REFLEXIÓN SOBRE EL PROBLEMA DEL MAL EN EL MUNDO Y SU CAUSA ÚLTIMA. Pedro Motas

En nuestra vida cotidiana, el mal es una realidad difícil de entender y vivir. Es un problema que muchos no resuelven nunca y otros solucionan responsabilizando a terceras personas o a causas ajenas a ellos mismos. Entre los creyentes se oye demasiadas veces esta lamentación: ¿por qué Dios lo ha permitido?, ¿por qué me castiga a mí?, ¿qué habré hecho?… Otras personas se plantean que si existe el mal es porque Dios no es todopoderoso o no es bueno… o no existe.

“El mal es una realidad que, en una o en otra forma, envuelve a los hombres y, en cierto modo, al universo entero” Así pues, se enfoca el problema del mal desde “una perspectiva estricta y exclusivamente metafísica”, esto es, el mal como realidad. Ni se pretende averiguar qué cosas son buenas y malas, ni tampoco determinar cómo ha de evitarse o de superarse el mal. Es importante aclarar que el bien y el mal no son opuestos entre sí, como si el bien fuera un valor positivo y el mal un valor negativo. Porque si se afirma que el mal es lo contrario del bien, también deberíamos aceptar que el bien es lo contrario del mal.

La realidad

Si constatamos que el mal es una realidad, será importante dilucidar “qué es y cuál es la realidad del mal”. Se va a exponer por separado los cuatro tipos de mal que se pueden dar, de acuerdo con la estructura misma de la realidad; son los siguientes: el maleficio, la malicia, la malignidad y la maldad. Es muy importante recalcar que el uso que se hace de estas palabras es técnico, por lo tanto, nos debemos desprender del significado de estas palabras en su uso cotidiano y entenderlas estrictamente en los términos que se nos plantea.

  1. a) El maleficio

Dentro de la terminología, denominamos maleficio a aquella categoría del mal que nos desequilibra a nivel físico o psíquico. Es, por tanto, la primera etapa o el primer escalón del mal. Cada persona vive una realidad física y psíquica propia.

Las cosas a las que nos enfrentamos a lo largo de nuestra vida, no son ni buenas ni malas. Es el modo en que las tratamos, nos relacionamos e interaccionamos con ellas, lo que las hace positivas o negativas, lo que les puede dar, por tanto, un sentido maléfico.

Podemos sufrir los maleficios consciente o inconscientemente. Cualquier acontecimiento tendrá una traducción negativa en nuestra vida en tanto que no seamos capaces de asumirlo o resolverlo de modo que no nos desequilibre como personas.

  1. b) La malicia

Dentro de las diferentes categorías del mal, la malicia es el aspecto más intransferible y personal de la maldad, ya que está ligado a nuestra propia libertad como personas y al uso que hagamos de ella.

Más allá de sus realidades físicas y psíquicas, el ser humano, dentro de los límites de su libertad, tiene la capacidad de escoger. Ahí está la grandeza de su dignidad. Desde este punto de vista, somos una realidad moral.

Al ejercitar nuestra capacidad de elegir, estamos realizando un acto de carácter inequívocamente moral. La idea de malicia, tiene mucho más que ver con la intención, la voluntad que tenemos al realizar una acción, que con el resultado de la acción en sí.

La vida es un constante elegir y descartar opciones. Lo que va a determinar nuestra bondad moral o nuestra malicia es lo que hagamos de una forma coherente o incoherente, conforme a unos postulados moralmente correctos o inmorales.

  1. c) La malignidad

Siguiendo con las ideas desarrolladas anteriormente acerca del uso negativo de nuestra libertad como generadora del mal, hay que admitir que podemos usar nuestra libertad para inducir a otros a hacer el mal. Se describe como malignidad.

A través de este concepto damos un salto cualitativo en el mal uso de nuestra libertad, donde la elección negativa va más allá de nosotros mismos y arrastra a otros individuos hacia una actuación moralmente negativa.

El protagonista de la malignidad lo va a ser de forma reduplicativa, porque aparte de la malicia del acto propio de una persona desde su libertad, está la malicia que en este caso también produce el otro.

  1. d) La maldad

El concepto de maldad encarna el mal compartido y producido por el grupo. Por consiguiente, una conducta maliciosa y la incitación a que otros la sigan (malignidad) desencadenan la maldad, hacer del mal un efecto colectivo.

Por tanto, la maldad es la dimensión social del mal. El mal que nos sobrepasa a nivel individual y adquiere dimensiones grupales. De modo que podemos observar la maldad dentro de la historia del ser humano.

Las relaciones

El maleficio, la malicia, la malignidad y la maldad están interrelacionadas. Uno de los grandes males que ha marcado a lo largo de la historia y sigue marcando el devenir del ser humano, tanto en su colectividad como en el plano individual, es la xenofobia.

Todo comienza por el maleficio, entendiendo por tal una o varias circunstancias que nos desequilibran a nivel físico y, sobre todo, a nivel psíquico. El maleficio, la circunstancia personal o coyuntura negativa puede darse de muchas formas.

La incapacidad para dar una respuesta sana, coherente y madura al maleficio, puede abocarnos fácilmente a la malicia. Busco otras personas más débiles que yo. Y descargo en esos otros la responsabilidad de mis males, o los utilizo para desahogarme y resarcirme de mis derrotas y miserias personales.

Más tarde, doy el paso de la malicia (mis elecciones individuales moralmente negativas) a la malignidad, es decir, busco incitar a otros a que sigan mis pautas de conducta. Ya que, si otros hacen lo mismo que yo, de alguna manera yo me siento menos responsable de  mi modo de actuar.

Y, finalmente, de la malignidad (mi intento por extender mi conducta maligna a otros individuos) a la maldad (el movimiento colectivo que asume, más allá de los individuos, las conductas inmorales), hay sólo un paso. También es verdad que no todos los individuos tienen el mismo grado de responsabilidad en la maldad colectiva final.

La causa última

Partimos de “que efectivamente hay un Dios creador y personal del mundo”. Supuesto esto, y como el mal existe en el mundo, es lícito preguntarnos por el problema del mal desde la perspectiva de Dios. Y articulamos su estrategia a través de tres preguntas a las que intentaré dar respuesta:

Primero: en tanto que Dios es causa universal del mundo, y en el mundo tiene el mal una realidad, ¿es Dios causa del mal? Segundo: Dado que no lo fuera, y supuesto que el mal existe, ¿es, cuando menos, aceptado por Dios? Tercero: supuesto que no lo fuera, ¿cuál es entonces la razón de ser del mal?

  1. a) ¿Es Dios la causa del mal?

En primer lugar, tendremos que entender que toda la realidad es creada, es finita y procede sólo de Dios y es para Dios su gloria. Aquí la gloria es pura y simplemente la realidad misma existente, en tanto que finita. Podemos comprender, desde una visión antropomórfica, que la realidad creada supone para Dios una satisfacción, el orgullo por aquello que ha surgido de sus manos y, por tanto, es la realidad creada su propia gloria.

Se insiste en que “la realidad finita, en tanto que, producida por Dios, tiene el sentido de ser gloria y la condición de ser un bien”. Por tanto, “la realidad creada: no sólo es esencialmente buena, sino que su bondad consiste pura y simplemente en ser realidad”. Porque lo que Dios ha querido es que nosotros mismos seamos capaces de constituirnos en lo que vamos siendo. La libertad es la participación finita en la grandeza e independencia de Dios. Por tanto, ya podemos ver que Dios de ninguna manera es causa del mal.

  1. b) ¿Acepta Dios el mal?

Se plantea el problema de la razón de ser del mal desde la perspectiva individual: razón biográfica del mal y desde la perspectiva social y colectiva: razón histórica del mal.

El ser humano desde que nace se va desarrollando como persona. En ese crecimiento que cada persona experimenta, el maleficio juega un papel importante. Porque nos supone una serie de problemas cuya resolución nos puede hacer crecer, si sabemos buscar las respuestas adecuadas a los conflictos que se nos plantean. Así pues, se trata de un mal que nos da opción a crecer y a alcanzar un bien superior.

Del mismo modo, la malicia nos enfrenta a una disyuntiva de carácter moral que nos hace evolucionar como personas, a través de optar dentro de nuestra libertad por una posibilidad u otra.

Además de la influencia que pueden tener tanto el maleficio, como la malicia en nuestra vida, el hecho que Dios los permita, testimonia bien a las claras que las personas somos dueños de nuestros actos. Por consiguiente, se establece que Dios no acepta el mal, pero lo permite, y esa permisividad está motivada por la naturaleza del ser humano, como agente libre y con responsabilidad moral.

  1. c) ¿Cuál es la razón de ser del mal?

Por consiguiente, podemos llegar al convencimiento que, “por donde quiera que se le tome, como maleficio, como malicia o como maldad, el mal tiene su razón de ser en estar ordenado precisamente a un bien superior”. Dios no se ha limitado a testificar su conformidad con el bien y a permitir el mal, sino que precisamente desde Cristo ha querido incorporarse personalmente al curso de la historia de la humanidad.

Dios no hubiera permitido jamás el mal si no hubiera tenido ante sus ojos la posibilidad y la realidad decidida de una Encarnación y de una Redención. En este sentido, el bien no simplemente es un bien, sino que es una condición distinta del hombre, es justamente gracia. Por lo tanto, el dualismo del bien y del mal es un dualismo entre gracia y pecado.

 1. d) Conclusión

Así pues, podemos concluir que la reflexión realizada sobre el problema del mal nos permite reconciliar el compromiso de Dios con el respeto a la libertad humana, por un lado, y con la salvación de la humanidad, por otro. Y, sobre esta base, se nos invita a entender los diferentes aspectos del mal, tal como se dan en nuestra realidad individual y colectiva, poniendo el énfasis en el ejercicio de nuestra libertad y la posibilidad de que mediante la superación del mal, nuestro proyecto vital y nuestra realidad moral se desarrolle de una manera más plena.

Pedro Motas.

Blog : generaldavila.com

27 septiembre 2022

UNA DE CAL Y OTRA DE ARENA Rafael Dávila Álvarez

GAL. ¡Pum! Pasó a la historia, esa que no se cuenta y hay que buscar en las hemerotecas. ¿Pagó alguien? La democracia herida. Indulto general.

Al final de la partida rey y peón van a la misma caja, pero la partida nunca acaba de jugarse y el rey sigue en sus siglas que son cetro y espada, su justicia, de partido, muy político, histórico dicen: el terror se olvida y se le da la vuelta, con él, a la historia; y eso en el caso que nos ocupa sí que es histórico por muchos homenajes que se presten a santificar a los demonios. Ya se sabe que el éxito estriba en «…creer que no existe», y no me pregunten quién. Ha ocupado hasta el palacio de la soberanía.

Afloran como un volcán en erupción los males de la historia.

Dejémoslo claro. En nuestro idioma, román paladino, aquellos chicos perpetraron un crimen de Estado, con todo menos con la Ley, con todas las de su ley y siguieron como si nada hubiese ocurrido, llevando a España con una de cal y otra de arena, exactamente así, sin metáfora alguna.

Esa es la historia de nuestra democracia: hoy terrorismo, mañana los legalizo a cambio del palacio de la justicia. Los malos son los otros. Mi poder en omnímodo.

Siento tener que traer a colación a un militar, un uniformado al que hubo de volvérsele el cuajo para, ante la pregunta —¿Alguna vez recurrió en aquella época a la guerra sucia?, contestó —«En la lucha contraterrorista, hay cosas que no se deben hacer. Si se hacen, no se deben decir. Si se dicen hay que negarlas…».

El vómito llegó a ser como la pus.

—¿Qué le parece la actitud de la derecha ante el caso GAL? —Me parece obscena, claramente.

No recuerdo muy bien si lo de Pte. Era presidente o pendiente.

Nada. Nada. Nada… Camino de la nada. Siete veces siete: lo más grave en la historia de nuestra (suya) democracia. GAL.

Si esta actitud fuese temporal sería muy grave. Es indefinible cuando se convierte en el cetro de un partido, al que todo le parece aprovechable para segur en el Poder. Primacía absoluta del Estado sobre el derecho. Para matar o para robar. Para una cosa o la otra, por ejemplo legalizar a aquellos y gobernar juntos, agarrados al cetro y sable.

¿Qué es la justicia? Un «Yo», rotundo, mayestático, medieval y «obsceno»

Siguen convencidos que «Una de cal y otra de arena, hacen la mezcla buena» y entre cales esconden lo que hoy hacen y mañana olvidan.

¿Obsceno?

Agamenón ha humillado a Aquiles para demostrar quién es el amo.

Aquiles somos todos juntos.

«…Así sabrás (sabréis) que puedo más que tu (vosotros), y cualquier otro vacilará antes de tratarme como un igual y levantar la cabeza ante mi».

Y así, una de cal y otra de arena, que yo me entiendo.

¿Hablamos de los Podres del Estado? Primacía absoluta del Estado que mi «Yo» encarna. El de una de cal y otra de arena.

¿Y usted qué vota: a la cal o a lo otro?

En política la lealtad es simplemente una cuestión de fechas; dejó escrito Richelieu.

Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

26 septiembre 2022

HIROSHIMA. SOL, SILENCIO, OLVIDO General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

A tanta luz sucedió la oscuridad absoluta; que permanece. Los que la vivieron no han querido que se sepa lo que les cegó, y su silencio es una incógnita que no se atiene a nuestra razón porque solo ha existido para ellos, lo oscuro, algo así como el infierno con el que de niño te asustaban, pero de verdad. Sucedió en Hiroshima.

Hiroshima. Sol, silencio, olvido.

Es el libro, estremecedor, de Ana Arias y Fernando Palmero.

Dijo Obama en su visita a aquel pasado: «Era una mañana clara y sin nubes, la muerte cayó del cielo y cambió el mundo».  Una pretensión: hacer poesía entre muertos sin caer en que aquello fue peor que la muerte.

No acertó ni una. Ni cayó del cielo ni el mundo ha cambiado. Era del corazón humano de donde salieron aquellas bombas y para nada cambió el mundo que prefirió olvidarlo. Hasta la próxima.

Lo que los escritores Ana Arias y Fernando Palmero plasman en su libro es un denso viaje por el más atroz momento que la historia del ser humano ha provocado en la Tierra.

El formato delicado de la editorial Confluencias cabe en una mano, pero no hay corazón que sea capaz de albergar tan escalofriantes palabras. Estremece, aunque seas de granito. Una obra que convendría leyesen los grandes y los pequeños, la ONU y los maestros de Escuela. En estos momentos de máxima incertidumbre bien vendría. Lo dice un soldado.

Aquello que describen Ana y Fernando no tiene parecido en ninguna guerra anterior, y marca un nuevo paso hacia el abismo; al que vamos derechos. Nada era antes, ahora menos nada. No es descriptible. De ahí el olvido.

