NUESTROS SOLDADOS JURAN BANDERA EN CÁCERES. General de División Rafael Dávila Álvarez

 

Un familiar, muy próximo y no doy más detalles, quiere ser militar. Ya está en ello. Mi primer consejo es que cumpla con su vocación al máximo, con entrega y sacrificio, pero que jamás se le ocurra dar a conocer su proximidad a mi. Su apellido es irrenunciable, pero tampoco se trata de imitar a lo que tan bien funciona en otros ministerios si te presentas con las siglas de Partido o la contraseña (sin Santo claro). No les voy a dar más explicaciones. Asistiré a su jura de bandera de paisano y entre el público. Si es que hay suficientes invitaciones y se puede asistir.

Hace no mucho tiempo un amigo, además de compañero de armas, me contaba su aventura en la Academia General Militar donde de uniforme asistió a la jura de bandera de uno de sus nietos. Abrevio: trato indignante. Ni caso a su uniforme de la Armada ni a su empleo y antigüedad. Cosas que le ocurren, en ciertos lugares, a los retirados. No siempre, pero mejor es que no lo sea nunca.

Tengo ya por norma no ir a ningún acto militar ni a ninguna unidad donde antes estuve para evitar añoranzas y otras cosas. Te miran como a un fósil.

Les conté mi última aparición por el Ministerio de Defensa (creo haber estado tres veces en toda mi carrera). Aquel día iba de paisano a impartir una charla sobre Comunicación a un grupo de oficiales. Estaba ya en la reserva así que al llegar al Ministerio di mi carné militar en el control de entrada, pero la funcionaria, con cierto desdén, me dijo: «Esto aquí no vale; deme su DNI». Desde aquel día, al que se suman otras experiencias parecidas, me abstengo de esos lugares que en su día fueron mi casa (el ministerio de Defensa por supuesto que nunca lo fue). Para qué pasar un mal rato. Fuiste y a la vez dejaste de ser.

Todo esto viene a cuento porque de nuevo hay que dar la voz de alarma.

Un grupo de conocidos, militares y paisanos, me hablaban entusiasmados del viaje que iban a hacer a Cáceres a la jura de bandera que presidiría el Rey. Les embargaba la ilusión por ser familiares de aquellos jóvenes soldados que juraban bandera.

En el Centro de Formación de Tropa (CEFOT) de Cáceres 1.378 futuros soldados participaron en el acto. Se calcula que asistieron unas 10.000 personas, entre familiares y amigos, lo que es una gran alegría y demuestra que la vocación militar sigue en pie.

No he hecho mucho caso a los comentarios aparecidos en prensa sobre las dificultades de algunos familiares para ver y abrazar de uniforme a los jurandos además de extrañarles la celeridad con la que fueron invitados a abandonar la base militar. No tengo datos concretos, pero sí conozco la reacción posterior del grupo de conocidos del que les hablaba. Aquellos que iban eufóricos a Cáceres han vuelto indignados por el trato recibido y muy desilusionados por la mala organización que no les permitió gozar del momento.

¿Qué eran Muchos los asistentes? Nunca lo son en un lugar como aquel que conozco bien y en el que se puede dar cabida a mucha gente. No hay que ponerse nervioso, sino ser precavido y que nada ni nadie te desborde.

Demasiados «reservados» para «autoridades», vinos de honor y promesas ante el futuro. Todavía tengo en mi mente unas palabras que en cierta ocasión leí a un periodista cuando se empezaba a hablar de la profesionalización del servicio militar: «En lugar de que los ricos paguen por no incorporarse a la milicia, serán los pobres quienes cobren por ir››. Terrible y dañina sentencia que ofende a una de los oficios más nobles y duros que existen y que todavía siguen desde la Administración sin regular su prestigio y futuro. Nadie da salida a unos soldados que al cumplir los 42 años ven su futuro en el paro. Insegura vida en el frente y tanto o más al regresar a la retaguardia.

Vivimos momentos convulsos en los que hasta las estructuras del Estado y los cimientos de la historia de la Nación española no parecen lo suficientemente sólidos para soportar los vaivenes del movimiento sísmico que padecemos. La milicia no es algo ajena a lo que la sociedad vive.

Quiebra la unidad de España y se llega  a vetar la presencia de los Reyes de España o que suene el himno nacional en algunos lugares conocidos.

Rotundas son las palabras del juramento o promesa a la Bandera:

«¡Soldados! ¿Juráis o prometéis por vuestra conciencia y honor cumplir fielmente vuestras obligaciones militares, guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado, obedecer y respetar al Rey y a vuestros jefes, no abandonarlos nunca y, si preciso fuera, entregar vuestra vida en defensa de España?».

Conciencia y honor, la Constitución, el Rey, ¡España!… y entregar la vida.

Dice la Ley de Carrera Militar: ‹‹La disposición permanente para defender a España, incluso con la entrega de la vida cuando fuera necesario, constituye su primer y más fundamental deber, que ha de tener su diaria expresión en el más exacto cumplimiento de los preceptos contenidos en la Constitución, en la Ley Orgánica de la Defensa Nacional y en esta ley››.

Y así una ley y otra. Podríamos seguir, ley tras ley, reglamento tras reglamento, espíritu tras espíritu. Entregar la vida. Esto no es un juego que permita veleidades.

En lo colectivo, las Fuerzas Armadas deben ser imparciales y profesionales en el cumplimiento de sus funciones. La imparcialidad se consigue por la vía del apartidismo, y la profesionalidad mediante la jerarquía y la disciplina. El deber es el deber y además es ley. Lo dice también el espíritu del soldado.

Uno de los Siete Sabios de Grecia, Solón de Atenas, dejó escrita una máxima: ‹‹Que los ciudadanos obedezcan a sus superiores y éstos a las Leyes».

Y se cierra nuestro juramento a la Bandera con la rotundidad de estas palabras:

«Si cumplís vuestro juramento o promesa, España os lo agradecerá y premiará y si no, os lo demandará».

Muchos interrogantes.

Claro que podría ser que yo ya sea un soldado anclado en viejas añoranzas y debiera quedarme en la cuneta dando paso a otro estilo, otra forma de ser y vivir la milicia.

El caso es que conozco y me escriben muchos jóvenes soldados que a pesar de sus dudas siguen con ese espíritu tan nuestro que nos dejó escrito Amós de Escalante:

No hay a su duro pie risco vedado;
sueño no ha menester; treguas no quiere;
donde le llevan va; jamás cansado
ni el bien le asombra ni el desdén le hiere:
sumiso, valeroso, resignado
obedece, pelea, triunfa y muere.

No deben los ejércitos trabajar para una selecta minoría, porque lo suyo es ser todos. Aquí no somos masa, sino compañía. El que esto no lo entienda que no jure bandera.

«La guerra no es triste, porque levanta las almas. La guerra no es triste porque nos enseña que fuera de la Bandera, nada, ni aún la vida, importa».

En Cáceres, en ese lugar sagrado donde se forma a nuestros soldados, no puede haber más limitación a ser y estar que aquello que vaya contra el juramento a la bandera. Porque allí todo el espacio está para los que juran defenderla.

Lo cumplirán. Pero no priven a sus familias de protagonizar el día de su jura de bandera y abrazar a sus hijos de uniforme. Solo eso.

¿Es mucho pedir? Abran paso a España y a los que la aman desde la sencillez y el honor de ser soldados.

General de División Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

28 enero 2026

 

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