A lo largo de la Guerra Civil, los que aspirasen a ser Alféreces Provisionales, empleo militar genuinamente español, debían tener entre 20 y 30 años, ser universitarios, maestros, poseer el título de bachiller y una aptitud física adecuada. Más tarde estas condiciones serían rebajadas a 18 años con la condición de haber servido al menos dos meses en el frente. Fueron un núcleo fundamental de oficiales en las filas franquistas. Tras la guerra, muchos abandonaron las armas y regresaron a la vida civil; no obstante, otros continuaron la carrera militar. Este fue el caso de 8000 alféreces que tras la contienda se convirtieron en tenientes provisionales y otros 500 alféreces en capitanes.
Todos recibieron una breve instrucción militar técnica y patriótica, de cuatro a siete semanas, en las Academias de Alféreces Provisionales creadas al efecto por el general Luis Orgaz, utilizando para ello conventos, palacios y cuarteles en: Burgos, Sevilla, Granada, Ávila, Pamplona y Dar Riffien (Tánger), pero eran hombres de formación alta, voluntarios, comprometidos en principio, solo para la contienda.
Llevaban una estrella de seis puntas sobre un fondo negro en el pecho, lo que les valió el apodo de «estampillados».
Esas academias fueron centros de formación intensiva creados para cubrir la falta de mandos intermedios. Desde septiembre de 1936 formaron concretamente a 29.065 voluntarios, mediante cursillos rápidos de instrucción militar antes de ir al frente. Debido a su ímpetu de juventud encabezaban los ataques al grito de «Adelante» o «Arriba» exponiéndose al fuego enemigo por lo que al poco de comenzar la guerra, comenzaron a difundirse irónicas frases como: «Alférez Provisional, cadáver efectivo». Los datos más fiables nos dan una cifra de 3.000 alféreces muertos que teniendo en cuenta que la mayor parte de las promociones salieron en los últimos años de guerra, nos da una gran proporción de caídos.
La «Alferecía» como les llamaban con apreciable desprecio, aunque no fueron a la guerra para conquistar honores, como prueba de su valor en el combate, aportaron 15 Cruces Laureadas de San Fernando y 363 Medallas Militares Individuales.
Hay que agradecer el esfuerzo y la abnegación de todos ellos, que ofrendaron su juventud, lucharon y dieron su vida, en muchos casos, por Dios y por España, para hacerla más Unida, más Grande y más Libre.
José María Pemán, también Alférez Provisional, les dedicó estos versos:
«…Tejen las rubias en oro / las seis puntas de tu estrella. / ¡Alférez Provisional! /
/ Novio de una primavera / que se buscó por los ríos / y que vino por el mar…»
A uno de esos Alféreces Provisionales, tuve la gran suerte de conocer, me refiero al escritor toledano Ángel Palomino Jiménez (Toledo, 2 de agosto de 1919 – Madrid, 20 de febrero de 2004).
Nació en la calle Tornerías de la Ciudad Imperial, sus primeros estudios los realiza en el colegio de los Hermanos Maristas, y en el Instituto de Enseñanza Media. Con quince años, en 1935, se desplaza a Madrid para iniciar la carrera de Ciencias Químicas en la Universidad Central, pero todo se interrumpe con la guerra civil.
A pesar de que desarrolló prácticamente toda su carrera literaria fuera de Toledo, desde los años cuarenta ya se podían leer sus textos en publicaciones nacionales tan prestigiosas como «Blanco y Negro» «ABC» y «La Codorniz», a su ciudad natal nunca dejó de venir; con cualquier excusa se le podía ver en su casa de la calle Trinidad, en el primer piso del negocio familiar «Muebles Palomino».
Mi admirado Ángel, con apellido de muebles, ejercía de toledano y siempre que le llamaban actuaba de pregonero; en: Semana Santa, Navidad, Corpus…,su prosa y su verso eran requeridos para todos aquellos eventos «Bolos» de máximo nivel.
En el conflicto bélico participa como alférez provisional, y al terminar la Guerra Civil se siente atraído por la carrera militar, lo que le lleva a ingresar en la Academia de Transformación de Infantería de Guadalajara, donde tuvo como compañero de promoción a Antonio Mingote, con el que mantuvo una estrecha amistad y colaboración al ilustrarle varios de sus libros. Más tarde, de capitán, fue profesor de historia en la Academia de Infantería de Toledo. Acabó su carrera militar con la graduación de teniente coronel.