Para ganar una guerra no todo vale. Diga lo contrario quien lo diga. Las guerras no parecen dejar huella en el recuerdo: 1914 y 1939 se han perdido. Dos guerras donde parecía que el ser humano había enloquecido, pero repetía locura. Y lo volverá a hacer porque no hemos entendido nada.

Fue entonces, a partir de ese momento, Hiroshima y Nagasaki, cuando quedó validado un nuevo terror. Más sabiduría, también para el mal.

Ahora los campos de batalla se han trasladado a las grandes urbes donde se ha sembrado una semilla que crece en los lugares más insospechados. La guerra silenciosa por ahora se oye muy lejos, latidos mediáticos, pero puede que de nuevo quedemos cegados.

Alguien tiene la mano en la guadaña.

No hay soldados de uniforme, ni reglas de juego en esta guerra que si estalla será la última.

Viene muy a tiempo el trabajo infinito de Ana y Fernando que es un aldabonazo a nuestra indiferencia hacia el pasado, a lo que pasó, a lo que pasará, si no es que ya estamos en ello.

El horror de un fogonazo blanco: la luz mortal. El final.

Ello ocurrió, y será de nuevo, por abonar y regar cada día la fatídica semilla cuyo nombre todos conocemos.

Hay que agradecer a Ana y Fernando que suban el telón nuclear, colgante  de un fino hilo, que burdas manos intercambian como si de una joya o moneda de cambio fuese: el terror.

Todos somos culpables. Estadistas y políticos asumen una responsabilidad muy grande. Nosotros también. Olvido.

La ética de la guerra se impone. Ante lo que parece inevitable. Más necesaria la de la paz, que en definitiva conduce a la guerra por ese fino hilo más débil que el de la tela de araña.

Tanto que fuimos capaces de esconder el terror en una efímera flor de almendro:

Grabado en la piedra hace mucho,

Perdido en la arena movediza,

En medio de un mundo que se derrumba,

La visión de una flor.

El libro Hiroshima. Sol, silencio, olvido es un brote de almendro que esperamos florezca antes de que llegue la oscuridad del resplandor.

Está dedicado al Premio Cervantes don José Jiménez Lozano, in memoriam. 

Llegó una esperanza,

como una golondrina adelantada,

antes de cesar el hielo,

Y era un prodigio.

Mas sólo voló un instante,

cual un relámpago en la nieve,

y cayó muerta. ¿Cómo entierro

yo, ahora, una esperanza,

tan pequeña y con corbata roja?

La grulla de origami hecha por Sadako, una niña que murió de leucemia diez años después del destello, es uno de los símbolos de aquel instante.

Ni siquiera una esperanza.

«Bandada de grullas celestiales

ampara a mi hija bajo tus alas»

Tengamos el valor de afrontar el pasado con vistas al futuro. Conviene estar atentos.

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Publicado el 5 diciembre 2021

INTEGRIDAD POLÍTICA. Pedro Motas

 

 

El  artículo  constata  el  soporte  moral  de  la  idea  de  integridad  y  lo  proyecta  sobre  el funcionamiento  y  organización  de  las  instituciones  públicas.  Asimismo,  analiza  sus implicaciones para el buen gobierno y las características de los marcos de integridad.

La  palabra  integridad  proviene  del  latín (entero)  y  es  usada  en diversas  áreas  de  conocimiento  con  significados  diversos  pero  casi  todos  ellos vinculados  a  la  idea  de  algo  no  dañado,  algo  que  no  ha  perdido  su  entereza. Cuando se utiliza  desde  la  ética,  la  integridad  se  refiere  no  sólo  a  un  rechazo a embarcarse  en  conductas  que  evaden  la  responsabilidad,  sino  también  a  una búsqueda de la verdad a través del debate o el discurso. La  integridad  requiere  la  formalización  de  tres  pasos:  1)  El discernimiento  de  lo  que  está  bien  y  lo  que  está  mal.  2)  La  actuación  de  forma coherente con los resultados del discernimiento, incluso con coste personal. 3) La declaración  abierta  de  que  se  está  actuando  de  forma  coherente  con  lo  que  se entiende como correcto. La integridad sería, así pues, una virtud que garantiza que las  acciones  se  basan  en  un  marco  de  principios  internamente  consistente.  Una persona  que  actúa  de  forma  íntegra  deriva  sus  acciones  y  creencias  del  mismo grupo  de  valores  esenciales;  en  ella  existe  una  solidez  que  se  deriva  de  su honestidad y la consistencia de su carácter. En suma, afirmamos de alguien que es íntegro/a  cuando  creemos  que  esa  persona  actúa  de  forma  coherente  con  los valores, creencias y principios que afirma sostener.

Según Aristóteles, la virtud es un hábito, una cualidad que depende de nuestra voluntad, y que está regulado por la razón en la forma que lo regularía el hombre verdaderamente sabio. La virtud es un medio entre dos vicios,  que  pecan,  uno por  exceso,  otro  por  defecto  y  que  cuando se posee permite  vivir  como  un  ser  social,  un  ser  que  facilita  la  vida  en  común.  En consecuencia, aceptando esta concepción aristotélica de la virtud, podríamos decir que la  integridad, para que sea virtuosa, debe situarse en un justo medio que le aleje de los excesos y de los defectos.

La  exigencia  de  la  virtud  “integridad”  como  una  virtud  esencial  para  los servidores  públicos  se  justifica  mejor  si  se  utiliza  para  ello  las virtudes sociales; un  marco  teórico  de  las  virtudes  exigibles  a  cualquier  forma  de  actividad humana  cooperativa. Los  seres  humanos  nos  embarcamos  en actividades  cooperativas  que  se  denominan  prácticas,  y  dentro  de  las  prácticas están las profesiones; una actividad humana es una práctica cuando reúne una serie de requisitos, como el reconocimiento social, el requerimiento de destrezas técnicas, la  complejidad,  la  existencia  de  unos  principios  y  valores  vinculados tradicionalmente a la actividad técnicamente exigible, la cooperación, etc. Estas  prácticas  ayudan  a  la  sociedad  a  funcionar  mejor  siempre  que  se respete  el  bien  interno,  la  razón  de  ser  de  esa  práctica,  lo  que  la  justifica socialmente.

Llevado este concepto al campo de las éticas profesionales, podríamos decir de éstas que son prácticas que ayudan a la sociedad, siempre que sus miembros desarrollen sus actividades de forma coherente con el “bien interno” de las mismas, con  lo  que  las  justifica  socialmente. Estos bienes internos sólo pueden identificarse y reconocerse participando en la práctica en cuestión, el bien interno es consustancial a su práctica: no existe bien interno sin práctica. Junto a los bienes internos de las profesiones existen los bienes externos; los bienes externos pueden ser alcanzados de muchas otras maneras que con  la  realización  de  una  práctica  concreta.  Son  bienes  externos  el  dinero,  el prestigio, el estatus o el poder. Si se logran, son siempre propiedad y posesión de un  individuo.  Son  típicamente  objeto  de  una  competencia  en  la  que  debe  haber perdedores  y  ganadores.  Los  bienes  internos,  por  el  contrario,  cuando  son alcanzados, producen un bien para toda la comunidad.

El problema ético aparece cuando  los  profesionales  ponen  por  delante  el  bien  externo  al  bien  interno  de  la profesión,  cuando, por ejemplo,  un médico  no  piensa en cómo curar al  paciente, sino  en  cómo  sacar  el  máximo  dinero  del  paciente,  o  cuando  un  funcionario  no piensa en servir el interés general, sino en abusar de la autoridad que se le delega para obtener ingresos que no le corresponden legalmente, por ejemplo, mediante el cohecho. La ética de los servidores públicos, en consecuencia, se basa en tener claro  el  bien  interno  de  su  profesión  –el  principio  del  servicio  público-  y  en  ser coherentes en sus actuaciones diarias con ese bien interno. Ello conlleva un triple paso,  en  primer  lugar  la  conciencia  del  bien  interno,  en  segundo  lugar  una identificación de los valores coherentes con el mismo y, en tercer lugar, la virtud de la integridad, o el hábito de actuar de forma coherente con los principios y valores asumidos. La integridad consiste precisamente en esa virtud que permite al servidor público  actuar  cotidianamente  de  forma  coherente  con  el  principio  del  servicio público  y  con  los  valores  congruentes  con  el  mismo,  como  la  imparcialidad,  la eficacia,  la  transparencia,  la  legalidad,  etc.  Eso  sí,  buscando  ante  el  ineludible conflicto de valores el justo medio, el prudente compromiso entre valores deseables.

Un gobierno íntegro es el que asume e implanta los instrumentos, procesos y órganos necesarios para prevenir la corrupción y fomentar un servicio público coherente con los principios y valores que fundamentan  su  ética  profesional  en  un  régimen  democrático.  Y,  desde  esta perspectiva,  podríamos  considerar  principios  esenciales  del  buen  gobierno:  1)  El respeto  y  promoción  de  los  derechos  humanos  en  el  marco  constitucional correspondiente. 2) El servicio al interés general. 3) El respeto al Estado de Derecho y la imparcialidad en la aplicación de las normas. 4) La búsqueda de la eficiencia y el uso  correcto  de  los  bienes  públicos.  5)  La  responsabilidad  profesional  y  la humanización  de  la  administración,  o  la  preocupación  por  los  problemas  de  la ciudadanía, evitando la distancia y la indiferencia burocrática. 6) La transparencia en la  actuación pública.  7)  La  plena disposición  a  la  rendición  de  cuentas.  Desde  la clara asunción de esos principios, la integridad de los servidores públicos -políticos y funcionarios- consistirá en actuar de forma coherente con ellos.

A estos efectos, queda fuera del debate sobre la integridad la respuesta a la pregunta  de  ¿qué  debe  hacer  un  gobierno?  Los  fines  del  gobierno  son  fruto  del debate democrático entre diversas concepciones del bien común, ello llevará a más o menos gastos de defensa, o a mayor o menor protección social, pero lo que está claro es que sin integridad en el gobierno ninguna política cumplirá su fin de servir al bien común,  precisamente porque hay opciones más importantes para el gobierno que la ética, la ética es la opción más importante.

¿Cuáles serían los riesgos para un buen gobierno desde esta aproximación de  la  integridad  democrática?:  1) La  debilidad  ; 2) La parcialidad; 3) La interferencia política excesiva  y  su  utilización  partidista;  4)  La  debilidad  de  los  controles administrativos  internos,  ya  sean  sobre  ingresos  o  gastos  o  sobre  el  propio reclutamiento de funcionarios; 5) Objetivos inalcanzables, contradictorios, ilegítimos; 6) Insuficiencia clara o inadecuación de recursos para las unidades administrativas; 7) División del trabajo defectuosa, poco clara, propiciatoria de la arbitrariedad y la desresponsabilización; 8) Excesiva y no controlada discrecionalidad; 8) Expectativas sociales inapropiadas o ilegítimas; 9) Clientelismo; 10) Captura de las políticas.

Estos marcos de integridad pueden diseñarse para evaluar el conjunto de un sistema nacional o local de  gobierno  y  ver  en  qué  medida  previene  la  corrupción  y  fomenta  la  ética profesional del servicio público. O pueden diseñarse para evaluar hasta qué punto una  organización  pública  concreta  tiene  implantados  instrumentos,  procesos  y órganos  que  incentiven  la  ética  profesional  y  desincentiven  la  corrupción.  Los marcos nacionales de evaluación incluyen en el análisis, además de al ejecutivo, a los poderes legislativo y judicial, e incorpora un análisis de la cultura cívica del país.  De  ahí  que  podamos  considerar  que  es  una  evaluación  con  una clara vocación holística  y  sistémica.  Buen  gobierno  implica  buen Estado  y  buena sociedad.

Los pilares del sistema son la voluntad política en el ejecutivo de prevenir y combatir  la  corrupción;  un  sector  público  competente,  objetivo  e  imparcial,  con adecuados sistemas de contratación y distribución de subvenciones; la existencia de un Parlamento activo en la promoción de buena gobernanza y en el combate a la corrupción; un eficaz sistema de auditoría y control contable y financiero; partidos políticos comprometidos con la lucha anticorrupción y que se financian limpiamente; un  poder  judicial  independiente  e  imparcial,  además  de  competente  en  la  lucha anticorrupción;  una  defensoría  del  pueblo  y/o  varios  sistemas  de  defensa  del ciudadano frente a abusos y mal funcionamiento del servicio público; un organismo central en la detección e investigación de la corrupción, así como en la promoción de  medidas  de  prevención  de  la  misma;  unos  medios  de  comunicación  que  se toman en serio la corrupción y la combaten con la investigación y la denuncia; y una sociedad  civil  bien  informada  e  implicada  en  la  lucha  contra  los  abusos  de  los poderes públicos y privados.

La gestión  de  la  integridad  del  marco  de  una  organización  se  refiere  al  conjunto  de instrumentos  que  fomentan  la  integridad,  tomando  en  consideración  su interdependencia, así como al conjunto de procesos y órganos que los implantan y actualizan. La integridad del contexto de una organización se refiere al conjunto de los factores, distintos de los propios de la gestión de la integridad, que pueden tener un  impacto  sobre  la  integridad  de  los  servidores  públicos  de  la  organización.  El contexto es interno y externo a la organización.

En  su  conjunto,  la  existencia  de  marcos  de  integridad  eficaces,  es  decir, marcos  que  propician  que  los  servidores  públicos  en  su  conjunto  (políticos, funcionarios,  jueces…)  actúen  de  forma  coherente  con  los  principios  del  buen gobierno, constituye uno de las apuestas más relevantes para favorecer un derecho legitimado y una democracia que mejore continuamente en su calidad.

Pedro Motas

Blog: generaldavila.com

21 septiembre 2022

LA LEGIÓN EN NUESTRO PRESENTE (En el 102 aniversario de la fundación de la legión) General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

EFE/Carlos Barba

De nuevo la Legión. Cumpleaños feliz y caen los años cada vez más en el olvido. Centenaria Legión española, hoy 102 que es nada.

Épica de España, Tercios gloriosos.

Legión de corazón amante y valor heroico. Todos serían Legión si el miedo no les cerrara la boca.

«Tú has elegido vivir, y yo morir», y «todo el que ama está loco» leo en la tragedia griega. ¡Bendita locura legionaria!, inagotable, imposible comprender la misteriosa epopeya que recorre en paralelo la historia del mundo, a un lado van los cobardes del miedo y al otro los valientes por nada; que siempre ganan los primeros a pesar de los incesantes relevos que la muerte exige al sacrificio de abanderar la verdad y la razón de su lucha.

«Volved los ojos hacia mí,

ciudadanos de mi patria.

Recorro mi último camino.

Veo los últimos rayos del sol.

Nunca veré otros».

La bandera luce entre amarillos de oro y rojos de sangre, entre el inefable dolor que nunca da descanso. En la mayor parte de los hombres este estado no dura mucho. Llega un día, nos dice Simone Well en La fuente griega, «en el que el miedo, la derrota, la muerte de compañeros queridos hacen que el alma del combatiente se doblegue bajo la necesidad». No es siempre así y ahí está la esencia de la Legión: solo valor y amor. Se comprende su misma incomprensión, inadmisible, pero es la sencillez de la vida: amor y valor para morir. Sin ellas no hay vida.

