AQUEL ABRIL REPUBLICANO. Del libro LA GUERRA CIVIL EN EL NORTE General Rafafel Dávila Alvarez

¿DÓNDE VAS ALFONSO XIII?

El 14 de abril de 1931 el Rey se marcha, abandona el ejercicio de sus funciones para evitar un supuesto y posiblemente no seguro derramamiento de sangre.

No había razón alguna; nadie había depositado en las urnas la forma política del Estado. Solo eran unas elecciones municipales que el Rey ni perdía ni ganaba; él no entraba en juego. Nunca se sometió a referéndum la forma política del Estado. De unas elecciones municipales surgió la República.

Alfonso XIII se quedó solo.

¿Dónde están mis leales? No están aquellos Cadetes de Infantería a los que con tanta frecuencia visitaba en Toledo, en el campamento de la academia militar, los Alijares. Fresco el recuerdo de aquella tienda de campaña en la que durmió el Rey un día ya lejano mientras resonaban en sus oídos las palabras que su Director dirigía a los Caballeros Cadetes: «Conservad en vuestros corazones estos sentimientos de admiración, cariño y adhesión a nuestro Rey, que ellos serán la guía de nuestro proceder en todos momentos [sic], hasta en los más peligrosos de nuestra gloriosa carrera. Dedicad todas vuestras energías, vuestra vida entera, a su gloria, que es la de la Patria» […]. «Recordad en todo momento que las páginas más gloriosas de nuestra historia las ha escrito la Infantería con la punta de sus bayonetas».

Otros Cadetes, los de la Academia General Militar estaban más lejos: la General de Zaragoza. Su Director, el general de Brigada Francisco Franco Bahamonde, había propuesto que se ubicase en El Escorial. Entonces las cosas podían haber sido distintas: «Si hubiésemos estado en El Escorial acaso habrían podido cambiar algunas cosas. A mí me hubiese sido fácil presentarme el 12 o el 14 de abril de 1931 en Madrid, al frente de los cadetes, e influir, quizá, sobre las circunstancias que determinaron la expatriación de Alfonso XIII» (Franco. Manuel Aznar).

Ya antes, muy pocos meses antes, el 12 de diciembre de 1930 el general Franco había plantado cara al golpe de Estado republicano, un servicio de guerra, al tomar posiciones con sus cadetes en Zaragoza sobre la carretera de Francia para detener a la columna del capitán Fermín Galán, laureado de la Legión, sublevado en Jaca por la República.

El desorden e improvisación de la columna de Galán hizo que no pasase de Huesca. Detenida y anulada. Los capitanes Galán y García Hernández fusilados.

Era el pronunciamiento militar vanguardia del Comité Revolucionario que pretendía que los militares fuesen por delante, asegurarse la fuerza. Casares Quiroga, que iba camino de la revolución del capitán —dicen que a detenerla—, se quedó dormido en el hotel de Jaca. Al despertarse ya se había sublevado Galán que avanzaba hacia Huesca. ¡En nombre del Gobierno Provisional Revolucionario!

A partir de ese momento nadie estaba tranquilo. Se había inaugurado una etapa de permanente violencia y desconfianza política y social. Después del fracaso militar y revolucionario, inventaron la excusa de las urnas. Unas elecciones de falsa interpretación y amañados resultados.

Al fin, como consecuencia de sucios pactos y manejos, sin razones legales en que sustentarse, llega a España la República, porque el Rey se va. Dicen que para evitar un derramamiento de sangre; nadie dijo lo de supuesto y posiblemente no seguro derramamiento de sangre que, al final, ya sin rey, se produjo. No era el rey el problema.

El 14 de abril Alfonso XIII tiene que abandonar España.

Son las hijas de un general y marqués, Gonzalo Queipo de Llano, las primeras en subirse a una camioneta y recorrer las calles de Madrid al grito de viva la República: «en alguno de esos camiones, roncas de gritar y sinceramente convencidas de la gloria de la jornada, iban mis hijas» (Queipo de Llano en Mis almuerzos con gente importante. José María Pemán, Dopesa 1970).

Mientras se le acaba el tiempo, el rey tiene aún lucidez para una breve meditación. Aquella dictadura. ¿Para qué? No era eso, no era eso. Esto no acabará aquí. Si se queda: ¿habrá guerra? ¿Si se va?

¿Dónde vas Alfonso XIII? Ya no hay vuelta atrás. Que se las arreglen ellos.

La Guardia Civil se inhibe por orden del general Sanjurjo, José Sanjurjo Sacanell, dos veces laureado, su Director. El repentino republicano, marqués del Rif, recuerda sus cuentas pendientes con el que ya es solo don Alfonso: el Toisón de Oro que no le han dado, que si su mujer no es del gusto real, ¿por qué no le ha nombrado gentilhombre, con acceso directo al despacho real?

Esos días abrileños de repúblicas, el general Sanjurjo se convierte en protagonista. Le gusta ser importante. Lo es. África y alguna cosa más le han dado fama y honores que a veces no se corresponden con su inteligencia. El ministro de Estado Alejandro Lerroux le pide que asegure el orden. El general exige para él plenos poderes sobre el Ejército, las Fuerzas de Seguridad y la policía. Lo quiere todo y lo obtiene. (Madrid Julio 1936, pág. 191, en cita al libro de TG. Emilio Esteban-Infantes: General Sanjurjo (Un laureado en el penal del Dueso. Maximiano García Venero).

Sobre el marqués del Rif va a recaer el peso de la bienvenida a la República. La República necesitaba para colarse en España el aval de un general, a pesar de Azaña y muy a su pesar: «…accedió sin resistencia a prestar a la República, que reconoció, el primero e inestimable concurso de la Guardia Civil de la que era director general. Siguió al frente de ese Instituto, pero muy pronto inicióse una antipatía que le hizo incompatible con Azaña, el cual no se cansaba de manifestar la molestia sentida ante la pretensión de que la República tuviese un patrono o protector y con entorchados» (Mis Memorias. Niceto Alcalá Zamora. Colección Espejo de España).

Antes de que el rey se vaya definitivamente, un último intento lleva a Romanones a proponer su abdicación y establecer una regencia de la que fuese titular el Infante D. Carlos de Borbón Dos-Sicilias que había sido Capitán General de Sevilla, y en esos momentos Inspector del Ejército. Persona muy considerada, de enorme prestigio entre civiles y militares. Una quimera. Ya era tarde para el apellido Borbón en España. No había vuelta atrás.

Desde el 12 de abril de 1931 la calle no deja de gritar. Por ahora solo eso: gritos.

Berenguer ministro de la Guerra rubrica el final de la escena. Escribe a los capitanes generales la noche del mismo día 12 y les da la orden definitiva: «…que los destinos de la Patria siguieran el curso que les impone la voluntad nacional». Está claro: no hay que contar con el Ejército, que nadie mueva un pelotón. Lo que diga Sanjurjo. Nada que hacer. Dejar correr la calle.

El Rey no tiene donde apoyarse. Dice que no quiere derramamiento de sangre.

¿Y si resiste? «Dios sabe lo que hubiese ocurrido si Su Majestad resiste; tal vez se hubiese salvado el trono» (Franco. MC. FFSA. Pág. 491).

Es el final de la Monarquía: «Quiero apartarme de cuanto sea lanzar unos compatriotas contra otros en fratricida guerra civil… Suspendo deliberadamente el ejercicio del poder real y me aparto de España».

Se acabó el Reino de España, que ahora es la República española. Rumbo a Cartagena.

La guerra que vino no fue como consecuencia de la marcha del Rey sino por los que en un ruin pacto (Pacto de San Sebastián) traicionaron el curso de la historia y amañaron a su gusto unas elecciones para montar su República que no supieron encauzar ni dirigir. Ni la monarquía, ni la República eran culpables. Solo la incompetencia de unos dirigentes demasiado complacientes; con su escasa sabiduría gobernante se llevaron por delante la monarquía y detrás de ella la república. Habrá que admitir la consabida frase: «La República la trajeron los monárquicos y, después, la perdieron los republicanos».

DE CARTAGENA A MARSELLA. EL DESTIERRO

Jesús Juan Garcés, Oficial de la marina de guerra, licenciado en Derecho y perteneciente al Cuerpo Jurídico de la Armada, nos dio la oportunidad de conocer en detalle cómo fueron aquellas últimas horas de la monarquía y el viaje de Don Alfonso al destierro. Lo hace a través del relato del Almirante José Rivera y Álvarez de Canero, ministro de Marina en aquellos momentos, y que acompañó al Rey en su viaje hasta Marsella. Lo publicó en La Gaceta Ilustrada n. º 444 de 10 abril 1965.

Tentado he estado en honor a la brevedad y espacio literario resumir este importante testimonio, pero no me he atrevido a cambiar ni una coma de lo escrito por el almirante, documento oficial depositado en el Museo Naval.

Es un relato exacto no solo del viaje, sino del ambiente oscuro de aquellos momentos en el que se traslucen las relaciones del Rey con el ministro de Marina y los que le acompañan, entre el deber y el sentimiento, que nos permiten deducir lo que ocurría por muchos corazones de tantos militares y españoles. Descripción breve, declaración militar del servicio prestado, en la que el almirante no puede evitar traslucir la frialdad del viaje al exilio.

«Manuscrito 1.306: “El domingo 12 de abril fueron las elecciones municipales y el lunes 13 conocí por el Ministro de la Gobernación, que me habló por teléfono, el desastroso resultado de las mismas. Hablé también con Aznar (Capitán General de la Armada, Presidente del Consejo de Ministros) y me dijo que a las cuatro tendríamos Consejo. Nos reunimos a esa hora y tomó la palabra Romanones, quien desde luego opinó que la única solución era que el Rey se marchase y desde luego que el Gobierno debía presentar la dimisión y aconsejar lo ya dicho. Pensé que esto era ya cosa conocida por el Rey, dadas sus relaciones íntimas con Romanones, ya que este era quien llevaba la política del gobierno y más aún porque ya traía una cuartilla escrita con su opinión.

Aunque la cosa era muy fuerte, todos comprendimos que no había otra solución, pues ni el Rey quería seguir ni el Ministro de la Guerra contaba con el Ejército, según expresó claramente repetidas veces. Cierva fue el único que opinó enérgica y decididamente en contra. Yo me limité a repetir lo que había dicho en la primera reunión de Gobierno: Que mi papel era sostener la disciplina de la Marina, pero veía claramente que sin contar con el Ejército y la Guardia Civil, y siendo la voluntad del Rey no batallar, era inútil todo esfuerzo. En vista de esta larga y penosa discusión, el Presidente fue a dar cuenta al Rey y presentar la dimisión del Gobierno, que continuaría en su puesto hasta la resolución definitiva.

El día 14 recibí aviso telefónico de que a las 12 estuviera en Palacio, y poco más tarde me llamó el Almirante Aznar y convinimos en alistar un Crucero. Supuse para lo que era y di las órdenes al Almirante de la Escuadra. A las 12 estaba en Palacio y allí me enteré de que el Rey estaba conferenciando con García Prieto y Romanones y quería oír a todos los ministros. El cariz de Palacio era alarmante, pero la poca gente que había en la Cámara aún conservaba esperanzas; salieron los arriba mencionados y entramos Berenguer, Maura y yo. Tomó la palabra el Rey y expresó su resolución de ausentarse de España en vista de las circunstancias, pues aunque no le faltaba valor para jugarse la vida y estaba seguro de contar con fuerzas suficientes para resistir, no quería que por su causa se derramara sangre. Maura le dijo que le parecía bien su resolución y que no pasaría un mes sin que hubiera una reacción. Berenguer callaba e insinuaba su desconfianza en el Ejército y yo dije que confiaba en la  actitud de la Marina y que no opinaba como Maura. Después entró La Cierva con otros dos ministros. No sé, pero me lo imagino, lo que el primero diría al Rey. Volví al ministerio y, después de comer, a mi despacho, donde recibí otro aviso de que a las cuatro y media había Consejo en Palacio. Ya se veía la revolución y en el edificio de correos ondeaba la bandera roja y por las ventanas los empleados asomaban banderitas. Fuimos a Palacio encontrando mucha animación en las calles de gente del pueblo.

Durante el Consejo se repitió lo de por la mañana. El Rey no vacilaba en su decisión de marcharse para evitar sangre, pero estaba tranquilo. Cierva insistió en su idea de probar a resistir y discutió con alguna viveza contra Berenguer, García Prieto y Romanones. Hubo el detalle de que entró el Ayudante de servicio y entregó a Romanones un escrito de Alcalá Zamora, al parecer conminatorio, pues era ya tarde y se acercaba lo noche. Al poco rato, y siendo inútil la discusión, nos levantamos y fuera del Consejo, ya junto a la ventana, el Rey hizo la exclamación:

—Esta casa en que nací y que quizá no volveré a ver…

La primera parte es seguro, la última algo parecida. Se habló de que Cartagena había ya preparado un Crucero y Hoyos se ofreció al Rey para acompañarle a dicho punto, pero todos dijeron que el  ministro de  la Gobernación no debía ausentarse, y Romanones dijo que fuera yo quien le acompañase, a lo que me presté, desde luego. Durante el Consejo se había convenido que el Gobierno continuaría hasta las diez de la mañana del día 15, en el que el Presidente haría entrega a Alcalá Zamora.

Quedo con el Rey en recogerlo a las 9 y yo le llevaría en mi coche de uniforme. El Rey se despidió y abrazó a los demás y los Ministros nos reunimos para nada, pues ya no había nada que hacer. Yo me marché pues eran las siete y media y tenía que preparar mi viaje. Ya me costó llegar al ministerio y tuve que hacerlo por las calles extraviadas y aún por estas había gente y gran animación, viéndose muchas banderitas republicanas. Llegué al ministerio y conversé con el Jefe de Estado Mayor, Almirante Cervera. A quien entregué mis papeles y le dije advirtiera al Capitán General de Cartagena  mi salida para aquella plaza con el Rey y que tuviera abierta la puerta  del arsenal y todo dispuesto para embarcarse inmediatamente en el Crucero que estaría listo. También mandé alistar otro Crucero que no hizo falta. Al poco de entrar en el ministerio recibí  otro aviso de Palacio para que fuera a las ocho y media en vez de a las nueve, lo cual era difícil por detalles de preparación inexcusables y entre ellos porque el coche no estaba convenientemente preparado y el chófer de confianza, Requeijo, que conocía muy bien el camino y coche, se había marchado a la calle. Por fin llegó el chófer y pude salir minutos después de las ocho y media, después de abarrotar de gasolina para no tener necesidad de parar hasta Albacete, Ya estaba Madrid intransitable por las calles del centro y me fui por Génova, que tardé bastante en pasar por las aglomeraciones de gente, coches y carros con mujeres con trajes fantásticos y promoviendo gran algazara. Salí del atasco y tomé por las Rondas, donde tampoco faltaba animación, y por fin llegué a Palacio, al que atraqué a la puerta del Príncipe que estaba imponente y dejé allí el coche con mi Ayudante, atravesando yo a pie aquella multitud que me dejó pasar a pesar de ir de uniforme. Llegué al ascensor y no había nadie. Subí la escalera y salí a la galería donde solo había un alabardero a la entrada del primer pasillo. Entré en la saleta y allí me esperaba el Ayudante Moreu, con orden de conducirme a las habitaciones particulares de la familia Real, que yo desconocía, y me dijo que el Rey me esperaba con impaciencia.

Acompañado de Moreu pasé a un salón donde de pie y rodeada de varias señoras estaba la Reina, a quién saludé, así como a los Infantes Don Jaime y Don Gonzalo. Entramos en un pasillo y a poco encontré al Rey con sombrero puesto y me dijo:

—Vamos, don José.

Me puse a su lado, y al salir de nuevo a otro salón grande, apareció rápidamente multitud de servidores que cariñosamente le rodearon y dijeron que volviese pronto, al propio tiempo que le daban vivas. Acompañaba también al Rey el Jefe de la Casa Militar y Ayudantes de servicio y otras personas de Palacio.

