«BOINAS VERDES A CABALLO» Coronel de Caballería ® Ángel Cerdido Peñalver

 

Soldado a caballo con su Panasonic Tough-book 56 en Afganistán.

A las 8,46de la mañana del 11 de septiembre de 2001, el vuelo 11 de América Airlines, volando a una velocidad de 800 kilómetros por hora, embistió la torre norte del Woorld Trade Center. Casi cuarenta mil litros de queroseno aviación explotaron con la potencia de 7 millones de cartuchos de dinamita.

A las 9.03 de esa mañana el vuelo United 175 chocó contra la torre sur.

Treinta y cuatro minutos más tarde, el vuelo América 77 descendió en picado y embistió el Pentágono.

Y a las 10.03 de la mañana del mismo día, el vuelo United 93 explotó en un campo cercano a Shanksville, en Pensilvania.

Fueron  hombres y mujeres pertenecientes al Grupo Quinto las Fuerzas Especiales norteamericanas y agentes de la CIA, a quienes, los pocos días de esos atentados, se les encomendó la tarea de derrotar a los talibanes de  Afganistán, lo que consiguieron en una campaña de dos meses combatiendo junto a 15.000 afganos de la Alianza del Norte, coalición militar afgana, que luchó contra el régimen talibán desde 1996, y que jugaron un papel decisivo en su caída  en 2001, actuando como aliados terrestres de EE.UU. gracias a su conocimiento de su intrincado terreno y a sus dotes como jinetes.

Entrevistando a los supervivientes y recorriendo el terreno en que combatieron, estas historias nos las contó el escritor norteamericano Doug Stanton en su magnífico libro «Soldados a caballo», y que a mí me han servido para hilvanar estas líneas.

Obligados a luchar entre aquellas montañas y desfiladeros, los guerrilleros americanos lo hicieron muy bien a caballo junto a los afganos. Antes de partir a una de las misiones, la más larga y complicada, un soldado afgano se acercó a nuestros hombres, con unos caballos de reata, estaban  descalzos sin herraduras y tenían unas alzadas tan pequeñas que parecían ponis. El jefe de los boinas verdes preguntó:

—¿Quien ha montado a caballo antes?.

Solo dos levantaron la mano.

—De niños, en los campamentos de verano, dijeron.

El Ejército de los EE.UU. entonces no contemplaba la práctica de la equitación, aunque si desarrollaba el curso denominado «Senderos Polvorientos» en las montañas rocosas del Colorado, donde se enseñaba a los soldados a trajinar con las mulas de carga en esos terrenos, pero nadie en Washington podía imaginar  que estos soldados modernos en pleno siglo XXI harían  una guerra a caballo.

El capitán que había montado una o ninguna vez, se encaramó en uno, se agarró a la crin con una mano y sujetó las riendas con la otra, metió sus botas en las estribos que solo abarcaban la punta de sus pies, y aún siendo consciente de que tenía un aspecto cómico, siguió con su pedagógico método, y golpeando con sus talones en las costillas del animal les dijo—así es como se hace andar esta cosa, y así como se hace que gire, dijo tirando de una rienda, y así como se le hace parar tirando de las dos hacia atrás. ¿Entendido?

No olvidaros de animarlos con la palabra ¡Cho!, que en idioma darí (variante del persa hablada principalmente en Afganistán), significa ¡Arre!.

Los afganos son buenos jinetes y la causa principal es que son muy aficionados al buzkashi (atrapa la cabra), actividad ecuestre practicada en Asia Central y Medio Oriente. En Afganistán está considerado como  deporte nacional. Durante el primer régimen talibán la práctica de este juego estuvo prohibida, es por esa razón que durante el colapso del régimen volvió a practicarse todos los viernes en Kabul. Sin embargo, tras la vuelta al poder de éstos, el deporte quedó prohibido nuevamente.

Me recuerda al juego del «Pato» de los gauchos argentinos: Deporte ecuestre donde dos equipos luchan por llevar una pelota, hoy con manijas de cuero a un aro, basado en el juego que antaño, desde el siglo XVII lo hicieron con un pato vivo. Todos ellos son el origen del actual «horseball», espectacular mezcla de baloncesto, rugby y polo.