Algún día habrá que crear una medalla que cubra todo el pecho para premiar a todos aquellos que han sido Caballeros legionarios. Medalla hecha con el plomo de las balas, las manos de un valiente que las moldea al fuego, y sobre todo a la obediencia, al estilo, al ser épico por humano.

No hay más legionario y caballero que el que lo ha sido desde el principio al fin. No hay generales ni honoríficos ni honorarios, hay legionarios y basta.

Me encontré hace muy poco a uno de ellos, muy viejo, ojillos azules de mares odiseos; me contó como, cuando la miseria, la humillación, abandonado de Dios y de los hombres, al borde de sus fuerzas, fue a encontrarse en la Legión. Por primera vez sintió la alegría y vio a los desfavorecidos por la fortuna que tuvieron esa de encontrarse entre caballeros que antes habían sufrido. ¿La muerte? Ya vino; la dejé atrás y la olvido.

Eran viejos tiempos cuando uno se abrazaba a los guiones y banderas, se amaba tanto que la muerte no era obstáculo para el avance, la poesía de la guerra: ¿quién puede entenderlo?

Hoy sabemos el escalofriante resumen de su generosidad: 9.722 muertos, 35.000 heridos, mil desaparecidos. Cerca de 46.000 bajas. Su bandera luce siete laureadas de San Fernando y doce medallas militares colectivas. Sus héroes: veintitrés laureadas de San Fernando y 211 medallas militares individuales. Nada para tanta entrega. Hay muchos más. Incógnitos todos. Nadie aspire a saber quiénes son. «Legionarios a luchar, legionarios a morir». Contraseña y resumen: amor, valor, obediencia, disciplina.. y dolor. El mayor es el olvido.

Quienes los hemos mandado quedamos marcados por ellos. Por su ejemplo de entrega y valor. Por su humildad. Para siempre. Quisiéramos ser como ellos. Lo he dicho muchas veces: Quise ser legionario. Solo llegué a mandarlos, pero eso es otra cosa, muy por debajo del alto honor de llegar a la altura de un Caballero Legionario. Ese honor es solo para los que lucen su pecho condecorado por las balas y la humildad de la obediencia hasta morir todos.

Legionarios la patria os lo debe todo y vuestra sonrisa denota que sabéis y aceptáis que nada os dará. No ha sido gratis, ha sido cosa legionaria que solo vosotros entendéis.

La Legión son los Caballeros legionarios. El resto, como decía su fundador el general Millán-Astray, son las bambalinas que ocultan la tragedia.

Hoy la Legión rinde homenaje, como así lo quiso su fundador, al soldado, al Caballero Legionario, a los que se alistaron en este Cuerpo de honor tan del pueblo, tan español. No se rinde homenaje a otra cosa.

Solo eso: ser Caballero Legionario.

Rafael Dávila Álvarez. General Jefe de la Brigada de la Legión Rey Alfonso XIII entre 2001-2004

20 septiembre 2022

 

NADIE ASPIRE A SABER QUIEN SOY YO. LA LEGIÓN DE BRAULIO

Este es un relato apócrifo, lo que no significa que sea falso. De su origen sé poco y de su época menos. No sé casi nada, pero me gusta. Tal y como me ha llegado lo publico. Braulio y yo nos hemos entendido. Ustedes hagan lo que quieran, pero les rogaría que lo leyesen. Es de un legionario, eso es seguro.

 

Introducción

A modo de introducción, que no hace falta.

No se puede saber a ciencia cierta la época del legionario escribidor, ni en qué años estuvo en la Legión; que a lo peor ni estuvo y se lo han contado, porque sabe tanto que no se sabe si todo será suyo.

Yo sí fui legionario, no hace mucho, aunque estuve poco; lo suficiente para ver, oír y vencer. Vencerme a mí mismo, después contar lo que vi y oí; puedo contar, pero nunca aspiréis a saber quién soy yo.

Lo mejor que me pasó fue encontrarme a Braulio, que no lo conocí, pero sí estuve con él porque, en un lugar no desvelable, encontré lo que había escrito, que es lo que aquí figura. Solo firmaba Braulio, sin fecha ni huellas del tiempo, y apareció, en el acuartelamiento de la Legión donde yo estaba, mientras hacíamos zafarrancho en unos altillos, entre palomas y una pareja de lechuzas que allí anidaba. De todo esto hace una eternidad. Ayer o cosa así. Eran unos papeles envueltos en plástico, que puede ser una pista, escritos sin una sola falta de ortografía. Ordenada redacción, las palabras en formación de combate, clara e intencionada sintaxis. No sé por qué escribiría Braulio ni para quién, pero como las cosas son como son y no como figuramos que son, si yo encontré los papeles es que eran para mí y si yo los doy ahora a conocer es que eran para más gente y así, hasta Dios sabe dónde llegarán. El caso es que los he tenido guardados durante mucho tiempo y ya casi no me acordaba de Braulio.

Aburrido ante la pantalla del ordenador de cuando en cuando pongo en el buscador La Legión y le doy al intro o enter, o a la flecha esa, y esta vez me salió un general que se llama Dávila, que había mandado la Legión, que escribía de todo y para todos. Total que me dije voy a buscar aquello que me encontré un día, y le dije ¡eh Braulio, sal de ahí!, y saqué de un cajón muy cerrado, de siempre cerrado, aquellos papeles y los volví a leer; y allí seguía Braulio. Como el general escribía, y debe leer mucho, y publica cosas que le mandan sobre el próximo Centenario de la Legión me dije: se lo mando y que él haga con Braulio lo que quiera. Podía habérselo mandado por el correo del ordenador, pero no me parecía justo enviar a Braulio por ese camino tan peligroso como rápido, así que lo metí en su sobre, le puse un sello del Rey y para el general, y el caso es que le llegó y yo no sabía donde vive el general. Pero le debe conocer el cartero, porque Braulio entró en su casa, con taconazo y todo. A ver si le gusta, se conocen, se reconocen, y hasta lo publica, aunque eso mejor que lo hablen ellos, como los dos son escribidores seguro que llegan a un acuerdo.

Además a mi me parece que lo que escribe Braulio es muy interpretable y se necesita un hermeneuta, que a lo mejor el general lo es.

Bueno pues yo se lo mando; y se lo mandé; y que él vea lo que conviene hacer.

Y podía haber sido como la inquisición porque no he contado que todo lo que sacábamos de los altillos lo teníamos que llevar al centro del patio para hacer una hoguera y quemarlo todo, todo, todo, hasta los libros y las banquetas, y unas ropas viejas que había, hasta el nido de las lechuzas, todo quemado, así que yo sin saber que era Braulio, cogí aquellos papeles, sin sacarlos de su plástico, y los guardé en el bolsillo, ese grande del lateral del pantalón verde sarga; y nadie lo vio, no hubo hoguera para Braulio y hoy puede decir que sigue con nosotros como ayer, que de eso hace una eternidad.

Sé de Braulio que aún vive en cualquier parte, donde le dejan, caminos y plazas públicas. No sé mucho más. Tampoco lo necesito, no voy a preguntarle de dónde viene y adónde va. Eso es cosa suya, que aquí la identidad es bandera y solo importa lo que a partir de ahora se haga. Lo que fue nada importa, que es su vida anterior. Ayer no existe y mañana tampoco.

Pues esto es lo que dejó escrito Braulio, y no desvelo nada que él no quiera, porque ya he dicho que si ha llegado hasta mí, y a quienes lo lean, será porque él quiere, que como no quiera les aseguro que no lo lee nadie.

Así que yo lo mando y que sea lo que Braulio quiera. Y, por supuesto, el general, o sea vuecencia.

Que hable Braulio. Estas son sus palabras.

 

1.- No es lo que era

Acostumbra a repetir que aquellos tiempos fueron mejores. El viejo legionario, suele recordar y quedarse allí, en sus momentos, como irrepetibles, auténticos: esto ya no es lo que era antes. Dicen que eso le dijo el primer legionario en alistarse al segundo. Cada uno dice y no deja nunca de decir. Aquí en la Legión se dicen muchas cosas y ninguna es tontería, que hay gente de Oriente y de más allá, de Etiopía, de distintas clases y cada uno sabe una cosa que el otro no sabe y así entre unos y otros se hace legión de cosas y saberes. Yo sé de Libia, de Las Guayanas, como de Alemania, y si me preguntas de Cuba, como si fuese mi casa, que todo, de uno y otro sitio, me lo han contado los que son de allí.

Para cada uno su tiempo fue el mejor. Hacen bien: fueron los suyos, sus tiempos, su tiempo, la vida de uno es única y sin igual. Además es verdad. Que esto nada tiene que ver con aquello. Como tiene que ser. Cada uno con su tiempo; sin falsas adaptaciones. Porque pienso que pensar es libre y ahí nadie se mete, así que yo pienso en mis tiempos, que ya lo de ahora es solo esperar.

Fueron otros tiempos. ¿Para mejor o peor?, no lo sé ni me pregunte, que yo ya voy a lo mío. Soy legionario, antiguo, viejo, fui padre veterano, en su momento aquel, pero sigo siendo legionario, que ser, es lo único que he sido, y sé mucho de eso y a lo mejor poco, depende de la peña que me pregunte y las ganas que tenga de contestar. Aquello que entonces vi y lo que veo ahora, de aquello y esto, todo  revuelto, me pasa que más que pensarlo, lo siento. Por eso es recuerdo. Y no sé yo si las cosas del sentir son iguales que las del conocer. Nunca se puede tenerlo todo y a un mismo tiempo, cada cosa tiene el suyo. Hay muchos tiempos y casi los he alcanzado todos.

Me llegaron los años, todos, pero a pesar de ellos acompañaré a los que combaten para exhortarlos con consejos y palabras, que tal es la misión de los ancianos. Las armas las blandirán los jóvenes, que son más vigorosos y pueden confiar en sus fuerzas.

He visto mucho y he aprendido de todo; de lo bueno y de lo malo se aprende; y conocido también.

Siempre estamos con las mismas, que si antes que si ahora.

Estaría bueno que haya que dar explicaciones. A mí nunca me las dieron; ni por qué atacaba allí y no en otro lado, qué más da, ni por qué vigilaba este y no aquel lugar, que si por la derecha, que si por la izquierda, media vuelta ya-media vuelta ya, firmes o descanso, ya viene el pájaro, retreta o fajina; nada más, cumplir y nada más; nada más necesitaba que la corneta para saber lo que debía hacer; esa corneta era un libro, mejor que los heraldos de voz sonora, y bueno estaba yo como para pensar que si esto o que si lo otro, con lo mío ya tenía suficiente, a obedecer y no hay más. A la corneta.

En la Legión nadie da explicaciones de nada; solo las del servicio y muy breves. Tú paquí, tú pallá, por aquí no pasa ni Dios, vigila ese chamizo, vete a esto y a lo otro, o a lo de más allá, no quiero que se mueva ni una mosca, rápido, rápido, deprisa, más rápido, ¡firmes como velas! Te lo explican o te lo gritan, pero una sola vez, o ninguna, que aquí no hemos venido a perder el tiempo, así que a funcionar como si llevases toda la vida. El servicio es sagrao; se cumple y no hay más. En combate o guarnición a cumplir.

¡Fuego! ¡Al asalto! Aquello sí que gustaba, aún cuando ya no podías ni con las botas. Se lleva peor lo de guarnición. La Legión es combate, acudir al fuego, de donde venga. Y todas las cosas son para eso. Las otras cosas, esas son de uno, a nadie le importan. Que dicen que digan, que piensan, que piensen, qué más da. Aquí hay de to y se es de todo, se ve de to, y lo que se oye, de todo, pero nadie se asusta de nada. Príncipe o rufián, noble o plebeyo, alto o pequeño, honrado o descuidero, guapo o feo, malencarado o simpático, trovador, poeta siempre y todos, para los adentros, todo menos cobarde se puede ser. Es la peña, que hay de todo en ella, ¡y como dios!; nadie se mete hondo en lo tuyo si estás cerrao. Eso es tuyo y no hay más que hablar. Ahora que si quieres contar, abrirte, pues puedes en canal, siempre hay alguien que te escuche. Y ni mu, sellada la boca pa siempre. ¡Por estas! No se va con chismes de uno y otro que tos tenemos pa no parar de contar; ¿y a quién le interesan?

Queda anclada la vida en eso: ser legionario, en haber sido legionario, Caballero legionario o legía, que nos da lo mismo. Pistolo no, que eso es otra cosa, ni mejor ni peor, distinto. De todo lo que te pasa solo se te agarra aquello: ser legionario. El resto, pues olvidado. ¿Qué tendrá aquello? Lo otro que te pasa fuera de ser legionario casi que deja de contar. Parece que solo fue la Legión tu vida, nada más hubo ni pasó. Todo lo que quedó fue Legión. Por eso lo de ahora nada tiene que ver con aquello; entonces sí que era duro, ¡la Legión!, eso, ¡tela!, queda pa siempre. Con cuidado, como todo, que muchos te echan en cara que ellos han estado no sé qué pilas de años en la Legión y que por eso son más legionarios que nadie. Pues no, y eso que yo estuve en activo legionario más de diez, pero es igual, el que lo es, con media hora le llega. Había uno llamado Federico, que le llamaban el Grande, que decía que sus mulos habían estado en muchas guerras y fregaos, pero nunca dejaron de ser mulos. Yo podía dar algunos nombres de esos y de algún mulo legionario que para mí lo quisiera.

La decadencia de la Legión puede llegar no porque el servicio sea penoso, pesadas las armas del Credo, o porque los premios nunca lleguen y la disciplina sea muy severa. Pa mí que la decadencia, si llega, será por todo lo contrario. Cuando esto se haga más débil y facilón -pues en verso- adiós legión. O es dura, muy dura, brava e insoportable, que luego se soporta bien, o esto deja de ser Legión. Así fue y que así siga siendo. Aquí todo te lo deben, pero nada te van a pagar, así que a espabilar y a ser legión. Dura y disciplinada Legión, distinta a todo, ni mejor ni peor, solo Legión.

2.- Aquella Legión

No digo que ahora no lo sea, no quiero decir eso. Que lo es, Legión. Y me gusta que lo sea, y verlos de verde, maqueaos, chulos y envalentonaos, voceros, muy jóvenes son, y cuadraos; llenos de tralla por el pecho, Bosnia, la onu, Irak, Malí, Afganistán, de todos lados. Nosotros éramos poca cosa, pero…, a la hora del cornetín, ¡legionarios a luchar…!, como corríamos las lomas, con el chopo y la ametralladora, y las cajas con las balas, como corríamos a por ellos: ¡cabrones! Con cojones ¡coñiiiio!, ¡que es la Legión! Y eran bravos ellos, aquellos moros cabrones, esquivos, jodíos y malos como el sebo. Detrás de las lomas se escondían, como la tierra y su color, como zorros agazapados. Aquello era como debe ser ahora en Irak, según me viene de oídas, lo que cuentan, y también en Malí; esas tierras, me dicen, son muy parecidas a las legionarias, pardas y secas, calientes y frías, solitarias; para los lobos, y los coyotes y los zorros y las gacelas, son para la Legión y para legionarios.

