Es el título del libro que en 1944 escribió Dolores Franco, esposa de Julián Marías, y que inicialmente tuvo que publicarse con el nombre de “La preocupación de España en su literatura”. Alguien dijo que “Dolores, Franco, España y preocupación hace muy mal efecto”. No fue hasta su reedición en 1960 (Guadarrama) cuando recuperó su título originario. ¡Qué cosas!
Superado aquél periodo y con él los recelos por el epónimo apellido de nuestra admirada profesora y escritora nos sigue quedando España como preocupación.
Hubo un tiempo en que tuvimos grandes intelectuales que diagnosticaban nuestros males y concluían que deberíamos convertir esta gran Nación en una empresa común desde una conciencia histórica de España. Siempre que ese momento parece acercarse, y que las aguas tienden a juntarse pacíficamente, surge un elemento perturbador que las agita.
Entusiasmo, conciencia de una empresa activa capaz de arrastrar a todos los españoles y unirlos a pesar de sus diferencias y rencillas. No, aquí no se juzga por lo que haces sino por quién lo hace. Aquí la hostilidad, la irresponsabilidad y falta de sentido del Estado están instaladas en las clases dirigentes del país dando lugar al mayor problema que nos asola: el desencanto, caldo de cultivo para los manipuladores del descontento.
¿Qué pasa en España?, ¿va a sucumbir? ¿España, duerme o o sueña? ¿Qué es España y cual es su esencia? Siempre las mismas preguntas, siempre erróneas soluciones.
Todavía recordamos cuando la escisión del cuerpo social mediante una tracción continuada, ejercida desde sus extremos, trajo desastrosas consecuencias. Ese torso de la sociedad que poco o nada tenía que ver con los grupos extremistas, en lugar de rechazar sus pretensiones, se dejó dividir, siguió, con mayor o menor docilidad, a los dos fragmentos que no querían convivir con los demás. Es el peligro que acarrea el dejarse llevar por los elementos perturbadores que utilizan: la reiteración y la utilización. El primero produce un efecto hipnótico y el segundo pone a prueba la tesis que interesa sin probarla, demostrarla o justificarla, sino haciéndola funcionar. Se sobreentiende que su funcionamiento es prueba de su verdad. En definitiva, manipulación difícil de captar sí no estamos dotados de un pensamiento alerta capaz de descubrirla.
No invento nada. Son palabras de aquél matrimonio, Dolores Franco y Julián Marías (Yo hacía libros (…), ella hacía personas). Deberíamos pasar más tiempo leyendo. Algunas cosas están escritas y son algo más que titulares.
Los agitadores se empeñan en continuar con la España de la preocupación y viven envueltos en su fangoso lema de “Cuanto peor, mejor” de donde obtienen su rédito. Se les conoce por las obras y no por los enunciados.
La historia no debe instrumentalizarse ni interpretarse de manera visceral.
No hay peor manipulación que la de las emociones y los sentimientos
Hay ofertas que no se pueden asumir. No se puede pretender dirigir una nación a la que odias. Mala apuesta es dejarse llevar por agitadores convertidos en líderes de ocasión que predican la desunión, escisiones y revanchas.
Desde aquella “España como preocupación” hemos avanzado, sin duda, aunque persiste el peligro de la tracción continuada ejercida desde sus extremos.
Malo es transitar de España como preocupación a España como negocio. El negocio del poder, que para algunos consiste en tener todos los poderes, afán totalitarista y viejo conocido.
Se les conoce por sus obras y no por los enunciados.