Bajamos en un ascensor y en él dije algunas palabras al Rey que estaba con la preocupación natural, a las que no me contestó. Bajamos por una escalera oscura y salimos afuera por la puerta secreta del Campo del Moro. Como no me habían dicho nada y mi auto quedaba en la del Príncipe, lo mandé a buscar por medio de Moreu, y a poco estuvo allí. El Rey me dijo que él iría delante con el Infante Don Alfonso y que fuese yo con el Duque de Miranda detrás. Venía también mi Ayudante Feros. La oscuridad era grande y allí no había más que autos y un montón de gentes que inoportunamente daban vivas al Rey. A eso de las 9 salimos. El rey delante, yo detrás y después no sé en qué coche irían, pues, como digo, la oscuridad era grande. Salimos de Madrid sin novedad y yo creo que sin ser advertidos, y ya, camino de Aranjuez, nos enteramos, al menos yo, de que nos escoltaba un coche de la Guardia Civil, con un Sargento y cuatro guardias. Pasamos por Aranjuez y otros pueblos, en todos los cuales había mucha gente en la calle principal (la carretera) y en todos chillaba la gente, pero sin hacer otras demostraciones. Algo debían saber, pues siendo día de trabajo y a horas desusadas, es raro que estuviesen en la calle y en tan gran número. La primera parada la hicimos en pleno campo y pasado Aranjuez. Bajamos todos y nos reunimos con el Rey, Miranda y yo, también el Infante, que nunca se separaba de él. El Rey me dijo

— ¿Quién me ha empaquetado a mí para Cartagena? ¿Tú?

Y yo le contesté que sí, que el Gobierno.

— ¿A dónde vamos después?

—Ya se lo diré a S.M. y al oído: Marsella.

Pude observar que venían en la expedición tres ayudantes del Rey, Uzquiano, Alonso y Gallarza, vestidos de paisano, y, quizás otras personas que en la oscuridad de la noche no pude distinguir. A los pocos momentos volvimos a los coches y continuamos el camino como antes a  gran velocidad, y continuó el mismo espectáculo al pasar por los pueblos. A eso de las 12 hicimos otra parada y vinieron a decirme que el Rey iba a cenar, y como la noche estaba fría, ni Miranda ni yo bajamos del coche (ninguno de los dos había cenado, ni cenamos aquella noche).

Volvimos a parar por tercera vez y el Rey me dijo que procurara no pasar por las calles de Albacete y que fuese yo delante, pues él no conocía bien el camino. Así lo hicimos, aunque del todo no era posible, pero como era ya la una de la madrugada, no había nadie en las calles que atravesábamos. Volvimos a parar a eso de las dos para dar gasolina al auto del Rey.

Al llegar a Murcia tampoco encontramos gente en las calles, pero dio la casualidad de que al llegar al paso a nivel de la línea férrea, lo cerraron por estar un tren maniobrando. Estuvimos parados unos siete u ocho minutos y se acercaron a prudente distancia cinco hombres, que quedaron parados y observando, pero al poco rato saludaron quitándose los sombreros y lo volvieron a hacer al abrir el paso y continuar nuestro viaje. ¿Quiénes serían? ¿Policías, periodistas? No sé. De Murcia a Cartagena sin novedad y a más de cien kilómetro entramos por la calle Real, y al enfocar la puerta del Arsenal, la encontramos abierta como yo había ordenado, pero con numeroso público que, contenido por la guardia (pues no se le dejó entrar como deseaba), prorrumpió en gritos y vivas a la República. Entramos hasta el muelle de la Machina, donde encontramos a la marinería correctamente formada y me parece que armada, y un grupo grande de Jefes y Oficiales que rodeó al Rey. Me puse a su lado y pregunté por los generales, quienes llegaron al momento, pues estaban a nuestra entrada esperando a la puerta del Arsenal. Tan pronto llegaron Cervera y Magaz y saludaron, invité al Rey a que embarcara en el bote dispuesto al efecto, y una vez embarcados nos fuimos al buque Príncipe Alfonso, que nos esperaba  a pique del ancla. Al abrir el bote del Arsenal, el Almirante Cervera, Jefe del mismo, dio siete vivas al Rey, y este contestó con un:

— ¡Viva España!

A bordo venía el Almirante Magaz y el Jefe de Estado Mayor, López Tomasete, el Gobernador Militar, general Zuvillaga y otros jefes y oficiales. Atracamos y subimos al Príncipe en cuya cubierta esperaba el Almirante Montagut, Jefe de la Escuadra y el de la División de Cruceros, Salas, así como el Comandante y oficiales del buque y otros de la Escuadra. Tanto en el bote como a bordo, el Rey saludó y habló afablemente con todos. Tan pronto estuvieron a bordo los maletines del equipaje, le dije al Rey que despidiese a todos para marcharnos, extrañado y agradeciéndome que yo continuara a bordo acompañándole. Una vez fuera los que no eran del buque, di orden al Comandante Fernández Piña de salir a la mar. Lo que verificamos, estando fuera de malecones a las cinco y media. Por deseo del Rey subimos al puente alto, donde permanecimos durante la salida, pues me dijo que «quería ver España por última vez». Me preguntó dónde íbamos y le dije que a Marsella, indicándome él que le parecía mejor Tolón, pues Marsella era puerto de mucho movimiento, pero yo le convencí de que era mejor Marsella y que llegaríamos al amanecer, entre dos luces. Una vez en la mar nos fuimos a acostar, pues ya era hora (y yo sin cenar). Al Comandante le di instrucciones para la recalada a Marsella, etcétera.

Día 15.- A las 10 me levanté y subí al puente, donde estuve un rato con el Comandante. A mi paso por cubierta, tanto al ir como al volver a la Cámara, pude observar la corrección de las clases y marinería por su actitud correcta y disciplinada. Al llegar a bordo la noche anterior observé, una persona que, con el Duque de Miranda y el Ayuda de Cámara, formaba su séquito. Al Infante lo alojé en el camarote del Jefe de Estado Mayor. El Duque en el del Ayudante y yo en el del Comandante, como más próximo al Rey que iba en el del Almirante. Dije al Comandante que mientras estuviese el Rey a bordo se le tratara como tal, y por tanto que él invitaría  a la mesa, como así lo hizo después de hablar yo con Miranda. Almorzamos a la una y fuimos invitados, así como a la comida de la tarde, el Comandante, un Jefe y un Oficial y los cuatro que veníamos con el Rey. Este se mostró siempre sereno, si bien en la conversación divagaba algo (no es extraño). Hablaba de su porvenir y de cosas de barcos, dirigiéndose especialmente a los invitados del buque. El Infante también habló de su porvenir. El Rey pidió al Comandante una bandera del buque como recuerdo, y al disculparse este diciendo «que estaban a cargo», intervine yo para que le diera una del bote, como así se hizo. Al llegar se supo por radio que había tenido lugar la proclamación de la República y poco después recibió el Comandante orden del Almirante de la Escuadra para que, después de desembarcar el Rey, se izase la bandera republicana, haciéndosele los honores de ordenanza. De todo me daba cuenta el Comandante, y de esto al Rey, quien me preguntó «cuando se izaría», y yo le dije que cuando se fuera y saliéramos de guas jurisdiccionales francesas.

Nada que yo sepa ocurrió durante el día de la cena. Ya de noche se recibió radio de Gibraltar en que el Infante Don Juan preguntaba qué hacía y el Rey quiso que se le contase «que fuere a París aprovechando el primer paquete» que saliera para Génova o Marsella, pero esta comunicación no se puso. También quiso se telegrafiase al Embajador de París, de lo que le disuadí. Hasta las once de la noche estuvimos en conversación en el sofá de la Cámara hablando, como es natural, de su situación, la que no veía clara, y a cuyas preguntas me era difícil contestar, pues se sentía optimista, y yo no lo era. Por fin me despedí de él, pues íbamos a recalar al amanecer y nos convenía descansar. Me pidió que al volver a España publicara en la prensa monárquica dos manifiestos, despidiéndose del Ejército y la Marina, que me entregó escritos a máquina y que acepté, aunque diciéndole me parecía no los querrían publicar, como así sucedió. Antes de acostarme, hablé largo rato con el Duque de Miranda y con el Comandante aparte, a quien di mi opinión sobre la despedida al Rey en la mañana siguiente y que aceptó. También el rey me preguntó «cómo se le despediría» y le aseguré que interiormente con todos los honores. Recalamos entre dos luces y algo neblinoso, y a las cinco y media de la mañana fondeamos a unos quinientos metros, entre dos farolas. Momentos antes de desembarcar hablé con el Rey, que dudaba en la forma de despedirse, pues me preguntó, «si debía hablar o no». Yo le aconsejé que no hablase, y se despidió uno a uno de los Oficiales y Jefes. Así lo hizo, dándoles la mano sin pronunciar palabra. La gente, cumpliendo mi orden al Comandante, se hallaba correctamente formada en sus puestos de babor y estribor de guardia; esta frente al portalón y los Oficiales en línea a continuación. Presentó armas la guardia y al salir por el pantalón rompió marcha la corneta, y no cesó hasta que el propio Rey desde el bote, mandó parar. Al despedirse de mí le dije de acompañarlo hasta dejarlo en el muelle, lo que le extrañó y agradeció. En el bote embarcamos únicamente el rey, Duque de Miranda, Infante, el criado, mi Ayudante y yo. El Rey, a popa, mandó:

—Abre

Y al decirle yo «mire Señor, que correctamente están», rompió a llorar y metiéndose debajo de la cámara, me dijo:

—Dispense, Don José, no lo he podido evitar.

Desembarcamos en el muelle más próximo saltando por un remolcador que estaba atracado a la escala. Eran las seis menos cinco. No había en el muelle más que cuatro o cinco hombres pertenecientes, al parecer, al remolcador. El Infante les preguntó si no había cerca coches, y el individuo silbó para avisar. Se extrañaron al verme por mi actitud con el Rey e ir de uniforme mi Ayudante y yo. El Rey me abrazó y dijo me marchase, dándome las gracias por todo. Le dije que esperaría a que desembarcaran los maletines que venían en otro bote, y cuando aquellos estuvieron sobre el muelle y la gente embarcada, me despedí, volviendo a abrazarnos al ayudante y a mí. En el momento de embarcar, ya llegaba un taxi verde oscuro con faja blanca, donde embarcamos el equipaje, y el Rey permaneció de pie en el muelle mientras salíamos de los botes. Ya un poco lejos del muelle le vi retirase.

En cuanto llegamos a bordo me recibieron haciéndome honores; le dije al Comandante colgase los botes y zarpase en seguida para Cartagena y que al salir de las aguas jurisdiccionales francesas se izase la bandera tricolor, haciéndose los honores correspondientes. La salida fue inmediata, pues estábamos con el ancla a pique y, a las ocho y cuarto, vi el primer cañonazo; seguramente estábamos fuera de las aguas jurisdiccionales francesas.

Refrescó el norte, haciéndose frescachón y arbolando bastante mar, llamándose luego al norte, tan pronto salimos de la influencia del golfo  a eso de las tres de la tarde.

Se recibió orden de retirar retratos de la familia Real y símbolos de la Monarquía. A las siete treinta de la mañana fondeábamos en Cartagena, tomando el expreso para Madrid. Después de lo escrito anteriormente me enteré de que se fantaseaba sobre supuestas incorrecciones cometidas a bordo durante el viaje a Marsella. Todo eso es falso, pues ni yo me di cuenta, ni ninguno de a los que después pregunté. Todos a bordo estuvieron correctísimos y el Rey fue tratado como tal hasta el último momento. El incidente de la petición de una bandera ya lo he relatado y respecto a que vio cortar el estandarte para hacer la nueva bandera, me extraña, pues yo no lo vi. Esa faena, caso de que tuviera lugar, se hace a popa. Ha sido que el Ayudante de Cámara de Su Majestad lo vio y contó; lo ignoro.

El diecinueve de febrero juré el cargo de ministro por segunda vez. El doce de abril fueron las elecciones Municipales y en vista del resultado, el catorce a las nueve menos cuarto salimos de Palacio con el Rey, llegando a Cartagena a las cuatro y media, embarcando en el Príncipe Alfonso, fondeado en Marsella el dieciséis a las cinco y media de la mañana, desembarcando a las seis y cinco, dejando al rey en el muelle y saliendo para Cartagena, donde fondeamos el diecisiete a las ocho de la mañana. Al salir de las aguas jurisdiccionales de Marsella se izó la bandera republicana por orden del nuevo Gobierno. El veinte me presenté al ministro, a quien di cuenta de mi comisión y en seguida me retiré del despacho casi sin oírle. Y aquí termina mi vida oficial».

En ABC de 7 noviembre de 1973 se cita otro importante documento que viene a completar el ya expuesto. Se trata de la carta que el Comandante del Príncipe Alfonso remite a sus hermanos el día 18 de abril de 1931 contándoles las peripecias de aquel viaje. No modifica las declaraciones del Almirante, pero hay detalles que siguen siendo esclarecedores para adivinar el ambiente que se respiraba en aquellos históricos momentos. El capitán de Navío Manuel Fernández Piña, comandante del buque, pensaba que iban a Inglaterra y ya en la mar supo que debía poner rumbo a Marsella. No se permitió al Rey comunicarse con el exterior «como el pobre deseaba para saber de su familia; a esto no me atreví por temor a que se pescasen sus radios y me costase un disgusto con el Gobierno».  Un mal trago, dice el Comandante del buque. No nos extraña; con el Rey se iba la monarquía embarcada sin razón ni más explicación que los inciertos datos de unas elecciones municipales y el Rey no era ningún alcalde elegible. Una grosera y triste despedida, inmerecida a todas luces.

Ni la bandera española que enarbolaba el buque “Príncipe Alfonso” se le entregó con la excusa de estar a cargo.

El buque Príncipe Alfonso, regresó a España siendo ya  republicano. Adoptaría el nombre de Libertad y terminaría sus años de mar con el nombre de Galicia.

Cuando el buque se hacía a la mar con el rey a bordo se cruzó con un submarino de la clase B5 que regresaba a puerto. Se vio como arriaba la bandera tricolor e izaba la de España rindiendo los honores de ordenanza al cruzarse. El comandante del submarino se llamaba Luis Carrero Blanco.

Así se acabó la Corona. «Nos regalaron el poder», dice Miguel Maura, ministro de Gobernación».

PRIMEROS PASOS DE LA II REPÚBLICA

La República nace con un problema de ilegalidad que con el tiempo se convierte en otro de legitimidad y ante eso no hubo, no hay, no habrá, argumentos. De la chistera de aquellos magos de las urnas, con los polvos del Pacto de San Sebastián, llega la República; o lo que aquello fuese.

Un Gobierno provisional, un Estatuto provisional. Todo es provisional, a base de provisionales Decretos. Sigue mandando el Comité

Revolucionario, aunque se denomine Gobierno Provisional.

Designaron Presidente a D. Niceto Alcalá Zamora y este, a su vez, por ministros del Gobierno, a los miembros de aquel Comité, en esta forma:

Estado: Alejandro Lerroux García

Gobernación: Miguel Maura Gamazo

Guerra: Manuel Azaña Díaz

Fomento: Álvaro de Albornoz y Liminiana

Instrucción Pública: Marcelino Domingo Sanjuán

Marina: Santiago Casares Quiroga

Economía: Luis Nicolau d´Olwer

Justicia: Fernando de los Ríos Urruti

Hacienda: Indalecio Prieto Tuero

Trabajo: Francisco Largo Caballero

Dentro de las distintas tendencias políticas representaban:

Alcalá Zamora y Maura  a los conservadores; Lerroux, republicanos históricos; Albornoz y Domingo, al partido radical-socialista; Azaña al grupo de ateneístas Acción Republicana; Casares  a la incipiente

Organización Republicana Gallega Autonomista; Nicolau, a los

autonomistas separatistas catalanes; Prieto, de los Ríos y Largo Caballero, a matices del socialismo; Martínez Barrio, era Gran Maestre de la Masonería, de cuya organización eran miembros Lerroux, Albornoz, Domingo y de los Ríos, y posteriormente Azaña.

El programa de gobierno era sencillo. Nadie tenía que cumplir nada. Gritar viva la República era suficiente.

Entre ellos los soldados que dejaron de estar obligados a cumplir el juramento de servicio y obediencia al rey. Azaña, ministro de la Guerra, les libera a cambio de la promesa de servir a la República; eso sí, con fidelidad y con las armas si fuese necesario; o serán dados de baja.

