Los incendios forestales: cuando el bosque nos pide cuentas
«Los incendios forestales no se apagan en verano. Se apagan en invierno.»
Hay tragedias que sorprenden y otras que, sencillamente, se anuncian.
Los incendios forestales que cada verano asolan España pertenecen, desgraciadamente, a esta segunda categoría. Cambian los nombres de las sierras, los pueblos desalojados o las provincias afectadas, pero el drama se repite con una fidelidad desesperante. Ardieron ayer Guadalajara, Sierra Bermeja o la Sierra de la Culebra; hoy son Cataluña, Galicia, Extremadura, Andalucía o cualquier otro rincón de nuestra geografía. Mañana será otro paisaje. Otro pueblo. Ojalá no otra familia.
Las llamas cambian de escenario, pero el guion permanece inalterable.
Terminada la emergencia llegan las visitas institucionales, las promesas de reconstrucción, los homenajes a quienes lo dieron todo y el inevitable compromiso de que «esto no volverá a ocurrir».
Sin embargo, vuelve a ocurrir.
Y vuelve porque seguimos afrontando el problema desde el final de la cadena y no desde su origen.
La pregunta es tan sencilla como incómoda:
¿Qué estamos haciendo mal?
Las lecciones aprendidas
En las Fuerzas Armadas existe un principio que jamás debería abandonarse. Tras cada operación, con independencia del resultado, se realiza un análisis de las lecciones aprendidas. No para buscar culpables, sino para comprender qué funcionó, qué falló y cómo mejorar. Esa cultura profesional ha permitido salvar vidas, perfeccionar procedimientos y aumentar la eficacia de nuestras unidades generación tras generación.
Cabe preguntarse si España aplica ese mismo principio tras cada gran incendio forestal.
Porque, si realmente aprendemos de ellos, resulta difícil comprender por qué verano tras verano seguimos encontrándonos con los mismos problemas: montes abandonados, acumulación de combustible vegetal, accesos deficientes, dificultades de coordinación y la necesidad de recurrir una vez más a todos los recursos extraordinarios del Estado.
No parece el resultado de unas lecciones aprendidas.
Parece, más bien, el resultado de unas lecciones olvidadas.
El incendio comienza mucho antes del humo
Existe una idea profundamente equivocada.
Pensamos que un incendio empieza cuando alguien llama al 112.
No.
El incendio comenzó meses antes.
Comenzó cuando el monte dejó de gestionarse; cuando desaparecieron los aprovechamientos forestales tradicionales; cuando el sotobosque se convirtió en un inmenso depósito de combustible; cuando los cortafuegos dejaron de mantenerse; cuando los caminos forestales se hicieron intransitables; cuando la despoblación vació el medio rural y desaparecieron miles de ojos que conocían el monte mejor que nadie.
La primera llama únicamente pone fecha a una tragedia que llevaba años preparándose.
España sabe apagar incendios
Sería profundamente injusto afirmar lo contrario.
Nuestro país dispone de algunos de los mejores profesionales del mundo en la lucha contra el fuego. Bomberos forestales, agentes medioambientales, ingenieros de montes, pilotos, brigadas helitransportadas, Guardia Civil, Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, voluntarios y tantos otros servicios constituyen un ejemplo permanente de entrega y profesionalidad.
Disponemos de modernos medios aéreos, avanzados sistemas de coordinación, observación por satélite y una Unidad Militar de Emergencias (UME) cuya capacidad operativa es reconocida internacionalmente.
España ha aprendido a combatir el fuego.
Lo que todavía no ha conseguido plenamente es impedir que alcance dimensiones catastróficas.
Existe una enorme diferencia entre apagar incendios y gestionar el territorio para que esos incendios no lleguen a convertirse en monstruos incontrolables.
Ahí reside, probablemente, nuestra principal asignatura pendiente.
La medicina antes que el sepulturero
Nadie esperaría que un médico actuara únicamente cuando el paciente ya ha fallecido.
Primero llega la prevención.
Después el diagnóstico.
Más tarde el tratamiento.
Sólo cuando todo lo anterior fracasa aparece el sepulturero.
Sin embargo, con demasiada frecuencia parece que con nuestros bosques invertimos el orden lógico de las cosas.
Dedicamos enormes recursos económicos y humanos a combatir incendios gigantescos mientras seguimos prestando una atención insuficiente a impedir que esos incendios alcancen semejante magnitud.
La prevención cuesta dinero.
La extinción cuesta mucho más.
La reconstrucción cuesta infinitamente más.
Y las vidas humanas no admiten valoración económica alguna.
La prevención necesita los doce meses del año
Los incendios no entienden de campañas estivales.
La prevención tampoco debería entenderlas.
Quizá haya llegado el momento de replantear nuestro modelo de gestión forestal.
Muchos de los excelentes profesionales que cada verano arriesgan su vida combatiendo el fuego podrían desarrollar durante el resto del año labores de limpieza de montes, mantenimiento de cortafuegos, quemas prescritas, restauración forestal, vigilancia preventiva, educación ambiental y apoyo a los propietarios forestales.
Sería la mejor manera de aprovechar una experiencia profesional difícilmente sustituible.
Porque quienes mejor conocen el comportamiento del fuego son, precisamente, quienes cada verano luchan contra él.
