ADIÓS AL PERIÓDICO Rafael Dávila Álvarez

¡Tanto lo siento! Sigo siendo un antiguo, de los del periódico y la barra de pan y si se tercia tomarme un cafelito con churros. Es un placer coger el periódico y pasar hojas de atrás adelante que es mi costumbre; ¿será genético?, también lo hacía mi padre.

Cierran quioscos y cada vez cuesta más encontrar donde comprarlo sobre todo si no estás en una gran ciudad. En mi opinión lo mejor de los periódicos son sus articulistas. La mayoría y de casi la totalidad de ellos. Tengo mis predilecciones, de alguno soy amigo, de todos aprendo, a escribir y a leer, es una literatura necesaria, fácil (a veces no), y libre (a veces no).

Les diré lo que me ha pasado hace muy pocos días. Estaba en el campo, lejos de casa, perdido, aunque consciente. Con esto de la pandemia preferí no salir de mi encierro ni para ver una calle asfaltada. Pero el domingo sentí la necesidad del periódico y de la barra de pan que además el lugar era de buen pan y seguro que de ricos churros.

Desconocía el pueblo más cercano, nunca había estado allí, encontré rápido la panadería donde pregunté por un sitio donde comprar el periódico. Me extrañó la cara de la joven (a pesar de la mascarilla) y la pausa de duda que hubo, eterna me pareció, hasta que me contestó.

La pausa, llegué a la conclusión, no fue porque pensase en el lugar de venta, sino que dudó la respuesta: ¿un periódico? Como si dijese ¿eso qué es?

Entró en esos momentos un hombre, ya mayor, a la panadería y la joven le pasó mi pregunta. Se quedó también pensando un rato, hasta que recordó que había un sitio no muy lejos, pero creía que había cerrado ya, y que desde luego los domingos seguro que no abría.

¿En algún sitio puedo desayunar churros?

Ni churros ni periódico, pero, ¡menos mal!, había pan de panadería. Sector servicios. 6.500 habitantes. ¡Ojo al dato!

Al llegar a mi lugar le di gracias al Cielo de que no hubiese internet y que mi móvil se hubiese quedado en Madrid. A veces es bueno no llevarse ni libros cuando de soledad se trata. No sé cómo se me ha ocurrido bajar al pueblo.

Más solo que la una, mejor que mal acompañado en enredos sociales.

Un águila lagunera vigilaba desde las alturas una gran charca. Por un momento pensé que era un dron.

El calor no respetaba ni las sombras.

Escribía la chicharra sobre el tronco de un árbol, estridulaba que debe ser parecido; de pequeño me enseñaron que lo de la chicharra no es canto sino estridor.

El águila y la chicharra, la sombra caliente; y el silencio de pequeños murmullos. De las pocas cosas que no habían cambiado en mí recuerdo.

Ahora cuando vuelvo a la ciudad todo chirría en desagradables sonidos.

Al fin he podido comprar el periódico, pero me dice el quiosquero que a partir de ahora voy a tener que encargarlo previamente.

Todo chirría.

Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com