Suena el himno de Riego. Hay que buscar los  símbolos. La República ya tiene su nueva bandera, inventada sobre la marcha, sin rigurosidad, ni historia. Remiendo de paño nuevo en vestido viejo.

El exteniente coronel de ingenieros Francisco Maciá proclama la República catalana com Estat integrant de la Federaciò Ibèrica. Companys y Lluhí al frente. El presidente de la República, se supone que española, viaja a Cataluña. En tres días la República Catalana se convierte en la Generalidad de Cataluña. Todos votan favorablemente al Estatuto el 2 de agosto.

Fue una negociación en falso. Aquel día, desde dentro empezó la división, el camino a la independencia. La semilla iría creciendo: «Los catalanes no pueden ser españoles porque han nacido en tierras de Cataluña» (Ventura Gassol en Ricardo de la Cierva. Historia de la Guerra Civil española, pág. 2). Tan infantiles como eficaces. No está de más recordar que en el Pacto contra la monarquía se reconocía la personalidad de Cataluña.

En el País Vasco va a iluminar el independentismo vasco el PNV de Antonio Aguirre y Lecube ¿o es la Iglesia vasca? Está en juego la unidad de España, siempre la diversión de los tahúres es repartir las cartas y luego romper la baraja, una ruleta rusa cuyo cañón apunta al corazón de España.

En Gobernación ondea ya la bandera republicana. Habla el nuevo presidente del Comité Revolucionario, ahora convertido en gobierno provisional de la República, don Niceto Alcalá Zamora: «El gobierno provisional de la República ha tomado el Poder sin tramitación y sin resistencia ni oposición protocolaria alguna…». Nos lo han regalado, le contestaba la calle.

¿Violencia?: no pasará un día si ella, sin miedo, sin dolor, sin persecución. No es esto, no es esto. Pero ya era tarde.

« ¡Cuádrese! Soy el ministro de la Guerra» (Memorias. Diego Martínez Barrio. Espejo de España, pág. 32). Era de noche y en la oscuridad de las bujías, entre las sombras, Azaña pone firmes al oficial de guardia del palacio de Buenavista, sede del ministerio de la Guerra. El general Ruiz Fornell le da posesión del cargo. Azaña acababa de cumplir un sueño infantil. A esas horas el niño don Manuel sueña con su juguete: ¡Soldados! Pronto abrirá la cajita y sacará a sus soldados de plomo para organizar su peculiar ejército.

Todo se radicaliza. Aflora el «no sabe usted con quien está hablando; aquí mando yo».

«Para los republicanos de izquierda, también llamados la izquierda burguesa, la nueva República tenía menos que ver con un proceso democrático que hubiera que respetar escrupulosamente que con un proyecto de reforma radical que en, algunas ocasiones, Manuel Azaña y otros líderes calificaban de revolución. Para ellos la República no era tanto un sistema político como un determinado programa de reformas culturales e institucionales para el cual era indispensable eliminar permanentemente a los católicos y a los conservadores de cualquier participación en el Gobierno» (Stanley G. Payne. El camino al 18 de julio. Espasa. 2016).

Empieza el juego militar. Queipo de Llano es nombrado capitán general de Madrid, López Ochoa de Cataluña, Riquelme de Valencia y Cabanellas de Andalucía.

El juego tiene nombre, pero le faltan los apellidos: los Decretos de Azaña, ministro de la Guerra. Nada de juramentos a la bandera: fidelidad a la República o a casa, con paga, pero a casa. El Ejército se reduce de dieciséis Divisiones a ocho, sin orden ni concierto ya que nunca se hizo previsión del número de oficiales necesarios para cubrir los puestos, a pesar de la disminución drástica de unidades, sin limitar el pase a la reserva. Más de ocho mil oficiales dejaron la actividad militar. En principio pasaron a la reserva 140 generales, 8.500 jefes, oficiales y asimilados, 3.200 clases de tropa. Sus plazas quedaban amortizadas. ¿Descontento en el Ejército? Sin duda, pero por razones diferentes a las legales: confusión, precipitación en las reformas más demostrativas del «aquí mando yo» del ministro de la guerra que de un estudio profundo y una ejecución escalonada.

Se suprime el empleo de capitán general por el tono autoritario del término; mejor División Orgánica, y se fija como empleo máximo el de general de división. Se empieza por una orden sencilla: ¡Firmes! ¡Cuádrese!; después se organizan batallones, divisiones y guerras, desde los despachos, sin mirar al frente, sin ver las consecuencias.

Se cierra la Academia General Militar de Zaragoza, creada para, además de fomentar el espíritu de unidad, compañerismo y fraternidad, formar a los oficiales con un mayor conocimiento y coordinación entre las distintas Armas del Ejército, algo crucial en la guerra. Azaña, su República de reformas, de decretos, no admitía ese sentido de unidad en el Ejército que siempre le pareció peligroso. Quiso un Ejército Republicano, pero nunca pensó que lo primero que un Ejército necesita es una explicación; que nunca fue dada.

Se discute la bondad de la reforma de Azaña. No hubo tal. No hubo nada. Purga sí. ¿Buena voluntad?, puede, pero no se pudo demostrar. ¿Era necesaria una reforma militar? Siempre lo fue, siempre lo es. En aquellos momentos también, pero sin dar la imagen de venganza, de resentimiento, de lanzar a unos contra otros. No era la reforma más urgente, los ejércitos eran necesarios y eso significaba tener cerca a los militares, que por cierto no se oponían a la República como demuestra el golpe de Sanjurjo, y el alzamiento que se produjo al grito de viva la República, siempre seguido del viva España. Con un poco más de mano izquierda las cosas habrían sido de otra manera. Azaña lo supo después y se arrepintió, pero su mentalidad infantil, su afición a las formaciones de soldaditos, acabó con él. Para más inri jugó también a ser más papista que el Papa y pasó a ser monaguillo de la España católica, aunque fuese por costumbres, tradiciones ancestrales. Hubo más militares que se pasaron a la reserva por el ataque a la Iglesia que por las reformas militares. Una auténtica persecución religiosa.

Se cometió el mismo error que Pavón achaca a Napoleón en España: el error nacional, el monárquico y el religioso. Los españoles después de tantos años de sacrificio son antes que otra cosa españoles. Se dan cuenta de ello cuando alguien intenta que dejen de serlo. Son monárquicos por costumbre, y porque no se dejan mandar por cualquiera. Lo de la religión es, además de costumbre, por lo que han luchado y muerto sus antepasados: la fe Católica.  Cómo para perderla por una imposición extranjera.

Azaña calculó mal. A la postre entre los retirados y apartados, generales o no, se generó el alzamiento.

MAYO 1931

Ha llegado el mes de mayo. «Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano» (Azaña) (La España del siglo XX. M.Tuñón de Lara). Los propósitos de revolución de sector importante del nuevo régimen se hicieron patentes en los sucesos revolucionarios de los días 11 al 13 de mayo de 1931 en diversas poblaciones como Madrid, Málaga, Sevilla, Cádiz, Jerez de la Frontera, Algeciras, Valencia, Alicante, Murcia… en las que por multitudes, que no quiso controlar la policía, procedieron a incendiar templos, conventos, quemar las imágenes, bibliotecas, laboratorios…, sin que los bomberos pudieran actuar para aminorar los daños y sin que las fuerzas de Ejército intervinieran.

En este mes de mayo republicano Juan Ignacio Luca de Tena, director de ABC, se reúne con Alfonso XIII en Londres. La entrevista se publica el día 5.

— ¿Cómo estás? ¡Cuánto tiempo sin vernos! El primer español que llega aquí para verme eres tú. Te lo agradezco mucho.

Verdaderamente era mucho: nadie se acordaba ya de Alfonso XIII, nadie en España, y solo habían pasado 15 días.

—No quiero que los monárquicos exciten en mi nombre a la rebelión militar […]. La monarquía acabó en España por el sufragio, y si alguna vez vuelve ha de ser asimismo por la voluntad de los ciudadanos.

Ese día el Rey autoriza al marqués de Luca de Tena a que se organice una corriente de opinión monárquica en España. Pone condiciones: «Que actúe públicamente y sin crear dificultades al Gobierno español, e incluso estar con él para todo lo que sea defensa del orden y de la integridad de la Patria». Está claro que el Rey no sabe lo que ocurre en España.

Lo va a saber en muy poco tiempo. Va a empezar a darse cuenta cuando llegue el mes de noviembre: «Las Cortes Constituyentes declaran culpable de alta traición, como fórmula jurídica que resume todos los delitos del acta acusatoria, al que fue rey de España, quien, ejercitando los Poderes de su Magistratura contra la Constitución del Estado, ha cometido la más criminal violación del orden jurídico del país; en su consecuencia, el Tribunal soberano de la nación declara solemnemente fuera de la ley a don Alfonso de Borbón Habsburgo-Lorena; privado de la paz pública, cualquier ciudadano español podrá aprehender su persona si penetrase en territorio nacional. Don Alfonso de Borbón será degradado de todas las dignidades, honores y títulos, que no podrá ostentar ni dentro ni fuera de España, de los cuales el pueblo español, por boca de su representación legal para votar las nuevas normas del Estado, le declara decaído, sin que se pueda reivindicarlos jamás, ni para él, ni para sus sucesores. De todos los bienes, acciones y derechos de su propiedad que se encuentren en territorio nacional, se incautará en su beneficio el Estado, que dispondrá del uso más conveniente que deba darles. Esta sentencia, que aprueban las Cortes Soberanas Constituyentes, después de sancionada por el Gobierno Provisional de la República, será impresa y fijada en todos los Ayuntamientos de España y comunicada a los representantes diplomáticos de todos los países, así como a la Sociedad de Naciones».

Firmaba la sentencia, como presidente del Gobierno de la República de España, Manuel Azaña el día 26 de noviembre de 1921.

El Decreto se había aprobado en las Cortes con nocturnidad: a las tres cincuenta y cinco minutos de la madrugada del 20 de noviembre de 1931.

Esa era la respuesta de los que hay que apoyar, según palabras del Rey. Alta traición. Una declaración de rencor — ¿odio?— sin precedentes. Peor que la guillotina. Insoportable. El Rey de España se convierte en un peligroso delincuente.

Los gritos de la calle se transforman en hechos. Las tierras hay que repartirlas, la Iglesia, iglesias llenas hace un mes, ahora hay que clausurarlas, los militares fuera, fuera el Ejército. Mantequilla por cañones y el odio como proyectil.

El Gobierno provisional, en un medido e interesado proyecto, convoca elecciones constituyentes. Los partidos se preparan.

Los monárquicos, autorizados por el rey, al que para otras cosas han olvidado, inauguran el domingo 10 de mayo la sede de su partido en la calle Alcalá nº 67.

Se oye en la calle la Marcha Real que alguno de los reunidos hace sonar intencionadamente. También vivas al Rey desde el balcón. Las pedradas iníciales dirigidas a la sede monárquica acaban en disparos. El centro monárquico es asaltado por la muchedumbre a la vez que arden los vehículos aparcados en sus inmediaciones. Luego se dirigen a la sede del ABC que no llegó a ser asaltada porque el ministro de Gobernación, Miguel Maura, ordenó a la Guardia Civil proteger el edificio. Hubo disparos y algunos manifestantes cayeron heridos. Murió el portero de una casa cercana y un niño de trece años.

El ABC había sido sentenciado desde el anuncio de la entrevista de su director con Alfonso XIII y la consecuente apertura de la sede del Partido Monárquico. A la República se le escapaban las riendas del caballo desbocado.

La calle va a ser utilizada como la principal urna. La C.N.T y los comunistas quieren dirigir las masas, la U.G.T. y el Partido Socialista también. Todo menos sacar un tricornio a la calle contra el pueblo.

Desde una de las ventanas del ministerio de Gobernación habla Azaña: «Se hará justicia». Demagogia que gentilmente cede a un joven ateneísta que aclama: «Se castigará a los monárquicos y se suprimirá la Guardia Civil».

El día 11(mayo) sigue el ambiente de crispación. Se sabe que la quema de conventos está preparada para ese día. El capitán Arturo Menéndez, ayudante de Azaña, se lo había comunicado al ministro de la Gobernación. Estaba confeccionada y repartida la lista de conventos que había que quemar. La dirigían los mismos jóvenes del Ateneo que el día anterior desde Gobernación habían pedido la disolución de la Guardia Civil. (Así cayó AlfonsoXIII… Miguel Maura. Ediciones Ariel).

El Gobierno está reunido ese día en Presidencia. Son las nueve de la mañana y llega el aviso: ¡Está ardiendo la Residencia de los jesuitas de la calle de la Flor! «Son Fogatas de viruta», bromea Alcalá Zamora. «Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano», apostilla Azaña.

La calle festejaba la libertad y la justicia que dicen que trae la República. Con hogueras. La quema de conventos: el Sagrado Corazón en Chamartín, las Bernardas en Vallecas, Santa Teresa de los Carmelitas Descalzos…, todo lo previsto según la lista que se había redactado; más todo lo que se les ponía a tiro.

Pasadas las tres de la tarde el Consejo de Ministros decide declarar en Madrid el estado de guerra. Ni un tricornio a la calle contra el pueblo. Se pasa de no hacer nada a todo: que salgan los militares. Azaña toma el mando de sus soldaditos.

Madrid, Málaga, Sevilla, Cádiz, Jerez de la Frontera, Algeciras, Valencia, Alicante, Murcia…, arden como «fogatas de viruta».

En Valladolid también pretendieron incendiar el convento de los Padres jesuitas, los templos y colegios religiosos; desde Madrid llegan núcleos de personas para encabezar la acción revolucionaria.

«Habría que preguntarse desde cuándo empieza a deslizarse en la mente de los españoles la idea de la radical discordia que condujo a la guerra. Y entiendo por discordia no la discrepancia, ni el enfrentamiento, ni siquiera la lucha, sino la voluntad de no convivir, la consideración del “otro” como inaceptable, intolerable, insoportable. Creo que el primer germen surgió con el lamentable episodio de la quema de conventos el 11 de mayo de 1931, cuando la República no había cumplido aún un mes» (Julián Marías. La Guerra Civil. ¿Cómo pudo ocurrir?); y añade unos párrafos más tarde: «Cuanto peor, mejor, que fue la consigna que se acuñó por entonces y que valdría la pena datar con precisión». Julián Marías habla de frivolidad y de la irresponsabilidad máxima del Partido Socialista en octubre de 1934, aprovechada por los catalanistas, que llevó a la destrucción de una democracia eficaz y del concepto mismo de la autonomía regional.

Y es que siempre hay alguien que aprovecha el fuego de la colilla que se tira al suelo encendida.

El Norte de Castilla anunciaba al día siguiente: No pasa nada en Valladolid.

La capitanía general de Valladolid había dado orden de proteger los edificios y cumplir a rajatabla las ordenanzas para evitar cualquier desorden. El jefe de Estado Mayor de la Capitanía era el general Dávila.

Azaña sabía del general a raíz del Informe Picasso y quiere contar con él. Un hombre sensato y eficaz, sin alharacas a la hora de afrontar difíciles situaciones como lo prueba su actuación en África antes del desastre de Annual, que él vaticinó como jefe de la Sección de Campaña del Estado Mayor del general Silvestre. En el deseo de Azaña puede que influyese el consejo  del comandante Leopoldo Menéndez López (primo del general Dávila), uno de los militares, junto a Hernández Sarabia, de su confianza que conocía muy de cerca al general Dávila. Azaña nombraría a Menéndez más tarde subsecretario de Guerra con Hernández Sarabia de ministro. No podía contar con muchos colaboradores dentro de aquel Ejército desconfiado, pleno de retirados y expectantes ante el desorden y la ausencia de autoridad.

El domingo 24 de mayo de 1931 el general Fidel Dávila Arrondo estaba en su despacho de la Capitanía General de Valladolid. Dos capitanes de su Estado Mayor piden permiso para entrar.

—Enhorabuena mi general.

Dávila levanta la cabeza extrañado. ¿Un domingo de enhorabuena?

—A mí, ¿por qué?

—Mi general acaban de llamar del ministerio de la Guerra que don Manuel Azaña le llamará mañana porque le designa Subsecretario.

