El 30 y el 31 de julio de 2026, Ceuta dejó de ser solo una crisis migratoria. En pocas horas cruzaron la frontera, a pie o a nado, entre 72.000 y 80.000 personas, una cifra equivalente a la población de la propia ciudad. Algunos regresaron. Quedaron miles. Se calcula que 20000. Quedaron más de ciento cincuenta muertos en aguas españolas. Y quedó una pregunta que ya no puede despacharse como alarmismo: si aquello fue un aluvión espontáneo o una operación de zona gris contra la soberanía española.
La Unión Europea reconoce la instrumentalización de flujos humanos como modalidad de guerra híbrida. En Ceuta encajan varios de sus rasgos. No hubo declaración de hostilidades. No hubo uniformes enemigos en formación de combate. Hubo, en cambio, un volumen de gente suficiente para saturar la respuesta del Estado, redes sociales que anticiparon la avalancha y una frontera que, durante horas, dejó de funcionar del lado marroquí. El informe del Centro Nacional de Inmigración y Fronteras remitido a la Audiencia Nacional no describe un fenómeno casual: habla de planificación previa, de dirección sobre el terreno y de un «guiado activo» por gendarmes uniformados y por individuos de paisano que monitorizaban el flujo y daban indicaciones. La finalidad migratoria, sostiene el documento, operaría como cobertura formal. El dato encaja con otro: cerca del 25 por ciento de quienes entraron permaneció. Era una masa para desbordar.
Esa masa no salió de la nada. Marruecos arrastra un paro juvenil altísimo y una juventud ociosa, conectada y descreída. El Rif, además, conserva una desconfianza histórica hacia el Majzén. Convertir a miles de jóvenes desesperados en instrumento de presión tiene una lógica cruel: se exporta el malestar, se prueba la frontera europea y se evacúa, de paso, una energía social incómoda. Que Rabat lo haya concebido como plan maestro o que lo haya dejado ocurrir y luego aprovechado es, todavía, objeto de disputa política. Lo que ya no es disputa es la asimetría: cuando Marruecos quiere cerrar, cierra. El 15 de agosto lo demostró al abortar un nuevo llamamiento. Quien controla el grifo no puede pretender que el diluvio fue un accidente meteorológico.
Tampoco es ocioso preguntarse quién más cruzó con la masa. Un dispositivo de esa escala ofrece cobertura natural a equipos de inteligencia. El informe policial identifica precisamente a esos «dinamizadores» que no se comportaban como el resto: observaban, se apartaban de las vías de paso, usaban el teléfono y trasladaban órdenes. No hace falta imaginar una novela de espías. Basta con leer lo que ya está sobre la mesa judicial.
La ciudad no fue conquistada a cañonazos. Quien diga que Ceuta está «ocupada» salvo el centro comete una hipérbole. Quien diga que solo hubo un susto pasajero comete otra. La vida urbana se ha quebrado : comercios cerrados, playas convertidas en campamento, servicios al límite, miles de personas todavía en calles y lomas semanas después. Una ciudad de 83.000 habitantes no absorbe un golpe de esa magnitud sin que la percepción de control se resquebraje. Eso es, en términos políticos, una violación de la integridad territorial aunque no se dispare un solo tiro.
Rabat ha olido debilidad. El Gobierno de Pedro Sánchez insistió en las mafias, elogió la cooperación marroquí y ni siquiera admite la hipótesis de responsabilidad estatal. El contraste con el informe policial alimenta la sospecha pública: no de un pacto secreto demostrado —eso no está acreditado—, sino de una diplomacia tan temerosa de enfadar a Rabat que prefiere diluir los hechos. En política exterior, la timidez y la cobardía se leen como invitación.
Sobre Estados Unidos pesa otra sombra. Washington afirma hoy que reconoce la soberanía española sobre Ceuta y Melilla. Al mismo tiempo, un informe no vinculante de la Cámara de Representantes habló de ciudades «administradas por España» y «situadas en territorio marroquí». Trump ha usado Ceuta para vapulear a Sánchez por la inmigración y por el gasto en la OTAN, no para cerrar filas con un aliado herido. El Estrecho es un activo estratégico. Resulta difícil creer que servicios con satélites, escuchas y estaciones en la zona ignoraran lo que el CIFAS español ya valoraba, tres días antes, como «muy probable». Si avisaron y Madrid no actuó, la responsabilidad es española. Si no avisaron, la deslealtad no sería contra un gobierno concreto: sería contra un aliado de la Alianza. Sería no contra un Gobierno. Sería contra España. Hoy no hay prueba pública de esa omisión. Hay, sí, un silencio demasiado elocuente y una relación bilateral envenenada por el Sáhara, las bases y el rearme.
Los servicios de inteligencia españoles advierten de que pueden venir más acciones encubiertas sobre Ceuta y Melilla. Quien ha comprobado que una avalancha humana pone de rodillas a una ciudad europea no suele conformarse con un solo ensayo.
El pueblo, mientras tanto, ha dejado de estar solo confuso. El 2 de septiembre, coincidiendo con el Día de Ceuta, cientos de miles de personas salieron a las calles de más de 260 municipios. En Madrid las cifras oscilaron entre 150.000 y 500000. En Ceuta, decenas de miles gritaron que la ciudad no se vende. No es 1808. No hay un Dos de Mayo a la vista. Pero el paralelismo que recorre las plazas no es literario: es el recuerdo de que la soberanía, cuando el poder titubea, acaba siendo un asunto de la calle. “Ceuta aguanta, España se levanta”.
Las Fuerzas Armadas ya se desplegaron en apoyo de la seguridad interior. Su mandato constitucional es nítido: defender España, su Constitución y su integridad territorial. Lo hacen bajo dirección del Gobierno. La pregunta no es si «saldrán» por su cuenta. La pregunta es si el poder civil les dará, por fin, la orden política que corresponde a la gravedad de lo ocurrido: proteger la frontera como frontera de Estado, no como gestoría de un socio incómodo. Se trata de defender la soberanía nacional y su integridad nacional o ¿acaso la Constitución Española es papel mojado ?
Quedan demasiadas incógnitas. No es una de ellas que Ceuta es España. Tampoco lo es que lo ocurrido el 30 de julio no cabe ya en el eufemismo de una crisis humanitaria. Quien no sea consciente de la coacción híbrida se condena a padecer la siguiente. Y desde luego la sombra de la sospecha de la actuación de los Estados Unidos. ¿ Seguro que la CIA no sabía nada ? ¿ porqué nadie habla de esto ?
Juan Chicharro Ortega. General de División de Infantería de Marina ( R )
06 septiembre 2026