
Cubierta del libro. Del fotógrafo valenciano Agustí Centelles Ossó, propiedad del CDMH.-Centro Documental de la Memoria Histórica. (Archivo estatal dependiente del Ministerio de Cultura ubicado en Salamanca)
En una reciente visita que Pepe, el pequeño de mis hermanos, me hizo a Zaragoza, me trajo un libro maravilloso. Como quiera que en muchas partes del libro vi reflejado el viaje que también hizo mi padre entre 1936-1939, hoy os cuento parte del mismo, mezclado con algunas de las misiones reflejadas en su hoja de servicios que coinciden y son, de alguna manera, viajes a la memoria de la Guerra Civil Española.
Que, ¿cómo se llama el libro? Y de que va: No es del ayer, ni del mañana, y aunque debería llamarse «Elhoy», el autor es Julio Llamazares y el libro se titula: «EL VIAJE DE MI PADRE» de la editorial Alfaguara 2025.
La gran diferencia que hubo entre ambos, es que al padre del autor según sus palabras, en una noche amoratada, le creció un fusil entre las manos, y con los zapatos sucios de miedo y tristeza, se marchó a pisar aquella España llena de sangre y odio; mientras que el mío, con su vocación militar de siempre y las botas relucientes, se empeñó en limpiar la piel de toro de pillos, maleantes y de los aventureros foráneos que la querían destruir, y a todos aquellos que nadie había dado vela en nuestro propio entierro.
Mi padre murió pronto, un 29 de septiembre con setenta y siete años en 1977, (iba con el siglo) y sus recuerdos quedaron en en ese limbo de la memoria en el que se desvanecen las vidas de los que nos precedieron y a los que no escuchamos lo poco que contaban, cuando estaban vivos. Luego nos arrepentimos de ello y, como yo ahora, tratamos de reconstruir sus pequeñas historias con los retazos de lo que se quedó en el aire, y que torpemente aún hoy alcanzamos a recordar, pero cuando uno busca un camino suele acabar encontrándolo, no sé si me me sucederá a mí, ¡ojalá salga victorioso frente a esa lluvia amarilla que es el olvido!.
Lo poco que viajó casi siempre fue por obligación y de uniforme: Galicia, Marruecos, Jaca, Madrid, Sevilla, Mahón… El último viaje le llevó a cruzar la península ibérica desde su Galicia natal al Mediterráneo, con la columna gallega, pasando por Asturias, Navarra, Aragón (Teruel), y Valencia (Castellón)… que lo marcaría para siempre, pues fue para ir a la guerra, de la que volvió milagrosamente, ya que le tocó participar en algunas de las peores batallas de la contienda civil española: como las de Teruel y Castellón, con su punto de inflexión en la sierra de Espadán, espina montañosa que desciende hasta el mar desde Teruel separando las provincias de Valencia y Castellón.
Como aperitivo a lo que se le venía encima, el 30 de junio de 1932, estando destinado en el Regimiento de Infantería nº1 de Madrid, parte con su batallón de la estación de Atocha de Madrid dirección a Sevilla, con el objeto de sofocar la intentona revolucionaria anarquista continuación de la matanza acaecido en Casas Viejas (Cádiz). Llegan a Sevilla el día 11 de agosto donde toman y desfilan por el centro de la ciudad sin pegar un solo tiro. Del 12 al 19 presta los servicios de vigilancia asignados a su batallón para el mantenimiento del orden público y regresan a Madrid el día 31.
El 17 de julio de 1936, sale de Madrid con su mujer y un niño de siete meses para «disfrutar» el permiso de verano en La Coruña, donde se presenta en el Gobierno Militar el día 20, fecha en que se declara el estado de guerra en la ciudad de los cantones, y ese mismo día nuestro resabiado teniente, se presenta en el Gobierno Militar y al subir su espectacular escalera llenas de bellas vidrieras de colores, se cruza con un capitán que encañona con su pistola la nuca de un coronel, y de repente vienen a su memoria los recuerdos de Jaca,… pero de esto hablaremos otro día.
