¿Hay que defenderse? ¿De quién o de qué hay que hacerlo? ¿Hay enemigo? ¿Hay amenaza? ¿Concreta, virtual o abstracta? ¿Quiénes nos amenazan? ¿Quién nos puede atacar? ¿Uno o muchos?
Mientras no sepamos responder, no podemos pasar a la fase siguiente: ¿cómo defendernos?, ¿con quién contamos para defendernos?, ¿cuánto nos cuesta la Defensa?, ¿tenemos capacidad económica, voluntad de hacerlo?, ¿qué piensa el pueblo de la Defensa?
Demasiadas preguntas sin respuesta. No sé si seríamos capaces de saber en qué condiciones de Defensa estamos. Dudo que el Gobierno quiera saberlo y, si tiene que elegir, siempre escogerá su criterio antes que el de los responsables militares. Dada la variedad de ideologías que en España son protagonistas, con una política nacional de constante enfrentamiento, dar contestación a las preguntas sobre nuestra Defensa es prácticamente imposible. Surge espontáneo: el enemigo está dentro.
Al hablar de Defensa hay que hacerlo de sus protagonistas principales, las Fuerzas Armadas, y analizar su misión, recogida en la Constitución, y sus derivadas. En ella se dice con rotunda claridad lo que deben hacer, cumplir y respetar, que, en definitiva, las constituye en defensoras del fundamento constitucional: la unidad de España. El asombro preocupante nos invade cuando vemos que, en el Parlamento, sede de la soberanía nacional, la mayoría se sostiene apoyada en aquellos que son contrarios a la unidad de España y fueron condenados por dar un golpe de Estado separatista.
Mal empezamos.
Llega el recuerdo socialista: «Primero aprobemos la Constitución y luego ya veremos». Un viejo profesor descubría la trampa.
Leamos detenidamente: «Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional». Constitución: artículo 8.1. Pocos quieren leerlo y menos saben interpretar.
Un detalle que muchos olvidan: la misión encomendada a las Fuerzas Armadas se encuentra en el Título Preliminar de la Constitución y no en el capítulo correspondiente al Gobierno, lo que, de manera clara, tiene una intención que pocos constitucionalistas explican.
No se arma una Fuerza para, desde el centro de la soberanía nacional, alentar o asumir lo contrario a su misión. Dado que la misión constitucional de las Fuerzas Armadas está arrumbada en el viejo desván, porque tenemos una Constitución que no parece fundamentada en la unidad de España (integridad territorial incluida), se abre un verdadero interrogante sobre la Defensa. ¿Habrá que explicarlo?
Constitución: se fundamenta en la unidad de España.
Las Fuerzas Armadas parece ser que solo están y se preparan para atender a los compromisos internacionales por su pertenencia a la OTAN o a la UE. Lejos de España os quiero; dentro, solo bodas, bautizos y emergencias naturales.
La misión de las Fuerzas Armadas parece que se dirige más al Ártico o a Letonia que a Ceuta, por poner un ejemplo.
Fuerzas Armadas desaparecidas en nuestras fronteras. Ataque a la integridad territorial en Ceuta (presidente del Gobierno dixit) y nadie soporta el escudo que pare una invasión. ¿Habrá que recordar aquello de «Vuelve con el escudo o sobre él»?
Todos nos preguntamos cuál es la misión que desempeñan las Fuerzas Armadas en Ceuta, Melilla o el estrecho de Gibraltar. Lo suponemos —o suponíamos—, porque nadie nos lo explica, mientras nuestros soldados esperan también saber cuál es su misión.
¿Han cumplido las Fuerzas Armadas con su deber constitucional? La pregunta es obligada. La respuesta nunca se dará.
Podría ser que en el imaginario colectivo no exista amenaza alguna y durmamos cada día con la enorme convicción de que no es necesaria defensa alguna; estamos muy seguros. En Letonia, Líbano, el Índico, Turquía… Incluso en la frontera de Finlandia. El Ártico nos espera.
Previsión, vigilancia, disuasión. Nadie explica en qué consiste ni cómo lo hacen.
Ver un mapa y hundirse en lo incomprensible… Hablar de lo inexistente.
España es sol (Puerta del Sol), playas y paella.
Empezar así un análisis de la actual situación de la Defensa de España es poco optimista, lo cual no lo aleja de la realidad, como pretendo argumentar. Es necesario saber quién da y qué órdenes se dan.
Partiendo de que las Fuerzas Armadas son el principal elemento de estabilidad institucional subordinado al poder político, clama al cielo cuando los insubordinados son aquellos a los que se debe subordinación.
Un Estado basa su existencia y presencia interior y exterior apoyado en sus Fuerzas Armadas y en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Del Estado, no del partido. Sin la fuerza de la nación no hay justicia ni orden. Las amenazas y los riesgos existen. Los vemos cercanos y ahora vividos en directo. El que avisa resulta ser traidor. Todo al revés.
Porque, guste o no guste, hay amenazas y mucho peligro. No estamos solos; compartimos riesgos con otros países occidentales. Podemos hablar de defensa compartida, pero, en nuestro caso, nos enfrentamos a una muy concreta en soledad. El enemigo está dentro.
No son precisamente los misiles ni la artillería, que también, los que nos amenazan, sino una gama muy extensa que abarca desde la metáfora de los «hombrecillos verdes» a nuestros propios rencores y enfrentamientos.
