
Alfambra. Última carga de la Caballería Española.
Descanse en paz Doña Margarita Álvarez-Ossorio, distinguida dama amante de los caballos y muy querida por todos en el Blog, a cuya memoria dedico este trabajo. Hoy me quedaré huérfano de sus acertados y preciosos comentarios por mi siempre tan esperados.
Con la “mano del sable”, mi derecha, lo envaino en el tahalí, colgado del faldón izquierdo de la montura, y empiezo:
―«Tomó Dios un puñado de viento del Sur y, presentándole su aliento, creó al caballo»
(Leyenda beduina)
Años, que para nosotros pasaron a uña de caballo, pero no solo lo hicieron rápidamente, sino que la humanidad ha cabalgado sin cesar a través de ellos, y así de veloz se nos va la vida viendo pasar continuamente al jinete del caballo pálido con la guadaña en ristre.
Sin caballos, no hay historia humana, pues aparecen constantemente en todas ellas.
El caballo fue siempre, símbolo de la vida, y el toro, símbolo de la muerte. De siempre, caballo y toro, fueron las dos deidades de los hombres.
Nos supieron inspirar sueños y leyendas en la imaginación de todas nuestras culturas como: «Pegaso», el caballo alado de Zeus, o los «Centauros», aquellos seres mitológicos mitad hombres mitad caballos. Un antiguo mito dice que el padre de todos ellos era «Quirón», que educó nada menos que al propio Hércules. Eran originarios de Tesalia, fueron los primeros que se sirvieron del caballo como montura, y causaron entre los pueblos helénicos gran admiración creyendo que constituían un solo ser.
Quirón fue un centauro inteligente, sabio y de buen carácter, a diferencia de la mayoría de los de su clase. Fidias nos los dejó grabados en las metopas de los frisos del Partenón, en la Acrópolis de Atenas.
A lo largo de la historia, los caballos fueron fieles compañeros de algunos de nuestros héroes: «Babieca» con el Cid Campeador, «Bucéfalo» al que Alejandro Magno dominó al ponerlo grupa al sol, «Incitatus» el caballo ascendido a cónsul por Calígula, «Strategos» con Anibal, «Genitor» con Julio César, el «Caballo de Troya» de Homero en su Odisea, artilugio con forma de enorme caballo de madera que se menciona en la historia de la guerra de Troya; y como no, el «Caballo Alado» donde Platón nos cuenta los diálogos de Fedro con Sócrates.
Creemos imaginario el caballo que montaba el general Pavía cuando en 1874 dio el Golpe de Estado disolviendo las Cortes republicanas, o la historia del corcel con mala fama que montaba Atila, pues decían que donde pisaba no volvía a crecer la hierba.
El blanco de Santiago aunque no tuviese nombre, estoy seguro que no era de madera como el de Troya, sino de carne y hueso, tampoco era de salón como el de Calígula, sino de batalla y netamente castrense. El tordo del Patrón al clavar los cascos en la hierba no era como el de Atila, más bien era símbolo de redención y vida, si la yegua «Babieca» del Cid al compás de su trote fue ensanchando Castilla, el caballo del Alférez Mayor dilataba Castilla y el reino de Dios, y si la carroza y los caballos del profeta Elías eran de fuego, nuestro caballo también, porque sobre él cabalgaba un rayo: «El Señor Sant Yago el hijo del Trueno».
Estos días, y de manera especial, me acuerdo de los caballos de Mahoma, reservados para el paraíso de sus creyentes, y a los que calificó de hermosos como el mar. Me los imagino en la cúpula dorada de la Mezquita de Omar, al lado del Santo Sepulcro en el Barrio Cristiano de la Ciudad Vieja de Jerusalén, hoy entre cohetes, drones y carros de combate, y donde la tradición islámica sitúa la ascensión de Mahoma, en su viaje ultraterreno, con su caballo «Al-Buraq», (el rayo), que según el Corán, era de alzada mayor que un burro y menor que una mula.
También me acuerdo de aquellos semovientes, que simplemente tenían una tristeza metafísica como la de mi querido Rocinante, nombre al parecer sonoro y significativo por lo que había sido cuando fue rocín, es decir caballo de mala traza, largo y tendido, basto y de poca alzada, pero que a su caballero D. Quijote, bien molido y mal andante, llevó por uno y otro sendero; o de aquellos que solo pretendían engañar, como «Clavileño», el caballo de madera con el que gastaron una broma, en la casa de unos duques de Aragón, a don Quijote y Sancho para divertirse a su costa aprovechándose de su ignorancia y su inocencia.