Claro que ahora tienen de todo, cañones y camiones, tanques y aviones, cascos y antibalas, varios uniformes y chaquetones, chupas, varias camisolas, gayumbos y camisetas verdes, verde mimetizado, y corbatas, hasta camisa blanca; y cuartos individuales, para cada uno o dos. La mayoría no vive en el Tercio; tienen una casa a la que se van cuando terminan, una casa que es de ellos o alquilada, y para ellos, ya no es la Legión su casa, nosotros nunca nos íbamos a ninguna casa, no teníamos otra que la piltra, el pulguero, y la cantina y el mollate, el mesón y el bocata, el patio del cuartel, y fuera algún chamizo donde darle al prive, o a lo que fuese, que el tema era quitarte esa morriña, no es soledad, otra cosa, que se mete a veces por lo de dentro y no hay manera. Se te pega unas horas, unos días y te preguntan: ¿qué Braulio, hay moros en la costa? Moros, ¡coño moros!, lo que hay es como pena por dentro. Unos tragos y fuera todo. Ni morriña ni leches. Y no preguntes que la tenemos. Bueno hombre bueno, que a tos nos pasa. Pues eso, ¡tira pallá!

Nuestra casa era el cuartel, siempre volvíamos al cuartel; nos íbamos, pero volvíamos, ¿dónde íbamos a ir si no teníamos na? Ellos, los de ahora, van y vienen y se van y ya no vuelven. De un sitio para otro, de unidad en unidad, cabo de la Legión y cabo en Regulares. Es igual, pero no es lo mismo. Legionario o de Regulares se es para siempre, no para echar un rato, ni se cambia, ni se pierde; ahora son otros tiempos, ni mejores ni peores; son otros tiempos. A mí me gustaban los míos cuando lo que era mío, de verdad mío, era lo que había detrás de aquellos muros, entre tanta gente, pasabas el cuerpo de guardia, y en casa, el cuartel, allí estaba mi sitio y los míos. Mi peña, mi piltra, mi manduca, los garibolos, duros, pero garibolos legionarios, buenos, algo de alpiste y hasta un padre veterano. Eso era todo, lo único que tenía. Nunca estaba solo el cuartel, y si se vaciaba casi, que no ocurría, aquello siempre estaba abierto, estaban los de la guardia, que parece que no, pero además de vigilar acompañaban, sabías que no estabas solo, y te gustaba verlos de guardia, sobre todo un domingo, que te ibas y ellos se quedaban, como si fueses tú, y volvías y allí estaban, y daba tranquilidad, al menos a mí. Ahora he visto que algunas guardias las hacen seguratas; pues bueno; si es que ahora de legionario acaban de segurata en cualquier lado. Mejor que acabar por ahí dando vueltas, y que alguno te ve los tatuajes y la barba y mal encarado con la vida, y dicen o te murmuran: ese ha sido legionario.

Yo que sé. Qué más da; es igual, pero no es lo mismo. La Legión no fue echar un rato, no fui a ver qué pasaba, fui a quedarme cuando nada tenía, fue una vida lo que eché, la vida toda, y allí quedó, pero yo me traje a la Legión; ahora la echo de menos: ¡ay!, si tuviese veinte años. El resto no fue nada más que un caminar perdido, sin ser nadie, nadie era hasta que fui legionario; luego me tuve que ir y volví a ser nadie, pero ¡ojo!, ya era legionario y que no me arrepiento. Eso queda pa siempre. Ahora me dice alguno, ¿tú que has sido?: ¡legionario! La gente se echa pa tras. Como si dijesen ¡coño un legionario!, pero en plan bien, como con susto y admiración, como diciendo, cuidado este es capaz de todo, que es como que te admiran un poco. Y eso gusta y te viene a la memoria todo, todo, y te quedas como así, de otra manera y pasmando, que te están mirando y ¡uf!: ¡Ese tío ha sido legionario!, dicen; y ¡como me gusta!

Creo que la Legión se hizo para aquello, no para esto. La Legión era para siempre, tuya sin serlo, pero era como si fuese tuya; era la Legión como tu madre, que no me la menten sin besarla, que me cago en… ¡Pa siempre!, no ahora una unidad y luego otra, según me vaya y me venga. Eso no es legión, sino echar un rato. Nuestro rato fue toda la vida, aunque fuese un rato, pero no cambiamos de un lado pa otro. Siempre con la camisa verde.

Pa esto de ahora hay otros, muchos, que no digo que valga cualquiera, ni que mejor o peor; distinto. Ahora todos son iguales, desfilan distinto, pero iguales. Visten distinto, pero iguales. Y van de un lado pa otro, que da lo mismo la Legión que otra unidad…, hoy en Ceuta, mañana en Córdoba o Madrid. Todos iguales y pa mi que no es eso, yo quiero ser solo legionario, que es distinto.

Recuerdo el nombre de todos, compañeros y mandos, jefes y oficiales –creo que ahora no hay jefes, pues no sé qué habrá-, el del coronel del Tercio, como si fuese mi nombre y mis apellidos, como si fuesen los de mi padre y de mi madre. Los motes también, nunca para reírse de nadie, que allí se respetaba al bajo y al alto, al feo o al más que feo, al rubio o al negro, amistad, esa del Credo: de juramento entre cada dos hombres. ¿Dónde estarán aquellos? Cada uno ha volado a sus aires. No tenemos contactos, ni internet, ni esas cosas de móviles para llamarnos. Si acaso queda “¡A mí la Legión!” que alguna vez solté en… Bueno el caso es que funcionó y nos dimos unas cuantas, pero nada sé de ninguno. Y no pasa nada; si algún día nos vemos pues como siempre, como si el tiempo no ha pasado. Los legionarios entre nosotros nada, todos juntos, y si hay cosas son las nuestras y pa qué airear na, lo solucionamos entre nosotros, que a nadie le importa.

3.- La Legión ahora

Ahora la Legión va para cien años. Nada somos los que aún vivimos. Aquí los únicos que son, son los muertos. Cuando llegué uno me dijo que allí no había caídos sino muertos. En la Legión, chaval, me dijo, si uno se cae se levanta, y si no te levantas es que estás muerto, así que aquí, de caídos nada: muertos. Los muertos dan vida a este Cuerpo. Todo lo son los muertos, los muertos en combate y los que quisieron morir como legionarios, en combate, pero la muerte no los eligió; entonces, a esperar. Los que aún vivimos, y que sea por muchos años, y llegamos pal Centenario solo debemos mirar los colores de la Bandera, la más gloriosa, y no mirar para otro lado, sino pa donde se reza a los muertos, pal monolito de los muertos. Solo la Legión, España, en el centro, y su Bandera que envuelve a los muertos. Y rezar por ellos. A mí lo demás me sobra. Las pinturas y los homenajes, los libros y las funciones, los discursos y los abrazos, los reconocimientos y las celebraciones. Casi todo me sobra. Menos los muertos. A esos juramos, por nuestro Credo, nunca abandonarles hasta morir todos y así, como seguimos vivos, es nuestro deber estar con ellos hasta morir todos. Y no hay más. Cien o doscientos años. Legionarios hubo y habrá, y murieron y morirán, y si no pa qué eso de legionarios a luchar legionarios a morir. Se entra pa luchar y salir de aquí, pues muerto, nada más que muerto y si no a esperar; como todos. Que tan poco esto es tan largo. Te vas en un pispás. Ya lo sabemos: la muerte no es tan horrible como parece y eso de ser un cobarde es lo único que le está prohibido a un legionario. Lo único sin perdón posible. Puede venir cuando quiera esa que dicen que es la novia, porque cuando se lleva a uno hay mil detrás, nacen como moscas y a tos no se va a llevar de golpe; así que despacito, cada cosa a su momento. Es que a veces más que muerte parece que quiere ser vida. Claro que si no ¡a ver!, si no hay vida se le acaba el negocio. Ahora eso sí, si mueres de legionario es otra cosa que morir de normal, de civil. de la calle. Eres inmortal solo cuando ignoras la muerte. La muerte no existe mientras vives y cuando viene no existimos, así que no es tan real como ella se cree. ¿Quién habla de muerte? En la Legión no se muere, se resucita. Hay algo con la muerte, pero eso es muy nuestro y no se cuenta. Vamos que a mí me da igual contarlo, pero pa que vamos a amargarnos la vida. ¿Hasta cuando está bien que el hombre viva? Mientras no crea que morir es mejor que vivir. Y eso yo lo he visto, muy de cerca.

Camino del Centenario ¿qué va a ser de la Legión? Nunca se sabe que va a ser de uno; de la Legión solo Dios sabe. Hay muchos que no la quieren, por eso quieren a todos iguales. Puede que no les guste que haya algunos distintos, como descarriaos, que viven para vivir en la muerte sin tenerle miedo a lo que pueda pasar. Y que enfollonan, que la lían parda si se tercia alguna cosa rara, donde hay que dar la cara; pues se da. Que digo yo, suponiendo, que no les gusta la chulería legionaria, ni las patillas, o el gorrillo ladeado, no, que no gusta el gorrillo, a algunos, ni la camisa desabrochada, ni el talante, ni el mirar duro y recio, el hablar alto mirando al cielo. Puede que no guste, a alguno, y es un suponer, no tener miedo a hablar y que te escuchen; que a lo mejor estas cosas ya no gustan. Antes veía yo mucha más libertad. A pesar de la pelota, y de algún cabo atravesado, hablabas y te escuchaban, te conocían y si andabas recto todo iba bien; tampoco era aquello pa tanto. Más duro era fuera donde no eras nadie pa cuatro perras que te daban. Allí fuera no eras ni fu ni fa, uno más de todos aquellos. Que si la Legión, que si la muerte, pues como cualquiera, ¿o es que alguno se cree que va a durar siempre?

¿Por qué no les gustará el gorrillo, y nuestra parafernalia? La gente se vuelve loca con lo nuestro. A la gente sí que le gustábamos. Hay que ver, oír quiero decir, lo que nos decían cuando desfilábamos en Semana Santa por tantos sitios; están tan cerca que casi te lo dicen al oído, ¡uf! lo que te dicen, que gusta oírlo, y es que somos gente, de las aceras y la calle, como ellos, pero legionarios. Esto de legionario y de caballero es muy de todos y más de los de abajo, de los que casi nacemos y nos criamos en la calle. Muy del pueblo, que dicen, y antes también muy de pueblo. Aunque yo coincidí en el trullo con un marqués, eso decía él, serlo puede que sí porque maneras tenía, y saber sabía, y otra vez con uno con posibles; este además en ocasiones convidaba. Los había que leían y otros que ni falta les hacía con todo lo que de ellos aprendías. Menuda escuela era la Legión, y con buenos maestros, los mejores y también los peores; podías elegir. Como decía, que me voy por otras lomas en cuanto me descuido, no sé por qué a  alguno no le gusta la Legión, deben ser muchos los que no la quieren o pocos, pero con poder. Yo ya no estaba, pero, me han contado que la quisieron suprimir. Y luego como no pudieron porque varios legionarios murieron, oficiales también, en la Bosnia esa, tuvieron que aguantar y a ver quién era el chulo de suprimirla cuando hablaban de la sangre legionaria derramada por la paz. La gente empezó a hablar otra vez de la Legión, y a gustarle, que ya casi ni se acordaban de ella. Paz, paz y más paz, pero coño pa eso estamos. O ¿es que vamos a la guerra pa siempre? Habrá que ganarla y terminar con ella, pues eso: la paz. Como siempre, no vamos a estar siempre de guerra. Pues ahora como antes, como siempre, ¿o qué se han pensao?, ¿qué es distinto? Un tiro entra siempre por el mismo lado. El caso es que se habló mucho de la Legión y de unos tenientes que trasportaban sangre para los heridos de la guerra de Bosnia, y los mataron. Los mataron cuando iban a salvar a otros. Y murieron legionarios, en silencio, sin alharacas, y dicen que ni medallas les daban. A la caja de pino, al avión y pa casa. La Bandera y con el Cristo, párriba, nadie en el Tercio sabía, legionarios a luchar, legionarios a morir. Se dieron cuenta que esto de la Legión no era como ellos creían, un rollo de la Guerra Civil, unos fachas, que así nos llamaban, que si éramos de Franco, y que si Millán-Astray. Pues tuvieron que tragar y ver que los legionarios éramos la Legión, éramos España, y como siempre dando la cara y la vida, como siempre, sin preguntar, ni hablar, ni rajar, cumplirá su deber obedecerá hasta morir. ¡Coño con la Legión!, tuvieron que decir.

Creo que hasta les dieron el premio ese que sale en la tele de cuando el Rey era Príncipe y ahora es la princesa, ese de Asturias. Aunque se quedaron con las ganas de cargarse la Legión no pudieron, pero me cuentan que ya no hay cabos legionarios que luego puedan ser primeros y sargentos legionarios y así hasta comandante; creo. Dicen que ahora ya no hay escala legionaria por una ley que hicieron. ¿Entonces qué hay?, que no lo entiendo. No sé, pero no es lo mismo ser cabo legionario que cabo de otro sitio. Ni mejor ni peor, cada uno a lo suyo y con lo suyo. Eso no me gusta. A lo mejor era mejor que la hubiesen suprimido y tenerla así, guardada, esperando, pero para como era antes, no como quieren que sea ahora, para un rato, todos como todos, pero eso a mí no me gusta, y no digo que no sean buenos los otros, pero cada uno es cada uno y la Legión es otra cosa. Como los franceses o ingleses y hasta los americanos que tienen esos marines que son distintos a los demás soldados. No es que no me gusten los pistolos, que es cariñoso eso de pistolo, pero cada uno es cada uno ¿Qué ya no hay escala legionaria, ni cabos pa siempre, y los sargentos legionarios, los tenientes y  los capitanes legionarios…? ¿Qué? ¿De dónde los sacan? No le conocí, pero nos hablaban del comandante Tiede, extranjero, creo que de Austria o así, con la Medalla que ganó, vaya tralla, y desde legionario a comandante, como nos decían al entrar, podréis ganar galones, alcanzar estrellas…

¡Que no! Que a mí si me preguntan, digo que la Legión es distinta, ni mejor ni peor, que para ser iguales, pues que no haya Legión, y hala a correr todos tras las lomas, tos pa el monte que parece que todo el monte ahora es orégano.

