
Sophia Schliemann con las joyas de oro del Tesoro de Príamo, supuestamente usadas por Helena de Troya en el año 1200 a.C.
Al salir de la Academia Militar y antes de hacer ningún curso estuve destinado en un Centro de Instrucción de Reclutas. Llegaban los soldados cada tres meses procedentes de todas las tierras de España. De todos los niveles de conocimiento, formación y educación. ¡Qué buenos soldados!
Cuando empezábamos a filiarles ya les notabas en la cara y en los gestos quien iba para cabo. En cierta ocasión al preguntarle a un grandullón, fuerte como un toro, su profesión, contestó alto y claro:
-Joyero mi teniente.
-¡Caramba! ¡Qué bonito oficio! ¿Y qué tipo de joyas haces?
-No mi teniente, no hago joyas, yo soy joyero de hacer joyos.
No, no me tomaba el pelo. Era así, joyos era lo que él hacía, un buen oficio para zapadores; sin título reconocido fue aquel muchacho uno de los mejores cabos que tuve en la compañía. El joyero hacía joyos, pero hubiese hecho, mejor que nadie, joyas o lo que le hubiesen enseñado. Un par de másteres y la vida solucionada. Se limitó a ser un buen cabo, pero de verdad.
Era, fue y seguro que sigue siendo sin necesidad de engañar a nadie.
Ahora se lleva ser ex para ser in. Expresidente del gobierno, o de la inteligencia (natural), o de un ministerio, o de un gabinete, o de cualquier cosa que conlleve amigos y enemigos cogidos por donde agarras al dentista. Hay muchos agarrados por ahí.
Con el epígrafe de «Habilitación de material» se compraban joyitas, pero buenas. No hay cinco tenedores que se precie sin alguna historia del espía de turno que grabó aquello y lo otro.
Siempre me resultó admirable la búsqueda de «las joyas de las coronas» ya que son documentos que nos hablan de la historia de un mundo de amor y guerra. Cada joya es una batalla y reside el auténtico valor en su historia, más que en la piedra o el oro, si quien la luce es protagonista de la dignidad que supone su adorno.
Heinrich Schliemann soñaba con Troya y la Ilíada y la Odisea se convirtieron en su alimento diario hasta descubrir el emplazamiento de Ilión. Schliemann se lanzó con entusiasmo a la búsqueda de la legendaria ciudad y el 31 de mayo de 1873, a una profundidad de ocho metros y medio, el alemán hizo el mayor descubrimiento arqueológico del siglo XIX: el «Tesoro de Príamo», famoso rey de Troya cantado por Homero, un conjunto de casi nueve mil piezas de oro, plata y bronce.
Con numerosas piezas del tesoro adornaría a su bella esposa, la griega Sophia, cuya fotografía recorrió el mundo dando así visibilidad a su descubrimiento.
Estos días de joyos y joyas me ha venido a la memoria el recuerdo y las razones que dan grandeza a esos adornos tan caros y valiosos más que por su valor material por la historia que traducen. El escudo de Aquiles, sus armas; los Pendientes de Ganímedes o El Anillo de Minerva; pero no todas las joyas admiten a cualquier cuerpo para lucirlas. El rechazo a ciertos poseedores nos hace pensar en su poder. El Diamante Azul o la Perla Peregrina traen historias que obligan a pensar en sus poseedores.
Nunca soportó una joya a quién las esconde. Porque aquí a lo que sospecho, no adorna la joya al pecho, que el pecho adorna al vestido; porque su historia es de cómo procede. Es por ello que no admite oscuros y lóbregos joyos ni que su viaje se convierta en pagos a corrupciones.
Heinrch Schliemann ha pasado a la historia por desenterrarla, por darnos es tesoro de nuestro pasado y, Sophia, su esposa fue el símbolo que adornó su vida y pasión por entregarlo todo.
Otros entierran las joyas en inmorales joyos convirtiendo la historia en una pocilga donde se esconde el engaño.
Nada peor que apoderarte de los trofeos que no te corresponden, sustraidos a los ciudadanos que confiaron en tu discurso.
Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)
Blog: generaldavila.com
27 mayo 2026