Al poco tiempo desde Madrid, por encargo de Azaña, llama el comandante Leopoldo Menéndez López repitiéndole lo que acababa Dávila de conocer por sus capitanes del Estado Mayor. Al poco tiempo entró su hermano Víctor Dávila, comandante de Infantería, al que habían enviado para convencerle de que aceptase el cargo.

Ya en su casa le comenta a su esposa:

—Teresa, Azaña me designa Subsecretario del ministerio de la Guerra. Me lo acaban de comunicar.

— ¿Y qué vas a hacer?

—Acabo de formalizar la solicitud de retiro y mañana la cursaré.

—Pero, ¿lo has pensado bien?

—Sí, yo no puedo servir a…

La resolución de Azaña fue muy rápida y en la primera lista apareció retirado, por Decreto del día 28, con tres tenientes generales, ocho generales de División y 42 generales de Brigada (Diario Oficial  del domingo 31 mayo 1931).

El pensamiento militar está revuelto. Sensibilidades a flor de piel ante los desórdenes, la violencia, la deriva que toma la República.

En junio se celebran elecciones generales para elegir las Cortes Constituyentes.

Se inauguran solemnemente. Bandera tricolor e himno de Riego. Ya no hay Rey. ¡Viva la República!… ¿O la revolución?

En el discurso de apertura luce la pomposidad dialéctica de Niceto Alcalá Zamora: « ¡Ah! El sabio extranjero que quiera definir la política española por diccionario tendrá ya que innovar la llamada que decía: “Pronunciamiento: voz anticuada, despectiva, militar y española, sin traducción posible”, y tendrá que decir: Pronunciamiento: voz moderna, civil, popular, de comicio legal, republicana, típica de España, sin traducción posible».

Del proyecto constitucional se pasó a la discusión del articulado. El problema de siempre. La República Federal.

Ortega y Gasset dejó claro los términos del problema, pero ya era tarde: «Un Estado federal es un conjunto de pueblos que caminan hacia su unidad. Un Estado unitario que se federaliza es un organismo de pueblos que retrograda y camina hacia su dispersión». Expuso las diferencias entre soberanía y autonomía: «Es la soberanía la facultad en su raíz, preestatal y prejurídica de las decisiones últimas o primeras, según el orden en que queráis contar: es, pues, el fundamento de todo poder, de toda ley, de todo derecho, de todo orden. Y la autonomía, en cambio, un principio político que supone ya un Estado sobre cuya soberanía indivisa no se discute porque no es cuestión» (Del libro Memorias de Diego Martínez Barrio).

En aquel momento constitucional se vislumbró que la discusión de los artículos referentes al problema religioso iba a ser el plato fuerte y espinoso de aquellas Cortes constituyentes. Lo resume Azaña: «España ha dejado de ser católica». Era el religioso, la Iglesia Católica, una obsesión de aquellos republicanos que, encabezados por el infantil sueño napoleónico de Azaña, cometían los mismos errores del Emperador francés en España: Entre ellos quizá el que más sensibilidades despertaba: el católico.

Se redactaba, más que con sentido común y pensando en la mayoría del sentir de la población española, con revancha y al dictado de los gritos de la calle que no eran todos los españoles, aunque sí los más ruidosos. Un elevado número de ciudadanos se refugió en su casa a la espera del desarrollo de los acontecimientos sin movilizarse en ningún sentido. El resultado no se hizo esperar.

Las discusiones fueron bruscas y pintorescas. Desde oír decir que todo el nudo religioso era: ¿Qué soy, de dónde vengo y adónde voy?, hasta la cita a la que recurre el presidente de las Cortes, con profética referencia, don Julián Besteiro: «Ya dijo el Kempis que la tarde alegre trae la triste mañana».

Al fin vía libre: El Estado español no tiene religión oficial (artículo 3 de la Constitución 1931).

Pero no era este el artículo de la controversia. Una Iglesia perseguida es la consecuencia que se extraía del artículo 26 y que provocó las dimisiones y enfrentamientos. De acuerdo con ese artículo todas las confesiones religiosas eran consideradas como asociaciones sometidas a una ley especial. Se prohibían las ayudas económicas oficiales. Se disolvía la Compañía de Jesús por su voto de obediencia a autoridad distinta de la legítima del Estado, siendo sus bienes nacionalizados. El resto de órdenes religiosas se someterían a una legislación especial y se disolverían las que fuesen un peligro para la seguridad del Estado, prohibición de la enseñanza y toda una serie de medidas que las dejaba sin poder ejercer su labor tradicional. Era el camino a su desaparición.

Aprobado el artículo 26 con él llegó la crisis. ¿Deseada por Azaña? Niceto Alcalá Zamora, presidente del Gobierno provisional, dimite y con él Miguel Maura, ministro de la Gobernación.

No era difícil adivinar quién sería su sucesor: Azaña.

La crisis no estaba cerrada, solo daba comienzo perseguida por tres icebergs: la forma de Estado, los regionalismos, hacia la independencia, catalán y vasco, y sobre todo y, entonces por encima de todos, la Iglesia Católica.

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

«DIOSES HOMBRES Y CABALLOS» Coronel de Caballería ® Ángel Cerdido Peñalver.

Junto a los árabes Darley y Godolphin, otro de los grandes  padres del actual turf  fue el turco Byerley,  El caballo fue montado por el Capitán Robert Byerley durante la campaña militar en Irlanda (1689-1690). Tras la contienda, el caballo fue llevado a Inglaterra, donde se convirtió en uno de los primeros sementales orientales en influir decisivamente en la cría de los caballos pura sangre. El grabado que no gané, fue el premio del único Concurso Completo de Equitación llevado a cabo en el Campo de Maniobras San Gregorio de la Academia General Militar de Zaragoza, en la primavera de 1900. Lo ganó mi amigo el entonces capitán, hoy  coronel  José María Sánchez-Feijóo López. Después de muchos años, y en la víspera de su marcha de Zaragoza, para estrenar su nueva casa en Santander, me lo regaló como recuerdo. Gracias Tato.  

En L’Eperon (La espuela) destacada revista francesa especializada en el mundo del caballo,  leí que: «Un yearling (potro de un año)  con buenos tendones, que no sea ni una cabra ni un elefante, pero que esté bien nacido, probablemente correrá y saltará. La sangre muy pocas veces miente»

Por eso, y para conocerlos mejor, quiero dar este pequeño repaso a través de la Historia y de la Mitología, con sus verdades y mentiras, sin olvidar como dice  un proverbio indio que: Dios duerme en el corazón de las piedras, respira dentro de las plantas, sueña con los animales y se despierta en la humanidad.

El caballo que hoy vemos vivió hace millones de años, pues antes de la aparición del hombre en la tierra ya existía, y solo hasta en el último período de la Era Terciaria no se nos presenta con su forma actual. Todas esas trasformaciones tuvieron lugar en el continente americano, cuna de la especie.

Cuando se restablece la comunicación terrestre definitiva entre América del Norte y del Sur, geológicamente hace aproximadamente 3 millones de años (durante el Plioceno) con la formación del Istmo de Panamá,  los caballos, a la vez que se extendían por el sur del nuevo continente, grandes manadas de ganado atravesaban el estrecho de Behering, desde Alaska hacia Siberia ocupando Asia y Europa. De ahí las muestras que hoy tenemos de los caballos salvajes (equus przewalskii), con signos raciales  muy distintos morfológicamente a la multitud de las razas actuales.

Posteriormente los de  América, y por causas desconocidas entran en decadencia y cuando el continente fue descubierto por los navegantes españoles habían desaparecido.

En definitiva, la existencia del caballo es casi milagrosa, puesto que cuando desaparece en Europa se conserva todavía en América, y al desaparecer en este continente será repoblado por los conquistadores europeos. Y desde Arriero, el Romo, y el Cordobés (los caballos de Cortés), nos vamos en pos de Villano, el Zainillo y el Salinillas, (los caballos de Pizarro).

Sea como fuese, pronto el hombre descubrió que los animales podían transportar no solo cargas, sino también hombres, y los primeros testimonios nos llegan desde Mesopotamia.  A partir de la época del sexto rey de Babilonia Hammurabi, 2100 años antes de J.C., aparecen ya  las monturas.

Pero  la verdadera dimensión de trascendencia la encuentra el caballo en Grecia, cuna de la filosofía, mientras que en Roma, cuna de la jurisprudencia, se da al caballo un sentida más pragmático.

Por eso, la gran época del caballo como animal de compañía comienza en Grecia, y a partir de Homero es cuando será el compañero inseparable de los grandes héroes de la guerra, y el animal favorito de los dioses. Los griegos reconocen su belleza, lo que a sus ojos era más importante que su fin utilitario. De siempre los caballos nos supieron inspirar sueños y leyendas en la imaginación de todas nuestras culturas como: los «Centauros» aquellos seres mitológicos originarios de Tesalia, (la que aparece en la Odisea de Homero) los primeros que se sirvieron del caballo como montura, y que causaron entre los pueblos helénicos gran admiración creyendo que constituían un solo ser, mitad hombres y mitad caballos. Fidias nos los dejó grabados en las metopas de los frisos del Partenón, en la  Acrópolis de Atenas.

El más civilizado y sabio de ellos fue Quirón»​, el primero en practicar el arte de la medicina quirúrgica, valiéndose de unas hierbas.​ Era hijo de Crono y Fílira, y por lo tanto medio hermano de Zeus.

Y es que en Grecia el caballo no es un animal para todos los días, pertenece al aspecto heroico de la vida, lo consideran de origen divino, nacido de la unión de Poseidón y Demeter, el primer caballo se llamó Arión y con él entraron de lleno en la mitología, donde  le vemos arrastrando el carro de Poseidón a través del océano, elevándose por los aires con poderosos aletazos como su hermano Pegaso, el surgido de la cabeza de Medusa.

En efecto, Pegaso el fogoso caballo volador, nació del chorro de sangre que brotó cuando Perseo cortó la cabeza a Medusa, él es quien a través de los Cíclopes con sus únicos ojos, llevaron a Zeus el relámpago, el rayo y el trueno. Se llegó  a decir que hizo brotar la fuente de Hipocrene con sólo pegar con el casco en la roca de Helicón. Creció y vivió de potro en las laderas del monte Olimpo entre Tesalia y Macedonia, naturalmente estaba dotado de alas y volaba, aunque no fuese un caballo de carne y hueso.

Más cercanos todavía tenemos a los caballos del sol. Según la Metamorfosis de Ovidio, se llamaban Pirois, Eoo, Etón y Flegonte, a los que quiso guiar un día el imprudente Faetón, y al no poder llevarlos por buenos caminos abrasaron el cielo y la tierra.

Con Homero, el caballo será el compañero inseparable de los grandes héroes de la guerra. Aquiles recibe de su padre Peleo los inmortales corceles Ballos (Balio) y Xanthos (Janto), regalo de Poseidón, y es que La Ilíada es toda ella un canto al caballo, y una de las mejores fuentes para conocer el protagonismo de este animal en la Historia y la leyenda, como lo haría de El Caballo de Troya, el mayor símbolo conocido de la astucia griega sobre la fuerza bruta. El caballo de Troya fue una  estrategia militar, ideada por Ulises  y construida por el carpintero Epeo, que permitió a los aqueos  finalizar la guerra de 10 años e ingresar en la inexpugnable ciudad de Troya.

Alejandro  Magno, discípulo de Aristóteles en las letras y de Filipo en el arte de la guerra, amó extraordinariamente a su bello  Bucéfalo, caballo negro azabache con un estrella blanca en la frente,  cuentan que era plenamente correspondido, pues el fiero caballo, que nunca dejó que subiera nadie desconocida sobre sus lomos, eso sí, apenas oía la voz de su dueño se acercaba a él y se hincaba de rodillas para recibirlo. De resulta de la batalla contra Foro en las  orillas del rio Hidaspes, un afluente del Indo, murió Bucéfalo y tanto lo sintió Alejandro, que en memoria de su gran amigo mandó construir la ciudad de Bucefalia.

Al lado de este amor hacia Bucéfalo hay que colocar el que sintió Calígula por el suyo, llamado Incitatus es decir Impetuoso, que llegó a construirle un palacio, en el que el pesebre era de marfil y la manta de púrpura bordada de pedrería, la comida y el vino se lo servían en vasos de oro, y se comentaba que tuvo el propósito de nombrarlo cónsul. ¿Pero qué podía esperase del jovenzuelo Calígula que antes de vestir la toga ya había tenido relaciones sexuales con sus tres hermanas: Agripina, Drusila y Julia?

También se ha escrito que a su muerte Atila fue enterrado con su caballo y sus armas, rito que realizaban igualmente muchos pueblos nórdicos.

Strategos era el caballo de Anibal, pero ¿cual fue su arma  principal para vencer a los romanos? Sin duda alguna la caballería… y no los 37 elefantes como se dice a veces. Porque Anibal supo aunar lo que, según su padre Amilcar Barca, era invencible: los caballos de Numidia  (hoy norte de Argelia y parte de Túnez) y los soldados españoles, la fuerza de élite más ágil y rápida de su ejército en la Segunda Guerra Púnica.

De las leyendas en la religión nos encontramos que: en Judea fueron los caballos de fuego los que elevaron a  Elías al cielo,y que  Zacarías habla de un hombre que estaba entre mirtos, montado sobre un caballo rojo, y no nos olvidamos cuando después de la Apocalipsis de San Juan , el rey de reyes, el señor de los señores, es llevado al cielo.

Desconocemos el nombre  del caballo de San Pablo que aparece en los «Hechos» de Lucas, …De camino y acercándome a Damasco una gran luz del cielo me envolvió. Caí a tierra, y oí una voz que decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigue? …y cuando Saulo se levantó del suelo ya era el fiel vasallo de Jesús para siempre,  un caballo para la Historia  de cuyo nombre no quedó testimonio.

Y vi el cielo abierto, y de aquí un caballo blanco, y el que lo montaba es el que se llama Fiel y Veraz, que juzga y pelea con justicia.  Lo que demuestra que también en la mente de San Juan  convivían los tres protagonistas de la vida y de la Historia: Dios, el hombre y el caballo.

El día de San Anton,17 de enero, era costumbre en Roma y Florencia, también hasta hace poco en España, que todos los caballos adornados con los mas bellos arneses, se presentasen en algunas iglesias para recibir la bendición del sacerdote. Hoy me acuerdo cuando, hace ya muchos años, en 1967 siendo teniente,  llevé a unos cuantos de la Academia de Infantería a la ermita de San Roque en el barrio de San Antón, camino del cementerio en Toledo, ¡donde les dieron unas rosquillas!

Nos cuenta una leyenda que, en el siglo XI, a un  sacerdote pagano convertido al cristianismo con el nombre en España de San Eloy  (en Europa San Eligio),  se le asignaron poderes especiales en la corrección y tratado de las extremidades de los caballos. Hoy es el  patrón de los herradores de todo el mundo, con especial devoción en Francia y de forma particular en la región natural de La Camarga en la provincia de Provenza.

Como ejemplo de la presencia del caballo y sus leyendas en la religión musulmana, citaremos a Al-Burāq (en árabe del rayo o esplendor), la centelleante yegua alada torda  del profeta Mahoma. Según el Korán, era más grande que un burro pero más pequeña que una mula. En su famoso viaje nocturno, que lo transportó desde la Kaaba de La Meca hasta Jerusalén (Mezquita de al-Aqsa) y de allí al cielo, dicen que  bajo sus pasos durante el vuelo, la arena del desierto se convertía en oro y era apta para dar vida a cualquier semilla.

En Europa, para muchos pueblos, las cola del caballo  eran un atributo de honor, una marca de dignidad. Otros la cortaban como signo de duelo, pero  en la Edad Media el amputar la cola por el maslo al caballo de un caballero constituía una suprema ofensa. Para los turcos tenía el valor de una alta distinción militar y designaba el rango de los visires y de los pachás; solamente los sultanes tenían el privilegio de hacerse preceder de siete estandartes coronados con las respectivas siete colas de caballo.

En la corte del rey Arturo los caballeros de la Tabla Redonda, (mejor mesa redonda), se hicieron famosos  por su forma de luchar, por su forma de montar, por su fidelidad a su Rey, y por su honestidad. Por todo eso cuando Sir Tristam  se enfrentó en un torneo de justas a caballo y con lanza, por vez primera a uno de esos caballeros, el que vestía enteramente de blanco y montado un caballo negro azabache, le peguntó cual era su nombre, le contestó: me llamo Sir Lancelot du Lac, caballero, y Tristam les respondió: ¡Ay de mí!. ¿Que he hecho? Tú eres el caballero que yo más admiro en el mundo.

