MIS QUERIDOS PROFESORES. Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

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Caballeros Cadetes en clase

En mis tiempos de cadete en la Academia Militar el deporte que practicábamos era muy específico y dirigido a nuestra peculiar formación. Equitación, esgrima, esquí, pentatlón militar, judo. Las academias militares contaban con el material y las instalaciones más modernas para su práctica. La natación además de deporte era un entretenimiento durante los largos fines de semana en los que el dinerito se había acabado. Como pronto descubrirán, hay deportes y deporte militar; parecidos, pero no exactamente iguales.

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El Trampolín era una prueba de decisión

Uno de los primeros días de curso nos llevaron a aquella inolvidable piscina académica. Tenía dos trampolines a distintas alturas. A la mayoría subir simplemente al más bajo de ellos y mirar hacia el agua nos provocaba vértigos y mareos. El capitán profesor ordenó que uno tras otro subiésemos a aquella plataforma (de las dos posibilidades a la de mayor altura) y, sin la más mínima duda, nos lanzásemos al agua. Mostrar indecisión antes de lanzarte al abismo que te separaba del agua significaba no superar la prueba y las consecuencias imagínenselas. La flexibilidad del método de enseñanza, sumado a la bondad del profesor, permitía lanzarte del modo que dios te diese a entender. Pocos dudaban. Sobran razones. Pero uno de mis compañeros al ser ordenada la prueba se acercó cariacontecido al capitán.

-Mi capitán es que yo no sé nadar.

El profesor mirando al infinito militar, sin ni siquiera mirar al apesadumbrado cadete, le dio una lección que desde entonces ninguno de los que la presenciamos hemos podido olvidar.

-Caballero: Nadie le ha preguntado a usted si sabe nadar. Únicamente se le ha ordenado que se lance al agua desde el trampolín.

Aquella piscina me trae un mar de recuerdos. Uno de mis más queridos profesores tenía una pierna de madera que había perdido por la explosión de una mina en Ifni. Siempre que llegaba a la piscina llevaba a cabo la misma maniobra. Créanselo por extraño que parezca. En bañador se acercaba al borde de la piscina y al primero que veía nadando le preguntaba por la temperatura del agua. A continuación y cuando había conseguido la atención de casi todos los que tomaban el sol, se quitaba despacio su pierna de madera y, como el que brinda la faena, la lanzaba al agua para a continuación exclamar.

-¡Coño, qué fría está hoy! Ya no me baño. ¡Oye tú!, acércame la pierna.

El bañista al que más cerca le había caído le llevaba sonriente la pierna de madera.

Así un día y otro. Jamás le vi bañarse. Al poco rato de estar en la piscina se ponía su uniforme y desaparecía.

Un día, pasado el tiempo llegué  a tener una cierta relación con él; aproveché para preguntarle por qué siempre hacía la misma broma.

-Mira Davilita, lo importante en esta vida no es bañarse, ni mi pierna de madera, sino saber lo que haces. En este caso hay que saber nadar, con una o con dos piernas, y yo ni sé hacerlo ni tengo ganas de aprender. Pero no dudes que si el capitán (dio el nombre del capitán que nos lanzaba desde el trampolín) me ordena tirarme del trampolín lo hago de cabeza para ir por delante de la pierna. Una palmada en mi espalda acompañada de una sonora carcajada dio por terminada la conversación.

La enseñanza es quizá el más delicado oficio de esta vida. Hay que ser maestro, atrayente, ejemplo de virtudes. La humildad es quizá la más difícil de todas. La tarima son unos centímetros de más que en algunos casos eleva al que a ella se sube hasta la altura del trampolín.

Otro de mis recordados profesores, teniente coronel de Infantería, nos contaba como había sido fusilado por un pelotón de ejecución durante la Guerra Civil. Tuvo enorme suerte y solo un disparo le rozó la cabeza. Haciéndose el muerto logró salvar su vida.

Nos decía:

-Pues bien, señores. No fue aquel día en el que me fusilaron cuando realmente he pasado miedo. Miedo, lo que se dice miedo, lo he pasado en estas aulas cuando el profesor desde esa tarima me hacía salir a la pizarra. Y más miedo pasé en el curso preparatorio para ascenso a general. Les aseguro que prefiero un pelotón de fusilamiento. Huyan de la tarima, de lo que significa, y bájense a tierra. ¡Caballeros!, enseñen y manden, pero no pontifiquen.

