Que la democracia liberal parlamentaria, en la que la soberanía nacional está representada exclusivamente por partidos políticos está llevando a la muerte a la civilización occidental es algo que cada día parece más evidente.
Cierto es que no hay obra humana eterna, y que la empírica histórica lo avala, por eso creo que vivimos los últimos estertores del sistema y con él, el de la propia civilización.
Europa en general y particularmente España, han olvidado sus raíces; han invertido los valores auténticos que un día exportaron al resto del mundo; han quebrado la unidad espiritual; han perdido el respeto a las genuinas libertades; y han dejado de ser el faro de civilización y estimulo de progreso que un día fueron. Y lo han propiciado los políticos agrupados en partidos con filosofías importadas que han llevado hasta la escuela devaluando además la autoridad de los padres.
A nadie se le escapa la existencia y el poder económico de los lobbys en ese afán de ideologización trastocando los valores tradicionales de la persona, sin excluir la familia y la escuela.
La fotografía que ayer se hicieron la mayoría de los líderes parlamentarios hizo deprimente la sesión de investidura. Ese enfrentamiento entre partidos, sacó a relucir el egoísmo, la soberbia, la mala educación y lo inane de las malas formas obsesionadas en lo particular con olvido de lo general.
No es posible el progreso social en libertad, con justicia, dignidad y seguridad si se hace abstracción de la cohesión. Y ayer fue la fotografía de una España rota, enfrentada en sus partes e incapaz del menor resquicio para coordinar nada.
Conviene decir las cosas como son por muy duro que parezca, porque si aún estamos a tiempo en España de revertir la situación, solo se conseguirá con una reflexión profunda y sincera. Y para ello es preciso delatar a los sicofantes que han creado un ambiente del que es muy difícil salir sin valentía moral.
Se ensalza hoy a quienes pusieron los cimientos del edificio que hoy tenemos y yo creo que, si bien pudo haber inocentes engañados por los cantos de sirena, también y además, triunfaron quienes sabían muy bien lo que hacían y porqué. No fue una transición, fue un proceso muy calculado para destruir y en el que muchos no sabían muy bien que se pretendía construir. Hoy cuatro décadas después se ve la fealdad del edificio.
Hubo voces que lo advirtieron, voces que no quisieron ser escuchadas. No tendría papel para traer todas aquí, por tanto solo transcribiré una. Y la traigo porque es quizás la voz más denostada por los sicofantes que han engañado permanentemente a los españoles. Y lo advirtió en una entrevista realizada por Serge Groussard y publicada por el prestigioso diario francés Le Figaro correspondiente al jueves 12 de junio de 1958, en sus páginas 4 y 5, dentro de una serie en la que aparecían “Aquellos que dirigen el mundo” (Chez ceux qui mènent le monde: Franco).
“A la pregunta del periodista que le entrevistaba -¿La democracia liberal no es la llave política del mundo de mañana?
Contestó.- Lo que usted llama democracia es, si no me equivoco, el sistema liberal basado en el juego de los Parlamentos y de los partidos. Y ante la afirmación del periodista replicó: –Pues bien, este sistema político ha dado ya todo que podía de sí. Y, en verdad, este sistema ha acumulado numerosos fracasos cuando se trató por los Gobiernos liberales de resolver los problemas nacionales esenciales. Ante los problemas fundamentales, la unión, la unidad de la nación, son indispensables. Y, sin duda alguna, la multiplicidad de los partidos llega a fomentar los desacuerdos nacionales en todas las grandes cuestiones.
No, la democracia no tiene nada que ver con el régimen de las asambleas parlamentarias y la multiplicidad de los partidos políticos rivales. La democracia consiste en averiguar cuál es la voluntad del pueblo y en servir dicha voluntad.
Pero, objetará usted, puesto que la base de la democracia consiste en el gobierno del pueblo por sí mismo, ¿y si el pueblo eligiese el régimen de los partidos? En verdad que dentro de cada nación incumbe al pueblo elegir su régimen político e incluso su destino. ¡Que se haga la voluntad popular, pero cada uno en su casa!
Hay, sin embargo, una diferencia entre los regímenes. En los regímenes liberales, el interés de los parlamentarios y de los partidos supera al interés público, mientras en los regímenes auténticamente nacionales es el interés público el que predomina.
Y la realidad actual, perece que no se aleja mucho de lo que ya dijo y advirtió Franco en los años cincuenta. Tratar de averiguar ayer en el Parlamento por boca de nuestros representantes, cual era la verdadera voluntad del pueblo español, fue “misión imposible”. Y mucho me temo que de ir a unas terceras elecciones, esa voluntad mostrara como tantas veces, una sociedad quebrada por ideologías variopintas ajenas a nuestras verdaderas y viejas raíces.
Coronel Enrique Alonso Marcili (R.)