Por San Eloy y San Hervé, en Francia, los bretones iban montados en sus caballos hasta el portal de la iglesia del pueblo,  y después de haber dado tres vueltas al recinto, echaban pie a tierra y cortaban la cola de sus caballos, adornadas con flores y cintas de vivos colores, las depositaban sobre el altar de los dos santos bienhechores.

Genitor, el caballo de Julio César, dicen que después de  pasar el Rubicón y unos días antes de su muerte, que el caballo ya la barruntaba, rechazó el alimento y lloró. César tanto quería a los caballos que  en plena batalla, cuando las cosas  venían mal dadas, tenía la costumbre de retirarlos a la retaguardia,  empezando por el suyo, y él mismo pie a tierra luchaba como un legionario más para que sus soldados no pensasen en la retirada.

Nerón otorgaba a sus viejos caballos victoriosos un atuendo de palacio, ropaje reservado a los altos dignatarios romanos. Valentiniano I hizo componer el pájaro, estatua que siempre llevaba con él, mientras que otro emperador, de nombre Lucio Aurelio Vero hizo enterrar el suyo en El Vaticano.

Sin embargo, poco sabemos de Regnator, el caballo de la Hispania Romana. Dice la leyenda que participó en muchas carreras viniendo de atrás, y ponía al circo de pie cuando comenzaba a adelantar a sus rivales. Cuentan para no creer, ¡que ganó dos carreras  en un mismo día!: una por la mañana en el hipódromo de Córdoba y otra por la tarde en el de Mérida.

Más cerca de nosotros, aparecen caballos notables como son el Brilladoro de Orlando; el Frontino, de Rugero; el Bayardo, de Reinaldo de Montalbán; el también Frontino de Bradamonte que tenía un lucero en la frente; y como no acordarme de la  célebre yegua Orelia, del último rey de los visigodos, don Rodrigo, regalo del mismísimo conde don Julián, antes de la afrenta del Tajo, es decir, cuando Rodrigo se apoderó y abusó de la bella, Florinda la Cava hija del conde, tras verla bañarse desnuda en las entonces aguas cristalinas  toledanas del Tajo, cerca de un torreón que todavía existe  próximo al  puente de San Martín. Orelia murió en combate a orillas del Guadalete o puede que fuese en las aguas de la laguna de la Janda, done la Cruz cedía ante la Media Luna, y donde el desdichado Rodrigo perdía la vida y el reino.

No nos olvidamos de  Rocinante, el famoso bisnieto de la gran Babieca y el primero de los caballos del Quijote…  aquí yace el caballero bien molido y mal andante a quien llevó Rocinante por uno y otro sendero; o la célebre alazana Babieca, que llevó a su dueño Ruy Díaz de Vivar el Cid Campeador a la victoria constante, incluso después de muerto, y por eso le cantaban: …Desde Cullera volvió mio Cid  el afortunado, muy alegre de lo que por los campos capturaron; y todos vieron cuánto valía Babieca de la cabeza hasta el rabo…

Desconocemos el que supuestamente hacía las oscuras delicias sexuales a Catalina la Grande, en una leyenda negra de origen bolchevique, al asegurar  que la zarina murió tras una fallida relación con un caballo.

No se precisan más argumentos para señalar que el hombre, sintió tal admiración por el caballo, que bien puede decirse que durante muchos años ha practicado el culto a este extraordinario animal.

Y como quien dice, ayer mismo, en Francia, bajo Napoleón III, el nuevo hipódromo de  Long Champs, era el punto de cita de lo más elegante de Europa. No obstante, en Inglaterra las carreras continuaron durante algún tiempo sujetas a cierto ceremonial. Allí el Derby era considerado como una reunión exclusivamente masculina, las damas iban a Epson dos días más tarde, pues los entusiastas del bello sexo, no consideraban de su gusto el que las mujeres apostaran dinero a los caballos en esa carrera.

Todas estas historias, verdaderas o inventadas, relatadas acerca de la inteligencia de los animales resultan pálidas comparadas con las milagrosas proezas de estos caballos que a todos nos asombraron. De Norte a Sur y de Este a Oeste, aquellos hombres espada en cruz o cimitarra curvada sabían que solo tenían un buen amigo: su caballo. Pueden que muchos no las crean, pero han existido siempre, por eso si os dicen que han visto un caballo volar hacia Santiago y era blanco, creedlo.

Como resumen , señalo que el caballo ha de ocupar situación preeminente junto al hombre de hoy, puesto que es un instrumento muy importante para la expansión del espíritu, el ejercicio físico, etc., a que conduce el deporte hípico, que reúne como ningún otro, los encantos del arte y la emoción.

Los caballos y los perros han sido los compañeros más íntimos y fieles del hombre desde los comienzos de la historia pero, con toda certeza, el caballo ha sido el más útil. En los deportes, en la agricultura, en los transportes y en las guerras, el caballo ha contribuido más al placer, ambición y progreso humanos que cualquier otro animal.

Sobre todos ellos daréis rienda suelta a vuestro júbilo en audaces galopadas, sembraréis  vuestra pesadumbre a lo largo de los caminos y después de horas de cabalgar dentro de la naturaleza viva, con todos los aromas de las montañas, de los bosques y de las estrellas, regresaréis a casa dichosos y satisfechos.

Coronel de Caballería ® Ángel Cerdido Peñalver.

Zaragoza abril 2026.

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LAS COSAS DE DON EUFEMIO. Félix Torres Murillo. Coronel de Infantería (R.) DEM

LOS EJÉRCITOS EN REPRESENTACIÓN DE LA NACIÓN General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

 

¡Qué galán, qué alentado,/ envidia tengo al traje de soldado!

Así exclamaba el hijo del alcalde de Zalamea al verlos desfilar.

Los ejércitos del futuro no serán fáciles de mandar y sobre todo cuando la disciplina, la instrucción y el ejercicio continuo seguirán siendo su pilares básicos.

La guerra, cualquier guerra, es orden, sin el cual no podemos entender ninguna actividad humana y menos si esta la tratamos como un arte. Orden en el planeamiento, en el combate, en el fuego y  en el conjunto de la maniobra. En la ejecución combinada del fuego y movimiento. Se le llama orden de combate que tiene su preludio en el orden cerrado.

¡Ay! ¿Qué fue de nuestro orden cerrado?

En representación de la Nación y en nombre de los poderes del Estado, las Fuerzas Armadas rinden honores militares como homenaje y manifestación de respeto a la Bandera de España, al Rey y a determinadas personalidades, autoridades y mandos militares.

El orden de combate requiere un escenario previo donde se pone a prueba el movimiento, incluso el fuego y las órdenes que mueven los cuerpos: el orden cerrado. Es el arte del movimiento que necesita de buena enseñanza, de la disciplina militar que fortalece, y aligera los miembros, quita el pavor, y constituye el buen orden que es necesario para vencer no por la multitud sino por la buena disciplina y orden.

Las formaciones son una imagen incomparable para ver por dentro a nuestras Fuerzas Armadas. No me gusta la radiografía y si acudimos a técnicas mas profundas los escáneres y resonancias nos dan un diagnóstico de gravedad.

Es lamentable ver las formaciones en las que la uniformidad deja mucho que desear, donde las alineaciones se olvidan, donde aflora alguna barriga, donde los uniformes se desarbolan cada vez que se ejecuta un movimiento de armas y los correajes parecen caerse dejando al borde del desnudo a alguno. ¿Es que nadie ha pensado en uniforme y correaje adecuado para rendir honores?

Los honores militares, el orden cerrado, las formaciones, representan a la Nación…

El mal orden cerrado no es sino síntoma evidente de que la maquinaria militar no funciona y que se resquebraja la disciplina. El orden es un conjunto armonioso que empieza por la individual uniformidad, impecable, y termina en un conjunto disciplinado donde todos se transforman es un solo hombre al mando del capitán. Si eso funciona es que  la geometría del combate y la aritmética de la moral están en orden de combate.

Los desfiles ponen a prueba elementos imprescindibles que nos muestran campos difíciles de comprobar fuera del combate: la moral, la preparación física y la instrucción profesional.

Veo muchos actos donde se rinden honores y son francamente mejorables. La revista forma parte del conjunto. Antes de salir a escena hay que comprobar la uniformidad hasta el más mínimo detalle. Desde el pelo hasta las botas todo debe ser armonía y estética militar, sin más ni menos, exactamente la figura justa que todos quieren ver. Es lo que lo que llamamos y todos entienden: uniformidad. Revista minuciosa de hombres y armas, sin pasar detalle por alto. Luego son horas de preparación al sol o bajo el agua, interminables voces de izquierda y derecha, ¡esas diagonales!, giros y evoluciones, ¡Cambien! ¡Armas!, los vivas repetidos, los descansos a discreción…

Quien no ha formado bajo el sol de los recintos militares en interminables horas de orden cerrado no entenderá jamás lo que es la milicia ni será soldado que valga para la guerra. En compañía, más que unidad, brazos en armonía, a la misma altura, las miradas de reojo, alineaciones imposibles, miradas perdidas al horizonte militar, sudor y frío, la sensación indescriptible de los aplausos, pero nada como ese grito partido de ¡Vista a la derecha!, ¡¡¡Vi-va España!!!

¡…envidia tengo al traje de soldado!

¡Ya viene el cortejo!
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines,
la espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines.

Podíamos y debíamos hacerlo mejor.

PD.-Dedico este artículo a los millones de españoles que sirvieron en las Fuerzas Armadas y desfilaron con la brillantez y armonía exigidas a quienes representan a la Nación. Uno de ellos me ha señalado la oportunidad de hacer un llamamiento a las bondades del «Orden cerrado». A él van dedicadas mis palabras.

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

17 abril 2026

 

SAN PEDRO CON XI JIMPING EN CHINA. Rafael Dávila Álvarez

¿Qué secreto hay en tu móvil, que no acierto a adivinar…?

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno del Reino de España se encuentra de visita oficial a China. Eso está muy bien, pero en este caso hay que ver su oportunidad. Europa y Estados Unidos recelan de hacer negocios con China y España está muy lejos de su rádar empresarial. Aquí hay gato encerrado.

El mismo que se esconde en los vehículos militares que le compramos a los chinos a través de una empresa española, 4.500 vehículos adjudicados por el Ministerio de Defensa, mediante un contrato de más de 300 millones de euros. ¿Vehículos monitorizados? Claro que rápidamente la ministra de Defensa salió a decir que no eran para combate, sino ¿para? pasear al coronel. Cosas de la táctica moderna cuando el vínculo trasatlántico de Biden -sí Biden- prohibió la importación de vehículos chinos.

¿Europa? ¿Basará su futuro Ejército  -ya próximo según Sánchez- en los materiales chinos no de combate?

Recibido por Xi, con sonrisa de Mona Lisa, resulta que en China han santificado al Sánchez de turno. Asómbrense.

Resulta que el mandatario chino Xi Jimping en España sería Jimping Xi. En los antropónimos chinos el apellido suele tener una sílaba y antecede al nombre de pila que suele ser bísílabo. Es decir Xi es el primer apellido y Jimping el nombre. Sánchez Pedro en nuestro caso sería: San Pedro.

¡Sorpresa! ¡Nuestro presidente allí en China sería San Pedro! Apellido primero con una sola sílaba y el nombre, bisílabo, después.

No me lo esperaba. Los juegos de palabras son peligrosos. El descubrimiento dá para muchas ironías.

Espero que nadie en el Cielo se dé por aludido y las llaves sigan en buenas manos.

Claro que las cosas se complican cuando el Papa León XIV, hecho un león, se encara con Trump, y todo coincide en España a donde pronto viene con entrada triunfal por la Puerta de Alcalá, ¡mírala, mírala! o por Carabanchel. ¿Es que todavía hay clases? Antes de aprender a rezar hay que saber arrodillarse, aunque pronto dirán que es contra la salud hacer una genuflexión y retirarán los reclinatorios de las iglesias.

«A bordo ante el timón,

un joven timonel guía con cautela.

En medio de la niebla, desde la costa, tañe doliente

Sin embargo, ¡oh el navío inmortal!» (Whitman)

Vivimos un giro de ciento ochenta grados. Hacia los arrecifes. Son momentos de faro y timonel.

La navegación de España en medio de la niebla, desde la costa, tañe doliente una campana oceánica… Nadie avisa de las vías de un tren. Los trenes en España se pierden sin destino ni parada. La parada y fonda está en La Moncloa.

En Exteriores están escasos de entendimiento o razón: «Una sola China» en el zapato vuelve a ser Rota o Morón, vacaciones pagadas. Un premio a la presunta delincuencia que invade nuestras vidas llenas de moral.

Dicen los jueces que hay que respetar la ley. Que eso es para todos, pero los que mandan dicen…

«Dejadme hacer las cosas a mi aire;

que otros promulguen las leyes; no tendré en cuenta las leyes;

que otros elogien a los hombres eminentes y preserven la paz; yo

preservo la agitación y el conflicto;

no elogio a ningún hombre eminente; censuro en esu propia cara a quien ha sido considerado más meritorio» (Sigo con Whitman).

Los ejércitos, lentos y conservadores, pesados mastodontes, dinosaurios del pasado, les cuesta adaptarse a las nuevas circunstancias. Deberían empequeñecerse en soberbia y crecer en recursos y filosofía. Ir más allá de su temporalidad. Examinar sus alianzas.

El Papa nos manda rezar por la paz, pero fue Stalin el que preguntó aquello:

¿Cuántas Divisiones tiene el Papa? ¡Alianzas!

«No había Jerjes enviado heraldos a pedir tierra a Atenas ni a Esparta por esta razón: antes, cuando Darío despachó mensajeros para el mismo fin, los unos arrojaron al báratro a los enviados y los otros a un pozo, invitándoles a llevar de allí tierra y agua al rey. Por esta razón Jerjes no les había enviado heraldo. No sabría decir qué desgracia les vino a los atenienses por haber tratado así a los heraldos, a no ser que su país y su ciudad fueran devastados, pero no creo que esto sucediera por tal causa».

Nada bueno nos traerá Pedro. Naranjas de la China.

Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

16 abril 2026

Roberto Vaquero entrevista en su Canal de Youtube al General Dávila. De todo y del todo.

LAS COSAS DE DON EUFEMIO. Félix Torres Murillo. Coronel de Infantería (R.) DEM

Publicado en el Diario La Región de Orense por General Dávila

https://www.laregion.es/opinion/alto-fuego-iran_1_20260410-4230849.html

EL TRAIDOR DE EUROPA. General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

 

Rey don Sancho, rey don Sancho… Busca a Efialtes

«¿Sabe cómo le llama en privado algún homólogo suyo? El traidor de Europa».

Así se dirijía el señor Alberto Núñez Feijóo a Pedro Sánchez en el Congreso de los Diputados. Quizá una de las acusaciones más graves que a un presidente de Gobierno se le puede dirigir. No es privado lo que se hace público en lugar tan emblemático. De alguien viene y algo busca el mensaje. Muy grave.

Traidor de Europa. A partir de ahí cualquier cosa es posible. En la historia  general títulos de este calibre es difícil alcanzarlos. No es para estar contento.

El presidente de una nación debería representar a todos los nacionales y no exclusivamente a él o a los suyos. No creo que haya nada más doloroso y execrable para un presidente de Gobierno que ser puesto bajo la sospecha de traición: «atentar contra la seguridad de la patria y si esta se comete contra la soberanía o contra el honor, la seguridad y la independencia del Estado pasa a calificarse como alta traición».

No entro ni salgo, sino que reproduzo lo que todos los medios repiten. Cuando el río suena… traidores bajan por él.

Los hechos son de máxima gravedad. No pasa nada. En España nunca pasa nada hasta que un día pasa todo a la vez. Al menos eso dicen los libros de historia.

Lo de traidor, dice el opositor, viene de Europa, fue comentado según Feijóo por un homólogo de Sánchez mientras se reunían para estudiar un posible arreglo que abriese el estrecho de Ormuz. En el encuentro no contaron  con el presidente del Gobierno español, sino que de él contaban…

Es una constante en nuestra historia de España que las discrepancias, los enfrentamientos interiores, se reflejen en los escenarios internacionales. Dentro mal, fuera peor. Así nos luce más allá. Por eso no somos fiables y llevamos tiempo arrastrando los piés por el mundo.

