ANORMALIDAD INSTITUCIONAL Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

 

«España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político».

«La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado».

«La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria».

Todo eso que acaban ustedes de leer está en la Constitución española. La realidad es otra y España a día de hoy es una interrogación.

Si acudimos al artículo 2 las dudas son aún mayores: «La Constitución española se fundamenta en la indisoluble unidad de la nación española».

Resulta que el símbolo de la unidad y permanencia es el Rey (Constitución. Art. 56).

A Él acudimos cuando vemos que la unidad y permanencia corren grave riesgo. ¿A quién acudir si no es a Él? El Poder Judicial podría intervenir, pero se encierra en la mera interpretación de unos «magistrados» elegidos por los mismos que ponen en riesgo la unidad y permanencia. ¿El Legislativo? Se confunde con el Ejecutivo.

¿Qué puede hacer el Rey?

Según establece el artículo 56.1 de la Constitución española, el Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica, y ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes.

Es decir «Todo: símbolo y árbitro». A la vez nada porque no tiene poder más allá del símbolo que siendo mucho no deja de ser dependiente.

Quizá la Constitución embarulla términos a la hora de hablar de Corona, Monarquía y Rey.

Monarquía es la forma política del Estado. La Corona es la institución que ostenta la jefatura del Estado. El Rey es la persona que encarna o materializa la institución en cada momento.

No hay duda: España ha asumido la Monarquía parlamentaria. La Corona representa la unidad y permanencia del Estado, es hereditaria (sucesión según el orden de primogenitura y representación) y trasciende a las personas concretas que ocupan el trono. El Rey es la persona que encarna o materializa la institución de la Corona en cada momento.

Es decir que muchos piensan que cuando España se disuelve entre independentismos y homenajes  a los que utilizaron las pistolas y las bombas para lograr  su actual puesto político, el Rey algo podría hacer como representación de la unidad y permanencia.

España es un interrogante de futuro. Porque la contradicción es evidente. El Gobierno depende del independentismo, incluso de un prófugo de la justicia española, y hay Regiones convertidas ya de hecho en naciones.

La Monarquía se mostró garante de la unidad constitucional en momentos históricos como el 23F de 1981 con D. Juan Carlos o el 3 de octubre de 2017 con D. Felipe. En los momentos claves la Corona siempre aparece como lo que simboliza: una unidad bajo la convivencia democrática dentro de la Constitución y de las leyes conforme a un orden económico y social justo.

Vivimos momentos de difícil comprensión para todos aquellos que van más allá de la rutina del día a día y ponen el futuro de la nación por encima del suyo propio. A muchos españoles les preocupa y se preocupan por el pasado, el presente y el futuro, lo que les lleva a pensar y luchar por una España unida y en convivencia. En momentos de incertidumbre como los actuales donde la política todo lo abarca dividida en sectores enfrentados visceralmente que incluso pone en riesgo nuestro futuro como nación, es lógico mirar más allá. Al símbolo de nuestra unidad. Allí donde parece encontrar la última esperanza.

¿Cómo sustentar esa esperanza??

Famosos juristas, constitucionalistas y letrados han tratado de explicarlo, pero finalmente ninguno ha sabido traducirlo a román paladino.

No soy yo el más indicado para hacerlo, aunque me atreva a dar una pincelada sobre ese poder Real que se me antoja solo posible desde el momento en que haya un principio de acuerdo entre la clase política: el de la unidad de España. Si no es así entiendo que la función de la Corona pierde su valor constitucional lo que equivale a decir que la Constitución deja de ser el marco de convivencia que nos hemos dado y la monarquía parlamentaria no encuentra encaje como forma de gobierno del Estado.

La Constitución se enfrenta a su incongruencia: una Monarquía parlamentaria, símbolo de la unidad y permanencia, junto a las nacionalidades que, como nadie sabe muy bien lo que eso significa, se interpreta como la posible «España como nación de naciones». Un desbarajuste constitucional que permite al independentismo situarse como árbitro de la política de Estado.

Ese es el orígen del problema al que se enfrenta la Monarquia como unidad y permanencia. Constitucionalmente es; a la vez que no es. Lo cual da lugar a una permanente interpretación de su lugar y posición que depende del Gobierno de turno en un difícil equilibrio para evitar interferencias y malos entendidos lo que, en momentos cruciales, puede hacerla frágil e endeble.

Diagnosticado el problema de nosotros depende la solución, del sentido de nación que tengamos y de la influencia mediática con la que nos impregnen. Dado que no parece que se abra un camino constitucional para evitar que dependamos de partidos independentistas o herederos del terrorismo habrá que buscar otra vía. Está en nuestras manos.

Me parece innecesario decir cómo hacerlo ya que en el enunciado del problema está la solución. Constitución es unidad y permanencia. Como lo es la Monarquía. No debemos admitir una cosa y la contraria, aunque nos la vendan como legal o la interpreten así sabios magistrados elegidos para apoyar intereses ideológicos.

