EL INICIO DE UN ROMANCE CON LA REINA. Publicado en La Región de Orense por General Dávila.

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En la visita oficial del rey Carlos III de Inglaterra a los Estados Unidos de América, el entrelazado de manos de las parejas protagonistas ha tenido un gran eco mediático y ha sido aireado con intenciones varias. La pareja real y la presidencial se daban la mano y dejaban de dársela. Las cámaras estaban en el detalle y no se lo perdieron. Carlos III, que rechaza la mano de Camila; Melania, la de Trump, imágenes que han recorrido el mundo de las interpretaciones, esas que son tan libres como, en su mayoría, falsas.

Cuando una pareja entrelaza sus manos no cabe duda de que hay una especial conexión, complicidad, incluso una comunicación de mayor profundidad que las palabras. Si no lo hacen o hay rechazo por una de las partes, el mensaje es claro.

Les contaré una anécdota real. El que fue ayudante de nuestro rey, don Felipe, el general de Infantería de Marina, José Antonio Alcina, narra en su libro “Felipe VI. Así se formó el príncipe heredero” una anécdota que nos contaba repetidas veces y que describe muy bien el mundo real británico y el protocolo que ahora presenciamos que tanto nos seduce.

Nuestro rey, don Felipe, entonces príncipe de Asturias, después de las prácticas de navegación embarcado en el buque escuela Juan Sebastián Elcano continuó su periodo de formación como oficial de la Armada española embarcado en la fragata Asturias. Al inicio del viaje por el norte de Europa fue invitado a un almuerzo con la reina Isabel de Inglaterra. Al arribar a Portsmouth, el embajador de España entregó al príncipe una nota con los detalles del almuerzo y el riguroso protocolo británico, de manera que, acompañado exclusivamente de su ayudante militar, debería estar en el castillo de Windsor a las 12:55 horas y despedirse entre las 14.15 y las 14.30.

Lo que parecía el inicio de un romance inesperado quedó en un simple juego de manos perrunas

El reino de las formas es aquel que llena sus fondos con sabiduría.

Después de los saludos iniciales se sentaron en una mesa para siete comensales situada en una terraza que daba a un hermoso jardín.

La reina de Inglaterra ocupaba una de las cabeceras, con el príncipe Felipe a su derecha y el ayudante de don Felipe, general J.A. Alcina, a su izquierda; el príncipe Andrés y Sarah Fergusson, en una banda de la mesa, y el príncipe Eduardo en la otra. Cerraba la mesa, en la otra cabecera, el secretario de la reina.

A la hora de los postres, los camareros dejaron sobre la mesa unos platitos con galletas y barquillos. En un momento de esos silenciosos de los que se dice que ha pasado un ángel, la reina levantó ligeramente el brazo para coger una galleta y lentamente, con sigilo, metió la mano engalletada por debajo de la mesa hasta la atura de la rodilla del ayudante de don Felipe. ¿Qué hacer? ¿La reina de Inglaterra con la escusa de la galleta iba a hacer manitas con el ayudante de don Felipe?

Nos contaba el general Alcina su sorpresa y desconcierto y, aunque nos reíamos, todos comprendíamos el mal rato que en décimas de segundo tuvo que pasar. Se desvaneció su asombro cuando el ayudante, ya a punto de deslizar su mano para coger la galleta y así no desagraviar a la reina, notó que uno de los muchos perrillos que deambulaban por debajo de la mesa, saltó ágilmente y se hizo con la galleta que la soberana le ofrecía.

Lo que parecía el inicio de un romance inesperado quedó en un simple juego de manos perrunas. Menos mal que no mordían.

No lo olviden: debajo de la mesa nunca sabrán quién se esconde.

Rafael Dávila Álvarez.

Diario La Región de Orense

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