CORREOS. CUANDO LAS CARTAS NO LLEGAN Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

De nombre oficial Sociedad Estatal Correos y Telégrafos, cien por cien pública y presidida por un amiguete del presidente del Gobierno, que así funciona lo uno y lo otro.

Nada hay (había) tan personal y sagrado como la correspondencia que hasta la Constitución protege (art. 18).

Cualquier envío; una carta es tan delicada como la intimidad de dos personas. Claro que hoy eso es un cuento de niños, ¿intimidad? ¿cuando los ataques diarios del agitprop llegan a tu más profunda recámara y es prácticamente imposible elegir la vida en soledad familiar?

Algunos seguimos usando el buzón de casa, el depósito de la carta con su sello, preferible al correo electrónico para ciertas comunicaciones. Abrir esa casita de noticias es todo un ritual.

Hay una gran empresa que se ha hecho amo y señor de envíos de todo tipo y me resistía a hacer uso de ella. Siempre he sido de carta, sobre y sello. Me pasa algo parecido con el periódico de papel, hay algo que me lleva a no abandonarlo.

El caso es que ni el domingo, ni los sábados, abro el buzón, pero a partir de ahora  tampoco los lunes, ni los martes, ni los miércoles… Aquí no aparece nadie.

Llevo 15 días esperando la que me envían por correo que es importante; también un libro que he pedido, y me dicen enviado por «correo exprés»; hace un mes. Me llegan en ocasiones cartas y recibos dirigidos a calles y nombres que nada tiene que ver con el mío o dirección. Unos se echan la culpa a otros. Que si hay atasco de correspondencia, que somos pocos, que no hay medios, que si la pandemia.

Como justificante solo nos queda la palabra y un sello. Es decir que pagar se ha debido pagar por un servicio no realizado. Todos se lavan las manos.

Lo normal siempre —en este caso ni les cuento— es echar la culpa al mensajero. Nadie repara en la ausencia de inspección y trabajo bien hecho; La verdad profunda de todo esto es que les importa un bledo. Pero la culpa la tenemos nosotros que hemos llegado a un estado de aceptación —de todo— que para sí quisieran los estoicos. Esta dependencia de lo mal o bien que otros hacen y todos pagamos es lo que nos caracteriza: sumisión.

La carta que usted escriba no llegará a su destino y si llega, es tan tarde, que el contenido nada tendrá que ver con lo que usted escribió.

Solo protesta quien sabe que está amparado y que su nombre no será grabado en los archivos profundos.

No interesa la letra, no escriba cartas privadas, se ha terminado el correo íntimo entre dos. Será tarde. O no llega o lo hará con otras palabras ya pasadas.

Todo empieza cuando las cartas no llegan. No echemos la culpa a los funcionarios. Revisemos el sistema que requiere modernización. Activarlo.

«Arrasado el jardín, profanados los cálices y las aras, entraron a caballo los hunos en la biblioteca monástica y rompieron los libros incomprensibles y los vituperaron y los quemaron, acaso temerosos de que las letras encubrieran blasfemias contra su dios, que era una cimitarra de hierro. Ardieron palimpsetos y códices…» (Los Teólogos. Borges).

Así estamos y seguiremos, en la pura especulación… Absortos, casi no percibimos el mundo físico.

Cuando lo lean, ni el presidente del Gobierno ni su amigo, el de Correos, entenderán nada, pero comerán perdices y nadie les dará con un canto en las narices.

Mañana empiezo a solicitar los servicios de la empresa privada. Esa tan famosa que, aunque sea cara, es segura, y te permites el lujo de recurrir y ganar cuando la razón te ampara.

Esta carta, con sobre y sello, va dirigida a la Moncloa y a su amigo el de Correos. No llegará.

Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

Blog: generaldavila.com

21 febrero 2021