10 pensamientos en “OFICIAL MÉDICO ROGELIO VIGIL DE QUIÑONES EFEMÉRIDES: SEMANA DEL 5 AL 11 FEBRERO 2018

  1. A las órdenes de V.E., mi General.

    Muy merecido recuerdo y homenaje a uno de los últimos héroes que resistieron, negándose sistemáticamente a rendirse, de Filipinas, el entonces Teniente Vigil de Quiñones. Y merecido homenaje también a la Sanidad Militar de la época, cuando los Oficiales Médicos, siempre de guerra en guerra y sin medios materiales ni apenas fármacos, más que curar, tenían que hacer auténticos milagros, y de eso él fue un gran ejemplo de inventiva durante el sitio de Baler encerrados en aquella pequeña iglesia.

    De su biografía hay un hecho que hoy no parecería posible, pero que en la época era casi una norma en relación con la autoridad paterna en las familias. Siendo soltero y con la carrera recién terminada, durante su estancia como médico rural en un entorno muy bonito y cargado de historia de guerras románticas entre “Moros y Cristianos”, llamado el Valle de Lecrin, a unos treinta kilómetros al Sur de Granada, se enamoró de una joven y le propuso iniciar noviazgo con la intención de matrimonio. Pero tan pronto como ella informó a sus padres de la propuesta del médico, éstos, sobre todo el padre, propietarios de tierras, que era lo que se valoraba como dote, se opuso terminantemente al no parecerle un buen partido para la hija alguien que no fuera también propietario, por mucha carrera de Medicina que tuviera. Y esa decisión del pater familias era inapelable, y el noviazgo terminó antes de comenzar en serio. Quizás esa desilusión amorosa fue la que le decidió a unirse al Ejército y buscar fortuna. o consuelo, en cualquiera de las guerras coloniales que España tenía que atender. Y desde luego, fortuna no creo, pero gloria inconmensurable sí que consiguió al ser uno de los “Ultimos de Filipinas”.

    Hasta hace unos dieciocho años o así, tenía un gran hospital militar dedicado a su nombre, con un busto suyo a la entrada, en Sevilla. Hospital que fue desmantelado y abandonado cuando los políticos dispusieron de aquel espacio y de dos antiguos cuarteles, uno de Artillería y otro de Caballería en la misma zona, y que se convirtieron en refugio de “okupas” y yonkys, e ignoro si su busto sería salvado por alguien. También ví un busto suyo y un emotivo recuerdo, a la entrada de una casa en la Avenida de la Palmera, que era un bufete de abogados, y que uno de ellos era descendiente o familiar suyo.

    En fin, detalles humanos y recuerdos.

    ¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

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  2. Contesto a todos los amables intervinientes:
    gracias, don Rafael, por la jugosa anécdota biográfica que nos aporta del oficial médico Vigil de Quiñones. En efecto hubo un esplendido Hospital militar en Sevilla que llevaba su nombre. nos lo recordó d. Francisco J. Membrillo Becerra en otro comentario a un artículo que publiqué en este mismo blog sobre la sanidad militar y cuyo enlace me permito adjuntar, por si está Vd. interesado
    https://generaldavila.com/2016/09/30/la-sanidad-militar-vista-por-un-oficial-de-las-armas-general-de-brigada-adolfo-coloma-contreras-r/

    A don José Zamora le agradecería si pudiera hacernos llegar el audio (o video) de su coro cantando sobre los últimos de Filipinas.
    Por último, yo publiqué otro artículo, también en este blog, con el título de “EL OFICIAL QUE TENGA LA ORDEN ABSOLUTA DE CONSERVAR SU PUESTO A TODA COSTA LO HARÁ” lo pueden encontrar en el siguiente enlace:
    https://generaldavila.com/2016/12/15/el-oficial-que-tenga-la-orden-absoluta-de-conservar-su-puesto-a-toda-costa-lo-hara-general-adolfo-coloma-contreras/