He aprovechado estas anécdotas para que en la lectura no se quedasen a medio camino y llegasen a este momento final que es de agradecimiento. Agradecimiento a mis profesores de la Academia General Militar de Zaragoza y de la Academia de Infantería de Toledo. Nunca podré olvidarlos, ni a los buenos, la mayoría, ni a los malos.

Tenían una difícil misión y viendo el paso del tiempo y sus resultados, bien se les puede dar las gracias por la semilla sembrada que sigue, a pesar de todos los pesares, dando sus frutos en nuestras filas de soldados.

Gracias a todos ellos y, por ellos y con ellos, sigo con la esperanza de que ningún plan de enseñanza saque de sus textos y formación, como asignatura obligatoria y principal, el trampolín a la vez que disminuya, pero solo lo suficiente, la tarima.

¡Gracias!, mis queridos profesores.

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

8 pensamientos en “MIS QUERIDOS PROFESORES. Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

  1. A las órdenes de V. E., mi General.

    Entrañables recuerdos y entrañable artículo. Reza un adagio que «es de biennacidos ser agradecidos». Y aquí se cumple. a la perfección.

    Un servidor nunca pensó que un profesor o instructor fuera un ogro, si bien alguna vez hubo que aceptar la tabarra, por no decir paliza, con buena cara y una sonrisa,, de alguien que pretendía pasarse de erudito y se olvidaba del tema a tratar perdiéndose por los cerros de Ubeda.

    Siempre hay algún recuerdo simpático también. Creo que ya he mencionado aquí en un par de ocasiones, que a mi promoción de especialistas nos impartió en Salamanca, en solitario y a piñón fijo, el curso de Suboficial improvisado y en plan intensivo, por la necesidad urgente de que nos incorporásemos a los destinos, un Comandante, ya entrado en años, que había comenzado su vida militar con sólo dieciséis (fingiendo dieciocho) con el empleo de Alférez y precisamente en La Legión al comienzo de la guerra. La de anécdotas y batallas, para contar y no acabar. Excelente persona y mejor militar. Su lema, que nos legó a todos, y que en los respectivos destinos que luego ocupamos llamaba la atención de los jefes, era ese artículo del credo legionario que establece lo de «jamás decir que se está cansados, hasta caer reventados». Tenía la costumbre invariable de todas las tardes, a mitad de la clase, sentir la necesidad urgente de ausentarse durante unos minutos «para hacer una llamada urgente por teléfono». Al poco regresaba con cara de beatitud y reanudaba sus explicaciones. Siempre guardaré un gran recuerdo de él, pues fue como una especie de padre espiritual en cuestiones de espíritu militar para nosotros.

    Un día, el más travieso y ocurrente de los alumnos, no pasábamos de los veintiún años, lo siguió a escondidas y contó que a lo que iba era al despacho pero no a llamar por teléfono, sino a tomarse una buena copa de coñac de una botella que guardaba bajo llave en un armario.

    ¡¡¡Viva España!!!

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  2. Qué jovenes, si parece que fue ayer cuando empezaron a caminar (foto). Recuerdo que había un piloto que una vez volaba un Junker con alumnos como pasajeros, y en estas que se olvidó de ellos, y le dio por dar pasadas sobre la casa de unos amigos, adornando la maniobra con cerrados virajes a la vertical, la punta del plano casi tocando el suelo. Cuando se acordó del «pasaje» que llevaba, se levantó, aparto la cortinilla, y les dijo: «señores, esto ha sido una demostración de como NO HAY que volar». Y, tan tranquilo, regresó a su asiento, y volvió a tomar los mandos; la moraleja es, que de alegrías, travesuras, y patas de palo, también se aprende, y si no es así, al menos se pasa un buen rato. Buenos días, mi General, y todos.

