A LA SOMBRA DE LAS PISTOLAS. Rafael Dávila Álvarez

España tiene miedo. No es solo a la Covid-19; no. Es algo peor; hay miedo al Gobierno, al amo, a esos que nos vigilan y deciden; empieza a haber miedo al político y eso es fascismo y tiranía.

El precario trabajo está a punto de desaparecer y el ERTE o el paro —alternativas comunistas en sus manos— te someten como un yugo. Tus derechos quedarán reducidos a lo que legislen durante un periodo en el que son la Ley y la Justicia. Lo alargarán todo lo que puedan. Incluso si no hay elecciones será su triunfo. Caminan solos rodeados de portadores de tirsos.

¿Para qué meterse en líos? Tu vida en sus manos. Juegan con ello. Miedo y esperanza. Ni lo uno ni lo otro. Son los mismos vacíos que a nada conducen. Se impone ser consecuente y para ello, primero, conscientes de lo que nos jugamos.

Pónganse en pie y no se dejen engañar. Recios robles y flexibles juncales, pero no esperen ni cedan. En cualquiera de las situaciones estará fuera de lo que el deber les impone, que a nada les obliga, sino a vivir con la dignidad de conocer y aprender que ser libre solo depende de usted y que tener miedo es un eslabón más de la cadena con la que está usted atado a la caseta.

Vivir con miedo no es posible, no es vivir, ni siquiera morir.

Los árboles se miden por su sombra o su fruto y, tanto lo uno como lo otro, no son el árbol sino sus consecuencias, así que me estoy pensando que la sombra y el fruto son más importantes que la realidad del que las produce. Vagan entre nosotros sombras dantescas y se han secado los frutos.

Párate y no temas a tu sombra, aunque te persiga, sino a las que no son la tuya.

Aún recuerdo Revelación del siemprevivo José Jiménez Lozano:

SOL, vencido te regala,

en la tarde de otoño,

el poder y la gloria.

Mira tu alargada sombra:

nunca serás más grande.

Nunca fue la sombra más larga que en el declinar del sol o al mediodía en el solsticio del invierno. Todo declina; cuando se hace la sombra alargada.

Temor. ¿A quién?: a las consecuencias de imponerse las sombras de las pistolas que hicieron, y pretenden ahora, declinar a España.

Es la hora de luchar y unirse contra los que han conseguido que el comunismo y el terrorismo se unan y lleven del ronzal al conjunto de la sociedad española. Con bozal también.

No habrá nadie de los grandes, y ya saben a quienes me refiero, que haga o deje de hacer algo que, viendo que va contra la justicia y la moral, le perjudique a su negocio (moral y material, que los dos conviven). Antes quebrarán su rodilla y rendirán pleitesía a su sombra.

Nos sentimos cómodos encadenados en una caverna convertida en taberna, donde se reúnen las sombras del pasado advirtiendo que están ahí; y que aquel horror puede volver en cualquier momento. Solo hace falta que nos demos la vuelta y veamos la realidad. No se han ido. Ahí siguen.

Creedme. Dejad la cueva. Soltad vuestras ataduras y acompañadme al mundo del conocimiento. Descubramos a nuestros tiranos. Miedo a su sombra de tan triste recuerdo que se alarga; esperemos que sea en su declinar. De todos nosotros depende..

Porque no hay que tener miedo cuando se mira de frente y con la verdad por delante.

Mira tu alargada sombra y no dejes que otra la suplante, ni que te persiga, como antaño hacía cuando como miedo te vigilaba.

De pronto, como del trueno, se ha ennegrecido el horizonte, se atisba una tormenta de rayos y centellas, cuando unas sombras de muerte rasgan el silencio con un disparo del pasado, fugaz, y que en lo oscuro se hacen presentes, disfrazadas y, tú que las conoces de otra veces, ves que ofrecen la mano, la que iba armada, pactan con el miedo de la muerte.

Ha sonado el trueno, pero no lo hemos oído.  El rayo nos ha golpeado sin darnos cuenta.