—Bien, una cosa más les dijo, si vuestro caballo al asustarse se os va de caña y os tira al suelo, podéis quedar enganchados al estribo, coged la pistola y dispararle en la cabeza, sin más. Los estribos eran anillos de hierro alisados a martillazos y colgaban de la montura por unos cueros a moda de acciones de estribo que no se podían acortar ni alargar.

Ahora sus hombres le miraban como si hubiera enloquecido.

Después de esta gran y pedagógica primera lección, los soldados a caballo asintieron, y sin más se prepararon para recorrer el largo trayecto que les esperaba algo más de 100 kilómetros, desde el 19 de octubre en  campamento base de  Dehi, hasta Mazar-I.Sharif el 10 de noviembre de este 2001.

Días más tarde, nuestro comandante informó que le partía el alma ver como combatían los afganos, lisiados y llenos de cicatrices. Hombres entrando a caballo en una lluvia de fuego, hombres que no tenían nada, y sin embargo le ofrecían todo, hombres que morirían por él. Esto es parte de lo que le dijo al Pentágono en uno de sus informes diarios desde la pantalla de su Panasonic Tough-book 56:

— He observado como un soldado con su fusil AK-47, recorrió a pie más de quince kilómetros para acudir al combate, y al llegar me mostró orgulloso la rústica prótesis de su pierna derecha desde la rodilla hasta el suelo.

—También presencié cómo la caballería atacaba los baluartes talibanes bajo el fuego de morteros, y artillería, y todo esto con una escasa atención médica. Si había heridos, se los llevaban en burros al puesto de socorro, que era una casucha de tierra sin más.

La mayoría de los soldados afganos no sabían leer y se extrañan cuando me veían leer mi andrajoso ejemplar del «Arte de la guerra» de Sun Tzu:…Toda la guerra se basa en el engaño;… Se veloz como el viento, majestuoso como el bosque; …Cuando asaltes y saquees, muévete como un rayo;… Cuando estés cerca, haz que parezca que estás muy lejos….

Los muyahidines siempre me están diciendo que se alegran de que los EE.UU. hayan venido. Todos hablan de sus esperanzas de construir un Afganistán mejor después de que se hayan ido los talibanes.

Tras las últimas victorias, las operaciones de combate en el norte de Afganistán empezaron a reducirse paulatinamente. Se había derrotado  a los talibanes, y la Alianza del Norte estaba al mando. Pronto llegaron las fuerzas convencionales del ejército norteamericano y del cuerpo de Marines de los EE.UU. en grandes cantidades e iniciaron la campaña a largo plazo para afianzar el país y dar caza a Osama bin Laden y a Al Queda. (Red terrorista internacional)

Al final de todas estas largas jornadas a caballo, con la misión cumplida, cuando todo parecía estar en calma, los jinetes fatigados y quebrados por el riñón, se retiraron a descansar sintiéndose  más «Centauros legendarios» que sus paisanos, los jinetes más famosos del oeste americano, incluyendo a figuras legendarias como Buffalo Bill, al forajido Billy el Niño y a los indios comanches, célebres por su destreza ecuestre.

A mediados de 2002, todos los soldados a caballo ya estaban de camino a casa. A su regreso, los periodistas norteamericanos pedían a gritos las historias de estos jinetes que galoparon bajo el fuego enemigo, pero que tras un breve periodo de celebridad en la televisión y periódicos, se quedaron en silencio, fieles como siempre a su divisa de profesionales silenciosos. Pocas entrevistas ofrecieron, y por desgracia pocos libros escribieron, pero con su silencio  también ellos nos supieron legar una tradición y una forma de vivir: el «Espíritu Jinete».

Al cabo de unos pocos años,  uno de esos jinetes supervivientes, en una fría y gris mañana de diciembre, lo enterraron en el Cementerio Nacional de Arligton, en una zona en la que también se había dado sepultura a uno de los soldados que habían izado la bandera en Iwo Jima.

Ese día, las barras y estrellas estadounidenses ondeaban a media asta en toda la ciudad, y en lo alto se habían colgado luces de Navidad de forma que se podía leer:

«Dios bendiga a  América». 

Coronel de Caballería ® Ángel Cerdido Peñalver

Zaragoza mayo 2026.

Blog: generaldavila.com

 

 

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