El Gobernador Militar de La Coruña le agrega al Regimiento de Infantería Zamora nº29, y el día 15 de agosto de 1936, sale con su batallón en dirección al Cinturón de Oviedo formando parte de la Columna Gallega al mando del general Aranda. Asturias, Navarra, Teruel y Castellón serían su zona de acción los años 1936, 37 y 38.
En 1937, guarneciendo las posiciones de Olivares (Oviedo), al mando de su unidad rechaza los fuertes ataques del enemigo los días 21, 22, 23 y 24, de febrero, siendo felicitado en unión de todos los jefes de unidad por S.E, el Generalísimo con fecha del 1º de marzo, y pocos días más tarde por el general Martín Alonso.
Mientras se consumaba la maniobra sobre Santander, el general Aranda prepara la campaña de Asturias, después de tantos meses a la defensiva, llegaba la hora de la ofensiva para su unidad y sus siguientes objetivos serían Castropol, Luarca, Oviedo…, más tarde embarcó en tren hacia Calahorra…, hasta que queda destacado con su compañía en Zuera, y de ahí a pasar unos días en Zaragoza como descanso del guerrero, antes de entrar en el frío Teruel por Santa Eulalia.
Y de pronto se encuentra en plena batalla de Teruel, una de las más terribles de la guerra civil donde aquel invierno el viento rugía cada día a más de ochenta kilómetros por hora, nevaba con fuerza y el suelo se convertía en hielo.
Formando parte de la División 83 al mando del general Martín Alonso una vez roto el frente y ocupando todas las posiciones enemigas, al amanecer del día 7 de enero de 1938, su compañía en vanguardia alcanza el objetivo marcado, la margen derecha del rio Alfambra, y después de acampar en el pueblo siguen su camino dirección a Pata de Sallina, Cerro Gordo…, pero es en Cuevas de Vinromá, el pueblo, donde hoy las huellas de la Guerra Civil están más presentes, no en vano ese pueblo fue el centro de la resistencia que detuvo el avance de los nacionales durante un mes, mientras las fuerzas republicanas intentaban organizar la defensa de Castellón.
Siguiendo ese camino, también, quizá encuentre algunas de las pocas historias que mi padre me contó, como el frío pasado en aquel invierno terrible del año 1937 en Calamocha, un pueblo que, junto con Molina de Aragón, al oeste, y Teruel, al sur, delimitan el llamado triángulo del frio, o como combatían en su unidad el escorbuto a base de las naranjas de Castellón…, historias a las que yo no prestaba atención como haría hoy si pudiera.
Hace poco, estando yo en Jaca, uno de sus suboficiales me contó que en esos años de guerra sus hombres le adoraban, y como siempre casi sin palabras, sólo con su ejemplo y conducta los empujaba. En su compañía, el termómetro que marcaba de manera inequívoca las acciones en que ese día se verían envueltos, era su cabeza, más concretamente, si al amanecer aparecía con ella protegida con el casco y no con el gorro cuartelero, pues debido a su eterna calvicie, le resultaba muy incómodo llevar siempre puesto aquel obsoleta prenda sin forro interior. Solo se lo ponía cuando preveía un día agitado. Todos lo sabían y enseguida le imitaban.
La geografía y los paisajes conservarán aún flotando como una pátina sobre él, pues la historia permanece en los lugares en los que sucedió como las palabras bajo la memoria.
Recuerdo que un día me contó algo de su paso por Morella, esa joya medieval amurallada y uno de los pueblos más bonitos de España, coronada por un imponente castillo a más de 1000 m de altura. Hasta puede que ahí comprase un paquete de sus famosas cerezas, y que hoy a unos pocos, llegada esta época, les gusta recordar; «cuando llegue el tiempo de las cerezas,/el alegre ruiseñor y el mirlo burlón estarán de fiesta,/las mujeres hermosas tendrán la locura en la cabeza/ y los enamorados sol en el corazón…»
El que fuera himno de los revolucionarios de la Comuna de París, la canción que, según la leyenda, un soldado le cantó a una enfermera antes de morir. Pero en la guerra no hay tiempo para la poesía, me hubiera dicho.