<<Amparo encontraréis, cariño, una familia, os ofrece olvidos, honores, glorias, os enorgulleceréis de ser legionarios, podréis ganar galones, alcanzar estrellas; pero, a cambio de esto, lo tenéis que dar todo sin pedir nada; los sacrificios han de ser constantes; se os exige obedecer las órdenes militares ciegamente. Los puestos más duros y de mayor peligro serán para vosotros; combatiréis siempre y moriréis muchos, quizá todos. ¡¡¡Bienvenidos catalanes legionarios. Vosotros seréis la base sobre la que se construirá la Legión!!! Entrad gozosos, sed felices y que Dios conceda a cada uno lo que venga buscando, si ha de ser para su bien>>.

Ya nadie te dice cosas así. Aquello era verdad. Se cumplía la palabra. Ahora hay mucha mentira, te dicen y luego no es. La palabra legionaria es ley, por lo menos en el servicio, que luego cada cual es cada cual. A lo mejor ahora no gusta, no les parece bien o no les encaja que fuesen los catalanes aquellos la base sobre la que se construyó la Legión, digo yo, que tampoco es que fuese así, porque allí llegaron de todas partes y no se contaba el primero en llegar sino el primero en caer frente a los moros.

A lo mejor es un paso primero y luego desaparece esto de los legionarios, a lo mejor es que quieren quitarla y no de un golpe, que no se atreven, poco a poco. Parece que también quisieron cambiar el Credo. Mira por donde que lo tengo grabado en la piel, como tatuado, y ni una coma me falta, imposible equivocarme, como el padrenuestro que me enseñó mi madre. No sé. A lo peor se están cayendo las últimas hojas de los árboles; como en noviembre.

4.- ¿Qué va a ser de la Legión?

España tiene a la Legión y los españoles tienen mucho de legionarios, me parece a mí; que los españoles somos luchadores de la vida y aventureros, soñadores, esperanzados y desesperados. De todo hay. Que si tú no me quieres, que si nadie me quiere, pues ¡legionario!, ahí es nada. Que si por la aventura, conocer más allá, el porvenir, un futuro, un desengaño o un no sé qué, pero que allí me vi. Director, escritor, cantante, poeta, pintor, actor, compositor, escultor… y ni aún así triunfo, así que ¡LEGIONARIO!

¿Qué va a ser de la Legión? Y yo que sé. Yo también me lo pregunto, pero gente hay que sabe y ha estudiado y adivina o supone. Suponer yo también supongo, pero no estoy seguro. Lo que veo no me gusta, eso sí que puedo decirlo. Fue mucho, todo lo fue el Tercio de Extranjeros, o Legión que es lo mismo, pero tampoco exactamente igual, que extranjeros al final fueron muy pocos, pero sí fuimos legión de españoles.

Cuando me pregunto qué va a ser de la Legión pienso lo que fue la Legión. No se hacen preguntas. Nada importa su vida anterior. La respuesta son cien años de historia, cada uno la suya, la de su momento, en cada época, la de cada uno, Ceuta primero y Melilla, así comienza y así queda, con  nombres y hombres, muertos, heridos, desaparecidos, pobres y ricos, valientes y más valientes que se hicieron, ¿miedo?, ¿quién dijo miedo? Vamos a morir y a eso nadie le tiene miedo, cuando es lo tuyo, a luchar y a morir, y si no, ¿para qué has venido? Efímera vida gloriosa, de un rato solo, pero eterna, un buen rato aquí y allí todo; eso dicen: que hay un cielo legionario, y ¿por qué no voy a creérmelo?, un legionario de nombre Cristo de la Buena Muerte, allí clavado, que me miró en Málaga, de reojo yo miraba, clavada la mirada se ha quedao, como si no fuese de madera, ese parece un legionario.

Pues eso pienso; y decía yo que esto na tiene que ver con aquello. Como tiene que ser. Cada uno con su tiempo sin falsas adaptaciones. Cuando viene mal dadas, que eso es muchas veces, pues pa dónde vas a mirar, párriba, pal cielo ese, más allá que el de las nubes.

Qué sé yo si lo que quieren es que no haya legionarios. ¡Qué sé yo!, si un año ves la Legión llena de ministros, que hasta se empujan en Málaga para la procesión, y todo facilidades, sonrisas y ¡Viva España! ¡Viva la Legión! Y al año siguiente todo cambia y que si nada de honores, que qué es eso de las procesiones y el Himno Nacional, el que vaya que sea voluntario; y todo se hace como de tapado, sin que se note, aunque la gente sigue en la calle, como siempre, y cantan el Novio de la Muerte, y rezan a la vez que comen pipas, se santiguan y te dicen de todo, ¡Viva la Legión! Y la madre que te parió, por todas partes; o sea que nada cambia nada más que lo que los de arriba dicen, que si sí que sí no, y en una de estas pues se acabó y por lo que veo en unas y otras cosas ya nadie cambia lo que se ha cambiado, no hay marcha atrás. Así cualquier día adiós legionarios, todos soldados, iguales, nada de nada. Por eso no me fío. Que vamos pa cien años y todo deberían ser celebraciones y recuerdos y mucha gente importante yendo a Ceuta y a Melilla, a Ronda, Almería y condecoraciones, libros, fotos, muchas celebraciones. A mí me da igual porque no me van a invitar. ¿Quién se acuerda de mí? ¡Que yo fui legionario!, Caballero ¡eh!, y ¿a quién le importa? No está usted invitado, no puede pasar, necesita una invitación, lo siento, pero…

Que no, que eso yo no lo aguanto, así que en casa, con Dios.

¿Que la quitan?, quizá, ¿que se acaban los legionarios?, quizá. Pues a ver quién tiene la culpa, porque yo he luchao, hice lo que me mandaron y nada malo fue. Así que el que venga que arree, que a mí ya ni me invitan, y eso que soy legionario. No tengo carnet, ni papeles, ni fotos, ni na, no tengo na de na, y así ¿a dónde voy yo? Los tatuajes no valen pa na. Pues todos iguales, aunque ya nada es igual ni ninguno somos iguales, cada vez menos. Legionario, fui pa mí, pa nadie más, pa España. ¿Y qué me ha quedao? Nada, nada, nada. Ni el boletín ese que es oficial. ¿Estará mi nombre en alguna lista? La de veces que me pasaron lista y ahora na. Borrado, todo borrado. Ni un solo papel donde lo diga. Total que nada. A mí ya me da igual, si no sé ni que va a ser de mí mañana. ¿De la Legión? Y yo que sé, si al final no sé nada. No soy nada, nada más que fui legionario. ¿Y eso qué? Pues na. Solo pa mí.

5.- Ritos y Tradiciones

Y es que en todas estas cosas está todo lo militar, en el Credo. Las tradiciones, los ritos, que así les dicen, son muy importantes. En cuanto una unidad militar o algo parecido quiere tener presencia y resonancia inventa una frase o diez, que le dicen decálogo, una señal identificativa, y esas cosas que luego quedan y con ellas se les reconoce. Ahora está de moda. Una imagen que te distinga, una frase. La Legión tiene su Credo, su emblema, su contraseña, los guiones y banderines, sus vivas; y el chapiri, el chambergo, la camisa verde, y el botón desabrochado, las patillas y la barba, sus himnos y las canciones, las formaciones, y el paso legionario, los muertos y el homenaje, los tatuajes, ahora hablaré de ellos, que los han prohibido creo, y el toque de Oración, Tercios heroicos, la Canción del Legionario, y el Novio de la Muerte. Y muchas cosas más. Y su forma de hablar, de mirar, de reír, de sentir y pensar. También tiene su forma de morir, sin miedo, sin contemplaciones, sin nada, morir en el combate es el mayor honor.

El emblema es la ballesta y el arcabuz, que forman un aspa dividida por la pica, y en el centro, que se vea, la corona, la de nuestro Rey que nos ha permitido ser legión. Tercio, de Extranjeros, pero Tercio, como en Flandes, la mejor infantería del mundo que dicen lo somos, españoles, y el que viene de fuera al tiempo, al poco tiempo, más español que uno, que no quieren irse a ningún sitio y salir no muy lejos por si no los dejan de volver. Y nuestro es lo de: <<Legionarios, a luchar; Legionarios, a morir>>. Caray con el que se lo curró porque no se puede decirlo todo, pero todo, en tan poca cosa, que solo son unas letras y es un libro entero. Tuvo que ser un golpe de suerte o una inspiración de esas que dicen que viene de repente porque si no, no se entiende que cabeza humana diga eso así, sin más, sin ser un filósofo de esos famosos, un Platón o algo así. Nos decía el sargento, ese que había leído el libro del Jefe, el de Millán-Astray, que se lo sabía de memoria, que el lema y contraseña como  toque de guerra, se lo marcó un corneta al que le dijeron <<Di eso con ella>> y cogió su corneta y tararirorirorí, tararirorirorííí… Hasta hoy: <<Legionarios, a luchar; legionarios, a morir>>. Cuando me muera quiero que lo graben en la piedra que me pongan encima. Pues eso, después de todo, luchar lo que se llama luchar, yo solo lo hice en la Legión, así que solo me queda morir. Ya está, se acabó y que otro venga y arree.

Todos dan ahora vivas que son gritos, más que palabras: ¡Viva España! ¡Viva el Rey! ¡Viva la Legión! Es que a ver quien los susurra o los dice sin gritar, que no se puede, que te pide el cuerpo gritar y que los repitan todos, levantando el gorrillo al cielo, por vosotros, que nos oigan todos, grito de guerra, de paz, de gloria, para la victoria o enterrar a los muertos, en todos los actos y en todos los lugares. Nos decía el sargento que según el Jefe, Millán-Astray: <<Es la consagración de su Credo, es el nudo gordiano de su existencia legionaria>>. ¡Cómo lo decía!, te entraba el escalofrío por la espalda.

La Legión tiene también Dar Riffien, Millán-Astray, y Franco, y Valenzuela, Queija de la Vega, Suceso Terreros, Melilla que casi se pierde, Asturias y la Guerra Civil, el Sahara, Ifni, Edchera,  y tiene a Lizcano, de la Cruz Lacaci, Vila Olaria, Angosto, Navarro, Munar, Martín Anglada, Arredondo, López Hidalgo, Carvajal, Espinosa, García Escámez, Galán, Monetro, de Miguel, Zanardo, Orozco, Burguesse, Serra, Godoy, Ripoll, Fadrique, Maderal Oleaga, el Padre Vidal y el Páter Huidobro.

Y tiene a Dar Riffien, Casabona, Dar Hamed el Malo, Nador, Ambar, Tizzi-Azza, Xauen, Alhucemas, Kudia Tahar,Monte Malmusi, Morro Viejo, Monte Palomas.

Y Tauima, Villa Sanjurjo, África oriental española, El Aaiun, Edchera, los Tercios Saharianos, el Sahara español, Villacisneros, Tifariti; y el capitán Bakali, y hasta la Marcha Verde.Y Asturias. La I Bandera. Extremadura, frente   de   Madrid, Guadalajara,   Belchite,   Alto   Aragón, Tremp, Batalla del Ebro.

La II Bandera. Extremadura, frente del norte y frente de Aragón y Cataluña.

La III Bandera.Toledo, Oviedo y frente de Aragón y Cataluña.

La IV Bandera.Extremadura, Badajoz, frente de Madrid y frente de Aragón y Cataluña.

La V Bandera. Andalucía, Extremadura, Badajoz, frente de Madrid y frente de Cataluña.

La VI Bandera. Andalucía, Extremadura, Madrid, frente del Ebro y Cataluña.

Las VII Bandera. Talavera de la Reina, frente de Madrid, frente de Aragón y Cataluña.

La VIII Bandera Tauima, frente de Madrid.

La IX Bandera. Talavera, frente de Madrid.

La X Bandera. Talavera (enero 1937), frente de Madrid.

La XI Bandera.Talavera (febrero 1937), frente de Córdoba, frente del Ebro.

La XII Bandera. Talavera (febrero 1937), frente de Madrid.

La XIII Bandera.Talavera (Julio 1937), Batalla de Brunete, frente de Cataluña y Aragón.

La XIV Bandera.Talavera (agosto 1937), frente de Madrid y frente de Cataluña.

La XV Bandera.Zaragoza (agosto 1937), frente de Aragón y Cataluña.

La XVI Bandera.Talavera (octubre 1937) frente de Aragón y Cataluña.

La XVII Bandera.Talavera (enero 1938), frente de Aragón y Cataluña.

La XVIII Bandera.Talavera ( abril 1938), frente de Aragón y Cataluña.

La Bandera de carros de Combate, frente  de  Madrid,  frente  del  Norte, frente de Aragón y Cataluña.

La Compañía de lanzallamas. Cubas  (Madrid)  (marzo  1937),  Oviedo,  frente  del Norte, frente del centro y frente de Aragón y Cataluña.

La Legión tiene ahora, más reciente, que ya hablo muy de oídas, de lo que leo y me cuentan,  Bosnia-Herzegovina, Albania, Kosovo, Serbia y Montenegro, Macedonia, Irak, Afganistán, República del Congo, Líbano y Mali.

6.- La Mística

Nada más representativo de la Legión que su aspecto y disciplina. Es tradición. Apariencia limpia y clase, armas limpias y brillantes, y en buen orden, cuando ejecutan y evolucionan con destreza, y cuando su rostro impenetrable y acerado da miedo. El esplendor de las armas no tiene una importancia menor porque está para infundir temor a l enemigo

No sé muy bien qué es eso, pero se lo he oído decir a muchos: la mística de la Legión. Uno que sabía de letras un día me dijo: Pero Braulio si eso es un misterio, ¿quién va a saber nada de eso? Pues acabásemos; si es un misterio ¿cómo se sabe lo que es? Y me decía que era todo eso que sientes por las entrañas cuando suena el himno Nacional, y la Oración, el toque por los muertos, soy valiente y leal legionario, por ir  a tu lado a verte, el paso legionario que no es correr sino ir erguido, pidiendo paso, que viene la Legión, ni un obstáculo que la pare, que mística es decir misterio, formar bandera, el modo de ser, la libertad de elegir, incluso porque eliges morir, y como los frailes esos, los cartujos que dicen son los místicos de la Iglesia, ese frailecillo tan pequeño que era medio fraile, San Juan de la Cruz, como Millán-Astray que iba vestido de herido, de cartujo de la milicia, nosotros lo somos, encerrados en lo nuestro, nuestras cosas y tradiciones, nuestra pobreza, que na tenemos ni queremos, compañerismo, hermandad, unión y socorro, que todo eso lo dice nuestro Credo. Y tenemos santos, santos y legionarios, como, que yo no los conocía, al Padre Vidal y el Páter de la Guerra Civil, al que llaman legionario y Santo, el Páter Huidobro, ese que hace un montón de milagros. Tengo pendiente ir a ver si me hace caso. Hay una piedra grande en la Cuesta de las Perdices que señala donde murió; y está enterrado en una Iglesia grande de los jesuitas, que él era jesuita, en la calle Serrano de Madrid, donde mataron a Carrero Blanco. Tengo que ir un día a rezarle que buena falta me hace. Porque rezar no sé, pero el Credo, hasta la muerte, y eso es la mística que yo he entendido, ser compañero y sufrir callado, y no andar por ahí contando tus penas, ni lloriqueando a nadie, aguantar lo que venga, frío o calor, no quejarse, ni arrugarse, no agachar la cabeza ante na, ni creerte tampoco que eres más que nadie. Yo que sé lo que será, porque como es un misterio nadie lo sabe. Pero algo es porque yo lo siento, como no siento otras cosas, pa mí, pa mis adentros, sin saberlo explicar mejor. Lo mejor para saberlo es sentirlo, haberlo vivido, esa experiencia es muy difícil que la explique porque ni yo mismo sé explicármela a mí. Yo que sé qué será. Pero es, existe. Tenemos los místicos laureados que son los muertos canonizados en el altar de la Patria, no hay más entre nosotros, no puede haber más que eso en el pecho, que nunca o casi nunca llega al pecho de la camisa legionaria sino al frío féretro, a la piedra dura, a las manos de tu viuda, el que la quede allí sola pa siempre, que luego la vida todo lo olvida y te llaman algún día para una formación o así, cuando se acuerdan y saben dónde para o se guarda alguno de los tuyos.

