No hubo honores militares. No sonaron las 21 salvas reglamentarias. Su estruendo haría temblar Dar al-Majzén. El Himno Nacional acallado tras los muros. Silencio. El Estrecho escucha tras las cortinas del Mediterráneo y el Atlántico. Es como izar la bandera a media asta.
No hubo frontera que visitar porque un Gobierno desnortado no sabía dónde empezaba España ni dónde terminaba. La historia fragmentada. Un traje de retales.
Mirarlo todo no es la solución, sino verlo todo.
Los Reyes llegan a Ceuta y Melilla después de dos meses de desafío a la integridad territorial de España. El símbolo que representa la unidad de España llega después de un tiempo de angustia. El clamor era: ¡España! ¿Dónde está España? En algún momento, Ceuta se sintió abandonada a su suerte. Allí no llegaban más que ideologías de ruptura, discípulas de Epiménides. Nada peor que el conjunto de la nación caiga en manos de quien inició su gobernanza con el lema «Yo miento». Nada encaja, aunque todo es posible.
Hasta retrasar el viaje de los Reyes con supuestos arreglos de vecindad y dejar el arte de las relaciones exteriores en manos de aficionados.
¡Por fin! España se encuentra con España al otro lado del estrecho de Gibraltar, y las dos visitas se resumen en tres palabras:
«Creo importante reiterar aquí, alto y claro —aunque no haga falta—, algo que es obvio: que Ceuta y Melilla son una parte irrenunciable de la realidad política y nacional que es España. La soberanía y la integridad territorial de nuestro país no son negociables: son indiscutibles. Y ante cualquier riesgo, nuestra obligación es su defensa y preservación».
«No son negociables». Ceuta, Melilla y los peñones, desengáñense Marruecos y su porquero: «No son negociables».
Claro que el Rey lo es de España, y no conviene olvidar la frase completa, que es un aviso a navegantes: «La soberanía y la integridad territorial de nuestro país no son negociables».
Navegantes que también surcaban las aguas territoriales de Ceuta el día de la invasión. La fragata marroquí Mohamed VI, todo un lujo; algún patrullero, junto con algunos barcos de pesca. No sabemos —lo sabremos algún día— si pescaban o pirateaban como aquellos de 2002, cerca de Perejil, armados hasta los dientes. Aquí nadie abre la boca.
Sabemos que hubo «negociaciones diplomáticas».
Pido disculpas por lo que les narro sobre las «negociaciones diplomáticas», pero creo que el ejemplo es esclarecedor y no todo el mundo conoce cómo suelen desarrollarse. Sirva de ejemplo.
Enseguida entenderán su significado y cómo la malsonante palabra alcanza toda su fuerza expresiva leída en su contexto. La narración, en ocasiones, exige literalidad.
En la época en que por el Sáhara Occidental, tan español, patrullaban nuestras queridas tropas nómadas a camello, eran frecuentes los encuentros y desencuentros con las equivalentes fuerzas argelinas de vigilancia de la frontera. Las fronteras eran difuminadas y difíciles de materializar en horizontes inabarcables y paisajes cambiantes, dibujados al gusto del viento y la luz. Todo era igual, pero distinto según el momento y la intención de la mirada. Es tierra de valientes y astutos soldados. El indomable desierto pone a prueba a sus hombres.
Uno de los que salió fortalecido de la contienda en aquella belleza hostil fue un pequeño —solo de estatura— comandante que solía acompañar a camello a sus patrullas por las difuminadas fronteras. El encuentro con las equivalentes fuerzas argelinas era frecuente y se producía dentro de esa cordialidad propia de los hombres del desierto, pero sin fiarse ni de la más mínima brisa.
Se produjo en uno de aquellos encuentros, en la soledad inabarcable, donde todo es nada y nadie.
—Estás en mi tierra. Has cruzado mi frontera.
Que sí, que no. ¿Dónde están las marcas?
—El equivocado eres tú…
Los nervios afloran. El diminuto comandante baja del camello. También el oficial argelino. Frente a frente, se miran sin hostilidad, pero con firmeza. Hay muchos propósitos hostiles que no van acompañados de enemistad en el sentimiento. En asuntos tan delicados como los de las fronteras, los errores que se cometen por complacencia o benignidad son los más perjudiciales. Hay que mantenerse firme, con todas sus consecuencias.
El comandante español parece más pequeño al hundirse en la arena, abriendo ostentosamente las piernas. Se oyen sus palabras en el silencioso desierto. No es necesaria ninguna traducción. Todos entienden aquel idioma.
—Aquí la frontera la marcan mis cojones a modo de perpendículo.
El oficial argelino no entiende muy bien, pero se humilla. Baja la cabeza. Gestos de despedida y… ¡Con Dios…! Aquí no ha pasado nada.
El camello no sufrió avería. No requiere mantenimiento.
Se averió la fragata Santa María, que tuvo que ser sustituida por la Navarra. Un buen amigo que sabe de esto me dice que bastante hace con mantenerse a flote.
El gesto también cuenta en la guerra. La guerra también está hecha de gestos. La de Ceuta la teníamos perdida.
Los Reyes, con su presencia, han desplegado todo un ejército de soluciones que se aventuran difíciles. El planeamiento está hecho. Veremos la ejecución. Los ejércitos están formados y solo hay que seguir al abanderado.
General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez
15 octubre 2026
Blog: generaldavila.com