    Gracias por sus intervenciones
    Adolfo Coloma

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  3. Es muy conocida la cita “nunca la pluma embotó la lanza ni hizo floja la espada en la mano del caballero” pero también podría adaptarse al instrumental del médico.
    Muy interesante y justa una efeméride que rescata del olvido a este héroe.
    La última película sobre la gesta, que ni he visto ni pienso ver, tras haber leído en este blog el comentario del general Coloma, en lugar de ensuciar la memoria de aquellos valientes podía haber recreado el dramatismo de la “auto operación” del doctor Vigil de Quiñones que parafraseando a la Venganza de Don Mendo, demostró tenerlos bien puestos.
    El “rojerío y la progresía” utiliza ingentes subvenciones con dinero de todos los españoles para ensuciar y tergiversar la historia.
    ¿Para cuando una serie de TV que con el título de “Te voy a contar como pasó” contrarreste con verdades, las groseras mentiras de la sectaria serie “Cuéntame como pasó”?
    En la tan popular serie se manipula indecentemente (de forma sibilina) la reciente historia de España, por el eficaz procedimiento de recurrir a las “emociones”.
    Siento mi general haberme ido por las ramas, cuando sólo quería decirle que la efeméride, además de justa, es muy necesaria.
    Un respetuoso saludo y siempre a sus órdenes mi general.

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  4. Muchas gracias, mi General, por el enlace. Leído su impresionante artículo con aquella primera experiencia en circunstancias tan dramáticas, que es, después de estar rodeado de enemigos, el peor supuesto que se nos puede dar, el riesgo de muerte por enfermedad o accidente de un miembro de la Unidad.

    Un par de experiencias parecidas, casos de ataques epilépticos pero dentro de la comodidad y seguridad del acuartelamiento y sin “pacos” al acecho, hemos vivido en los años sesenta y sesenta y dos, y es algo tremendo y sobrecogedor para chavales jóvenes e inexpertos.

    Pero la peor fue la situación vivida en Febrero de 1.966, a los veinticuatro años acompañando a un Coronel de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos por la ladera del Mulhacén, lejos y aislados del resto de la expedición de búsqueda y rescate con motivo del accidente sufrido por uno de sus aviones de carga, con la muerte de sus ocho ocupantes, que llevaba material desde Morón a San Javier, dos autobuses, para las operaciones que simultáneamente se realizaban en la zona de Palomares, Almería. El era un hombre joven también, de cuarenta y cuatro años y en muy buena forma física. Nos habíamos conocido, trabajado conjuntamente y hecho gran amistad, precisamente en Palomares, y de allí nos fuimos a Sierra Nevada a atender este otro accidente cuando no había transcurrido un mes del que teníamos entre manos. Nos habíamos adelantado ambos hasta llegar a la vista y casi tocar con la mano el lugar del impacto a unos treinta metros, en vertical, de la cumbre de la montaña. Andábamos escasos de margen de luz diurna, y de pronto comenzó a ponerse cianótico y a tener gran dificultad para respirar. Sin haber estudiado medicina, fui consciente de inmediato, de que se trababa de hipoxia, o vulgarmente llamada “mal de montaña”, falta de oxígeno. Le dije, apóyese en mí, pues era mucho más alto y corpulento que yo, y bajemos en línea recta para alcanzar cuanto antes aire más rico en oxígeno, y verá cómo se siente mejor. Aunque a los pocos pasos, no podía mantenerse en pie y tuve que echármelo a la espalda y bajar tirando de él que arrastraba los pies. No sé todavía, después de más de cincuenta años, si le decía esto para animarlo a él y darle confianza, o si era para dármela y animarme a mí mismo, pues el panorama, con la noche encima y por aquellos “caminos” por los que ni las cabras se hubieran atrevido, con un frío atroz a pesar de nuestros excelentes equipos, y pensando en el peligro de tener que pasar la noche en aquellas lastras y a la intemperie, no era nada prometedor, sino todo lo contrario. Porque una cosa era cierta, y es que nadie que hubiera cometido la temeridad de ponerse a buscarnos, nos habría encontrado de noche. Ibamos descendiendo con caídas frecuentes, y llegó un momento en que me pidió lo dejase descansar tendido en un recodo, y me adelantara a buscar ayuda. Le dije que aquello no tenía ningún sentido al ignorar dónde estaban los demás y no tener medios de comunicación; y que por nada del mundo le dejaría solo, abandonado allí a su suerte. (No lo habría hecho ni con un hipotético enemigo desarmado y prisionero). Que habíamos subido juntos hasta donde nadie había podido seguirnos, y que juntos regresaríamos sanos y salvos; que en lo único que teníamos que pensar, sin dejarnos desfallecer ni rendirnos, era en continuar descendiendo hasta llegar a la carretera de tierra en que habían quedado los vehículos, entre ellos una ambulancia nuestra con su equipo médico con un Capitán al frente.

