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Estamos con una aguda sensación de vacío o inexistencia. Nada: una carencia absoluta de esperanza. La muerte, guiada por la ineptitud, por la corrupción o, todavía peor, por la soberbia, se instala en el día a día e interrumpe nuestro más elemental camino: vivir.
José Hierro se despedía con un verso tan terrible como desesperante: “Después de todo, todo ha sido nada,/ a pesar de que un día lo fue todo”.
Era muy sencillo: todo, era una vida plena, sencilla, desarrollada mal que bien, pero en propiedad. Arrebatada por otros es nada. Muerte sin más: nada.
Freud y Einstein dialogan sobre tanta muerte que no distingue entre paz y guerra. La conclusión nos arrastra hasta un pesimismo escatológico: “El ser viviente protege en cierta manera su propia vida destruyendo la vida ajena”. Parece imposible que ante la muerte accidentada nadie asuma su parte de culpa; y algo peor: que haya quien huya de su responsabilidad y señale a otras causas y causantes. Siempre nos persigue: ¿por qué?
Desde hace tiempo, en España gobierna la mentira. Ante todo, proteger el yo que se conjuga en modo indicativo presente: Yo miento. La paradoja de Epiménides. Así empezó este Gobierno de Sánchez y así va a terminar.
Ya es hora de enfrentarse a ellos sin temor y que nos devuelvan la libertad; al menos para vivir con cierta tranquilidad y no en la permanente duda que supone estar perseguido hasta en el más inocente de los lugares por las negras sombras de la muerte escondida, unas veces en la corrupción, otras en la incompetencia. Siempre en la maldita duda.
Todo nuestro afán se reduce a crecer y vivir en paz y armonía; a poder elegir, decidir, sonreír, incluso sufrir, pero en la confianza de que a quien has confiado tu seguridad y vida no te quitaba de repente la escalera para decidir, al libre albedrío, si subir o bajar. “Si necesitan más recursos, que los pidan”.
Alguien respondió: Solo queremos vivir sin la amenaza del psicopompo Caronte al gobierno de la barca. No había nada detrás de su fachada. Solo su poder y soberbia, que les permite transformar a los hombres en cosas. No tenían otra cosa que la nada.
Empieza la cuenta atrás y todavía es posible que alguien crea que la situación es coyuntural y puede revertirse, pero la ligereza de los que manejan a los hombres y las cosas que tienen, o creen tener, a su merced ha alcanzado un punto de no retorno.
“Bueno, son las cinco, no he comido”. Tendré que ir terminando porque les aseguro que no es fácil expresar con rigor y respeto el sentimiento razonado (un imposible) del dolor del abandono en una vía de tren o en la frontera de tu nación.
“He trabajado y he descansado también, ese es mi derecho”.
“Pues ya está. ¿La Fiscalía de quién depende?”.
Quizá ahora entendamos mejor que “la máquina del fango” son ellos, un auténtico artefacto del miedo y que alguno inicia la nueva andadura creyéndose Prometeo.
La “campaña del amor” se pone en marcha desde el dolor y el llanto.
“No hay beneficio mayor que el de parecer loco porque se es bueno”, y Prometeo contestó a Océano: “Ese defecto parece ser el mío”. ¡Cuánta hipocresía!
Rafael Dávila Álvarez
6 de noviembre de 2026