Este sábado pasado me encontré a un antiguo y tatuado Caballero Legionario en una calle de una de esas ciudades que fueron pueblos y ahora, perdida su identidad, constituyen la periferia de Madrid.
Pedía una ayuda mientras alimentaba cuidadosamente a tres perros con cara de seguidores de tropas. Al legionario le delataban los tatuajes y un cierto amargor en su cara. Brazos de recuerdos grabados de Legión, Bandera de Operaciones Especiales, Melilla y perdidos amores. Pureza legionaria.
Duró un rato el momento en el que ensimismado le observé en la distancia. Imponente.
En la corta distancia vi a Aquiles, a los tercios españoles y a la Legión de España.
Fuerte, bien conservado, atlético, me acerqué por si podía ver su alma, esa que siempre busco: la legionaria. No intentes entenderla, es huidiza, única y extraña, solo aparece cuando es necesaria. No pregunta no dialoga, actúa y se marcha, sin preguntar, nadie sabe su vida anterior, es eso: legionaria.
Es un ser extraño, en vías de extinción. Nosotros mismos nos hemos encargado de que no haya almas legionarias. Ahora el alma es más interesada y pide algo a cambio como si la entrega fuese un trueque medido en la balanza.
Buscamos que duren un rato y luego romperlas, arrojarlas y alejarlas. Hemos acabado con Aquiles que espera en su tienda alejado del combate porque le robaron el arma que era el alma del combate. Negocian otros y las armas se traspasan. Ahora el juego es otra cosa: mejor que te maten a matar. Vendedores de almas hacen poesía del cambio más que del valor y la dignidad que lo mantiene.
Acabaron con los tercios españoles y con la Legión de España y solo dejaron la anécdota, desviaron la mirada y ocultaron la hazaña. A sus hombres les dieron una retaguardia porque sabían que aquello era un pedregal donde secaba la semilla y solo efímeras flores crecían. Tan bellas como ineficaces. No es necesario suprimir nada; solo olvidarlo con un sutil cambio.
Dicen que son otros tiempos. No saben de lo que hablan. Mejor que esperen a los tiempos que vienen. La guerra es la de siempre y revienta a los hombres que son los mismos de siempre. El hombre dijo no más guerra y entonces inventó la disuasión que no es otra cosa que el final de todo: destrucción.
En España siempre hubo otra disuasión: la del valor y el honor.
Estaba inventada: desde los tercios españoles a la Legión. Nunca habrá factor de disuasión que tenga más valor que la mirada de un legionario.
Lo dice todo: valor junto al honor invencible.
Se me olvidó preguntarle su nombre, que dónde vivía y qué pensaba…
¡Que más da todo eso ante la Legión!
Estos tecnócratas de ahora vestidos de uniforme no entienden nada, pero tendrán que acudir a aquella Legión si viene mal dadas. Habrá que desenterrar su alma que sigue vive bajo la tierra de España.
General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez
Blog: generaldavila.com
13 octubre 2025