CEUTA Y MELILLA. UNA VISITA REAL SIN HONORES. General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Vuelvo a lo mismo. Insisto por la gravedad que entraña y porque la visita de los Reyes a Ceuta y Melilla regresa de manera permanente a mi recuerdo, como un asunto inconcluso.
Lo funda­mental es la integridad territorial.
Las visitas de los Reyes están llenas de simbolismo y, antes de realizarse, cualquier detalle es analizado hasta concluir lo que es conveniente o no. Hasta los gestos se analizan al margen de la inspiración o personalidad de cada Rey.
Detrás de cada actitud se esconde un detallado estudio, muchas opiniones certeras de grandes profesionales, de todas las disciplinas, para al final: decidir.
Por eso, no tengo ninguna duda: el protocolo de los honores militares a la llegada de Sus Majestades a Ceuta y Melilla estuvo sobre la mesa y se debatió con minuciosidad. El Cuarto Militar de la Casa del Rey emitió un dictamen que, aunque intuimos, desconocemos oficialmente. La lógica burocrática sugiere que el Jefe del Cuarto Militar consultaría al Estado Mayor del Ejército (EME), y este, probablemente, se limitaría a leer el Reglamento de Honores Militares para quitarse la decisión de encima, amparándose en el margen de maniobra que la propia norma ofrece.
¿Quién era aquel político que decía: «Vosotros haced la ley y dejadme a mí el reglamento»? Sí, el conde de Romanones, el mismo del célebre «¡Joder, qué tropa!».
El Reglamento de Honores Militares es cristalino en su artículo 8: «Al titular de la Corona, Rey o Reina de España, le corresponden los honores militares de arma presentada e himno nacional en versión completa. En su caso, también salva de veintiún cañonazos y siete voces de «¡Viva España!»». Sin embargo, tras enunciar los honores, la norma añade una vía de escape: «Se le rendirán… a la llegada a cualquier población del territorio nacional siempre que sea posible disponer de una fuerza de entidad adecuada y así se determine».
Concluimos, por tanto, que fuerza militar hay —y de sobra—; de entidad adecuada, también, y además con un acreditado valor histórico. ¿Entonces? ¿Por qué no se determinó?
Decía el general Patton que cuando todo tu Estado Mayor te da la razón, es que ninguno te está escuchando. Ese es el gran peligro del asesor al gusto del asesorado: decirle al «Jefe (a)» lo que quiere oír, en lugar de lo que debe escuchar. «No es una visita militar; no viste de uniforme; no va a pasar revista a las unidades… Cuando va a Cuenca no se le rinden honores con salvas», argumentarían los asesores de turno. Lo miran todo, pero no ven nada.
Comprendo perfectamente que lo militar pase hoy desapercibido y que a pocos les interese el protocolo castrense. Pero este caso es radicalmente distinto a cualquier analogía que pretenda imponerse. En Ceuta y Melilla, los honores militares eran cruciales. Tanto que, al descender el Rey del vehículo en la españolísima Plaza de África, las notas del himno nacional eran tan necesarias como la propia presencia física del Rey. Y las salvas de veintiún cañonazos debieron resonar con fuerza, recorriendo las aguas del estrecho de Gibraltar.
Es profundamente doloroso sacar conclusiones, pero lo es aún más cuando es del dominio público que las razones fueron el miedo político a Marruecos. Un miedo que, traducido al lenguaje popular, recibe un nombre que incluso encuentra acomodo en el Código Penal.
Lo verdaderamente grave es que, para silenciar los cañones y el himno, todos se pusieron de acuerdo.

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

22 octubre 2026