A la sombra de las pistolas.

Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

Blog: generaldavila.com

15 noviembre 2020

 

Humanismo y política: terrorismo y esperanza Pedro Motas Mosquera

Queridos amigos: últimamente se habla de terrorismo en el ámbito judicial, político y social por los hechos acaecidos en Alsasua como la agresión brutal a los guardias civiles; y es por ello que todavía existe esa lacra en nuestro tiempo actual y en zonas concretas, aunque sea camuflado y justificado por indeseables.

Seguro que teneis una idea propia de lo que es y significa el terrorismo, entre otras cosas porque en España lo padecemos desde hace más de medio siglo, y porque desde el atentado contra las Torres Gemelas en Nueva York se ha convertido en un problema de escala mundial.

En esencia, los terroristas quieren alcanzar unos fines políticos que, saben, no podrán alcanzar nunca por vías democráticas, pues no tendrán las mayorías suficientes, por lo que usan la violencia extrema, es decir, el terror.

Para el humanismo, el terrorismo es lo opuesto a la ley y a la razón, y es la antítesis de la democracia, porque si los terroristas llegasen alguna vez a alcanzar sus fines, seguirían utilizando el terror para conservarlo, y nunca concederían libertades públicas a los ciudadanos.

El terrorismo nunca puede estar justificado en una sociedad democrática (ni en una no democrática). Supone un ataque cobarde a la libertad y, en muchos casos, a la vida de seres inocentes e indefensos. En un discurso ante el Cuerpo Diplomático, el 15 de enero de 1983, el Papa Juan Pablo II (víctima del terrorismo) dijo que el terrorismo es siempre una manifestación del odio, que la violencia engendra violencia, que al asesinato no se le puede llamar con otro nombre que asesinato, que no es un medio para construir nada, y que ofende a Dios, a quien lo sufre y a quien lo practica.

El problema del terrorismo no es solo su propia existencia, sino el apoyo social que encuentra para mantenerse.

Pero es también problema el de su final. En este punto solo hay dos salidas: la derrota o la negociación. Sin embargo, toda negociación implica, por principio, alguna cesión, por pequeña que sea, por lo que el resultado de la negociación sería que los terroristas han alcanzado por medio de la violencia esa cesión. Como esto resulta intolerable e inasumible en términos democráticos, la conclusión es que el final del terrorismo solo puede producirse con su derrota.

La derrota del terrorismo implica que se lleve a cabo utilizando los medios policiales y el sometimiento a la justicia, dentro de las normas del Estado de derecho, lo que supone excluir cualquier tipo de la llamada “guerra sucia”.

Por su parte, la negociación plantea la cuestión del precio a pagar, es el llamado “precio político”, expresión que se utiliza con frecuencia para designar lo que se estaría dispuesto a dar a cambio del abandono de las armas. Como es comprensible, las negociaciones con una organización terrorista nunca son públicas, por lo que sus resultados solo se conocen cuando se ha llegado, en su caso, a un acuerdo.

¿Qué es el precio político? Si nos limitamos al caso de la organización terrorista ETA, por ser el más cercano a nosotros, se pagaría precio político: si se consiente que el País Vasco y Navarra constituyan una misma entidad política; si se acepta que se convoque un referéndum para la autodeterminación del País Vasco; si se libera a los presos de ETA al margen de la normativa penitenciaria vigente y la interpretación que de la misma han hecho los tribunales; si se permite que los miembros de ETA en el extranjero vuelvan a España sin someterse a los procesos penales que tengan pendientes; si se promueve la legalización de los Partidos declarados ilegales conforme a la normativa vigente, e incluidos en las listas europeas de entidades terroristas; si se concede subvenciones a los terroristas excarcelados durante cierto tiempo para favorecer su “reinserción social”; si se admite que el Estado de Derecho ha entrado en “tregua”, y el propio Gobierno, el Ministerio Fiscal, el Poder Judicial, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y la Administración Penitenciaria dejan de cumplir escrupulosamente las Leyes en vigor y; si se niega a las víctimas del terrorismo el papel que deben representar en el proceso y no se les reconoce el sufrimiento y el sacrificio por los que han pasado y que su dignidad y la justicia demandan; si se olvida a los miles de ciudadanos vascos que abandonaron el país víctimas de las amenazas y extorsiones contra ellos y sus familias y no se les ofrece las justas reparaciones; si el resultado final al que se llega implique, directa o indirectamente, el reconocimiento y la legitimación de más de medio siglo de terrorismo.