Ahora dicen que la Transición culminó con la llegada del Guernica a España. No se lo crean, aunque aún pretendan encender la contienda.

La pieza clave de nuestra Transición, por tanto de nuestra política internacional, fue la Alianza Atlántica (OTAN) que además era  de hecho una condición previa a nuestra entrada en el Mercado Común, como muy bien sabía Leopolodo Calvo Sotelo.

España necesitaba dar ese paso para mostrarse militarmente del lado occidental. Existían dudas y no por nuestros militares, sino por los políticos precisamente de izquierdas que renegaban de las Fuerzas Armadas y de todo lo que de ellas emanase. Sin ese paso no culminaría la Transición.

España había encontrado engarce internacional a través de los Acuerdos de 1953 con los Estados Unidos. En ellos cobraba especial relevancia la parte militar que suponía modernizar nuestros ejércitos con material de guerra y sobre todo la presencia militar, facilidades, e instalaciones estadounidenses en territorio español: Bases Aéreas de Morón, Torrejón, Zaragoza y San Pablo además de la Base Naval de Rota. Hubo otras instalaciones de control y vigilancia y cierta cooperación militar en Doctrina y procedimientos. Todo ello abrió el camino a un mayor desarrollo económico y el reconocimiento de España como nación seria y de confianza.

Lo militar, la Defensa, fue la puerta de España al mundo y ahora, por su burda manipulación, las puede cerrar para siempre. Para lograr aquel acuerdo de 1953 cierto es que hubo mucho personal entre los generales Franco y Eisenhower. No fue fácil como no lo iba a ser entrar en la OTAN. Está demostrado que sin cañones no hay fábricas de mantequilla. Para cruzar ciertas puertas es necesario conocer el santo y seña que guardan los centinelas. España las cruzó. Temporalmente tuvimos en nuestro poder la clave de acceso.

Después de la muerte de Franco, en 1976 se reunía el PSOE en su XXVII Congreso  denunciando la renovación de los acuerdos militares de 1953 con los Estados Unidos, «…en aras de nuestra política de neutralidad», una postura intransigente y falsa, como más tarde se comprobó, en una exhibición de juegos malabares del PSOE con nuestra entrada en la OTAN.

Estamos acostumbrados a vivir con una postura y la contraria en función del interés del personaje que nos gobierne. Así ha sido nuestra izquierdosa historia con todo lo que huele a Estados Unidos. No era ni es un rechazo a la OTAN que por otro lado la mayoría de los políticos no saben para lo que está ni cómo funciona. Se trata de un rechazo a Estados Unidos y una clara renuncia a las indudables posibilidades de España en el mundo. Nuestra posición estratégica está desperdiciada porque la postura de las izquierdas es mentir sobre nuestra Defensa y ofrecer una imagen de victivismo ante el poder americano tachado de imperialismo y abuso de poder.

La tragedia es que esa postura (impostura) ha sido aprovechada  desde el exterior para su propio interés de manera que nuestra posición estratégica ha sido ocupada al asalto por Reino Unido y ahora está detrás de ello Marruecos. No hay espacio que no se ocupe ni debilidad que no se aproveche para atacar.

En cualquier caso en España el antimilitarismo siempre ha vendido, aunque entre nosotros seamos de lo más belicoso de Europa. Eso de la neutralidad solemos confundirlo con la tibieza, con ni frio ni calor que tanto recuerda a la Apocalípsis.

¿Neutralidad? El «No a la guerra» no es nada nuevo. Ya en 1914 podía usted comprar en la Puerta del Sol o en las Ramblas una insignia  de solapa que decía «No me hable usted de la guerra». Entonces se llegó a prohibir oficialmente la discusión sobre la guerra en lugares públicos. Neutralidades que matan. ¿Lo recuerdan?

Parece un milagro que estemos en la OTAN, aunque está claro como se las gastan los del «No a la guerra» con los artefactos de guerra, veáse INDRA y el control de la SEPI del que nadie sabe nada (es escandaloso ese nadie sabe nada… Mejor callarse). Para el negocio de las armas o mandar soldados a los lugares equivocados, baratos y disciplinados, siempre somos los primeros en estar dispuestos. Negociamos con la industria de Defensa y tapamos nuestra indecencia defensiva con tropas de las que disponemos sin mayor control que el ordeno y mando gubernamental olvidando el asesoramiento o control parlamentario. Las democracias se reflejan fundamentalmente en lo parlamentario, pero también, mucho, en lo diplomático, militar y judicial.

Como decíamos, gracias a nuestra entrada en la OTAN en 1982 se cerró la Transición que ahora un Gobierno extraño como el presidido por Pedro Sánchez  pretende revisar.

El año 1981 el Parlamento debatía la integración formal de España en la OTAN. Pocos eran los que sabían qué era aquello. Incluso en el mundo militar se veía con escepticismo y una gran parte de nuestros oficiales y suboficiales miraban con escepticismo aquella alianza que hablaba en inglés.

¿OTAN? De entrada no. Las encuestas demostraban que aquello no tenía interés alguno entre el público lo que en traducción política significaba que era fácil manipularlo. En el debate parlamentario la manipulación llegó a extremos tales que  un diputado canario dijo que la entrada en la OTAN sería para Canarias una auténtica declaración de guerra. Hasta el diputado de Alianza Popular, Sr. Fraga, tildó de vaguedad la propuesta de ingreso en la OTAN.

Al final llegamos en un arriesgado ejercicio político, al «Referéndum sobre la OTAN» del que Felipe González posteriormente reconoció que «A los ciudadanos no se les debe consultar si quieren o no estar en un pacto militar […] «Fue un error serio la convocatoria de ese referéndum, un grave error que cometí, de los más arriesgados, aunque saliera bien para nuestro país «.

Un referéndum, tras ganar el PSOE (Felipe González) las elecciones, precedido de un periodo de reflexión en el que se suspendieron las conversaciones sobre la integración en la estructura militar, mientras se adoctrinaba al «personal» para el sí a la OTAN (My way- A la suya).

Esta manera no podía alejarse de la demagogia:

-Seguiríamos en la Alianza, pero no en su estructura militar (lo militar les producía urticaria)

-Prohibición de instalar, almacenar o introducir armas nucleares en territorio español (como si no supiesen que se podría hacer en Gibraltar).

Bases fuera, que de eslógan pasó a ser una apuesta electoral y la necesaria vaselina para pasar el mal trago: «Se procederá a la reducción progresiva de la presencia militar de Estados Unidos en España». Este era el punto fuerte.

No fue hasta 1996 cuando España entró, con otro partido político en el poder, en la estructura militar. Claro que, todo hay que decirlo, un año antes había sido elegido secretario general de la OTAN el que fue ministro de Exteriores de España, Javier Solana Madariaga; y es que no hay nada más exitoso que tener entrada en el cielo y el infierno. Así en 1999 fue definitivamente la integración plena.

España siempre ha estado en su lugar y nuestros soldados han demostrado ser los mejores del mundo. Hemos abierto rutas y corazones alli donde otros se han estrellado con otras fuerzas u otras mentalidades. La capacidad del soldado español está demostrada.

Hemos sido más fuertes y seguros gracias a la Alianza Atlántica y podríamos ser referencia como nación y líderes estratégicos si no fuese por nuestra incierta y dudosa acción política, francamente mejorable y a la que habría que pedir continuidad y claridad con lo que deseamos y defendemos.

Da cierta tristeza tener que reconocer que también Europa ha perdido el paso que le llevaba al liderazgo. Olvidó su Defensa, menospreció a la Alianza y señaló con arrogancia a los Estados Unidos hasta que se vió a las puertas de una guerra, la invasión de Ucrania. Parece que nada le importó y siguió soberbia e impertinente. El señor Borrell, alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad lo dejó bien claro al comienzo de la invasión: «Confiamos nuestra seguridad a los Estados Unidos y nuestra comodidad y bienestar a Rusia y China, y ese mundo ya no existe».

Pero el caso de España es aún más peligroso y ahora se posiciona de manera frontal contra los Estados Unidos que es hacerlo contra la OTAN.

La Alianza sin Estados Unidos podrá ser, pero no lo mismo, será otra cosa que habrá que inventar. No de un día para otro, pero bueno sería que Europa empiece dar los primeros pasos. Para ello tendrían que ponerse de acuerdo los de siempre: Francia, Reino Unido, Alemania (caso especial), quizá Italia, aún cuando la presencia de nuevos socios y el peso de Turquía y Polonia pone las cosas más complicadas si cabe. Hay demasiados gallos en este corral en el que hay alguna gallina.

El Gobierno socialista de España en cuanto vio la ocasión propicia torpedeó nuestra presencia en la Alianza. Sería con la excusa de la guerra de Irak, pero podría haber sido otra cualquiera. Un vendaval de tiempos pasados retornó a España con la venganza, la tración y el enfrentamniento entre españoles. ¿Europa? ¿OTAN? Siempre y cuando sirviese para colocarse y manejar los fondos.

Las ofensas a los Estados Unidos no se hicieron esperar desde el momento en que el señor Rodríguez Zapatero apareció en la escena política española con la traición en Irak y su sediciosa prédica en Túnez ademas de otras graves ofensas a los Estados Unidos. A pesar de ello intentó que un general español presidiese el Comité Militar de la Alianza. No pasó ni la primera votación. Nos conocían. Ni Europa ni Estados Unidos se fiaban de nosotros. La ministra de Defensa todavía ahora se extraña de que nuestras propuestas para ocupar determinados puestos en la OTAN no sean atendidas. ¿De qué se extraña?

El error del referéndum del que hablaba Felipe González era una forma de hablar porque en el fondo no querían saber nada de Fuerzas Armadas ni de la Defensa, sino del negocio de las armas. La prueba está en cómo han evolucionado para dominar el poder  tecnológico y armamentístico.

En cuanto se les presentó la primera ocasión ofendieron a los Estados Unidos moral y materialmente, nos dejaron fuera de la Defensa occidental con la retirada de Irak sin aviso y con traición. No habíamos ido a combatir, pero les daba igual, habíamos ido con los estadounidenses y eso era intolerable. Fue el primer paso. Una nueva era daba comienzo. Sabían que ir contra lo militar, contra aquello que sonara a imperialismo americano les daba votos. Carentes de cultura internacional, llenos de soberbia y belicismo pacifista, asesorados por antimilitares uniformados, dieron comienzo a la ruptura con las alianzas. Las alianzas no son solo una firma en un papel, más bien una posición ideológica, unos valores que compartir, rigor y disposición. La disuasión si no es creible es una pantomima. La credibilidad la dan los arsenales. Los de España están vacíos.

Desde entonces hasta hoy todo ha ido encaminado al antimilitarismo con gran dosis de antiamericanismo bajo el objetivo de desmilitarizar lo militar, pero hacer buen negocio con su instrumentalización.

«Hoy por hoy el país no quiere escuadra, no quiere Ejército, no quiere instrucción pública. El país no se interesa más que por las cuestiones materiales y lo que quiere es no pagar contribuciones y que le dejen vivir en paz» (Francisco Silvela, Sin pulso, agosto 1898 Diaro El Tiempo).

Repetimos la historia.

El profesor Víctor Pérez Díaz dice de la Unión Europea: «Un signo revelador de la debilidad del orden político europeo es la timidez de su política exterior y de defensa. La cuestión fundamental de la soberanía se dirime en el momento de la guerra, cuando se aclaran cuáles son las relaciones entre la comunidad y su entorno, sus enemigos y sus aliados, y todos deben definirse en la acción asumiendo los riesgos y los costes correspondientes».

No se puede resumir mejor nuestra postura que va más allá de la europea porque la impresión que damos no es la de estar con los aliados, sino con sus enemigos. La neutralidad es muy peligrosa cuando se muestran relaciones sospechosas. No son fiables los que firman una cosa y hacen la contraria ni los que tapan su debilidad política con acciones propagandísticas y manipulan la verdad.

«Toman antes al mentiroso que al que coxquea» (La Celestina XVII). España vive un auténtico «teatro político» al más puro estilo que enseña Maquiavelo en El Príncipe. Así se cubren con un velo de honestidad las mayores pasiones criminales y entre ellas, tanto militar como políticamente, no hay mayor pasión criminal que la traición.

Es conocida la de Efialtes de Tesalia que mostró a los persas  un sendero secreto en las Termópilas, lo que permitió a las tropas de Jerjes flanquear y masacrar al rey Leónidas y a sus 300 espartanos, traicionando la defensa griega. Su nombre, Efialtes, se ha convertido en el término «pesadilla» debido a la infamia de su traición. Según Heródoto los propios griegos marcaron a Efialtes como traidor y pusieron precio a su cabeza.

No debemos olvidar que la alianza griega en Troya estuvo constantemente al borde del fracaso no por falta de habilidad, sino porque sus líderes estaban más motivados por la búsqueda de su propia gloria inmortal que por el éxito colectivo de la misión. La búsqueda de la kléos (gloria) personal es conducir al fracaso a los que van detrás.

Hacer política personal es un riesgo evidente, pero fracasar en la política exterior y traicionar las alianzas es imperdonable. Además de valerte un calificativo histórico. El mismo que ha pasado a la historia con el nombre de Efialtes.

Recuérdese el refrán: «Para ser mentiroso hay que ser memorioso».

«¿Sabe cómo le llama en privado algún homólogo suyo? El traidor de Europa».

La historia de España temblaba en el recuerdo, sus muros se agrietaban cuando a la lista de traidores que figuraba a ambos lados del pórtico de entrada se añadía un nombre nuevo; aun no había sitio para seguir rellenando.

Vencida de la edad sentí mi espada.

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

09 abril 2026

 

 

 

 

 

EL PÁTER HUIDOBRO. LEGIONARIO Y SANTO. General Dávila

Páter Fernando de Huidobro. Claustro de la Iglesia PP. Jesuitas San Francisco de Borja . Madrid

El 11 de abril de 1937 moría el jesuita Padre Fernando de Huidobro y Polanco. Era el Capellán de la IV Bandera de la Legión en el frente de Madrid. Enterrados sus restos en la Iglesia de San Francisco de Borja de los Padres Jesuitas en la calle Serrano de Madrid tiene un monumento erigido en la Cuesta de las Perdices (N-VI. Madrid).

Uno de los primeros artículos que publiqué en este blog, el 5 de marzo de 2014, fue dedicado al Páter Huidobro, Legionario y Santo. Desde entonces han pasado muchas cosas, pero han de pasar muchas más. No ha habido año que no dedique mi recuerdo, devoción y oraciones al Páter de la Legión.

Ahora, al fin, su Causa de beatificación se ha vuelto a  abrir y el Capellán legionario continúa su lento, pero seguro camino hacia los altares.

Es la burocracia lenta y pesada, por rigurosa y eficaz, confiemos en ella para determinar ese día en el que oficialmente se proclame la Santidad del Páter Huidobro. La legión quiere un santo en sus filas.

Pero no será el lento caminar de los papeles los que hagan Santo al Páter; hay algo mucho más eficaz, necesario, y está en nuestras manos, en la de todos ustedes, legionarios o no, y es la devoción lo que le llevará a los altares.

La santidad a día de hoy es un difícil reto. Si además se trata para alguien que estuvo con la Legión en la Guerra Civil se nos antoja un imposible. Hay recelos, en lenguaje legionario ya saben, se quieren derribar cruces y bondades.

No entremos en ello. El que quiera puede leer la biografía del Páter Huidobro en este blog o en otros muchos sitios. No conoció bandos ni atendió a unos olvidando a otros. Se acercó entre balas y cañones a todos, los de uno y otro bando; a todos les llevó su crucifijo de brazos abiertos, de consuelo antes de morir. Sé que más de uno gritó y pidió como última voluntad su presencia, y el Páter olvidó las balas y los colores para correr a consolar a un español que moría.

Sea este día un homenaje hecho oración al Páter de la legión, una unidad elegida por él ya que era más pueblo y valiente que ninguna, y la más cercana al Cielo.