Los riesgos vienen por antiguos odios, revividos incluso hacia nuestros aliados, aunque parece que confiamos en que, en el momento decisivo, sean ellos los que cojan el fusil.
Si abren ustedes un mapa, costumbre muy sana, y se sitúan en el centro de la Península, pronto verán que somos parte de Europa, pero en unas brazadas nos situaríamos en África, donde deberíamos defender la frontera, tan europea como española.
También observaríamos que nuestra ruta abierta es Iberoamérica y que, camino hacia tierras hermanas, tenemos el gran portaviones de Canarias.
En nosotros confluyen Europa, África y América, un fenómeno propio que nos da una personalidad geoestratégica que no valoramos lo suficiente. Somos custodios importantes del Atlántico y del Mediterráneo. Todo ello, junto a la pertenencia a organizaciones internacionales de seguridad y defensa, principalmente por el principio de defensa colectiva, debería obligarnos a una continua revisión de los procedimientos militares más convenientes, comprobar nuestras capacidades de respuesta y las técnicas de combate, basado en una firme y constante voluntad de defensa, vista como una necesidad y no como una provocación.
Nuestra meliflua sociedad (también militar), para suavizar el término, introduce el concepto de «guerra híbrida» cuando todo es lo de siempre: imponer la propia voluntad al adversario (estrategia política) y desarmarlo (estrategia militar). Lo de las «armas» es secundario en la guerra moderna, híbrida o extrema; todo juega como si fuesen cañones cuando se trata de algo más simple: voluntad y desarme moral.
¿Qué ha pasado en nuestra frontera sur? ¿Cuál es la conclusión?
Los que se dedican a estas cosas de la Defensa con seriedad, sin ideología ni partidismo, saben muy bien cuál es nuestra amenaza real, la externa y la interna. Son coincidentes en acabar con la soberanía y la integridad territorial. La interna ha sido mencionada al comienzo.
Al hablar de la externa nos viene de manera inevitable el recuerdo de la «Marcha Verde» y de las intenciones (no reveladas por ellos ni por España) de la ocupación de Perejil, sin olvidar esas fechas en las que, como un goteo constante, se repite la presión migratoria a modo de «marcha» sobre nuestro territorio.
Marruecos es palabra prohibida en el Palacio de La Moncloa; mentar la bicha. Esperemos que no sea así en nuestros estados mayores y sean conscientes de que el riesgo no es únicamente medible por un balance de fuerzas en el que España supera a Marruecos de manera incuestionable. En la guerra moderna, las comparaciones cuantitativas y cualitativas de los ejércitos no siempre son suficientes. La guerra es el territorio de lo incierto y nunca hay tregua; ni siquiera armisticio. Los militares cada vez cuentan menos en la decisión. Debemos recurrir a nuestros genios estratégicos y recordar que ya en el siglo XVIII uno de los más brillantes dejó escrito: «Los primeros ejércitos de Europa han sido derrotados por un joven al frente de bandas desorganizadas; los hábitos consagrados por el tiempo como principios militares, las reglas de los maestros, han sido holladas y, a despecho de ellas, se ha vencido, se han conquistado naciones en ocho días, se han destruido ejércitos en dos horas, y el arte ha sufrido la misma revolución que la política, la literatura, las ciencias y las costumbres» (Francisco Villamartín. Nociones del Arte Militar).
Nos aturde el sonido de los cañones, los drones cobran protagonismo, pero eso es el simple negocio de siempre, el de las armas, cuando ahora la guerra se hace desde las redacciones, alentadas por el poder de las nuevas energías.
La guerra nunca ha estado tan cerca de los despachos, de la economía que regula la compraventa. Los militares jamás dejaron perder la guerra por decisiones absurdas en el campo de batalla, sino en los despachos. Hoy ni siquiera deciden el objetivo táctico y se limitan a pedir soldados y armas sin saber cuál es su objetivo.
En España se modernizan los ejércitos a base de presupuestos cuyo resultado no da ni para defender una frontera en la que no se ha invertido ni en un despertador que nos avise de que ha llegado el momento, de que la hora se aproxima. Lo exótico está en el Ártico o en enviar los Patriot a Turquía.
Ceuta y Melilla, incluso Canarias, pueden esperar a que llegue esa «sinergia» desplegable. ¿O es mejor prepararse para actuar en la «Franja robótica»?
Todavía no sabemos quién manda. Todos; nadie de uniforme. Ellos solo mandan informes. Castellana dicta lo que en Moncloa deciden y la «Cadena de Mando», puramente militar, se pierde en diferencias ostensibles e irreconciliables entre lo operativo y lo orgánico. Manda quien ni prepara ni organiza. Así, todo poder se difumina en el escalón inicial, en el más alto, y cuando llega la orden al soldado que está en el frente ocurre que el coronel había sido eclipsado, como en el chiste del recordado Eugenio: «El sol en traje de campaña eclipsará al coronel en el gimnasio, ¡y qué pena que eso no suceda todos los días!».
«¿Es el enemigo? ¿Podría usted parar la guerra un momento?». Conteste, porque el enemigo está dentro.
General de División (R.) Rafel Dávila Álvarez
Blog: generaldavila.com
5 octubre 2026