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  3. Buenas tardes

    Muy buenas anécdotas, mi General. Una, que no ha llegado mas allá que a tirarse de un trampolín, el alto, en una piscina olímpica, y que no volvió a repetir la experiencia por supuesto, imagino muy bien lo que debió ser para el pobre que no sabía nadar tener que ejecutar la orden de su capitán. Supongo que así se forjan caracteres, no cabe duda, si es que el pobre no murió en el intento ahogado.

    Y para qué hablar de la lección de «como no hay que volar» del piloto instructor. Todavía recuerdo con horror las turbulencias que sufrió un avión en un vuelo Puerto Rico – Miami en el que viajaba con mis hijas y con mi madre, y la más pequeña, a la sazón mas o menos cuatro años, se escurrió del cinturón de seguridad y pasó al menos cinco minutos trotando sin control el pasillo de arriba abajo hasta que un pasajero logró echarle el guante y la sentó sobre sus rodillas. Las azafatas ni se atrevieron a moverse de sus asientos. Ella ni se inmutó. Cuando logré recuperarla me dijo que se había divertido mucho. Quizás debería haberse hecho piloto.

    Y estoy de acuerdo en que es terrible estar sobre una tarima, con más de treinta ojos clavados en ti. Para un alumno, y para el profesor, Para alguien mínimamente tímido es como la prueba del fuego.

    Y leyendo todo lo que nos cuenta es fácil deducir que la formación que se daba a los cadetes, y que espero se siga dando, forme a nuestros soldados de la magnífica manera que hasta ahora vamos comprobando.

    Un cordial saludo.

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  4. Hablando de la tarima, mi General, hay dos visiones de ella.
    De un lado, la de quienes la ven únicamente como una separación jerárquica entre profesor y alumnos.
    De otro lado, la de quienes además la ven como una manera de que el profesor que explica, tanto en forma oral como en un desarrollo o esquema en la pizarra, pueda ser observado fácilmente, sin que a ningún alumno le estorbe la cabeza del que tiene delante y así captar mejor la explicación.
    Lamentablemente los ganapanes que vienen rigiendo la enseñanza desde mediados de los setenta, en una pretendida democratización de la enseñanza nos han obligado a enseñar sin tarima, a pretender ser “amigos”, “coleguis” de nuestros discípulos.
    A quienes no entramos por el aro, y aunque explicáramos a ras de suelo, nuestros discípulos siempre nos reconocieron la “auctoritas”.
    Hablo desde mis casi cuarenta años de docencia en Enseñanza Primaria y Bachillerato.

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  5. Mi General : Bonito regaló el de hoy, la General es nuestra “ puesta de largo “, en la milicia, por eso todos los que hemos pasado por ella, tenemos una unión especial.
    He pasado por la Academia, como alumno y años más tarde como profesor, con más experiencia ( Paracaidismo, Profesor de Educación Física. .Ifni,,,,). Mis recuerdos están llenos de anécdotas. Quizás estos fueron los mejores de mi vida Militar..🇪🇸🇪🇸🇪🇸

    ¡¡¡ TODO POR LA PATRIA!!! ¡¡ VIVA LA ACADEMIA GENERAL MILITAR.!!

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  6. Hoy, bueno ayer, que era la festividad del fundador de los Maristas donde estudié hasta COU, en mis tiempos de cole beato, hoy santo, recordaba a mis profesores de aquellos dos colegios y sus métodos de enseñanza. Y tuvieron la muy buena idea de organizar un concurso basado en el programa de la tele que algunos recordarán, «Cesta y Puntos» para estudiar la vida y milagros del Fundador. Nuestro equipo ganó en la provincia de Levante, es lo de menos, lo importante es cómo se las ingeniaban aquellos profesores para hacernos la enseñanza amena y cercana, lo que ha dejado en mí una huella indeleble. Y sobre todo, una formación general que nunca agradeceré lo bastante: lo que peor llevaba, la gimnasia, que por cierto la impartía un militar de la cercana base de Alcantarilla y que nos aplicaba, je je, una instrucción casi de campamento, que nos resultaba muy dura a los menos preparados para el ejercicio y el deporte. Pero hasta ese profesor no dejó en mí mal recuerdo, aunque me pasara como al cadete que no sabía nadar, que no me preguntó cuando me mandó subir a la escala si podía, y desde lo alto me caí y la muñeca me fracturé.

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