Esto es la Legión y así es y nada lo va a cambiar, mientras no cambiemos nosotros los que ahí nos metemos como frailucos de la vida que dicen que es la mística, con el capirote que es el gorrillo, y yo lo que creo es que somos que nadie nos aguanta y a lo mejor que no nos quieren o no servimos pa otra cosa. Pero por lo menos está la Legión. Antes, pues era eso, que entraba todo el que quería sin muchas preguntas ni papeles, por eso yo ninguno tengo. Eres valiente, pues pa dentro, que tiene miedo te lo tragas o pa fuera. Ahora hay que hacer exámenes y llevar papeles y saber cosas y cosas. Es distinto, ni mejor ni peor, pero distinto.

7.- El Credo

Hubo reuniones de mandos, muchas estrellas, comisiones y discusiones; a favor y en contra, porque digo que si estás en contra de cambiar ni le das un repaso para probar. Que aquí no se toca ni una coma, y ya está dicho todo. Parece que hubo muchos repasos, sobre todo por lo de la unión y socorro. Por ahí los del ministerio de Defensa no pasaban. Todo por eso de que con razón o sin ella, que si era un abuso de fuerza, que si la armaban los legionarios, que si esto, que si aquello. Que con razón sí, pero no sin ella. A nosotros, que no pedíamos razón de los que quedaban muertos, ¿y qué razones íbamos a pedir? Y decían que, de paso, a ver como se suaviza lo de la muerte y vivir siendo un cobarde, que la obediencia racional… y que todo aquel Credo sonaba demasiado a Legión, muy fuerte, que había que suavizar sus términos, tiempos distintos, más racionales, de universidad, de libros y no de la calle. Que ya no había guerras y entonces había que hablar de paz. Misiones de paz, que sí, ya lo he explicado, de paz y armonía, que se nota que no saben lo que son los hombres con odio, peor que con un arma. Que da más tiros el odio que el fusil. Eso de la guerra y la paz está en el corazón más que en las pistolas. Yo he visto miradas que matan y luego actos tan injustos que peor que estar muerto. Allá lejos, la tierra manaba sangre.

A mí me sonaba todo a mucha hipocresía, a taparnos la boca, porque en el fondo los hombres duros, y muy duros, que tienen claro lo que hacen y para qué están, pues dan miedo, que estos en un rato son capaces de todo, y de liarla. Qué sabrán ellos de la Legión y de la guerra que se hace fuera y de la que se lleva dentro. A mi poco entender, que yo soy de la calle, ellos sabían que si se cargaban el Credo, pues adiós Legión. También he oído que el Credo, ¡ay, como no te lo supieses o te equivocaras!, ya no se recita entero. Que había artículos que como si se callasen, que prohibidos. No sé, pero mi sargento decía que el Credo con una coma que le faltase, o como una palabra olvidases, era como avanzar al ataque sin piernas, como el que es cojo de ambos pies. ¡Como para no tener cuidado en no sabértelo bien sabido, bien aprendido! Porque esto, decía, y gritaba mucho, como si a él se lo hubiesen gritado, esto es una religión, y el que no cree pues fuera de aquí; el espíritu está en el Credo que es el nervio y allí están las oraciones que tienes que rezar y practicar.

Se encendía y sabía de memoria aquellas palabras, sus favoritas: valor, compañerismo, amistad, unión y socorro, marcha, sufrimiento, endurecimiento, compañerismo, disciplina combate y sobre todo Amor a la bandera. Y terminaba cogiendo el aire, que se le acababa, para gritar: «¡VIVA ESPAÑA! ¡VIVA EL REY! ¡VIVA LA LEGIÓN!»

<<Gritos de combate y de muerte: España, es la Patria; el Rey, el Jefe Supremo, la Legión, la Hermandad sagrada. Y estos ideales, compendiados en los vivas, serán lanzados virilmente, claramente, en los momentos de alegría y de tristeza… Al entrar al combate y al enterrar a los muertos…>> Nos lo repetía, sin equivocarse en una coma, un día y otro también. Lo había leído y se lo sabía de pe a pa, un día y otro, en el libro que escribió el Jefe de la Legión, el teniente coronel Millán-Astray.

Yo nunca he sido capaz de hacerlo así seguido, el Credo sí, sin fallar ni una coma, pero explicarlo así, tan seguido y tan bien, no. Nos mandaban que cuando algún jefe nos preguntase algo y no sabías qué contestar dijeses un espíritu del Credo. Dicho y hecho; y lo tuve que hacer, creo que era un general de los gordos, todo un vuesencia de esos. Que le gustó aquello tanto que me dio una palmadita en la espalda que casi me caigo. Con los legionarios todos se muestran fuertes y recios. Aunque no lo sean.

8.- La muerte

El morir en el combate es el mayor honor. No se muere más que una vez. La muerte llega sin dolor y el morir no es tan horrible como parece. Lo más horrible es vivir siendo un cobarde.

Siempre la muerte. Habéis venido a morir. Un cosa es no tenerle miedo a la muerte y otra quererla. Yo sé que nuestro jefe quería que nos hablasen de la muerte para que le quitásemos esa imagen de horror, de temor, de negra guadaña que atemoriza. Por eso hablaba de una novia joven y bella besando nuestra frente. También decía que fuese nuestro Ángel de la Guarda que nos llevase al Cielo.

Aquí, entre nosotros, no hablamos de esas cosas de la muerte. Si acaso entre cada dos, como juramento entre ellos, y lo que has de hacer si acaso, pero nada más. La muerte no forma parte de nuestras tertulias, ni está ni se la espera, pero si viene a ninguno nos va a asustar. Sí, sabemos que vamos a morir, como todos, y que en el lugar en el que combate la Legión la muerte está más cerca; eso no significa nada. Sabemos lo que hacemos y por qué lo hacemos. Aquí nadie va a lo loco, nadie se la juega sin motivo o razón. La muerte hay que saber esquivarla, con valor, pero tonterías con esa cercana posibilidad ninguna, porque yo creo que si tú te la juegas alegremente, insensatamente, estás jugando no con tu vida sino con la de los compañeros. Pero recular, de eso nada.

Nadie quede en el campo, aunque muramos todos. ¿Quién dijo miedo? ¿Quién es inmortal? Menos el hombre todos lo son, porque ellos, los animales y las plantas ignoran la muerte. Se lo he oído a alguien decir de otro que había escrito algo así como que lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal. Como que dilatar la vida de los hombres era dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes. Por eso será que a mí esto de la muerte no me da mucho que pensar. Porque llegará. Y después de que llegue, pues Dios sabrá. Yo recuerdo al de la Buena Muerte, al legionario clavado en la Cruz, sus últimos momentos de agonía, abandonado por todos, cobardes, ellos sus compañeros sin cumplir el espíritu de compañerismo. No quería morir; nadie quiere. Aparta de mí este cáliz, pero sea tu voluntad. Así es y así sea. Que sea lo que Dios quiera. Hoy o mañana. Abierto el pecho de la camisa legionaria.

Es una batalla contra el tiempo. Contra la muerte el tiempo no cuenta, cuenta el olvido, lo que viene después y aquí en la Legión hay una lista siempre presente en la que estamos todos y alguna vez alguien la lee y sus labios pronuncian tu nombre. Estás muerto, pero estás como vivo, en los labios de otro como tú, hoy que es como mañana y como fue, siempre será igual hasta el final de los tiempos, que es una frase que se dice, pero que es como decir hasta la muerte, pero no porque sea el final, sino que es distinto, debe ser para mejor.

Veo que la muerte no significa nada. Porque mientras vives no existe, y cuando está presente no existimos nosotros, así que la muerte no es real para los vivos; y para los muertos yo que sé. Por eso digo que sea lo que Dios quiera, y que  puede venir cuando quiera.

Nunca se puede ni debe saber hasta cuando es bueno que el hombre viva. Se lo he preguntado al sargento Estétor que es de los más viejos y me ha contestado que un hombre debe vivir hasta que crea que morir es mejor que vivir. Me he quedao de piedra y no hago más que darle vueltas. ¿Qué habrá querido decir?

Otro compañero me dijo que la vida es una cuestión de costumbres, y que cuando dejas de acostumbrarte a vivir, pues te mueres. No lo he entendido, pero es igual, seguro que tiene razón.

Otro me dice que él vio morir a un legionario que le dijo: <<…no agonizo, no entristezcas, esto es para mí como si alguien estuviese esperando, en una estación, un tren, y echara una cabezada. Eso dijo>>. Debió de pasar el tren ese que tanto esperaba. ¿A dónde querría ir?

9.- ¿Y quiénes somos los legionarios?

He oído por ahí que los romanos, los de de las legiones, decían que los buenos para este oficio de las armas deben tener los ojos vivos, la cabeza derecha, ancho el pecho, las espaldas fuertes, los dedos recios, los brazos largos, pequeño el vientre, no muy largas las piernas, las rodillas y los pies sin carne superflua que estorbe sus movimientos, pero afirmados con robustos nervios. Pues ¡coño!, con los romanos. Aquí yo miro y todos somos más feos que Picio, y hay de todo, pero tan perfectos no se hacen aquí. Somos zambos algunos, escuchimizados, de cortas piernas, pero fuertes, casi tos bajitos, menos cuatro que son gastadores y algún oficial de esos chulos y altos. Qué sé yo cual es el tipo legionario. Todos valen si valen en la hora de la verdad, en los tiros y sin recular, caiga quien caiga. Valientes sí que los hay, bravos, y que casi no se dejan ni mirar. Fuerte hay que ser, pero pa eso no hace falta ser grande. Dicen y dicen, también que he oído que lo de legión no viene por ser muchos, indeterminados, sino de elegir, elegir, claro de elegir bien que da a entender la fidelidad y el cuidado que se requieren en los que están encargados de escoger y probar a los reclutas. Que eso de que pa legionario vale cualquiera, de eso nada, aquí no aguanta cualquiera y mira que los he visto bien plantaos y bravos, pero a la primera de cambio, cuando llega la disciplina… ¡cuántos se rajan!

Pues yo hablo por mí, que de los demás no me gusta hablar, y además cada cual es cada cual y nada importa su vida anterior ni si son altos, bajos o feos. Yo sé que soy un buscador y me huele que muchos de los que allí parábamos era por eso, por buscadores. Siempre perdido, he ido de aquí pallá, perdido mi yo y, pues eso, a mi yo fui a buscar. Uno me dijo que era como yo y que donde está tu yo solo tú lo sabes y si no lo encuentras estás perdido porque nadie más que tú lo puede encontrar. ¡Coño!, que me costó entenderle. Resulta que ese que yo era entonces no era yo y así en la Legión me enteré que allí no existía el yo. Ha sido lo mejor que me ha pasado; aquel tío que tanto sabía, a su manera, y que como si fuera un sabio de esos raros, que hablan poco y todo lo dicen, me explicó que dejase el yo, ¡olvídate de él!, me dijo, y que en la Legión solo hay nosotros: aquí, Braulio, no hay yo sino nosotros, por eso decimos que formamos bandera, así que si te olvidas de tu yo lo encontrarás, y deja ya el yo que no existe, ese yo que andas buscando es en la Legión nosotros. Con eso me quedo. De juramento entre cada dos hombres, compañerismo, amistad, unión y socorro, nosotros.

Aunque hay de todo. Pa todos los gustos y colores. Te juntas con los más parecidos a ti y con los menos. Todos tienen algo, no sé lo que es, pero en cada legionario hay algo distinto. Porque hay algo raro en todo esto, que  nunca sabes quién es y quién no es el que te conviene. Y un día ese que peor mirabas te da una sorpresa y resulta que es un tío con dos cojones. Porque es imposible conocer a todos, aunque el gorrillo hace en muchas cosa iguales a todos, pero no en todo, así que tienes que ir mirando, poco a poco, sin juzgar mucho, porque nunca sabes y hoy por ti mañana por mí. Luego cuando esto se acaba, cuando te quedas solo, pues eres yo otra vez, quiero decir que eres el mismo, pero tampoco, eres yo, pero de la Legión, por lo menos sabes que has hecho eso, que no es poco, ser legionario; y te preguntas y sale el nosotros, porque nosotros éramos, cuando nosotros íbamos, porque nosotros, nuestra bandera, nuestra compañía, nuestro Tersio, nuestro, nuestro, y ya puede venir cuando quiera, que no nos encontrará solos, somos nosotros.

Y me decía el legionario sabio aquel, que barruntaba que no me quedaba yo muy tranquilo o no entendía todas esas cosas que me explicaba, que pa mi que se las hablaba para él, pero bueno, yo le escuchaba. Es que te lías tú solo pensando. No pienses tanto Braulio, ahora estás aquí, pa unos años. Pues ya está, después que sé yo y que sabes tú. A lo mejor o a lo peor ni llegamos.

Tú pórtate bien dentro de lo que cabe y ya sabes que el mal que hacen los hombres queda, aún cuando te vayas, pero el bien que haces será aventado con tus cenizas, así que mejor hacer el bien y adiós, parriba y que ni se van a acordar. Los pobres tenemos que estar siempre pensando, y eso de gozar es pa ricos. Eso de tanto pensar te hace cavilar, pero es bueno tener la cabeza entretenida en cosas como esas que no se entienden, esa filosofía legionaria que da aquí la vida. Luego dicen que si gritamos viva a la muerte. Que saben ellos. Aquí amamos a la vida, cada segundo nos la tragamos y bebemos. Mira Braulio, la muerte mientras vivimos no existe, es nada, y cuando está presente no existimos, o sea que no es real ni pa los vivos ni pa los muertos. Que se dejen de leches y si tiene que venir que venga. Eso lo he leído yo en algún sitio y me he quedao con ello.