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

 

Padre Huidobro Capellán de la IV Bandera de la Legión

(Publicado en 2014)

Si salen de Madrid por la carretera de  La Coruña, a la altura del Km. 8,6,  podrán observar una gran piedra de granito y comprobar, si son capaces de llegar hasta ella, que se trata del monumento “Al padre Huidobro. Capellán de la Legión”.

Hace exactamente un año que el Presidente Obama concedía a título póstumo la Medalla de Honor del Congreso al Capellán del Ejército de los Estados Unidos Emil Kapaun por su valor y méritos en la Guerra de Corea. Murió el año 1951 siendo prisionero de guerra. Se le conocía como el “capellán de los soldados”. “Nunca disparó un arma de fuego pero tenía el arma más poderosa de todas: el amor a sus hermanos, tan poderoso que estaba dispuesto a morir para que ellos pudieran vivir”, dijo de él Obama en el acto de entrega de la preciada condecoración.

El padre Huidobro era un joven jesuita que vino el año 1936 desde su destierro en Bélgica para prestar auxilio espiritual a los soldados en combate.

Murió en el frente de Madrid el 11 de Abril de 1937 siendo capellán de la IV Bandera de la Legión. Con un mono azul como vestimenta y crucifijo en el pecho, sentó plaza con los novios de la muerte y sólo necesitó el primer combate para demostrar quién era aquel curita que siempre aparecía donde más zumbaban las balas. Los legionarios pronto se dieron cuenta. “¡Este cura es un valiente!”, “¡es un Santo!”, decían al ver que se mezclaba entre ellos como uno más. Bien respondía aquél jesuita a lo que ahora predica y ejerce otro jesuita, el Papa: “Los obispos y sacerdotes deben estar al servicio del pueblo, en medio del rebaño y con olor a oveja”. El padre Huidobro amó siempre a sus legionarios, pero estaba en tierra de nadie y se lanzaba a prestar los auxilios espirituales a cualquier herido, sin discriminación de bandos y llevando como únicas armas la bondad y el crucifijo.

Era un valiente y era santo, según el decir de los legionarios que es envidiable certificado popular. Se fue, con tantos legionarios que caían en combate, cuando el amarillo de los jaramagos y el rojo de las amapolas rellenaban las cunetas de la Cuesta de las Perdices.

El poema medieval “La Danza de la Muerte”, que siendo un joven estudiante había representado Fernando Huidobro, se había hecho realidad tal y como él la esperaba, la muerte igualadora.

El Capellán en los ejércitos es algo que los soldados asumieron desde Flandes como saludable precaución ante el trance de la muerte cercana. Desde entonces, los capellanes han recorrido muchos frentes de batalla con su cruz y su estola. Los españoles les llamaban Páter o Padre. Las unidades de los ejércitos anglosajones copiaron entonces el nombre ya que eran los capellanes españoles los que les atendían. Por eso al “military chaplain” le llaman Padre en español. Eran los antecesores del Páter Emil Kapaun, “capellán de los soldados” y del Páter Fernando Huidobro, “capellán de los legionarios”. El primero ha sido condecorado con la más alta condecoración de su Nación.

El padre Huidobro ni una sola condecoración, casi olvidado y silenciado.

Ambos, héroes de la bondad, luchan por una condecoración más elevada, la de la santidad.

La Legión espera el término de la causa de beatificación de su capellán que parece perdida, con o sin intención, por los pasillos del Vaticano.

Mientras, esperamos rezando y encomendándonos al Padre Huidobro.

Se lo recomendamos; vayan de nuestra parte porque nunca le niega nada a un legionario.

Para la Legión la causa de beatificación terminó aquel 11 de Abril de 1937. Es legionario y Santo.

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EL RESCATE DE UN PILOTO DEL EJÉRCITO DE LOS ESTADOS UNIDOS EN IRÁN. CON EL SAGRADO JURAMENTO DE NO ABANDONAR JAMÁS A UN HOMBRE EN EL CAMPO HASTA PERECER TODOS General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez.

Estos días de guerra. ¿Quién lo diría? Calles llenas, terrazas y restaurantes, rezos y cuaresmas, ritos y milagros. Lo es que el mundo viva guerra y paz con la misma frialdad y desinterés. Cuaresma y fiesta.

Liturgias en la calle que tanto sabe de táctica y estrategias de supervivencia.

Guerra en Irán. ¿Dónde?

Un piloto derribado está perdido por tierra hostil. La operación de rescate se pone en marcha.

Las unidades de Operaciones Especiales de cualquier nación ensayan con gran rigurosidad y sacrificio una de las maniobras más difíciles que se les pueden asignar: Evasión y escape. Se trata de recuperar a un hombre propio caído en territorio enemigo. Puede ser miembro de una tripulación o cualquier otra circunstancia por la que haya que recuperarlo y extraerlo del territorio enemigo. La operación es de máximo riesgo y se debe tener preparada con antelación para así contar con una red secreta de colaboradores que faciliten la extracción.

Estados Unidos ha dado un ejemplo de eficacia al recuperar a dos pilotos desde territorio enemigo sobre todo la del coronel del F-15 Strike Eagle herido durante el proceso de eyección en el sur de Irán, que pudo escapar por su propio pie y mantenerse escondido hasta ser localizado y rescatado.

Al margen de las dificultades, éxito y ejecución impecable, hay que ofrecer el verdadero valor, el profundo significado de este rescate.

Cualquier soldado bien instruido y adiestrado sabe que su destino es morir si necesario fuese y que esa posibilidad le acompaña sin que pueda bajo ningún concepto ser una rémora en su misión, sino todo lo contrario. Asumido el riesgo, detrás viene un concepto sagrado. Es el del compañerismo. En el Credo de la Legión está escrito y cada legionario lo tiene grabado a fuego en su corazón: “Con el sagrado juramento de no abandonar jamas a un hombre en el campo hasta perecer todos”.

Así puede uno encaminarse al combate, a la muerte, cuando sabes que todos morirán contigo, que jamás tu cuerpo quedará en manos enemigas, que nunca quedarás solo aún muerto, aunque para ello deban morir todos. Por eso la vida militar no está hecha para todos. Por eso es admirable ese juramento, esa religión de hombres honrados cuyo espíritu les  lleva a ir más allá del sacrificio: ¡Hasta morir todos!

Un Ejército no son masa, es compañía, espíritus forjados en la virtud, en pequeñas cosas casi inentendibles, absurdas para muchos, detalles forjados en la vida diaria del sacrificio, de estar juntos muchas horas, de riesgos en común, de disciplina, cumplimiento y una soledad que solo se llena con la del que está a tu lado, que ni uno ni otro sabe cual es mayor y más honda, pero comparten como una sola.

Un solo hombre en su soledad y riesgo, se enfrenta a todo el enemigo junto mientras espera. Confía. Sabe que su Ejército, entero, desde su presidente hasta el último soldado ayer ingresado están en marcha para liberarlo. Lo sabe, espera, no desespera, oye cada rumor del viento, se sabe libre aun acosado, perseguido y amenazado, pero sin miedo. No hay nada desconocido en un Ejército de soldados.

Eso hace una nación grande y a su Ejército invencible.

Salvar a un compañero es una victoria superior a la guerra. La moral de un Ejército está en el compañerismo auténtico, el que exige dar la vida.

En la guerra surgen las reacciones más humanas, todas, buenas y malas, nos acompañan en guerra y paz, aunque tenga que ser ese momento en el que la muerte se vislumbra necesario para que lo humano se eleve a lo sagrado. «Con el sagrado juramento de no abandonar jamás a un hombre en el campo hasta perecer todos».

No me pidas que te lo explique. No sabría más allá del hombre.  En días de guerra. Guerra y paz. Cuaresma y fiesta.

General de División (R.)  Rafael Dávila Álvarez.

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6 abril 2026

 

OCHO MILLONES DE VISITAS. Blog generaldavila.com

Superadas las previsiones de este humilde blog: ocho millones de visitas. Un esfuerzo para que todos ustedes puedan estar al tanto de acontecimientos, noticias y opiniones desde el rigor y la verdad. También desde la gratuidad.

Esperamos poder seguir en la misma línea que hasta ahora formaba parte del proyecto,  aunque no es fácil poder seguir asumiéndolo.

El mejor pago es su lectura. También sus comentarios.

¿Hasta cuando seguiremos? Hasta que ustedes quieran y nos sintamos útiles. Una forma es a través de sus comentarios. Se producen muy pocos y esa es una de las razones por las que anunciamos ir reduciendo nuestra presencia. Son muchos los que leen y pocos los que comentan.

Agradecidos aquí nos tendrán una temporada más. Gracias al mundo Hispano y americano en general cuya lectura del blog ha aumentado de manera exponencial.

Les recuerdo que tenemos un correo donde recogemos sus opiniones. No podemos contestar a todos, pero sepan que todos los leemos y meditamos. También es posible comentar públicamente los artículos desde el mismo wordpress.

generaldavila1@gmail.com

Gracias y saludos.

Blog: generaldavila.com

5 abril 2026

 

LA FURIA ÉPICA: DESTITUIR EN PLENA TORMENTA. Julio Serrano Carranza Coronel de Aviación (Ret.) Ejército del Aire y del Espacio

 

Cuando el relevo de parte de la cúpula militar revela más incertidumbre que control

Hay decisiones que no necesitan explicación porque, en sí mismas, constituyen un mensaje. Y no siempre el mensaje coincide con el relato oficial que las acompaña.

Extrapolando términos, es como intentar convencer a la afición de un equipo de futbol que todo marcha bien en el vestuario y en la liga, tras haber cesado a su entrenador, artífice de la estrategia y táctica a seguir por los jugadores en el campo…de juego.

Cuando un presidente asegura que una campaña militar avanza conforme a lo previsto, que los objetivos se cumplen, que en unas semanas todo estará concluido y que la situación está bajo control, pero al mismo tiempo cesa a parte de su cúpula militar —incluyendo figuras clave del mando operativo—, lo que transmite no es serenidad, sino inquietud. No es dominio, sino duda.

La reciente decisión del presidente Donald Trump de relevar a altos mandos de las Fuerzas Armadas estadounidenses debe interpretarse en esa clave. No como un simple ajuste organizativo, sino como un síntoma. Y la historia, junto con la doctrina militar moderna, ofrece suficientes precedentes para entenderlo.

La lección de los clásicos: la estabilidad como arma estratégica

Desde las guerras del Peloponeso hasta las campañas de Roma, la continuidad del mando ha sido considerada un activo estratégico de primer orden.

Pericles, sometido a una presión política feroz durante la Guerra del Peloponeso, resistió la tentación de alterar constantemente la dirección militar ateniense. Sabía que la guerra, más que una sucesión de golpes de efecto es una prueba de resistencia, coherencia y visión a largo plazo.

Alejandro Magno llevó este principio a una dimensión casi personal. Su relación con sus generales no se basaba únicamente en la jerarquía, sino en la confianza. En los momentos más críticos —Issos, Gaugamela— no recurrió a relevos, sino a la reafirmación del mando. Entendía que la cohesión interna era tan decisiva como la disposición de las tropas.

Julio César, en la guerra de las Galias y durante la guerra civil, hizo de la lealtad operativa un pilar fundamental. Incluso en circunstancias adversas, evitó descomponer su estructura de mando. Sabía que un ejército que duda de sus mandos es un ejército que empieza a perder antes de combatir.

Siglos más tarde, Napoleón condensaría esta idea con precisión matemática:

“En la guerra, el factor moral es al físico como tres es a uno.”

Y ese factor moral descansa, en gran medida, en la estabilidad del mando.

El giro oscuro: cuando cesar es un síntoma de debilidad

La historia cambia de tono cuando los ceses dejan de ser excepcionales para convertirse en hábito.

En la Unión Soviética, las purgas de Stalin no solo eliminaron a posibles rivales políticos, sino que desarticularon la estructura profesional del Ejército Rojo. El resultado fue una fuerza debilitada, desconfiada y mal preparada para afrontar la invasión alemana de 1941.

En la Alemania nazi, el patrón fue diferente pero igualmente revelador. A medida que la guerra se tornaba desfavorable, Hitler incrementó su desconfianza hacia los mandos profesionales. Las destituciones se sucedieron: Rundstedt, Manstein, Rommel, Guderian… nombres clave apartados no tanto por incompetencia como por su discrepancia que, a algunos de ellos, les costó la vida, y no en el campo de batalla precisamente.

El problema no era solo el relevo, sino lo que lo motivaba: la incapacidad del liderazgo político para asumir errores propios.

Guderian lo expresó con crudeza:

“La interferencia constante del poder político en la conducción militar conduce inevitablemente al desastre.”

Mussolini, en menor escala, pero con igual lógica, recurrió al mismo mecanismo: buscar culpables en los escalones inferiores para ocultar deficiencias estructurales y estratégicas.

Pero, evidentemente, nos estábamos refiriendo a mandatarios de regímenes dictatoriales que ejercían su poder con manu militari, lejos de una democracia ejemplar como son los Estados Unidos de América.

De ahí que, para el primer mandatario del país más poderoso del mundo, el factor moral no sea un concepto abstracto. Se traduce en confianza: en el plan estratégico, en los mandos y en la solidez de la estructura que dirige la operación.

Hoy, ese principio sigue plenamente vigente. El manual de liderazgo del Ejército de Estados Unidos, estudiado en West Point, lo expresa sin ambigüedad:
“La confianza es el fundamento del mando efectivo.”

Cuando esa confianza se quiebra en la cúspide, el efecto no se limita a los despachos. Desciende por toda la estructura operativa de la cadena de mando y puede socavar la moral de soldado y marinero mejor adiestrado para la guerra.

Clemenceau y Foch: el equilibrio que funciona

Conviene recordar, en este contexto, uno de los ejemplos más citados —y a menudo malinterpretados— de la relación entre poder político y mando militar.

Georges Clemenceau, en 1917, asumió el liderazgo de Francia en uno de los momentos más críticos de la Primera Guerra Mundial. Su célebre frase —“La guerra es un asunto demasiado serio como para dejárselo en manos de los militares”— no significó una invasión del terreno militar, sino la afirmación de una responsabilidad política: sostener la voluntad nacional hasta la victoria.

Clemenceau no se dedicó a cesar generales ni a dirigir operaciones desde el despacho. Hizo lo contrario: reforzó el frente interior y depositó su confianza en la conducción estratégica en el mariscal Ferdinand Foch, sin interferencias.

Ese equilibrio —dirección política firme, ejecución militar profesional— es el que la doctrina de la OTAN sigue considerando óptimo. La política fija los objetivos; el mando militar decide cómo alcanzarlos.

Cuando esa frontera se difumina, comienzan los problemas.

Cuando la política invade la estrategia

El relevo de mandos en plena operación, especialmente si no responde a causas operativas claras, introduce una duda difícil de disipar:
¿estamos ante una decisión técnica o ante una decisión política?

La doctrina aliada es clara: el mando militar debe operar dentro de la dirección política, pero con autonomía profesional propia. Cuando esa autonomía se percibe comprometida, el sistema pierde eficacia y consistencia.

Y esa percepción es clave.

Un oficial formado en West Point, Annapolis o en la Academia de Colorado Springs ha sido instruido con el rigor del mission command: iniciativa, responsabilidad y adaptación al medio. Pero ese modelo solo funciona si existe confianza en que las decisiones no serán alteradas por impulsos políticos.

Cuando esa confianza desaparece, brota lo contrario: prudencia excesiva, falta de iniciativa y obediencia mecánica. En términos operativos, es un deterioro silencioso pero profundo.

La moral: el frente que no aparece en los mapas

Las guerras modernas no se ganan solo con tecnología o superioridad material. Se ganan también en el terreno invisible de la moral.

El propio Ejército estadounidense lo reconoce en su doctrina: los líderes son responsables de generar cohesión y compromiso. Sin ellos, la unidad pierde eficacia.

Cuando los mandos son cesados en momentos críticos, el mensaje que perciben las tropas es inmediato: algo no funciona.

Pero cuando, además, ese relevo se interpreta como una injerencia política en decisiones profesionales, el efecto es aún más dañino. Se instala una duda esencial: ¿se combate con un plan coherente o bajo impulsos cambiantes?

