AFGANISTÁN (2) LA CAÍDA DEL IMPERIO General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

«Andaban los tiempos recios» (V 33, 5) dice Santa Teresa, que en ella es hablar de lo relevante y no de la vulgaridad con la que nos acosan (y no es delito). Inefable: misterio. Todo lo grande está rodeado de lo incomprensible. El vulgo por tanto se aburre de pensar porque pensar «pa na» no merece la pena. Es la crisis mayor del avance tecnológico acompañado de la pereza intelectual. Que sean otros los que piensen y decidan por mí. Al ser humano siempre le apasionó ser mandado y hasta goza con el servilismo.

Las tropas cobran, y hacen bien, como se hacía en Flandes. La diferencia la marca la fe y el Señor: «que buen vasallo…» que la fe se ha perdido; que bajo el sol no hay quien devuelva la mirada caliente, que no hay señores a los que merezca la pena; que hay mucho servilismo.

Cualquier sacrificio es inútil y sin embargo quedan sacrificados que aun viendo este desierto de ideales y de ideas dan su vida por aquellos que no saben o no pueden defenderse.

Siento la necesidad de decir algo, ahora, cuando no sé qué decir ante la abundancia de palabras que nada dicen.

Está la guerra entre nosotros y no es cosa de hacer de la nación un inmenso campamento. Vamos camino de una derrota sin precedentes.

Dice Villamartín (Nociones del Arte militar) que «no es más fuerte la nación que más presupuesto de guerra consume, que más soldados cuenta en la paz, sino la que sabe levantar a poca costa, sobre una base permanente bien constituida, ejércitos formidables el día del peligro».

Ese día ha llegado. El ejército poderoso ha sido derrotado. La culpa no ha sido suya, sino de quienes la sostienen con premisas hundidas en las arenas del vacío moral.

Los ejércitos formidables se constituyeron sin moral, sin prestigio ante la sociedad a la que sirven, sin razones que los empujen más allá de sus fronteras, sin cultura de algo tan viejo y fundamental como qué son y para qué sirven sus hombres de armas.

No.

No han sido derrotados los ejércitos, ni siquiera el más formidable y mejor armado del mundo. Ha sido derrotada la moral que hace dar la vida por un ideal. Ni se piensa ni se siente. Es el desierto moral de occidente.

No son razones de índole material las que llevan al sacrificio. Estar convencidos de que se lucha por una causa justa ha sido históricamente para los soldados su asidero moral más firme ante la brutalidad de la guerra. El honor y la honra siempre han sido sentimientos que han acompañado a las unidades moviéndolas hasta límites insospechados. Cuando no se lucha con convicciones morales, cuando cada uno va a lo suyo y no hay una referencia a seguir, un ejemplo a imitar y una disciplina moral que cumplir, solo se lucha por salvar la vida y ese es el momento a partir del cual se empieza a perder la moral, el combate y la vida. Camaradería y fraternidad, disciplina, instrucción, adiestramiento, pero sobre todo mando, acción de mando. Concebir, decidir, preparar y dirigir. Decidir: exclusiva responsabilidad del mando. Sus consecuencias también.

Así termina Villamartín su capítulo dedicado a los ejércitos permanentes diciendo:

«¡Desgraciado país aquel que hace odiosa la carrera de las armas, aquel que alquila los ejércitos en los días de peligro, aquel que los degrada nutriendo sus filas de hombres sin virtudes ni patriotismo, aquel que con su menosprecio mata el honor militar y ahoga las nobles ambiciones! Repasad la caída de todos los grandes Imperios y veréis que el primer síntoma de ella ha sido la desorganización moral de las tropas, el rompimiento del lazo que debe unir al ejército y al país, el desprecio o el odio del ciudadano al soldado».

Son tiempos recios cuando se huye y no se defiende, cuando los ejércitos sirven para cerrar la comitiva que no se bate ni en la retirada, cuando aceptas la derrota y te matan sin plantar cara. Cuando abandonas el fusil porque la sociedad demanda unas flores. Para las tumbas de los que mantuvieron el honor que otros mancillaron.

Andan los tiempos recios y en mi opinión sin remedio.

<<Descubrirás que lleva años construir confianza y apenas unos segundos destruirla y que tú también podrás hacer cosas de las que te arrepentirás el resto de la vida>> (Borges).

Termino con ese recuerdo terrible de Mozart. Quizá dicho con música penetre mejor en las nebulosas de los que todos los que creen ser el poder: <<Si el emperador me quiere, que me pague, pues sólo el honor de estar con él no me alcanza>>.

El Imperio a punto. Los tiempos cambian; para el honor y la honra también.

Es la caída del Imperio. Mientras con ello, abatidos los soldados, los que creían que el honor y el valor era su oficio, el mejor del mundo, nada ni nadie queda para defender todo aquello por lo que dispuestos a morir estamos; y dudo de lo que venga. Vaya por ellos nuestra oración.

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

3 septiembre 2021