TRECE SIGLOS DESPUÉS (Laureano Martín Pérez)

el_final_de_don_rodrigo_el_ataque_musulman_2000x814Si hay un rasgo que muy a mi pesar nos caracteriza como nación es la falta de memoria, cuando no el desprecio hacia nuestra historia. Y este rasgo no deja de ser asombroso en un país con un pasado difícilmente igualable en logros, triunfos, gestas y también en derrotas y tragedias en una nación que probablemente sea la más antigua del mundo. Hay quien achaca esta actitud a la huella indeleble del conocido como desastre del 98, y puede que sea así, o que al menos aquellos acontecimientos dejaran una huella imborrable en el subconsciente colectivo que nos lleva a querer olvidar nuestra historia pasada. Pero una vez más hemos de incidir en que “aquel pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla” y siendo meticulosos, nos daremos cuenta de que, con las diferencias propias de la evolución, los hechos son cíclicos y no nos enfrentamos a nada que no haya sucedido antes. Echar la vista atrás siempre puede ayudarnos a buscar soluciones, ya sea porque las aplicadas por nuestros antecesores funcionaron o porque sus desaciertos nos valgan para no cometer sus mismos errores.

Si hacemos referencia al 28 de abril como fecha histórica,probablemente a muy pocos les evocará algún hecho. Sin embargo, es una de los momentos más importantes en nuestra historia, puesta al día como aquél, pero del año 711, su rumbo cambió para siempre y se marcó el comienzo de lo que hoy día somos como país.

gibraltarHay discrepancias sobre el desarrollo exacto de los hechos y sobre sus protagonistas, pero no es mi intención iniciar aquí un debate histórico que de ningún modo podríamos resolver, así que nos limitaremos a citar aquellos que suscitan más consenso: El 28 de abril de 711,Tariq, lugarteniente de Musa ben Nusayr, a la sazón emir de África del Norte, nombrado por el califa de Damasco, desembarcaba en la bahía de Algeciras al mando de un ejército que, según las fuentes que se consulten, oscilaba entre mil doscientos y doce mil hombres. Lo que está claro es que la incursión se realizó en diversas oleadas y que dicha operación fue fruto de la desunión entre los diversos nobles visigodos y de la anteposición de intereses personales por parte de alguno de los protagonistas de la historia, sin calibrar bien las consecuencias futuras de sus actos.

Una vez iniciada la invasión, en tan sólo quince años, es decir, en el año 726, los musulmanes habían ocupado toda España, Portugal y parte del sur de Francia. Curiosamente, y este es otro dato al que volveremos, diversos historiadores consideran como un factor determinante que facilitó la ocupación la grave crisis demográfica que afectaba por entonces al reino visigodo.conquistamusulmana

Más de mil trescientos años después, Europa se enfrenta a una situación que podemos considerar comparable. Es cierto que no hay ejércitos invasores como entonces. La ocupación o colonización toma otras formas pero, al igual que hace trece siglos, el panorama que domina el lado europeo está protagonizado por la división. El predominio de los intereses personales, nacionales o partidistas convierte una vez más a la vieja Europa en una codiciada pieza fácil de cobrar. Y lo más grave es que esa falta de unión ha hecho mella, no sólo entre las diferentes naciones, sino también dentro de cada una de éstas, con amplios sectores que reniegan de sus raíces, de su identidad y de todo aquello que les ha llevado a ser lo que hoy son. Y para tener un claro ejemplo de ello sólo hemos de volver la mirada a nuestra amada España. No creo que sea necesario citar ni a nada ni a nadie para saber a qué me refiero.

También en aquella ocasión hubo quien, a pesar de la evidencia de lo que estaba sucediendo, miró hacia otro lado, no le dio importancia, e incluso confió que la nueva situación favorecería sus intereses. Y cuando por fin, el devenir de los acontecimientos mostró a las claras lo que estaba sucediendo, fue demasiado tarde, tan tarde que el sacrificio de los que cayeron tratando de impedir lo ya inevitable, incluyendo al propio Rey, fue tan heroico como inútil.

Lo que sucedió después ha sido referido anteriormente. En poco más de quince años, el invasor se había hecho con el dominio de la totalidad de la Península Ibérica, con la inestimable ayuda de la grave crisis demográfica que atravesaban entonces los reinos cristianos.

Countries_by_Birth_Rate_in_2014.svgPensemos de nuevo en la Europa actual, y consideremos ese factor. Tampoco aquí hablamos de batallas, calamidades, hambrunas ni nada parecido, pero sí aludimos a una Europa que hace mucho que dejó de crecer demográficamente, que no incentiva la natalidad, y en la que la población envejece a pasos agigantados.

Si nos fijamos, se están reproduciendo las mismas circunstancias que en la época a la que hemos hecho referencia al comienzo. Por un lado, la falta de unidad, la prevalencia de intereses particulares, la desconfianza entre las diferentes naciones y la traición, todo ello unido a la pérdida de valores y la renuncia a nuestras raíces. Y por otro, la crisis demográfica que nos sitúa como entonces en clara desventaja ante nuestro oponente.