General de División Rafael Dávila Álvarez (R)
Buenas tardes, General Dávila. No es fácil ser español, y menciono “español” en vez de “ciudadano con residencia en España” porque en nuestra Patria, además y simultáneamente a las preocupaciones que una persona pueda tener en cualquier otro país (el bienestar y progreso social de su familia, la seguridad jurídica, etc.), que hacen referencia a los derechos como ciudadano, periódicamente las hemos de significar con el gentilicio, haciendo referencia y defensa de nuestro derecho como Nación. Así, pues, pensaremos -y nos preocupará- (como en tantas ocasiones pasadas) la idea de España tanto en lo referente a los derechos en común con otros ciudadanos de cualquier otro país, que es cosa de supervivencia individual, como en lo referente al destino de nuestro pueblo, que es cosa de supervivencia como Nación (de todos), de preservación de la propia identidad. En otras naciones, el debate sobre los derechos individuales han pasado por diversas vicisitudes de origen interno, más o menos dramáticas, y el debate sobre la identidad nacional ha pasado por variopintas situaciones de conflicto (tradicionalmente, de guerra) frente a un enemigo proveniente del exterior. España también ha tenido que pensarse en variadas circunstancias, impulsada por conflictos de origen interno o externo (de este último tipo, por ejemplo, véase lo ocurrido durante la ocupación francesa, que dió pie a la elaboración de la Constitución de 1812, o tras las pérdidas de 1898), puesto que -en la historia de los pueblos, como en la historia individual- en la motivación del pensamiento suele hallarse el conflicto, cada una de esas veces acompañada de un grupo más o menos numeroso de “pensadores” (más tarde, denominados “intelectuales”) que procuraron interpretar su época, denunciar sus males (o sea, establecer el diagnóstico) y señalar su propuesta de camino correcto. A principios del S. XX, para muchos ese camino tomaba forma de modelo de otro país -para mi abuelo, por ejemplo, era el régimen republicano francés-, para otros el modelo era el soviético, otros el alemán, o el italiano… en una especie de papanatismo que renegaba de “los males de la raza”, como si la identidad española adoleciese de un “pecado original” que la hiciese peor que la de otras naciones (a despecho de la historia comparada); puede que de ahí provenga la desconsideración de lo propio y, como corolario, el enraizamiento de otras “identidades” míticas (la verdad no tiene ninguna importancia), distintas a la española (a la pecaminosa, a la maldita), de la que había que renegar. Y así llegaron a lo que llegaron. Las voces de los que procuraron mantener la cordura, que es el derecho del pueblo español en España.y a España (que era el motivo original del discurso político de tantos pensadores), se vieron ocultadas por los gritos de los energúmenos y los tiros de los pistoleros. En esas circunstancias, el debate político acaba siendo sustituido por la defensa propia, cosa que así ocurrió.
Haciendo un salto en el tiempo, todos los que tenemos cierta edad recordamos la Constitución de 1978 como una oportunidad de establecer el principio al que he aludido (el derecho del pueblo español en España y a España) de modo acordado, sobre la base de la sabiduría y responsabilidad de quienes conocieron (muchos, como testigos directos) el drama anterior y sus causas, y sobre la base de una sociedad en desarrollo con una clase media muy amplia (nada que ver con el mapa sociológico de los años 30), completamente alejada de deseos revolucionarios. Prueba de que esto era un camino adecuado fué que los enemigos de España arreciaron con furia sus actuaciones terroristas, a fin de intentar desestabilizar ese camino y hacer descarrilar el proyecto; otros callaron sus intenciones, para evitar el rechazo, pero no perdieron ocasión de establecer las bases (manejando la educación, por ejemplo) para que en un futuro, cuando hubieran podido establecer sus redes clientelares y adoctrinar a varias generaciones (apoderándose de sus almas), pudieran encontrarse con mejor circunstancia para asestar el golpe. Por “en medio”, desapareció el pensador de España, y el mismo nombre fué ocultado del discurso político, del discurso del pensamiento, del discurso común… quedando relegado a ciertas “islas” de pensamiento, significativamente las relacionadas con quienes hacen de España su profesión (de oficio, y de fe), “isleños” a los que ahora busco, y encuentro felizmente, como pensadores de España.
Creo, General Dávila, que hemos llegado a un punto en el que se vuelve a plantear lo revolucionario (incluyo lo separatista), de nuevo poniendo en boca a países aventureros, con desprecio a la identidad nacional y a los otros derechos reconocidos de los españoles (no sólo por la Constitución, sino también por los organismos internacionales que la homologaron en su día), aprovechando el primer escollo importante que encuentra esta Nación en la que, a diferencia de en otras, se quiere vender la solución en un “sálvese quien pueda”, guiando de modo sectario la desesperación de tanta gente, cuando no en la formación de grupos de dominación que encuentran su alimento y ocasión de toma del poder (que debería ser servicio, pero no propio) sobre las ruinas de la Nación. Dejo a la libre consideración de si esta circunstancia puede derivar en un caso de defensa propia, como si no hubiésemos aprendido nada; Dios no lo quiera.
Reciba un abrazo.
Me gustaMe gusta
Como siempre ¡Gracias y un fuerte abrazo!
Me gustaMe gusta
España somos tú y yo
y el hogar que nos ampara,
la tumba de nuestros padres
y el jardín de nuestra casa.
España es el cielo azul
que amanece en tu ventana,
y las montañas agrestes
que te velas y te guardan.
España es el limpio orgullo,
de la historia de la raza,
es el incierto futuro
donde pones tu esperanza,
y es tu voluntad de ser
español, cada mañana.
España son tus costumbres
y el idioma en el que hablas,
y el pan de trigo que comes
también es un poco España.
España es el padrenuestro
que rezas por la mañana,
y el rojo y gualda que pone
ese nudo en tu garganta.
España es el pulso alegre
de tu sangre alborotada,
porque el futuro que es tuyo,
también lo será de España.
España es la fe que tienes
en tus padres y en tu casa,
y cuando todos te falten
estará contigo España.
Me gustaMe gusta