Como fácilmente comprenderéis, queridos amigos, ninguno de esos puntos puede ser objeto de negociación ni de concesión, pues implicaría, como antes os dije, que los han conseguido con la violencia, lo que es inaceptable desde la perspectiva del humanismo.

Pero continuando con el análisis de las actitudes humanas que preconiza el humanismo, y dejando la desesperanza que en las lineas anteriores hablaba del terrorismo, haciendo un esfuerzo por mi parte, os hablo ahora también de la esperanza, esperanza en que en un futuro no lejano llegue la cordura y la sensatez a la sociedad y a la política.

Se ha dicho desde ámbitos de la investigación antropológica que la esperanza es el icono esencial de la condición humana. Es posible, pero yo prefiero pensar que, aunque no sea el signo decisivo y único, la esperanza sí es una realidad y una virtud que condiciona a la persona.

Más aún, para el humanismo cristiano, la esperanza tiene un significado mayor, esto es, la esperanza trascendente, la esperanza en el más allá, en la salvación eterna que, aunque esperanza teologal, no por ello desplaza o excluye las esperanzas humanas o de esta tierra. Ambas, no solamente conviven, sino que estas últimas, las terrenas, se ven fortalecidas e iluminadas por aquella, la gran esperanza.

La esperanza no es una actitud vacía, sino que es un poderoso instrumento frente a los problemas y dificultades de la vida, frente al dolor y las enfermedades, frente a las incertidumbres y los desconciertos. Por eso, en la actitud humanista de la esperanza va incluido, como contenido propio, tanto la voluntad para luchar contra tales dificultades, como el deseo de ser ayudado y apoyado por los demás. Cuando hacemos todo lo posible, todo lo que está en nuestras manos, estamos ejerciendo la actitud de la esperanza.

Lo anterior explica que el humanismo considere la esperanza como una actitud necesaria. En una comunidad social, debidamente estructurada, la esperanza del hombre debe partir del propio esfuerzo, al que me he referido en artículos anteriores, y desarrollarse cuanto sea preciso, con la ayuda debida, es decir, la que corresponda en justicia y solidaridad de los demás miembros de la misma comunidad.

El político, no está excluido de la actitud de la esperanza. Y no solo eso, el político puede encarnar perfectamente las condiciones que hemos propuesto para constituir su contenido.

Ante todo, debe estar convencido de que puede alcanzar los fines y objetivos que se ha propuesto. Sin ese convencimiento su tarea sería un mero “dejar pasar”. Luego se encontrará innumerables dificultades en su tarea, desde las dificultades técnicas o financieras, o las que surgen de la incomprensión o la demagogia, hasta las críticas injustas o posiciones partidistas de los medios. Contra estas dificultades ha de enfrentarse con la esperanza de que no le impedirán estar convencido de que puede alcanzar sus objetivos y que no va a renunciar a ellos.

Y en su lucha, el político tiene que buscar ayudas. Ayudas de los hombres y ayudas de la comunidad. Si hay algún ámbito de la vida donde no sobrevive el “lobo estepario” es en el ámbito de la lucha política.

La esperanza nos ayuda, queridos amigos, a avanzar por la vida, puede, incluso, que sin darnos cuenta. Pero si nos paramos un momento a reflexionar, en todo cuanto nos proponemos, está implícita la esperanza de conseguirlo, que nos obliga a poner los medios necesarios y a demandar, en su caso, la ayuda de los demás.

Recibid un cordial abrazo de

Pedro Motas Mosquera

Blog generaldavila.com

25 abril 2018