Guadalete-711El resultado de esa combinación fueron siete siglos de lucha que hubo de abanderar y liderar España para recuperar todo lo perdido y que se libró principalmente en nuestro territorio.  Actualmente las circunstancias son diferentes, pero si seguimos empeñados en olvidar lo sucedido y no aprender de ello no dudemos ni por un momento que de nuevo volveremos a vernos en una tesitura muy similar.

 (Laureano Martín Pérez)

2 pensamientos en “TRECE SIGLOS DESPUÉS (Laureano Martín Pérez)

  1. Don Laureano, en ese apasionante marco histórico que usted muy bien describe como el fin de una civilización, de una cultura; y el alumbramiento, entre dolores de parto, de una nueva época, el ciudadano responsable de hoy vive intensamente su aventura humana en medio de un torbellino de intrigas y pasiones, por eso me pregunto ¿se repite la historia?.
    Rodeado hoy día de un caos de acontecimientos, de una vorágine de pasiones, el español responsable ve como España se derrumba, que lo único que cabe hacer es tratar de salvar de la ruina lo que merece ser salvado, para empezar a edificar, desde los cimientos, una España nueva.
    A nosotros, por poco avisados que seamos, no se nos pasará por alto lo mucho que se parece a la nuestra la época descrita por usted. Aunque siempre hay que ser sumamente cauto al establecer paralelismo histórico, pues se supone que la Historia nunca se repite, es indudable que los síntomas que se advertían entonces son muy semejantes a los que se perciben actualmente.
    Pero lo más parecido no es eso: es la actitud de aquellos hombres, como los españoles de hoy, que no querían reconocer su propia decadencia y menos aún analizar las causas. ¿Cuáles era esas causas? Muchas y muy variadas, pero, sobre todo, la pérdida de unos ideales y de unas virtudes que habían constituido el armazón, la sustancia misma de España.
    Por otro lado la tendencia en nuestros tiempos de exagerar el “Yo” o el “Nosotros” de formas sectarias es una verdadera crisis que amenaza la unidad.
    No se puede pensar en España olvidando su historia, renegando de los valores y principios; el abandono, el cortar con sus raíces, está precipitándola a la ruina, haciéndola débil y temerosa. La reciente crisis que azota a nuestra querida España está dejándola en evidencia, dividida y sin liderazgo. La principal causa de esa debilidad radica en el desierto en que se encuentra, debido a una falta de convicciones profundas.
    Creo que nunca como hasta ahora nuestra sociedad había caído tan bajo moralmente, porque jamás hasta ahora se había intentado justificar lo injustificable y llamar bien al mal. Hoy día, no sólo se hace esto sino que se aplaude y se presenta como signo de libertad y de progreso.
    La reacción de los políticos podemos situarla dentro de las opciones “políticamente correctas” que llevan a colocarse de parte de lo que piensa la mayoría, representando a una minoría, para atraerse el voto, el aplauso y los parabienes de los suyos. De seguir las cosas así, la libertad de expresión se verá recortada. No respetar la libertad es grave y peligroso, propio del más crudo de los totalitarismos.
    Los regímenes que actúan así no pueden persistir por mucho tiempo, caen bajo el peso de sus propias contradicciones. Esta cultura, que está llevando a España a su punto moral más bajo, caerá víctima de su incongruencia, y el juicio de la historia será severo contra este tiempo.
    Por eso necesitamos, en las próximas elecciones, gobernantes que sean verdaderamente servidores del pueblo y de la verdad, y no de sus intereses electorales. Ello requiere capacidad para aceptar las críticas y hasta el rechazo de su gestión. La mayoría de nuestros gobernantes no han estado capacitados para gobernar porque no aman al pueblo sino a su cargo y por eso no legislan conforme a la verdad sino a los gustos propios, asesinando la verdad por lo políticamente correcto, porque no saben amar…
    Pidiendo excusas por la extensión y felicitándole por su acertado y reflexivo artículo, reciba un fuerte abrazo.
    Pedro Motas

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  2. Estimado D. Pedro:
    En primer lugar darle las gracias por sus acertados comentarios. Creo que da vd en el clavo. La base de todo, el momento en cuanto todo comienza a desmoronarse es cuando una nación o en este caso una sociedad olvida sus raíces, sus valores y, lo que es peor, reniega de ellos. Y es exactamente ese el punto en el que estamos en mi humilde opinión.
    Por otro lado, como he querido poner de manifiesto, a pesar de mediar entre ambos momentos poco más de trece siglos, los factores determinantes que facilitaron el desenlace desastroso del primero, se repiten en la actualidad. No es malo mirar al pasado para buscar las soluciones a problemas presentes.
    Sólo me queda darle las gracias de nuevo.
    Un afectuoso saludo

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