Aquello me dejaba la cabeza como un bombo, pero la verdad, me gustaba oírlo y sobre todo como te lo decía, que me parecía el maestro de la escuela, pero en verdad, y a mí me parece que todo aquello me hacía bien.

Lo bueno es que aquí los hay de todo y de todos. Los que nunca han pensado más allá del momento son los que yo veo siempre más contentos.

De media hora más tarde o de mañana no saben na, ni quieren saberlo. Van a su bola y de todo se descojonan como si con ellos no fuese el rollo este de la vida. No paran quietos, siempre inventan para no estar parados, ni solos, que se agarran al primero que pasa y le dan la paliza bien dada. Pero cuando llega la fiesta ahí están los primeros y que nadie se venga abajo, que no te dejan, venga fulano ánimo y arriba, pégate un trago que estás invitao, pero ese careto fuera chaval.

De los mandos no voy a contar mucho. Unos son como nosotros, pero cabos y hasta comandantes legionarios. Se les nota pa lo bueno y pa lo malo. Ya se sabe que a veces no hay peor cuña que la de la propia madera.

Ya cuando te conocen y coges confianza, pues cada uno en su sitio, unas veces hay amistad, o enemistad que no se nota, otras ni fu ni fa, y casi siempre cumpliendo y fuera. Que hay que pegar tiros, los pegan como el primero, y se la juegan, ¡coño, que son valientes!, pero como si tuviesen que demostrar que son más valientes que tú, y lo son porque en cualquier momento están ahí, de día o de noche, y eso te da mucha tranquilidad. A mí me gustan esos de Academia que parece que se lo saben todo, y saber saben, pero siempre tranquilos, gritan poco, hablan poco, se interesan por lo que te pasa y si hace falta…, pues eso, echan una mano.

Alguno se pasa. A uno que era teniente, jovencillo, pequeñito, poca cosa, le metió el general un buen paquete. Estábamos en el tiro, a cien metros, y el muy bestia se ponía al lado de los blancos señalando los impactos con una varita, el estupidómetro aquel que les gustaba llevar, y claro tú cuando apuntabas y veías al teniente por el punto de mira, te acojonabas; mira que si se me escapa el tiro. El general, que nadie sabe de dónde salió, lo había visto todo y le calló buena al valiente aquel que se pasó dos pueblos.

Pues eso, que hay de todo, como en la vida o en botica; un remedio para cada dolor y un dolor en cuanto te descuidas. Mejor no meterte con nadie y todos a una Fuenteovejuna.

10.- El valor

Yo que sé lo que es eso del valor. Que sé que chulería no es, ni dárselas de valiente. Para saber algo de eso hay que haber tenido mucho miedo. Si no has tenido un miedo grande, pero miedo, miedo, más que a morirte, porque es así, que hay miedos más grandes que el de que te vas a morir, si no has sentido eso nunca puedes saber qué es eso del valor. Si no sabes lo que es el miedo no puedes saber lo que es el valor. Mira que hemos hablado de cosas en la Legión, entre nosotros, de todo hemos hablado, pero de eso del miedo y de ser valiente, nada. Entre valientes no se habla de eso. El valor exige silencio. No hay que andar todo el día con el valor a cuestas. Porque además no hay yo que valga, yo, porque yo, y yo otra vez, nada de eso, aquí somos pelotón y escuadra y compañía, aquí el yo no existe. El que es valiente lo tiene que demostrar y si no “se le supone” y si ni eso, pues tienes que largarte. Porque al que “se le supone” también tiene que demostrarlo y además se nota quien no cumple con su “se le supone” desde el primer momento que oye un pacazo. Miedo todos tenemos, pero el miedo no es que no tengas valor. El enemigo del valor es la cobardía. Aquí hay de todo menos cobardes. Me dijo el sargento, el que se lo sabe todo, que había leído en un libro que hablaba de los muy antiguos, donde había uno que era griego y que enseñaba a un valiente que le llamaban Alejandro el Grande, y le decía: <<demasiado poco valor es cobardía y demasiado valor es temeridad>>. No sé, pero nosotros cantamos eso de: <<Nadie en el Tercio sabía quién era aquel legionario tan audaz y temerario que a la Legión se alistó>>. Porque aquí hay que tener valor en demasía porque hemos venido a eso, a morir, sin pedir nada a cambio y si no pues pa que está la Legión. Así que Aristóteles, que creo se llamaba el que se lo enseñaba a Alejandro el Grande, a lo mejor nunca había oído hablar de la Legión ni de Millán-Astray.

Para valientes lo que he leído de un sitio que se llama el Igueriben. ¡Qué tíos aquellos! Y no eran legionarios. Lo sé porque aquí esas cosas se saben desde el primer día. Porque para poder cantar eso nuestro “soy valiente y leal legionario” pues tienes que saber lo que otros valientes y leales han hecho y porqué llevan ese título. Explicártelo no te lo va a explicar nadie.

Soy valiente y leal legionario: se le supone. Hasta que en tu hoja de servicios no pongan “acreditado”, no eres legionario, eres aspirante, como la mayoría son: aspirantes. Por muchas marchas que hayas hecho, quilómetros recorridos a ninguna parte, tiros de fusil, al aire, al blanco del campo de tiro, fuego real, pero sin nadie que a ti te dispare, habrás hecho de todo, instrucción paquí y pallá, pero el valor es otra cosa y hay que acreditarlo. Luego lo de las medallas depende de que te propongan, que te vean, que digan y dejen de decir, que no haya metido la pata el que te manda, que caigas bien, de muchas cosas. Hay medallas al valor, pero más hay valientes sin medalla. El valor lo conocen los tuyos, tu escuadra, tu pelotón, los que corren a tu lado y los que mueren a tu lado.

Hay que ser muy valiente para eso del compañerismo, ese Espíritu del Credo que tiene tela marinera, es decir muchas velas, trapo, y valor ante lo que es imposible. ¡Qué cosas tiene esto de la muerte!; el caso es que te vas más tranquilo a morir, si necesario fuera, sabiendo que los tuyos, aún muerto, no te van a dejar allí así párriba o pábajo o de cualquier manera, como te hayas muerto en el secarral que no hay ni una amapola, porque no hay ni cunetas en esas tierras africanas, ni un pájaro que te cante al sol o a la luna. Que sabes que no te vas a quedar allí a que te muerdan los chacales y algún carroñero que pase. Te quedas más tranquilo sabiendo que hemos jurado no abandonar jamás a un hombre en el campo hasta perecer todos. Jamás, nunca jamás. Que caigas donde caigas, muerto, no caído, los tuyos, aunque mueran todos, te recogerán, y si mueren todos, más habrá que vendrán, porque somos legión. Te quedas más tranquilo y eso sí que es ser valiente. Ni muerto te quedas solo y abandonado. He oído decir: ¡Qué solos se quedan los muertos!; no aquí en la Legión, que es una lista de honor y que pasan lista cada vez que hay una formación. ¡Rindan honores a nuestros muertos! Fulano, mengano… ¿¡Estamos todos!?

Valor, ¿qué es el valor?

Pues puede que el miedo sea mayor a lo que te vaya a pasar después de muerto que a la propia muerte; a quedarte allí espanzurrao en medio del secarral con todos los pájaros esperando a comerte. Así que, si sabes que allí no te vas a quedar, más tranquilo que vas a los tiros. Luchar y morir, legionarios a luchar, legionarios a morir. Nada fácil. Para eso hay que ser muy valiente. Y si lo has sido no importa decirlo. Que yo lo he sido. ¡Hay que darle una medalla a Braulio! Pues ya está, ya la tengo, aunque jamás nadie me la ha colocado sobre el pecho. ¡Hay que darle una medalla a Braulio! Pues ya está. Acreditado. Aquí todos los hombres son bravos, pero de bravo a valiente hay un trecho y ese es el que hay que demostrar que uno es capaz de saltarlo. Lo que hace, o debe hacer, un legionario son cosas imposibles para los hombres. Esta es una sociedad heroica que se mueve tras la gloria y el honor y eso, gloria y honor, solo llega con el valor. Y todo eso pasa en el campo de batalla, única razón de la Legión, y razón de más para el valor.

Cada héroe, tras su gloria, herido o muerto, deja paso a otro héroe. Así se construye esta historia de valor. El valor no alardea. No hay demostraciones inútiles del valor. Si es necesario arengar con un gesto, se hace y así se levanta la decaída moral en determinados momentos. Lo he visto, a algunos oficiales, levantarse delante de sus legionarios, gritando, arengando con su gesto, y es arenga el sonido del cornetín en medio del fuego, son gritos de guerra, la contraseña de la Legión, <<es el momento para el que te has preparado, hecho legionario, el del valor: la lucha cuerpo a cuerpo, en la que el machete-bayoneta, el fusil empleado como maza, las granadas de mano y las armas cortas de fuego, jugarán el papel principal>>. Es el momento del valor. Todo está dicho. Todo está hecho. Luchar y morir.

Los legionarios no amamos la muerte, que sería querer morir a cada instante, un permanente suicidio; distinto es no temerla. No hablamos de muerte, hablamos de resurrección en nuestro particular cielo legionario. Que existe. Entre ignorantes, como algunos piensan que somos los legionarios, me he encontrado a los sabios de la vida, con una sabiduría ancestral y práctica. Nunca tuve mejores maestros que estos hombres rudos, recios y derechos al grano, sin rodeos, sin engaños. Y son los que pasean al Cristo de la Buena Muerte, el Valiente. No les preguntes a los legionarios por el valor, ni en lo que creen, ¿no veis que son legionarios?

11.-  La música en la Legión

Desde la mañana a la mañana siguiente. Siempre hay alguien que cante, pa él o pa todos, siempre, a todas horas se oye una música, una coplilla desgarrá. Se vive y se muere cantando. Es como hablar en voz alta a alguien que está muy lejos y de aquí todo está lejos, nadie está al alcance de tus manos pa sonreírle o acariciarle. Mejor cantar por si se oye algo en alguna parte, que ya sabes que no es así, pero da igual; ¿y sí se oye allí donde tú piensas? Que no sabemos nada y todo creemos saber. El sabio me dijo un día que el hombre es un animal que come pan. Y que canta, le dije yo. Braulio ya vas aprendiendo a pensar me dijo. ¿Qué querría decir? Repetía que en la mucha sabiduría hay mucha molestia y que quien añade ciencia añade dolor. Pa mi que este ha sido cura, porque habla como el que había en mi pueblo, que decía lo mismo y ni él se entendía. O sea que el que sabe, peor que el que nada sabe. Pues a ver con qué me quedo. Cantar también debe ser saber, porque hay veces que duele el cante. Yo esto de pensar lo veo como el que se queda muy solo y no es bueno que un hombre esté solo, le das al coco y se te ocurre de todo. Mejor vivir juntos y hablarse y contarse y de vez en cuando cantarse pa que todos lo oigan. Todos los hombres estamos necesitados de los afectos, de los contares y de los cantares. Decía el sabio que los legionarios éramos ruidosos y metálicos y que eso era mejor que ser silencioso, pero cuidado en el combate que es mejor ser silencioso y nunca cantar por dónde atacas, como estos moros que de sigilosos que son no tienen ni siquiera sombra que les siga, por eso nunca se sabe donde están y donde se esconden. Pero cuando todo está declarado, cuando el cara a cara y es la hora del cuerpo a cuerpo, quien no grita llora y eso es fatal. El grito es fuerza, es vitalidad y potencia. Hay que gritar y amedrentar. Hay que tener la voz preparada, por eso cantamos y gritamos, es como el hablar del combate, es como luchar en voz alta. Hay que entrenarlo, como todo, porque el arte del combate inmaduro es fuente de grandes heridas; eso dice mi amigo.

Todavía suena esa de La Madelón, pero a mí no me gusta mucho, prefiero las españolas, hasta las endechas que son muy tristes, me gustan las que hablan de Patria y muerte, de luchas y combates, aunque cada cosa a su tiempo. Cantar tiene eso, que hay una canción para cada rato. Cantas al mundo, te cantas a ti y cantas a lo que no sabes que será después de todo esto. El combate es una canción, una melodía con su ritmo propio, un apasionado drama al que no se puede acudir desconociendo cual puede ser el final. El definitivo final. Hay que ir preparado y volver cantando por los que ya lo han logrado. Nadie en el Tercio sabía quién era aquel legionario; claro que lo sabíamos, pero aquí a nadie le importa nada más que entre nosotros, de dónde vienes y a qué vienes. Si dices que a morir, no se lo cree nadie así que mejor te callas y cantas, a ver si así te entienden.

Siempre España, siempre legionarios a luchar, siempre legionarios a morir. Llegará el día de las alegres canciones, cuando los desfiles paseen las glorias y suene el paso de marcha, a esa velocidad que parece que se desencaja el cuerpo y que no llegas a dónde vas, o llegas tarde. Entre el rezo y el cante se vive y se muere y hay música para uno y otro momento, que casi no se distingue la una y otra. Y esa es otra cosa buena que tiene la vida en la Legión, que nada es aburrido, que nunca pasa lo mismo, cada día es igual, pero todo es distinto. Es como la vida que ningún día es como otro, aunque llevemos siglos en que amanece y anochece igual en cada momento, pero distinto en cada uno.

Y los toques de corneta, todo el día sonando que parece que ese hombre no vive y es como el reloj de la torre de la iglesia de mi pueblo, que yo creo que va solo y no le dan cuerda. Me dicen que ahora ya no hay toques en el cuartel. Pa qué, si no hay gente, se van o se meten en sus cuartos con tele y todo, y ya no oyen nada, como la sirena de una fábrica cuando llegan, que ni eso. Vivías al toque de corneta y atacabas con el toque de corneta y esa contraseña: tararirorirorí, tararirorirorííí… Esa es una música muy especial que se lleva dentro, pero es una música de órdenes que te dan, como si te las diesen cantando, y pa que se entere todo el mundo, que hay que levantarse, y el que esté malo ir a ver al reconocimiento, y hay que ponerse firmes al izar la Bandera, y saludar, y empezar la jornada, Academias,

12.- Los motes

Es que no me acuerdo de los nombres de todos. Casi tos son los mismos por generaciones. El mote es un título, por eso es muy importante. Si no tienes título no eres nadie. Muchos necesitan explicación por su misterio, por no saber muy bien, solo el que lo ostenta sabe donde se lo ganó y por qué. Otros son tan sonoros que son como las trompetas, como la diana o la retreta, alguno suena más que la generala. El Legionario te llaman luego en tu pueblo, pero en la Legión nadie lleva ese mote, eso no es un mote, es como te llaman, la distinción entre todos pa que se enteren los que los que no lo son, quizá que quisieron serlo, o que al pueblo le gusta tener uno, vecino, que haya sido legionario. Históricos motes son algunos: Warner, Fulmán, el Doctor, Charte, Rodrigo Díaz de Vivar; otros se repiten y repiten, una y otra vez, en un Tercio y en el otro: el Chino, siempre hay un chino, o el Baranda, el Negro, el Feo, el Paisa, el Señorito, el Marqués. Tendría que recordar: el Churra, el Sapo, el Cocodrilo, el Culebro, el Tortuga, Cascarilla, el Percutor, el Diplomático, el Malaguita, el Majara, de estos hubo muchos; Spiderman también aparece, son más modernos, Supermán, Iroman, Hulk. A mí me gustaba el Paisa, ¡que buen amigo!, era de todas partes, paisano de todos, y todos los sitios conocía, o decía él, que además te explicaba lo mismo el faro de Hércules que la Mezquita de Córdoba y te hablaba de un bareto aquí y otro en la carretera de no sé dónde. Ahora me dicen que también tienen motes las chicas. Tengo que enterarme bien.