Posteriormente y cambiando de tercio se dedicó al sector turístico, con la titulación de dirección de empresas, dirigió hoteles en Toledo, Valdepeñas, Castelldefels, Córdoba, Granada y Benalmádena, que me imagino serían la inspiración de su gran novela «Torremolinos Gran Hotel», Premio Nacional de Literatura (1971): Reconocimiento máximo otorgado por el Ministerio de Educación Nacional de la época. Desempeñó funciones directivas en diferentes cadenas hoteleras, lo que le llevó a viajar por gran parte del mundo, y a escribir novelas con esos ambientes.
Debido a la gran amistad que siempre tuvo en Toledo con mi suegro el general Enrique Gastesi, le conocí cuando nos invitó a toda la familia, siendo Ángel Palomino su director, a la cena de nochevieja de 1967 en el hotel Riviera de Benalmádena.
Falleció a los 84 años en Madrid, rodeado de más de una treintena de libros y centenares de artículos que salieron de su pluma.
En su memoria y en la de todos los Alféreces Provisionales, copio literalmente este artículo suyo de 1985 que me parece un claro ejemplo de sinceridad, para recuerdo de todos y conocimiento de los más jóvenes.
Coronel de Caballería ® Ángel Cerdido Peñalver
Zaragoza marzo 2026.
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FRANCO ANTE LA HISTORIA.- El hombre y su obra.(Publicado en Prensa española, ABC.-Blanco y Negro).
A Franco pueden discutirlo cuanto quieran, es cuestión de gustos, hay quien no soporta a Wagner, quien se ríe de Miró, quien enferma solo con ver a Reagan y hasta quien admira a Castro. Franco gustaba a casi todo el mundo: a Don Juan Carlos, que hizo de él grandes elogios antes y después de ser coronado Rey de España; a De Gaulle, Einsenhower, Churchill, a Celia Gámez, Santiago Bernabéu, el Cordobés, Pío XII…En cambio, le cayó muy mal a Hitler y a don Alfonso Guerra, qué le vamos a hacer.
Su obra no se puede discutir, la España que él construyó fue un milagro, los españoles pasamos de la miseria y división a la prosperidad y la paz, unidos vencedores y vencidos en la larga marcha, de la alpargata al 600, de la sequía a los embalses, del atraso a la novena potencia industrial, del pintoresquismo para viajeros intrépidos a primera potencia turística. Ahí está lo que queda, nadie lo niegue.
Reprochan a Franco su oposición al modelo democrático ordinario, su alergia a los políticos: injusto reproche. Franco formó sus Gobiernos con políticos de muy diversas ideologías, obteniendo de su colaboración magníficos resultados. Hubo ministros conservadores y socialistas, monárquicos y republicanos, sindicalistas y capitalistas, cavernícolas y revolucionarios. Reconozcamos, honradamente, que Girón era más socialista que Felipe González, y no digamos que Boyer o Solchaga; y Solís más obrerista que Almunia, y Tomás Domínguez Arévalo, Conde de Rodezno, más monárquico que Gil Robles.
Faltaban algunas libertades que lo mismo frenaban a los poderosos que a los débiles. Los obreros no podían presionar con la huelga; ni los patronos con el despido. Tan represivo era lo uno como lo otro; hoy los socialistas, que tanto se movieron para resucitar la huelga, han tenido que conceder a los empresarios el despido libre. Podría preguntarse a los obreros si se sentían más protegidos entonces o ahora.
Podrían decir hoy los diputados de disciplina socialista, si son más libres que los procuradores de entonces. ¿Y su puesto en las listas electorales no equivale a una designación a dedo?.
La eficacia práctica de los Gobiernos de Franco se debió a que políticos tan diferentes dejaban a un lado los intereses de sus partidos y se dedicaban , exclusivamente a trabajar para España. Para toda España. Algo inconcebible hoy, imposible en el viejo sistema de las democracias de partido. El Gobierno trabajaba libre de preocupaciones ajenas al interés único del Estado. Franco daba a cada uno libertad para administrar su parcela de poder, y cuando lo requería el momento político nacional o internacional, les enviaba el motorista. Así se hizo el milagro. Así de sencillo. Ángel Palomino. Alférez Provisional y escritor. Madrid marzo 1985.