Durante el mes de abril de 1938 en Castellón y debido a su intrincada orografía, el avance de su unidad era de cota a cota, para no aburrirles: El día 23 su unidad toma las Lomas de los Árboles, el 24 la de los Vértices, el 25 Montecanico, y el 26 la tristemente famosa cota 300, después de rechazar continuos ataques enemigos.
El día 3 de mayo de 1938, reanuda el avance hacia Cuevas de Vinromá. Al día siguiente en el avance a Casa Roja cuando iba con su unidad en vanguardia del Batallón, es herido por bala enemiga en la pierna derecha de pronóstico grave, siendo retirado en camilla al puesto de socorro y de allí al día siguiente 5 de mayo, evacuado a Zaragoza donde permanece en el hospital hasta el 8 que es evacuado a Pamplona, permaneciendo en este hospital hasta el 16 del mismo mes que fue evacuado a La Coruña, la ciudad de donde inició este viaje.
Tras atravesar España de punta a punta arrastrando toda suerte de peligros y desdichas, al final no pudo ver este mar Mediterráneo, que le hubiera parecido un sueño y que le habría recordado a la ría de Vigo, la más profunda y meridional de las Rías Bajas de su querida Galicia.
Su batallón continuó hasta Vinaroz, donde el general Camilo Alonso Vega se santiguó con agua del mar mediterráneo, emulando lo que Cristóbal Colón hizo al llegar a América.
Hace poco pensando en Vigo, la ciudad donde nació, si alguien me hubiera preguntado si lo hacía para recordarlo, le contestaría con un vocabulario digno de un profesor o maestro de los antiguos tiempos, «No, vengo a recibir órdenes».«¿Órdenes de quien? Me preguntarán «De mis antepasados». Le contestaré, y es que fueron en total 48 años 3 meses y 5 días de permanencia en el Ejército, de los cuales 4 años 5 meses y 29 días como abonos de campaña, entre África, la Revolución de Asturias y la Campaña de Liberación Nacional.
Hoy me consta que siempre estuvo a gusto con el ejército romántico y no materialista en que vivió, y de sobre siempre se sintió recompensado, tanto en el aspecto de premios como en la cantidad de dinero que cobraba. (Nunca le oí decir ni una sola palabra de ambos temas). Seguro que conocía lo que Napoleón ya comentaba:«No se paga el valor con dinero», y en cuanto a trabajos que el militar pudiera ejecutar que, «No serían asalariados,ni podrían serlo nunca, es una deshonra decía, ya que sólo por honor el soldado, ciertos trabajos haría».
Hoy en España muchos quieren comprar y conocer este libro y a estos hombres, los que se sobrepusieron a la fatiga y al cansancio…, pero siempre reciben la misma respuesta: Lo siento, están agotados.
Hace casi 50 años que murió mi padre y ahora que me voy haciendo viejo, poco a poco voy conociendo su vida militar, y a medida que en ella me adentro le admiro más que nunca y le quiero como siempre.
A mi hermano, a la vez que le agradecía su visita y su regalo, le contesté con este ovillejo, aunque el rigor métrico de los versos que lo componen deje mucho que desear.
Con cota de malla, yelmo, peto y espaldar
espada al cinto, y empuñando la alabarda,
por Toledo, en Semana Santa, desfiló,
«Armado».
Después de interpretar una canción,
parcheando la prestación económica,
pasando la pandereta en París con la tuna de aparejadores triunfó,
«Tuno»
Disfrutando en San Isidro con su abono en Las Ventas
por la Puerta Grande salió,
«Torero»
Recuerdos de vuestra visita que nunca olvidaremos:
«Armado»,«Tuno» y «Torero».
Coronel de Caballería ® Ángel Cerdido Peñalver
Zaragoza Mayo 2026.