Los oficiales, los suboficiales, los cabos, tenían los suyos. Muy suyos, y lo sabían. Alguno se enfadaba y se hacía el loco como si con él no fuese la cosa, pero entre nosotros ya estaba bautizado para siempre. Os diré alguno que aún recuerdo, con cariño, como el Lechuza, no sé si por sus ojos saltones o porque de noche aparecía por todas partes. Había uno que siempre se quejaba de uno y de otro; le llamaban Tersites.

Los motes ganados en combate son los que más valen, pero hay pocos. El Abeto era alto como tal. Su figura aparecía sobre cualquier horizonte y no había piedra ni hendidura del terreno que ocultase tan alto y delgado cuerpo. Era un buen hombre el Abeto; cayó vencido de un pacazo en la frente. El sargento Esténtor que así le llamaban por un nombre muy antiguo y su vozarrón que era como el de cincuenta a la vez. El Rediós, capitán, era como el redoble del tambor, pero en dios porque todo lo sabía, y más que se creía.

Es la vida cotidiana, un gesto, una manía, una cara o unos andares; el color del pelo o de la cara, la chulería, o lo contrario, tu pueblo o tu tierra, yo que sé, pero es un nombre de guerra, ya pa siempre, más que el tuyo propio, es el que te has ganao tú; sin saber cómo. Yo he sido Braulio, siempre, y parecía un mote más que mi nombre: el Braulio. Suena bien, a mí así me lo parece. Así me llamo porque parece que ese tal San Braulio era de por Zaragoza y de marzo, del día en que nací y así me pusieron para no tener que andar eligiendo.

Legionario Braulio

Publicado en el Blog: generaldavila.com el día 20 de septiembre de 2020 Centenario de la Legión

 

Hasta aquí llegó, España; se podría

hacer una bandera ensangrentada

con el sol de esta arena calcinada

y la sangre que en rojo la teñía.

La tierra del desierto no sabía

sino del poderío en la pisada.

Habló el valor y se quedó clavada

la razón, para siempre, de la hombría.

Hasta aquí llegó España; la frontera

se convirtió en altar donde tuviera

lugar la Cruz, en el desierto, a solas.

Y ahí está; coronada por el viento,

alzando para siempre el monumento

de las eternas tumbas españolas.

Coronel Luis López Anglada

 

En el 102 Aniversario Fundacional de La Legión: 20 de septiembre del año 2022.

A todos los Caballeros Legionarios que han formado y forman en las filas de la Legión y que siguen, muertos o vivos, en la posición de firmes, arma al brazo, a la espera de que el cornetín mande otra cosa.

Blog: generaldavila.com

 

ENTREVISTA PARA 20 MINUTOS SOBRE LA GUERRA DE UCRANIA. GENERAL DÁVILA

Fotógrafo José González. 20 minutos.

Blog: generaldavila.com

19 septiembre 2022

https://www.20minutos.es/noticia/5060495/0/general-rafael-davila-no-nos-enganemos-esto-es-una-guerra-entre-estados-unidos-y-rusia/?utm_source=twitter.com&utm_medium=socialshare&utm_campaign=desktop

TERRITORIO DE RECUERDOS “L” Aniversario de la Salida de Tenientes. Coronel Ángel Cerdido. CXXV Promoción de Caballería.(XVII A.G.M.-3ª Época) Valladolid 19 octubre 2012.

El monumento a los héroes del Regimiento de Cazadores de Alcántara 14 de Caballería, que preside la entrada a la Academia de Caballería de Valladolid, es el homenaje del Arma al heroico Regimiento, a través de la representación de cinco jinetes pertenecientes a los diversos Institutos de los que “Alcántara” ha formado parte. Mirando el monumento de frente los diferentes jinetes son, de izquierda a derecha: Soldados de cazadores de Caballería. Campaña de África (1920-1922) Sargento 1º de Lanceros (1836) Soldado de Caballería de Línea. Tropas de la Casa Real (1703-1728) Batidor de Lanceros (1847-1850). Inscripciones en el pedestal: Delante: El Arma de Caballería al Regimiento “Cazadores de Alcántara” En su parte derecha: “Por el Honor” En el lateral izquierdo: “Por la Gloria” En la parte trasera. “Por la Patria”

TERRITORIO DE RECUERDOS

“L” Aniversario de la Salida de Tenientes.
CXXV Promoción de Caballería.(XVII A.G.M.-3ª Época)
Valladolid 19 octubre 2012.
Mi cabeza me cita con escenas de aquellos días de vida académica en Valladolid, y en la sorpresa, aderezo mis recuerdos con la pizca de nostalgia de entrever aclarados gestos y sonrisas ya perdidos, resucitados en mis profesores y compañeros, que no puedo dejar de asentar en el corazón. El tiempo no me ha borrado las muchas y buenas enseñanzas, las ha hecho más bien innumerables y más reales, y las ha precipitado en una palabra, que creo nunca reciben suficientemente los que han sido maestros de nuestra vida: «Gracias».
Así recuerdo esa parte de mi juventud militar; la época en que fui protagonista de mi vida. Como al final es el tiempo el que descubre la verdad, en 2012 a la vuelta de Valladolid donde asistí a los actos celebrados por el motivo ya comentado, desde Zaragoza escribí la carta que hoy remito a todos vosotros, y que en su día mandé a los compañeros que allí estuvieron. No sé cuándo nos volveremos a ver, pero da igual cuando sea, con los amigos lo importante es volver a coincidir, hasta entonces esto fue lo que les dije:
Queridos compañeros:
Siempre me aconsejaron que tuviera buena letra, porque es la forma que tendrás -decían- de demostrar a los demás que eres de fiar. Pero el tener buena letra nada tiene que ver con escribir más o menos bien, como algunos todavía creen. Por todo eso de antemano os pido perdón por el atrevimiento. ¿Por que hablaros de letras, si lo que de verdad hoy cuenta en el mundo son los números? Como nadie me ha hecho la pregunta, sigo con aquellas.
Lo frustrante a nuestra edad es que ya conocemos la respuesta, pero nadie nos pregunta. A pesar de todo no caeré en la nostalgia, porque la vida es un camino de ida, además esto de envejecer no está tan mal sobre todo teniendo en cuenta la «otra alternativa».
Todos nosotros nacimos en una época en que si algo (desde un electrodoméstico hasta el mismo matrimonio) se rompía, se arreglaba y no se tiraba a la basura. Con estos pensamientos, entre otros, marché a Valladolid. Con la ilusión de recuperar cosas del espíritu cuyo encanto y fascinación advertí hace tiempo que se me habían escapado de entre los dedos.
Aunque hoy se prefiere lo nuevo, lo recién fabricado, la última versión del sistema operativo o del dispositivo electrónico, creo sin embargo, que necesitamos envejecer para conseguir y trasmitir la sabiduría que dan los años.
Esta vez el volver al lugar donde fui feliz si estuvo a la altura de mi nostalgia. Me pareció como si la Patria agradecida me devolviera el beso que hace ya muchos años le dí. Si en algún momento las fuerzas me flaquearon, que condición humana es, volver a Valladolid a visitar ese viejo solar en vuestra compañía, contemplar el monumento que preside su fachada en plena Plaza Zorrilla, y ver de nuevo la arrogancia marcial de lanceros, coraceros y el gesto viril y enfervorecido de los pequeños soldados del Alcántara, que con su heroico desprendimiento y total entrega lograron sencillamente lo imposible, hizo que la sangre golpeara con más fuerza mis venas, el corazón me subiera a la garganta, una nube de lágrimas empañara mis ojos, y en lo mas íntimo de mi ser, sentir el inmenso orgullo de ser continuador de tanta grandeza, de tanto heroísmo, de tanto desprendimiento, y procuré no caer de rodillas porque el peso de tanta gloria casi no me permitieron permanecer de pie en el Patio de Armas «Teniente coronel Primo de Rivera».
A pesar de todo esto, hubiera querido romper el protocolo, salir de la fila, desplazarme al centro del patio, arrodillarme frente a las grupas de los caballos, en la parte trasera de la obra de Mariano Benlliure y Gil, donde esta grabado «Por la Patria», y dirigirme a todos vosotros: los ¡PRESENTES!, los ¡AUSENTES! y los que ¡ESTA!bais tan cerca de mi, para gritar con todas mis fuerzas:
¡GRACIAS!

Un fuerte abrazo
Zaragoza 19 octubre 2012

Nota.-En Caballería al pasar lista en estos actos, el número uno de la promoción responde con un «Presente» en caso de haber fallecido al que se nombre, con un «Ausente» en el caso de no haber podido asistir por enfermedad u otra causa, y con un «Está» respondimos los que nos encontrábamos en formación.

Ángel Cerdido Peñalver
Coronel de Caballería ®
Zaragoza 19 octubre 2022.

Blog: generaldavila.com

18 septiembre 2022

 

LA MONARQUÍA QUE VIENE O SE VA Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

«Hay que aceptar la Monarquía como el mejor y más fácil puente hacia la democracia. Luego ya veremos». La frase llena de cinismo es propia de quién la pronunció; descubrirán al final del texto.

Pues en eso estamos: veremos.

Fue hace poco cuando hablábamos de la situación en la que está España, el mundo en general; acentuábamos lo nuestro con esa vulgaridad tan repetida: nunca antes habíamos visto cosa igual. La misma conclusión y los adjetivos ya conocidos del XIX son de ahora, idénticos, pero todo sigue peor.

La guerra civil es pasado, no sé si presente, desde luego futuro no tenemos como nación unida y abrazada. Sería posible si nos gobernasen otros, menos ideologizados y más sabios.

—Se me ocurrió una vez pensar-me dice Jenofonte, el amigo con el que hablo- que hoy la monarquía está más segura que nunca porque son los monárquicos los que más la atacan. La monarquía se ha hecho de izquierdas y esa es la razón por la que su futuro está asegurado.

En la conversación surge el tema de este proceso lento y silencioso en el que han ido cayendo las piezas con una sabiduría de la que solo es capaz la maldad. Obra tan perfecta en una España católica, monárquica, diversa, y que, a pesar de ello, se sostiene incluso después de luchar y enfrentarse por reyes distintos, por vitorear hoy un régimen autoritario y prenderle fuego mañana.

Pregunto a Jenofonte.

—¿Lo que decía Ortega y Gasset «La monarquía se ha hecho de pueblo», quiere decir hacerse de izquierdas?

—No; en absoluto. En España las grandes cosas las hace el pueblo. Ya que lo citas volvamos a Ortega: «Aquí lo ha hecho todo el “pueblo”, y lo que el “pueblo” no ha podido hacer se ha quedado sin hacer».

—Pues es cierto que aquí ese pueblo que dices, y dice Ortega, es el que conquista; y no los ejércitos. Lo que se hace bueno otros lo deshacen reunidos en grupos de poder que intentan enfundarse el guante real.

Un Rey, concordamos, no debe estar al lado de nadie, ni de izquierdas ni de derechas; de todos y de ninguno, pero debe hacerse querer y desear por todos y no desarticular la Corona.

España es tan compleja que fue capaz, por ello, de derrotar a Napoleón. Se hizo monárquico el pueblo cuando los reyes se embarcaban en Aranjuez sin amor y sin querer defender(se) con todo y todos.

—España es un pueblo de hombres, cosa que Napoléon no percibió; para él los españoles eran soldados, como los franceses que obedecían sin más. Hay que tenerlo en cuenta antes de medir las fuerzas.

—España tenía su rey por historia y porque les daba la gana a los españoles. No íbamos a dejar a los franceses, ni al mismísimo Emperador, cambiarnos ni a cambiar rey y religión. Si no se reza se penitencia, y en eso somos maestros, como en lo de los reyes, y no nos dejamos engañar con Estados ficticios que intenten cambiar alma española por nuevo Estado.

—Cierto es amigo Jenofonte que la sensatez o sabiduría son resultado de un aprendizaje, como para que ahora vengan maestros Ciruela a enseñar al pueblo la forma de Estado.

—De acuerdo estoy con eso, pero no olvides que la sensatez es la virtud que predomina y sin ella ninguna otra tiene utilidad y que el que fue sensato no puede ser que deje de serlo en poco tiempo.

Termina Jenofonte recordándome que él estaba junto a Ciro el Grande cuando estaba en el trance final y oyó lo que le decía a su hijo:

«En cuanto a ti, Cambises, tú sabes que no es este cetro de oro la salvaguarda del imperio, sino que los amigos fieles son para los reyes el cetro más verdadero y seguro. Pero no pienses que los hombres tiene una fidelidad innata: si así fuera, a todos parecerían fieles las mismas personas, lo mismo que las demás cualidades innatas a todos les parecen las mismas. Por el contrario, cada uno debe hacerse sus propios hombres de confianza…».

¡A cuantos intensos deseos del corazón debe renunciar los reyes y sin embargo disfrutan los hombres privados!

Dice mi amigo, como si sentenciase.

—Nuestra Constitución de 1978 estableció un sistema que se ha llamado de monarquía limitada, como último intento de basar la unidad estatal sobre el principio monárquico.

Es cierto. Nunca ha habido adoradores del nombre del rey ni de la persona, me refiero entre el pueblo, sino que los españoles se han sentido uno en la Corona, encarnados en ella y por eso aún resuena el juramento de algunos reinos cristianos. No encuentro frase más valedora y explicación de rotundidad de lo que es la Corona: «Nos, que somos y valemos tanto como vos, pero juntos más que vos, os hacemos Principal, Rey y Señor entre los iguales, con tal que guardéis nuestros fueros y libertades; y si no, no».

Esa es la garantía que desean suprimir de la Constitución española: la unidad, la encarnación de todo un pueblo. En su Rey.

—Sí, querido Jenofonte, estate atento y no olvidemos el anuncio apuntado por Tierno Galván: «Hay que aceptar la Monarquía como el mejor y más fácil puente hacia la democracia. Luego ya veremos».

¿Ha llegado el «ya veremos»?

Hubo un tiempo en el que se dijo: «La República la trajeron los monárquicos y, después, la perdieron los republicanos».

Es el pueblo, pero siempre incitado por alguien. Todo va y viene y ahora esto parece irse..

No sé si estamos a tiempo.

Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

Blog: generaldavila.com

15 septiembre 2022