GUERRA EN UCRANIA 8. LO NUCLEAR. Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

«Mejor nos iría si empezamos a entender el significado de disuasión». En la guerra nuclear hablar de disuasión significa evitar la destrucción del mundo, no convertir la Tierra en basura espacial.

No se trata de evitar que se enfrente un número de bombas atómicas contra otro número; con una que alcance su destino es suficiente. Es una falacia aquella teoría que aún algunos dirigentes sostienen: «respuestas controladas y pausas negociadoras si se desencadena un ataque termonuclear». No hay respuesta a ese suicidio. Ni negociación posible.

Disuasión es evitar que un loco pueda llegar a ser el dirigente de cualquier nación, grande o pequeña, nuclear o no. La ONU debería estar pendiente de estas cosas, porque cuando mundos enfrentados se reúnen a discutir la imposición está en no destruir el mundo. Eso es disuasión nuclear ya que nadie puede evitar la guerra que hasta ahora nos hacemos. Matémonos, pero no destruyamos el mundo. Habrá que cambiar el sistema de control actual de la ONU (Consejo de Seguridad).

La experiencia de la guerra nuclear nos hizo ver que es el final de los tiempos. La guerra nuclear limitada no existe. El ataque nuclear no es cosa de soldados, sino de la ciencia y exclusiva arma de los políticos.

Más difícil que empezar una guerra es terminarla. Ahora es más fácil acabar con todo.

«Está en la naturaleza del agua evitar las alturas y precipitarse en las regiones bajas. Cuando se rompe la barrera, el agua se abalanza con una fuerza irresistible. Pues la forma de un ejército se asemeja al agua. Tomad ventaja de la falta de preparación del enemigo, atacadle en el momento más inesperado, evitad su fuerza y castigad su inconsistencia y, al igual que el agua, nadie podrá resistiros».

No somos conscientes. Este es un mundo que vive sin la dignidad del peligro; mira en otra dirección y prefiere ser sorprendido sin solución. Es incomunicable la guerra y por tanto hablar de ella es inútil; nadie escucha. Nadie sabe lo que es la vida si la muerte no ha sido tu compañera, si nunca has sentido el escalofrío del final. Eso es la guerra, sentirla, un sufrimiento que si pudiese ser compartido pondría fin a las contiendas. El animal competitivo lleva su duelo hasta el final.

Guerra y paz es una novela necesaria, tanto que ha dejado de serlo para convertirse en un hecho vital con el ritmo de la guerra y de la paz, entre vida y muerte.

El diálogo entre el príncipe Andrés y Pedro rompe la novela casi al comienzo.

—Si todos hicieran la guerra por convicción no habría guerra.

—Eso estaría muy bien —Repuso Pedro.

El príncipe sonrió.

—Sí, es posible que estuviera muy bien, pero no ocurrirá nunca.

—Bien, entonces, ¿por qué va usted a la guerra?—preguntó Pedro.

—¿Por qué? No lo sé. Es necesario. Además, voy porque… —se detuvo—.

—Voy porque la vida que llevo aquí, esta vida, no me satisface.

Insatisfacción. Sin retorno a la paz.

Recoge Pascal: Quod bellum firmavit, pax ficta non auferat, «lo que la guerra ha consolidado, que una fingida paz no se lo lleve». «Solo nos place el combate, pero no la victoria». Concluye que prima el juego sobre los resultados. Se ama más la caza que la presa.

Vivimos sobre una paz amenazadora y eso no es paz. «La paz no podrá ser una paz de compromiso» (Ernst Jünger).

En cualquier frase escrita, desde los inicios, toda la literatura refleja el vivir alejados de la armonía que pretendía Kepler cuando todo derivó en la guerra de los treinta años. O cien, vida en guerra con periodos de descanso para rearmarse. Una pausa entre guerras.

Simone Weill llama a la Ilíada el Poema de la fuerza: La fuente griega. Es sin duda el manantial de donde se nutren todas las fuentes, porque no es una epopeya, sino todo: lo que envuelve y lo envuelto, arriba y abajo.

Al menos hubo fuerza en el poema, en la vida. Humana, fuerza perdida en el anunciado Laberinto, impenetrable, más aún: irrenunciable.

En El nacimiento de la filosofía Giorgio Colli nos sacude con el recuerdo de la violencia diferida, del dios que hiere desde lejos. Está entre nosotros y mientras intentamos adivinar la procedencia de las flechas, el pasado, para ver sus efectos, el futuro, no caemos en que el presente será una mezcla de ambos, de aquello que conocemos y de lo que intuimos. La flecha está ya en el aire y mientras discutimos si son galgos o podencos llega el momento en el que no tengamos nada que temer; porque todo haya terminado.

Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo.

¿Galgos o podencos?

La estrategia y la táctica quedan desbordadas cuando el espíritu de la guerra se convierte en una lucha a muerte en la que no se respetan las reglas de la guerra, cuando los generales son arrollados por la inmoralidad de sus tropas de lo que ellos son únicos responsables.

Una guerra en la que se ha roto el código del honor, donde ya no hay ética militar, puede acabar en cualquier cosa.

Una guerra que está a punto de acabar en algo peor. El terrible ejemplo de acabar con una explosión mayor que todas las habidas hasta el momento debería hacernos pensar más allá de los despliegues de tropas intimidatorios. Ese momento tan cercano: «Ya no había nada más que temer». Era la peste atómica; que puede regresar. No fue una guerra, sino todo y nada que es la definición de la muerte moral. Física también, pero eso es un mal menor.

Salvo una batalla perdida, no hay nada tan triste como una ganada. Nadie gana cuando se manejan ejércitos que no hacen la guerra, sino imponen pura violencia.

El ataque o la defensa antes se llevaban a cabo en función de los medios disponibles. «Cuando se dispone de los medios suficientes, lo adecuado es la defensa; cuando se dispone de medios más que suficientes, el ataque».

Desde que el hombre adivinó como acabar con el arte de la guerra la elección es otra: la energía.

No vemos el movimiento al crecer las flores por muy fijamente que las miremos, pero pasa el tiempo y y su ciclo se completa. En eso está el mundo sin que sepamos el tiempo que va a durar. Guerra de los treinta años, Primera Guerra Mundial o Segunda, pero nada será igual.

Surgirá una flor sobre el cardo donde los colores del jilguero serán solo su canto.  Esa es una energía que lleva un camino equivocado.

La III Guerra Mundial está en marcha. Nadie hace nada por evitarla. Todo lo contrario.

Ya no hay más arte que el del silencio tras la explosión.

Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

Blog: generaldavila.com

25 enero 2023