Mirar al futuro aprendiendo de los mejores
No hace falta inventar nada.
Basta con observar.
Portugal, tras la tragedia de Pedrógão Grande; Canadá; Estados Unidos o Australia han reforzado durante las últimas décadas la gestión preventiva del combustible forestal, las quemas prescritas, la selvicultura preventiva y la planificación del territorio.
No son modelos perfectos.
Ninguno lo es.
Pero todos parten de una misma convicción: el mejor incendio es siempre el que nunca llega a producirse.
España también posee una larga tradición forestal. Generaciones de ingenieros de montes, guardas y agentes forestales dedicaron décadas a repoblar montañas, ordenar aprovechamientos y proteger un patrimonio natural que hoy disfrutamos.
No se trata de idealizar el pasado.
Se trata de recuperar aquello que el tiempo ha demostrado eficaz y adaptarlo a los conocimientos, la tecnología y las necesidades del siglo XXI.
La buena gestión nunca pasa de moda.
¿Y la UME?
Cada vez que España atraviesa una gran emergencia aparece la misma imagen.
Los hombres y mujeres de la Unidad Militar de Emergencias.
Y, una vez más, cumplen con ejemplaridad.
Pero precisamente por respeto a su extraordinario trabajo conviene recordar que la UME fue concebida como una capacidad estratégica del Estado para intervenir cuando la emergencia supera la respuesta ordinaria.
No para convertirse, verano tras verano, en el recurso habitual cuya presencia todos damos por descontada.
Los militares acudirán siempre.
Jamás preguntarán de quién es la competencia.
Cumplirán con su deber.
Pero convertir lo extraordinario en cotidiano suele ser el síntoma de una planificación insuficiente.
Y esa reflexión conduce inevitablemente a otra pregunta.
¿Qué papel corresponde desempeñar a Protección Civil y a los servicios forestales permanentes de las distintas administraciones? ¿Estamos dedicando suficientes recursos humanos, materiales y presupuestarios a la prevención, o seguimos concentrando la mayor parte del esfuerzo cuando el incendio ya resulta incontrolable?
La UME debe seguir siendo lo que siempre ha sido: una fuerza de excelencia para situaciones excepcionales, no el remedio permanente a las carencias estructurales del sistema.
Una auténtica política de Estado
Los incendios forestales ya no constituyen únicamente un problema medioambiental.
Son un desafío para la seguridad nacional, la economía, el abastecimiento de agua, la biodiversidad, el mundo rural y la cohesión territorial.
Su prevención exige una estrategia nacional en la que participen todas las administraciones. Los ministerios para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, del Interior, de Agricultura, Pesca y Alimentación, de Defensa, junto con las comunidades autónomas, diputaciones y ayuntamientos, deben actuar con un objetivo común: gestionar el monte antes de que el fuego obligue a gestionar la emergencia.
Porque el fuego no entiende de competencias administrativas.
Sólo encuentra combustible.
Y donde encuentra combustible, termina imponiendo su ley.
La última reflexión
Hace veinticinco siglos, el estratega chino Sun Tzu escribió en El arte de la guerra una máxima que conserva hoy toda su vigencia:
«La suprema excelencia consiste en vencer al enemigo sin necesidad de combatir.»
No hablaba únicamente de ejércitos.
Hablaba de inteligencia, de previsión y de estrategia.
También los incendios forestales pueden contemplarse desde esa perspectiva.
La mejor operación de extinción no es la que moviliza más hidroaviones, más helicópteros o más efectivos sobre el terreno.
La mejor operación es aquella que nunca ha sido necesaria porque el monte estaba limpio, gestionado y vigilado.
España puede sentirse orgullosa de quienes, cada verano, arriesgan su vida para defender nuestros bosques. Su entrega merece el reconocimiento permanente de todos los españoles.
Pero precisamente por respeto a ellos deberíamos aspirar a que algún día su heroísmo fuera menos necesario.
Hace décadas una campaña institucional dejó grabada en nuestra memoria una frase que aún conserva toda su fuerza:
«Cuando un bosque se quema, algo suyo se quema.»
Es verdad.
Pero hoy, después de tantos veranos de ceniza, quizá debamos completarla.
Cuando un bosque se quema, no sólo arden árboles. Arden años de abandono, decisiones aplazadas y oportunidades perdidas para haber evitado que ese incendio llegara a producirse.
Los árboles volverán a crecer.
La naturaleza, paciente y generosa, terminará regenerándose.
Lo que no debería regenerarse nunca es nuestra capacidad para olvidar las lecciones aprendidas.
Porque los bosques no nos pertenecen.
Los administramos en nombre de quienes aún no han nacido. Cada hectárea que hoy salvemos será la herencia que mañana reciban nuestros hijos.
Y un país que sólo prepara excelentes bomberos, por admirables que sean, mientras olvida preparar excelentes montes, está condenado a seguir librando cada verano la misma batalla.
Porque la mayor victoria sobre un incendio forestal no consiste en apagar la última llama.
Consiste en impedir que esa llama llegue a prender.
Julio Serrano Carranza. Coronel de Aviación (R). Ejército del Aire y del Espacio
Blog: generaldavila.com