En España hablar de Patriotismo es un debate más. No ocurre en otros lugares. Aquí es permanente discusión. El patriotismo no tiene exclusividad y no es más español una obra hecha por un gallego que la de un andaluz o catalán. Así hasta agotar esa riqueza que tenemos en la variedad cuando no la usamos como arma de enfrentamiento.
La batalla decisiva contra Napoleón en España se logró en una escandalosa retirada encabezada por el rey José que en su huida se quedaba atascado y abandonada la artillería y la impedimenta entre la que se encontraba todo tipo de joyas y obras de arte fruto del robo. Dice Pérez Galdós que los franceses «No pudiendo dominar España, se la llevaban en cajas, dejando el mapa vacío». No es cuestión de describir los detalles de la batalla que supuso la definitiva expulsión de los invasores franceses. Fue en Vitoria y mucho tuvo que ver con el arte. La victoria militar estuvo encabezada por Wellington. El rey José huyó precipitadamente a uña de caballo dejando el coche con los tesoros que había robado a España.
Pero por desgracia a aquellos tesoros artísticos que nos robaban no se quedaron en España. Las Cortes españolas, <<a propuesta de don Agustín de Arguelles, concedieron a lord Wellington, para sí, sus herederos y sucesores, el sitio y posesión real conocido en la vega de Granada bajo el nombre de Soto de Roma, con inclusión del terreno llamado de las Chanchinas, dádiva generosa, de rendimientos pingües>>, que Lord Wellington aceptó. Pero no quedaron ahí los generosos obsequios.
El Libertador de España, como llamaron a Lord Wellington, una nominal hipérbole sin duda, se llevó más tesoros. En el equipaje del rey José apareció un inaudito botín donde había documentos de estado, varias cartas de amor, un orinal de plata y más de doscientas pinturas sobre lienzo, desclavadas de sus bastidores y enrolladas, junto con dibujos y grabados. Fueron llevadas a Londres por orden de Wellington catalogándose por la National Gallery en una lista de ciento setenta y cinco sustraídas de la colección real española por el rey José que pretendía llevarse a Francia. Wellington con caballerosidad ordenó devolver sin dilación las pinturas al repuesto rey de España Fernando VII; no recibió de este respuesta alguna. En 1816 envió una carta al conde de Fernán Núñez, representante español en Inglaterra, para ponerse de acuerdo en la devolución de las pinturas. La contestación de la Corte al fin llegó: «Adjunto os transmito la respuesta oficial que he recibido de la Corte, y de la cual deduzco que Su Majestad, conmovido por vuestra delicadeza, no desea privaros de lo que ha llegado a vuestra posesión por cauces tan justos como honorables».
El “regalito” consistió en ochenta y tres pinturas de las cuales, según el Museo del Prado, <<se pueden rastrear el origen de cincuenta y siete gracias a los inventarios reales>>.
No son obras menores, sino valiosos tesoros españoles que pueden figurar entre las más destacadas obras de todos los tiempos.
La Última Cena, de Juan de Flandes, que perteneció a Isabel la Católica; una Sagrada Familia, de Giulio Romano, antaño atribuida a Rafael; Orfeo hechizando a los animales, de Padovanino, y Oración en el huerto, de Correggio. Otras obras maestras son la minuciosa Judith y Holofernes, de Elsheimer, y el imponente Aguador de Sevilla, de Velázquez.
¿No lo sabían ustedes? Pues sepan que las mejores pinturas del Apsley House de Hyde Park Corner, que fue residencia del Duque de Wellington, fueron -creo que deberían seguir siéndolo- de la colección real española.
Para mi fue un acto impropio; no se puede entregar ese patrimonio del Reino de España. Allí sigue y ya nadie se acuerda. La batalla de Vitoria no fue motivo suficiente para que una gran colección de pintura propiedad de España permanezca en Londres como regalo a un general que ganó una batalla. Nunca se debió regalar y menos aceptar el regalo. Ahora aguantamos el sarcasmo británico cuando hablan del The Spanish Gift.
El patriotismo no es algo privativo de nadie y menos de las instituciones a las que vemos poco dadas a ello. El patriotismo tiene mucho que ver con el amor y hacer bien a lo amado. En este caso a España. Nada para confirmarlo como su Patrimonio quizá el más grande de Europa; y el más disperso.
Los que por razones familiares conocemos el mundo del arte sabemos que nuestras rosas del arte siempre crecen junto a las espinas de la Administración y que no es fácil defender nuestra obra universal.
Ahora salta la noticia de la recuperación de una escultura de San Lucas tallada en el siglo XV por el prestigioso Gil de Siloé y robada en 1979. Recuperada en Génova (Italia), ha sido devuelta a Astudillo (Palencia).
Es notable la noticia porque la recuperación de la obra ha sido gracias al patriotismo de unos anticuarios expertos en el tema y honrados a carta cabal. Resulta que descubrieron la obra que se subastaba como una baratija en Italia ante la mirada de los «expertos europeos» que en nada la valoraban. Pero dos anticuarios españoles, expertos en el gótico castellano, se dan cuenta e insisten en el valor de la pieza hasta descubrir que pertenecía al retablo mayor de la iglesia de Santa Eugenia de Astudillo, del siglo XV, atribuidos al prestigioso escultor Gil de Siloé, padre del arquitecto y responsable de la conocida escalera dorada de la catedral de Burgos, Diego de Siloé. Unos ladrones en 1979 se llevaron diversos objetos de la Iglesia y nunca más se supo del robo. Los anticuarios habían descubierto en Génova un tesoro único al que nadie daba importancia ni valoraba. Pudo ser un gran negocio, pero el patriotismo es algo indefinible que mantiene el patrimonio español en píe por encima de intereses bastardos que tanto abundan. Ser patriota es algo muy profundo y difícil de explicar en un mundo donde más vale acumular que soñar.
No era una sucia baratija, como decían los expertos europeos. Estaban ante una joya de la escultura europea.
“Se trata de una escultura de madera policromada, de unos 70 centímetros de altura, que formaba parte del retablo mayor de la iglesia de Santa Eugenia de Astudillo (Palencia), del que también fueron robados el mismo día seis apóstoles, los cuatro evangelistas, una escultura exenta y una cruz”. En 2021 cuando la obra iba a ser vendida en una subasta de arte por 5.000 euros.
Solo queda hablar de honradez y patriotismo. Una historia larga y que será olvidada, pero que merece la pena que quede grabada como un acto inusual de patriotismo cuando se ha pensado más en España que en uno mismo: eso es ser patriota algo que se aleja de las modas actuales.
No quería terminar, aunque la duda me ha surgido por romper la intimidad de los heroicos protagonistas, pero creo que es mi deber hacerlo. Los anticuarios a los que debemos la recuperación de una obra de tal envergadura son Pedro Ramón Jiménez y María Elizari. Los padres del conocido periodista y para mi amigo Iker Jiménez.
¿Cultura, patriotismo? Los ministros de Cultura y de Defensa mucho tardan en conceder a estos anticuarios la acreditación de lo que dicen representar sus ministerios: Cultura y Patriotismo. Las medallas deben ir al lugar que las merecen y no a otros.
Algún día ellos, desde su ministerio, es posible que logren que veamos La Última Cena de Juan de Flandes, que perteneció a Isabel la Católica, en España. Claro que haría falta el patriotismo cosa que en las instituciones se valora a la baja.
Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)
Blog: generaldavila.com
8 febrero 2026