    Y afortunadamente, tras un descenso infernal y agotador, avistamos las luces de un par de coches, uno de ellos la ambulancia con su luz roja girando y haciendo sonar su sirena, a lo que yo respondí disparando al aire mi Astra 9 mm parabellum. Cuando el Capitán Médico examinó al Coronel una vez tendido en la camilla y dentro del vehículo, dijo que ya estaba fuera de peligro pero que la cosa había sido muy importante y faltaba por ver si le habría dejado secuelas. También me dijo que no sabía si proponerme para un premio o para unas vacaciones en un castillo por mi temeridad al habernos despegado del grupo y la ansiedad que ello le había supuesto a él. Le contesté que yo obedecía órdenes de satisfacer lo que el Coronel deseara, y que éste me había pedido proceder como hicimos y no podría haberme negado aunque sólo hubiera sido por cortesía. Que en cuanto a la condecoración, le rogaba ni se le ocurriera mencionarlo, pues no deseaba en absoluto poner a ese Jefe en ningún compromiso ante sus superiores. Que si finalmente recorríamos sin contratiempos los treinta kilómetros que nos separaban del pueblo en que teníamos la base de operaciones, lo mejor sería que nos olvidáramos todos del asunto y al día siguiente saliéramos mas temprano para la expedición.

    Historias y recuerdos, mi General, imposibles de olvidar y que se siente pudor al referirlas. Pero al fin y al cabo, vivencias militares que nos han formado y marcado para el resto de nuestra vida. Cuando a los dos años de estos hechos, contraje matrimonio, él no pudo desplazarse desde Alemania hasta Granada, pero sí me estaba esperando en Madrid para pasar un día juntos. Después, siempre mantuvimos contacto por correo hasta un mes antes de su prematura muerte, con setenta y cuatro años, en 1.993, en su ciudad de nacimiento en EE.UU., Lawrencebourg, Mississipi. Allí está enterrado como héroe de tres guerras, la II Guerra Mundial, donde comenzó como Piloto de Caza, la de Corea, con los primeros cazas a reacción, y la de Vietnam como Piloto de Transporte, y siempre hay una bandera de Estados Unidos adornando su tumba. Me decía que nunca le gustaron los bombarderos.

    Perdón por el desahogo y la extensión. Pero este tipo de cosas no se pueden contar en cualquier sitio.

    ¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

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  5. En el Museo de Sanidad Militar (Madrid) esta el busto de bronce de Virgil de Quiñones (procedente del Hospital Militar de Sevilla), también conservamos la placa de plata original de Virgil de Quiñones, estas placas se les dieron al los Héroes de Baler cuando regresaron a España en reconocimiento al su labor.

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  6. Muchas gracias, Don Angel, por la información sobre el busto y demás. Como durante tiempo estuve viendo el deterioro que sufrían aquellos edificios de la zona de Pineda, tenía mis temores de que el busto hubiera desaparecido o hubiera sido objeto de daño irreparable.

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  7. El busto de bronce está realizado en 1953 por el escultor Jaime Gil Arévalo.
    En la placa consta la siguiente inscripción:
    “Al Destacamento de Baler
    El Gral., Jefes y Ofs. del Arma de Infantería
    presentes en Manila
    a su llegada el 8 de julio de 1899
    Recuerdo dedicado al
    Teniente Médico Provisional
    Rogelio Vigil de Quiñones Alfaro”

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  8. Muchas gracias de nuevo. Lo del busto lo conocía. Lo de la existencia de la placa de plata, también, pero no conocía, o no recordaba, la leyenda inscrita, que es sobria y preciosa.

    La historia de aquella gesta en Baler me ha obsesionado desde pequeño, desde el día en que, tendría yo unos ocho años, el Maestro nos la contó a los niños en la escuela del pueblo, y desde entonces he buscado todo lo escrito sobre ella; la pena es que, al igual que la última película, también se publicó una “historia” novelada, con el título de “Morir bajo tu cielo” (un verso de Rizal), que es mejor no leer para no ponerse enfermos por la falsificación indecente que supone a pesar de que se advierta que se trata de una novela.

    En aquellos años, los de mi niñez y adolescencia, todavía vivían muchos de los que combatieron en Cuba y Filipinas, ya octogenarios, y a alguno le conocí. Uno de los “Ultimos de Filipinas” era y vivía en un pueblo de Granada que se llama “Puebla de Don Fadrique”, situado en el extremo NE de la provincia. Y el pueblo del Valle de Lecrin, Granada, en que estuvo como médico el Teniente Vigil de Quiñones, se llama Restábal.

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