Cuando el Gobierno interfiere en la acción constitucional de la Corona e interpreta sus cometidos o le asigna o exige funciones que no le corresponden, la anormalidad institucional cala en el pueblo y las señales de alarma saltan por todas partes. Algo no funciona o lo hace distorsionado. Es por eso que en momentos de incertidumbre se lanza la mirada por encima de la acción política. La unidad de España está en evidente riesgo. La Monarquía tambien. No es un Rey u otro. El Rey es la persona que encarna o materializa la institución en cada momento.

Es la propia forma política del Estado, la Monarquía parlamentaria, la que está en riesgo al estarlo la unidad de España.

La solución en nuestras manos va más allá que depositar una papeleta cada cuatro años. Hay que ejercer el sentimiento de unidad de España en cada momento y acontecimiento.

Mientras el Rey presidía la final de la Copa del Rey de fútbol asistimos al lamentable espectáculo, permitido, incluso alentado desde las administraciones, de la pitada al Himno Nacional, al Rey símbolo de la unidad y permanencia de la nación española. Debió de suspenderse el partido. Eso no es libertad de expresión. Eso es ruptura y enfrentamiento, un claro ataque a España.

El debate de la libertad de expresión está muy manido y se recurre a él cuando se pretende ocultar hechos delictivos. Pero el problema es de mayor calado. Se trata de romper con la unidad de España y para ello nada mejor que atacar a su mayor poder: el símbolo, sea este el Himno, la Bandera o el Rey.

«Las ofensas o ultrajes de palabra, por escrito o de hecho a España, a sus Comunidades Autónomas o a sus símbolos o emblemas, efectuados con publicidad, se castigarán con la pena de multa de siete a doce meses» (Art. 543 del Código Penal).

¿Que más dá si todo es interpretable?

Circunloquios, medias verdades, próceres reunidos, galanes de troperías que te miran con desdén después de leer tomos y tomos jurídicos, tontos entrando por la Puerta de Alcalá. No caben más en Madrid, todavía capital de España.

Le llaman normalidad institucional al descalabro del régimen ¡Hablen claro! Digan lo que está pasando. Un amigo me dá la clave: España postrada.

Repetimos. Monarquía es la forma política del Estado. La Corona es la institución que ostenta la jefatura del Estado. El Rey es la persona que encarna o materializa la institución en cada momento.

El Rey Don Juan Carlos asistía en la Real Maestranza de Sevilla a la tradicional corrida de toros del día de Resurrección. La Real Maestranza se puso en pié.

¡Viva el Rey!

No ocupó el Palco Real, sino el de la Real Maestranza. El Palco Real, que tantas tardes ocupó su madre Doña María de las Mercedes, queda vetado para Don Juan Carlos. Presuntamente el Rey había pedido autorización para ocuparlo entendiendo que era  el lugar que le correspondía. Presuntamente le fue denegado.

España está huérfana de historia.

En París, en la Asamblea Nacional Francesa, entregaban al Rey Don Juan Carlos el Premio Especial del Jurado del Libro Político por sus memorias Reconciliación. «Nadie es profeta en su tierra». Estuvo acompañado por sus hijas las Infantas Doña Elena y Doña Cristina. La Reina Doña Sofía, presuntamente, mostró su voluntad de asistir, pero…

El pasado fin de semana se celebró en Valencia la reunión de las cinco Reales Maestranzas de Caballería que suele presidir el Rey o algún miembro de la familia del Rey. Las Maestranzas de Caballería surgieron en Andalucía a finales del siglo XVI, siendo la primera de todas ellas la de Ronda (1573), seguida de la de Sevilla (1670), Granada (1686), Valencia (1697) y Zaragoza (1819). La misión de las Reales Maestranzas de Caballería ha evolucionado desde su origen militar en el siglo XVI hacia una labor centrada en el mecenazgo cultural, la asistencia social y la conservación del patrimonio. Mantienen un vínculo histórico con la Monarquía española; el Rey es siempre su Hermano Mayor.

En esta ocasión la agenda del Rey no estaba disponible e iba a presidir la reunión de las Reales Hermandades la Infanta Doña Elena. Hubo repentino cambio: que no asistiese. Presuntamente. ¿Algo que ver con los actos de Sevilla y París?

Presuntamente sí.

En España hablar de anormalidad institucional no puede hacerse en singular porque lo raro y anormal es la normalidad. Todo el discurrir político en los últimos años discurre via anormalidad, pero si solo fuese lo que vulgarmente entendemos por político podríamos darnos con un canto en los dientes. Lo malo es que la anormalidad pase al plano institucional.

¿A qué llamamos plano institucional?

Por ejemplo.

Un señor que ocupa el cargo de ministro de Cultura se dispara con correntía mental: «La única cosa que tengo que decir sobre el rey emérito es que lo que tiene que hacer es pedir disculpas y rendir cuentas por todo lo que ha hecho en España».

Es un problema estar dirigidos o manipulados desde la indigencia intelectual.

Lo cuento presuntamente como todo en la Constitución española: presunto e interpretable.

Así nos luce: desde la postración en la que está España y la gran mayoría de españoles. Desde el mayor de los símbolos hasta el último nacido.

Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

Blog: generaldavila.com

24 abril 2026

 

 

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