El general alemán Helmuth von Moltke, artífice de la modernización del ejército prusiano, advirtió que ningún plan sobrevive al contacto con el enemigo. Pero para adaptarse, los mandos necesitan autonomía, confianza y respaldo. Sin ellos, la capacidad de reacción se paraliza.

Una señal al mundo

Estados Unidos no es una potencia más. Es el eje de un sistema de alianzas y equilibrios globales que lidera la OTAN.

Cuando su cúpula militar es objeto de relevos en plena operación, el impacto trasciende lo interno:

  • Los aliados cuestionan la previsibilidad
  • Los adversarios detectan posibles fisuras
  • Los mercados reaccionan ante la incertidumbre
  • La credibilidad estratégica se resiente

La OTAN lo expresa con claridad: la coherencia en el liderazgo es fundamental para la confianza entre aliados.

Y la confianza, en geopolítica, es tan valiosa como la capacidad militar.

Entre Clemenceau y el reflejo de la duda

La historia ofrece dos caminos.

El de Clemenceau: liderazgo político firme, confianza en el mando militar y claridad en los roles.

Y el de quienes, ante la dificultad, optaron por buscar responsables a sus incapacidades, chivos expiatorios, en lugar de confiar en las estrategias diseñadas por sus militares.

La decisión de Trump parece acercarse más a este segundo modelo. No encaja con un escenario de control absoluto ni con una campaña sin dificultades. Más bien sugiere tensiones, discrepancias o una insatisfacción que no se reconoce públicamente.

Como en el fútbol, cambiar al entrenador puede ofrecer la ilusión de que se actúa. Pero si el problema es estructural, el resultado no cambia. El entrenador no marca goles.

Con una diferencia esencial.

En el deporte se pierde una temporada.
En la guerra, se pone en riesgo a soldados y marineros y se puede romper el orden y equilibrio internacional.

Epílogo: la fragilidad de la confianza

Napoleón advirtió que el mayor peligro puede aparecer en el momento de la victoria. Pero la historia demuestra que también surge cuando el liderazgo empieza a dudar de su propio sistema de mando.

Porque la guerra, en última instancia, no es sólo una cuestión de fuerza.

Es una cuestión de confianza.

Y cuando esa confianza se quiebra desde arriba, reconstruirla es mucho más difícil que perderla.

 Julio Serrano Carranza

Coronel de Aviación (Ret.)

Ejército del Aire y del Espacio

 

 

 

«ABSURDO EPISTOLARIO» Ángel Cerdido Peñalver Coronel de Caballería ®

¿Pasapues maños?…, que nos gustaría ir a Madrid a rondar al Gobierno y cantarles las cuarenta, pero no nos llega el cable. La viñeta y el bocadillo son de D. Ángel Antonio Mingote Barrachina (q.e.p.d.): Dibu-jante, escritor, periodista, miembro de la Real Academia Española (silla r), marqués de Daroca, requeté, antiguo Alférez Provisional y Teniente Coronel Honorífico de In-fantería.

 

Si el colmo de todo buen herrador, ante situación complicada, fue siempre tener que agarrarse a un clavo ardiendo, ese día a Quevedo le bastó con sostener el pie.

Todo este  absurdo epistolario que quiero contaros, me  lleva al Madrid de 1600 cuando Quevedo paseaba, miope y cojeando como siempre, por las galerías del Real Alcázar, justo donde hoy se encuentra el Palacio Real, cuando un grupo de cortesanos que estaban allí holgazaneando le reconocieron y uno de ellos, sabedor de su habilidad para improvisar versos, le dijo:

—¡Quevedo, hacednos un verso!

El escritor le contestó:

— Dadme pie. (Quería Quevedo que el cortesano le propusiese una palabra o una idea sobre la cual confeccionar el verso), pero este lo entendió literalmente y, estirando la pierna, le acercó el pie. Quevedo, sujetando el pie, improvisó:

   Paréceme, gran señor, que estando en esta postura, yo parezco el herrador y vos la cabalgadura.(1)

Como la Pascua de Resurección y la primavera siempre tuvierom mucho en común,  espero que hoy ámbas me den pie, para tratar de resumir el absurdo y rocambolesco epistolario que mantuve el pasado invierno. Fueron  tres las  cartas:  una de película, otra que no me llegó y la última  que no mandé.

La de película, «la primera», pura invección, estaba sellada en Hoolywood, y firmada por un tal  Mitchell Leisen, el que fuera ayudante del  gran director de cine estadounidense Cecil B.DeMille. En ella me cuenta que el autor de «Los diez mandamientos», siempre recomendaba arrancar una película con un terremoto y seguir «in crescendo». Mister Leisen decía que al maestro  le  apasionaba el espectáculo de la política española, y que de haber tenido acceso a su «Diario de Sesiones» lo hubiera tomado  como referencia para el guion de una futura película.  Me pide copia de las últimas sesiones del diario. Se las mando, y le hago saber que en él  se reflejan los debates parlamentarios, elaborados por el Cuerpo de Redactores y Taquígrafos que recogen la palabra hablada con rapidez, y le  prevengo que a veces en ese diario no queda escrito con veracidad lo sucedido, como en el caso del «Caballo de Pavía», pues aunque en el imaginario colectivo ha quedado grabado que el general entró en el Congreso de los Diputados para disolver las Cortes a lomos de su caballo, este hecho en realidad no ocurrió, y por tanto no figura en el Diario de la Cámara Baja Española. El general Mnuel Pavía y Rodríguez de Alburquerque dirigió el golpe de Estado que disolvió la Primera República y, efectivamente llegó al Congreso en su caballo tordo, pero descabalgó en la puerta y permaneció en el exterior, en la calle Floridablanca, supervisando la operación. Los que si entraron fueron los guardias civiles que le acompañaban.

También le cuento otra de las anécdotas más famosas, esta ocurrida en el Senado, aunque tampoco quedó registrada en el Diario de la Cámara Alta. Involucraba a Camilo José Cela, senador por designación real,  cuando respondió a D. Antonio Fontán Pérez, ​ marqués de Guadalcanal, primer presidente del Senado de la España democrática, al quedarse dormido en plena sesión.

— «No, no, señor presidente. No estaba dormido, estaba durmiendo». Ante la insistencia del presidente de que era lo mismo, Cela replicó:

«No, no es lo mismo estar dormido que estar durmiendo, al igual que no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo».(sic).

A veces, le comento, que el «Diario de Sesiones» de nuestros Congreso o Senado se dedican a omitir o corregir muchas de las  pifias de sus señorías. Recientemente no transcribieron lo que dijo una famosa exministra cuando hablaba del «diputao» y lo «aprobao», y si en el diario consta que dijo «Gotemburgo» al referirse a la ciudad sueca, se falseó puesto que su señoría dijo en verdad: «Gutemberg», y Según sus mismas palabras «es obvio de toda obviedad» que  esto no está bien.

Seguro que pocas generaciones separan a más de uno de esos políticos de su «bancal» en el pueblo, y también más de uno, serán «desertores del arado». Si  no les enseñaron modales, fíjense, puesto que hay gente a la que mirar, estudiar, leer, lo que sea… todo menos usar el tenedor y cuchillo como si fuesen puñales. Las buenas maneras son especialmente necesarias en el caso de las personas corrientes, las señoras muy guapas pueden permitirse el lujo de no tenerlas todas, pero fijándose detenidamente, al cabo de unos días, se observa que a un gran número de ellas se les ve el «pelo de la dehesa». Perdonen que se lo diga, pero la mayoría  de ustedes no son muy guapas…, y  de los «perroflautas» mejor no hablar.

Al cabo de unos días Leisen me vuelve a escribir, y me dice que debido a lo que había leído en el Diario de Sesiones y mis anotaciones, abandonaba el proyecto pues dudaba  de la veracidad del mismo, y sobre todo, según sus palabras:

—«You lair half-doctor, they turned you into president» (del mentiroso semi-doctor que tienen de Presidente).(sic)

Al  final confiesa que no entende eso del «bancal», «desertores del arado», «pelo de la dehesa», «perroflautas», y que si hubiera coincidido con  Berlanga, le cedería los derechos de la posible película, pues estaba seguro que la hubiera hecho mucho más divertida que la suya.

La «segunda» carta, la que no recibí, estaba  encabezaba con un:

— Querido pensionista: Este Gobierno se  siente incómodo, por lo que  desearíamos que no le llegase la carta, pero necesitamos dinero, y para resolver todos los problemas que tenemos, hemos decidido iniciar una campaña tratando de convencer a nuestros súbditos aborregados, para que devuelvan, según nuestro criterio, todo lo que  cobraron de más en sus pensiones de lo que en su día aportaron.  Me hacen hincapie en que cada uno  debe saber vivir con el dinero que tiene ganado con el sudor de su frente.  Les digo que no como ellos, que lo ganan con el sudor de los de enfrente.

Luego me enteré que con esos ahorros quieren comprar dos espejos deformantes, uno cóncavo y otro convexo, para el Salon de los Pasos Perdidos, que deforman en don Quijote y Sancho a todo el que se mira en ellos. (Algo oyeron del Salón de los Espejos del Palacio de Versalles).

Esos «Pasos Perdidos», me llevan a la magnífica película de Fernando Fernán Gómez  «El Viaje a Ninguna Parte», donde asistimos en los años 40 y 50 al final de una familia de comediantes, y me recuerdan a los paseos que dan ustedes  por ese Salón como perdidos en  el final de sus carreras.

A la semana, les contesté con la «tercera»  carta, la que no les mandé. Lo hice para que supieran que estoy vivo, y la escribí despacio porque sé que ustedes son de leer deprisa, y en arial-20 por no abusar, como hacen ustedes, de la letra pequeña. Si no la reciben me lo dicen, y se la mando otra vez. Como se van cambiando a menudo de casas a «casoplones», no les pongo dirección  porque no la sé. En ella les cuento que nunca olvidaré los grandes daños que están haciendo y que pretenden hacer a nuestra querida España, y a nosotros los funcionarios jubilados y pensionistas.

Relacionado con el acceso a la vivienda, me contaban que el Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana de España, se justifica  y dicen tener solucionado con sus mentiras ese gran problema. Tomarán como modelo el que puso en marcha Carlos III en 1761, cuando, poco después de que diera la orden de hacer carreteras, se dieron cuenta de que había que mantenerlas, no como pasa hoy con los trenes, y así nació la figura del «peón caminero». Cada uno tenían asignado un tramo específico de carretera, originalmente de aproximadamente una legua (unos 5,5 km), con un pico, una pala y un capazo donde llevaban la tierra para rellenar los baches. Vivían aislados, donde les tocaba, en casas muy pequeñas, «casillas» las llamaban, y además la compartían dos familias. Uno de los peónes iban hacia un lado de la casilla, y el otro al contrario.

Lo único bueno que salió de una de esas «casillas de peones camineros», concretamente de la de Val de Santo Domingo, a medio camino entre los 13 kilómetros que separan a  Torrijos de Maqueda en la provincia de Toledo, fue el haber nacido en ella Fererico Martín Bahamontes, el «Águila de Toledo», aunque la realidad es que se llamaba Alejandro, y como todo lo de hoy, también esto me parece absurdo.

Veo que siguen ustedes despistados, como el perro de de mi vecino, que ahora le ha dado por correr y ladrar detrás de los coches que están aparcados.

En la carta que no mandé les decía que la última suya no me había llegado, pero a este pensionista que le escribe, aunque no le llegara, le entraron grandes remordimientos de conciencia. Pidiendo un préstamo, pude  reunir lo que según ustedes cobré de más en los muchos años cotizados y con la presente se lo envío, aún sabiendo que su único objetivo es agrandar su patrimonio mientras se hacen cargo de las riendas del negocio, y digo riendas porque lo hacen como si se tratase de manejar ganado.

Si ven a mis compañeros pensionistas, jubilados y funcionarios, les saludan de mi parte, les preguntan si recibieron la carta, y les dicen que no se les ocurra mandar nada.  Si no los ven no se lo  digan.

Como les decía, con esa carta iba a mandarles el dinero, pero ya  había cerrado el sobre, y no pude hacerlo, una vez más logré no confundir el vago deseo con la evidencia, dándome cuenta que el vivir de mentiras e ilusiones como ustedes, es morir de desengaños. Pocos de sus  sueños se cumplen, la gran mayoría los roncan.

  Paréceme, grandes señores, que estando en esta postura, yo parezco el herrador y vuestras señorías, la cabalgadura.

La rondalla de los maños vuelve a gritar:

—¡Que no nos llega el cable

—¡Jodó! ¿Que pasapues?.

PD.-Mil gracias a mi querida hermana Yayo, que con su saber, me ilustró sobre  las andanzas de     Quevedo.

(1).Del libro: «Su majestad escoja. Anécdotas Divertidas de Madrid», de Carlos Osorio García de Oteyza.

Ángel Cerdido Peñalver Coronel de Caballería ®

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Zaragoza abril 2026.

 

 

 

VÉLEZ-MÁLAGA: VIRGEN DE LAS ANGUSTIAS CORONADA. LA VIRGEN LEGIONARIA Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

En el mes de febrero de 2015 el Excelentísimo Ayuntamiento de Vélez-Málaga en sesión plenaria concedió la Medalla de Oro de la ciudad a Nuestra Señora de las Angustias con motivo de Su Coronación Canónica. El Próximo día 15 de septiembre y de manos del Alcalde de la ciudad se celebrará el acto de imposición en la Iglesia de San Juan Bautista.

Si en Málaga está el Cristo de los legionarios, bendito Cristo de la Buena Muerte, Su Madre no podía estar muy lejos. Vélez-Málaga, a Su lado, cerca del dolor y del amor, donde siempre está una madre: Nuestras Señora de las Angustias Coronada, la Virgen legionaria, en la advocación del momento legionario sublime, el del dolor y el misterio que tiene el tránsito.

Por ir a tu lado a verte…, y su amor fue mi bandera.

¿Cómo no va a llevar el nombre de Angustias una madre al ver a su hijo en las puertas de la muerte? Aunque sea dolor legionario siempre es duro el tránsito; aunque vaya camino de la Vida es un momento de aflicción. Si no fuese así no sería necesaria esa revelación, del amor junto al dolor, en compañía imprescindible para que se cumpla Su palabra, la que nos prometió: la muerte no es el final. Porque en Su palabra confiamos cuando el adiós dolorido busca en la fe su esperanza. Por un hermano perdido.

Vélez-Málaga es legionaria. Como su Virgen, Madre de la Buena Muerte, de las Angustias Coronada.

Desde hace sesenta y seis años la Legión acompaña a Nuestra Señora en su recorrido de Pasión por las calles de Vélez-Málaga, con el fervor de los veleños, con amor, la noche del Viernes Santo. Un momento para vivirlo y sentirlo porque el recuerdo de esa noche de misterio en Vélez-Málaga queda cosido al corazón con puntadas de oro. Por ir a tu lado a verte… Virgen de las Angustias Coronada, de la Legión Madre.

Tuve el honor, junto al alcalde veleño, don Antonio Souviron, de inaugurar en el muy legionario Barrio de la Legión española el monolito a la Legión, una prueba de amor y consideración de los veleños y puedo decir que uno de los actos más entrañables y queridos a los que he asistido.

Tengo el honor de que Nuestra Señora, mi Señora y Madre (coincidencia que mi madre se llama Angustias), lleve en Su trono procesional, a Sus benditos pies, mi bastón de mando que antes había pertenecido a mi abuelo y a mi padre. Quisiera también poner a Sus pies mi gorrillo de general de la Legión cuando Ella quiera y designe.

Tengo la alegría de poder contar con el cariño de esa Cofradía a la que siempre estaré agradecido y con una vinculación de por vida.

Es por todo ello por lo que hoy escribo estas sencillas palabras para unirme a todos los veleños en ese especial día, próximo 15 de septiembre,  en el que con la entrega de la Medalla de Oro de Su ciudad, la Virgen, Nuestra Señora de las Angustias Coronada, recibe, de nuevo, el homenaje de amor y respeto, de devoción y oración, de todos Sus hijos veleños y de todos los legionarios que allí tienen a su Virgen legionaria, Madre de la Buena Muerte.

Me sobrecogen e impresionan esos brazos de Madre que recogen el cuerpo de Su hijo muerto.

En tus brazos, Madre, quisiera morir yo, caer en tus brazos legionarios como recogiste a Tú Hijo al descender de la Cruz.

Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

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