido incapaces de cubrir ese hueco de prestación de servicios; al igual que el actual gobierno social-comunista, que con sus medidas inapropiadas no está favoreciendo ni la política social, ni la justicia social, ni el progreso del País, ni la inversión, ni la competitividad,… solo la pobreza, la injusticia, la división y la ruina, por primera vez, de nuestra querida España.

Un abrazo a todos. Pedro Motas

Blog: generaldavila.com

10 marzo 2020