Al Nuevo Mundo llegaron con Colón los primeros caballos españoles y unos años mas tarde, pero mas al sur, otra tanda fue importada a Río de la Plata por Pedro de Mendoza – caballero de Alcántara y Santiago y fundador de la ciudad de Buenos Aires. Los hijos de esos caballos son conocidos hoy como: «galiceño» en México, «llanero» en Venezuela, «paso-saltero» en Perú, «paso-fino» en El Caribe y Puerto Rico y «criollos» en Chile. Gracias a su gran resistencia, pocas alzadas y capas discretas, lograron sobrevivir a los depredadores de las pampas de América del Sur.
Podemos decir que los caballos de la Conquista eran españoles y se hicieron con América caracoleando al son entre otros de Francisco Pizarro y Hernán Cortés.
Justo, al otro lado del mar, aparece «Palomo» el caballo tordo de Simón Bolivar, y un poco más cerca, en mi querida Italia, «Marsala» la yegua torda de Garibaldi.
En el «Apocalipsis» de San Juan hay otro famoso pasaje en el que aparece otro caballo, diferente a los cuatro símbolos más terribles de la mitología humana: ―»Y vi el cielo abierto, y de aquí un caballo blanco, y el que montaba el que se llama Fiel y Veraz, que juzga y pelea con justicia», lo que demuestra que también en la mente de San Juan casi convivían los tres protagonistas de la vida y de la Historia: Dios, el hombre y el caballo. Los cuatro jinetes que montan en caballos de capas color: tordo, alazán, negro y bayo pálido, representan y son alegorías de la Gloria, la Guerra, el Hambre y la Muerte, respectivamente. El quinto jinete, fuera del Apocalipsis, y que hoy cabalga con frecuencia por España, puede que sea el «miedo».
Sigo sin conocer el nombre del caballo negro de San Fernando, y por supuesto el de San Pablo, que algunos sitúan en los Hechos de los Apóstoles, pero Lucas en su evangelio nunca dijo nada de caballos. Es inútil luchar contra el devoto deseo de la gente de conceder cabalgadura a un santo tan viajero.
Tampoco me acuerdo del nombre del caballo que no tuvo Ricardo III al final de la obra de Shakespeare, que inmortalizó la escena haciendo gritar al Rey pie a tierra:─« ¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!»
Solo sabemos que Shakespeare llamó «Surrey» a ese caballo sin aclarar si ese era su nombre, o simplemente se trataba de un surrey; es decir, un caballo de la cuadra del conde Surrey, el hijo del duque de Narfolk.
Lo que si recuerdo, ya sea leyenda o realidad, es a la caballería polaca, conocida como la «Brigada Pomorska», cuando cargaron contra los carros de combate alemanes en el preludio de la segunda guerra mundial, o los que tomaron parte en la batalla de Waterloo al mando del duque de Wellington con su caballo «Copenhagen», donde se enfrentaron y derrotaron al ejército francés, comandado por el emperador Napoleón Bonaparte a lomos de su «Marengo».
Copenhaguen fue enterrado en Stratfield Saye, el hogar de los duques de Wellington desde 1817, y en su tumba el duque colocó una lápida de mármol con la siguiente inscripción: ―«El instrumento más humilde de dios creado con arcilla, debe compartir la gloria de ese día glorioso».
Para evitar que ningún caballo se quedase retrasado en la carga final, o que algún jinete poco intrépido, tirara de las riendas más de la cuenta para alejarse de la peligrosa primera línea, el duque mandó quitar sus embocaduras.
Y por supuesto, tengo bien grabadas en mi mente, las últimas cargas de la Caballería Española en nuestra guerra civil: en la increíble escalada al puerto del Pico en la sierras de Gredos, que hizo merecer a nuestros jinetes, la denominación de Caballería de Montaña; o en la gloriosa jornada de Alfambra. Ambas acciones al mando del general de Caballería José Monasterio Ituarte y, como no, a los 700 jinetes del Regimiento Alcántara, con el teniente coronel Fernando Primo de Rivera al frente, con sus «cargas de la muerte», que supieron morir cumpliendo la misión de sacrificio protegiendo la retirada de sus compañeros, salvando así a miles de soldados españoles de la barbarie rifeña.
Todavía hoy se oye a los rifeños de la etnia bereber de esa región aislada y montañosa del Rif, comentar aquello de,―«Llegaron los sarracenos y les molieron a palos, pues parece que Alá ayuda a los malos cuando son más que los buenos».
Todos hicieron suyos el lema con los que los Mariscales de Francia Lasalle y Murat se despedían en sus cartas, cuando escribían a sus mujeres desde el campo de batalla en vísperas de partir hacia el combate:―«Mi corazón para ti, mi sangre para el Emperador, mi vida para el Honor»
A ese «Espíritu Jinete» todavía nadie le ha podido vencer, debido al escudo o adarga al brazo, todo fantasía, y a la lanza en ristre, toda corazón.
Siempre los verdaderos caballos son los que se lanzan al ataque relinchando, y corren a una velocidad milagrosa, entonces sus cascos, en la noche y con la tierra pedregosa, producen chispas de fuego.
Y es que todavía no se ha inventado nada mejor para decir la última palabra, que hacer galopar un escuadrón de Caballería a espaldas de un ejército desmoralizado y en fuga.
Se puede ganarse con tanques una batalla, pero el vencedor no hará cosa más sabia que desfilar luego sobre un caballo al frente de su Unidad.
Desde los caballos de color rojo de Altamira, pintados hace más de 20.000 años, hemos pasado a los sufridos: percherón, bretón, boloñés, shire, burguete…, que tantos surcos han arado y tanto peso arrastraron para que construyésemos nuestro presente de caballos de vapor, de caballos de gasóleo, de caballos atómicos y blindados…
Los caballos lo han sido realmente todo para los hombres a lo largo de estos pacientes milenios, les han transportado y han trabajado con ellos, han compartido sus batallas sangrientas y sus desfiles triunfales, han navegado con ellos, han muerto en las plazas de toros, les han servido de alimento, de juego, de compañía y hasta de orgullo en las estatuas sobre las que inmisericordes se cagan las palomas en las plazas de tantas ciudades…
En Córdoba, en el centro de la plaza de «Las Tendillas» o del «Gran Capitán» está la estatua ecuestre de éste, pero el pueblo cordobés, valorando con la cruda y luminosa jerarquía de sus ojos, llama a aquella plaza «la plaza del caballo», y es que el pueblo es radicalmente clásico: o sea visual y antihistórico. El Gran Capitán ganó la batalla de Garellano y la de Ceriñola, pero su caballo de bronce, al sol, gana en Córdoba , cada día, la batalla de la Armonía y de la Gracia.
El caballo tiene las credenciales muy limpias ante la Cultura y el Arte. El «noble bruto», como algunos le apodan, no sé por qué, será porque no lo conocen, pues este animal ha recibido esa denominación, no sólo por lo que en si pueda tener de noble y leal, sino por le título que puedan recibir algunos que los montan: el de «caballero».
Todos los caballos que hemos frecuentado a lo largo de milenios son también, en cierta medida, medio humanos, porque han nacido de formas de cría doméstica orientadas a potenciar algunas de sus capacidades, las más imprescindibles para nuestros proyectos que arrogantemente llamamos civilizados.
En la leyenda y en la historia, en la fama y en el deshonor, ¡mi reino por un caballo!, dependemos de la montura, el arnés, la fusta y el estribo, pero hoy entramos en una época que considera un progreso arrinconar o sustituir a quienes tan útiles nos han sido, tengamos cuidado, pues la vida animal es muy «terca» y se reserva siempre una baza final para burlarse de nuestra técnica.
Como en los tiempos en que la emoción taurina venía menos dictada por el arte del toreo que por la lucha del astado, con el entonces caballo sin peto del picador, grito como se gritaba en los tendidos: ¡Más caballos!
No sé si dentro de mil años habrá ya historias y cuentos de caballos y hombres; en cualquier caso, estoy seguro de que los hombres del futuro deberán acudir a los de ahora, para poder recordar el aroma perdido de su propia humanidad.
El mejor faro halógeno del mercado jamás brillará dentro de nuestras almas, como sus tiernas miradas, y por perfecto que hagamos un carburador, nunca tendrá la nobleza de sus corazones.
Si os dicen que, por los caminos del Camino, han visto un caballo volar, creedlo. Es el caballo blanco de Santiago. Y es que como dijo el historiador romano Cayo o Gayo Salustio Crispo en el siglo I a.C,―«Estas cosas no suceden nunca pero existen siempre».
Los incrédulos, tendrían que escuchar de nuevo la voz del poeta anónimo y descubrirían que,―« El camino que han seguido los hombres hacia la gloria, está empedrado con huesos de caballos».
Miles de años a uña de caballo, y es que los años pasan veloces. Cada día más. Parece que fue mañana.
La «mano de las riendas», mi izquierda, se apoyo en el borrén delantero, echo pie a tierra por el costado izquierdo del caballo, paso hoja, acabo y me despido.
Un fuerte abrazo.
Coronel de Caballería ® Ángel Cerdido Peñalver
Zaragoza 22 octubre 2023.
Blog: generaldavila.com