AQUEL ABRIL REPUBLICANO. General (R.) Rafael Dávila Álvarez ha

¿DÓNDE VAS ALFONSO XIII?

El 14 de abril de 1931 el Rey se marcha, abandona el ejercicio de sus funciones para evitar un supuesto y posiblemente no seguro derramamiento de sangre.

No había razón alguna; nadie había depositado en las urnas la forma política del Estado. Solo eran unas elecciones municipales que el Rey ni perdía ni ganaba; él no entraba en juego. Nunca se sometió a referéndum la forma política del Estado. De unas elecciones municipales surgió la República.

Alfonso XIII se quedó solo.

¿Dónde están mis leales? No están aquellos Cadetes de Infantería a los que con tanta frecuencia visitaba en Toledo, en el campamento de la academia militar, los Alijares. Fresco el recuerdo de aquella tienda de campaña en la que durmió el Rey un día ya lejano mientras resonaban en sus oídos las palabras que su Director dirigía a los Caballeros Cadetes: «Conservad en vuestros corazones estos sentimientos de admiración, cariño y adhesión a nuestro Rey, que ellos serán la guía de nuestro proceder en todos momentos [sic], hasta en los más peligrosos de nuestra gloriosa carrera. Dedicad todas vuestras energías, vuestra vida entera, a su gloria, que es la de la Patria» […]. «Recordad en todo momento que las páginas más gloriosas de nuestra historia las ha escrito la Infantería con la punta de sus bayonetas».

Otros Cadetes, los de la Academia General Militar estaban más lejos: la General de Zaragoza. Su Director, el general de Brigada Francisco Franco Bahamonde, había propuesto que se ubicase en El Escorial. Entonces las cosas podían haber sido distintas: «Si hubiésemos estado en El Escorial acaso habrían podido cambiar algunas cosas. A mí me hubiese sido fácil presentarme el 12 o el 14 de abril de 1931 en Madrid, al frente de los cadetes, e influir, quizá, sobre las circunstancias que determinaron la expatriación de Alfonso XIII» (Franco. Manuel Aznar).

Ya antes, muy pocos meses antes, el 12 de diciembre de 1930 el general Franco había plantado cara al golpe de Estado republicano, un servicio de guerra, al tomar posiciones con sus cadetes en Zaragoza sobre la carretera de Francia para detener a la columna del capitán Fermín Galán, laureado de la Legión, sublevado en Jaca por la República.

El desorden e improvisación de la columna de Galán hizo que no pasase de Huesca. Detenida y anulada. Los capitanes Galán y García Hernández fusilados.

Era el pronunciamiento militar vanguardia del Comité Revolucionario que pretendía que los militares fuesen por delante, asegurarse la fuerza. Casares Quiroga, que iba camino de la revolución del capitán —dicen que a detenerla—, se quedó dormido en el hotel de Jaca. Al despertarse ya se había sublevado Galán que avanzaba hacia Huesca. ¡En nombre del Gobierno Provisional Revolucionario!

A partir de ese momento nadie estaba tranquilo. Se había inaugurado una etapa de permanente violencia y desconfianza política y social. Después del fracaso militar y revolucionario, inventaron la excusa de las urnas. Unas elecciones de falsa interpretación y amañados resultados.

Al fin, como consecuencia de sucios pactos y manejos, sin razones legales en que sustentarse, llega a España la República, porque el Rey se va. Dicen que para evitar un derramamiento de sangre; nadie dijo lo de supuesto y posiblemente no seguro derramamiento de sangre que, al final, ya sin rey, se produjo. No era el rey el problema.

El 14 de abril Alfonso XIII tiene que abandonar España.

Son las hijas de un general y marqués, Gonzalo Queipo de Llano, las primeras en subirse a una camioneta y recorrer las calles de Madrid al grito de viva la República: «en alguno de esos camiones, roncas de gritar y sinceramente convencidas de la gloria de la jornada, iban mis hijas» (Queipo de Llano en Mis almuerzos con gente importante. José María Pemán, Dopesa 1970).

Mientras se le acaba el tiempo, el rey tiene aún lucidez para una breve meditación. Aquella dictadura. ¿Para qué? No era eso, no era eso. Esto no acabará aquí. Si se queda: ¿habrá guerra? ¿Si se va?

¿Dónde vas Alfonso XIII? Ya no hay vuelta atrás. Que se las arreglen ellos.

La Guardia Civil se inhibe por orden del general Sanjurjo, José Sanjurjo Sacanell, dos veces laureado, su Director. El repentino republicano, marqués del Rif, recuerda sus cuentas pendientes con el que ya es solo don Alfonso: el Toisón de Oro que no le han dado, que si su mujer no es del gusto real, ¿por qué no le ha nombrado gentilhombre, con acceso directo al despacho real?

Esos días abrileños de repúblicas, el general Sanjurjo se convierte en protagonista. Le gusta ser importante. Lo es. África y alguna cosa más le han dado fama y honores que a veces no se corresponden con su inteligencia. El ministro de Estado Alejandro Lerroux le pide que asegure el orden. El general exige para él plenos poderes sobre el Ejército, las Fuerzas de Seguridad y la policía. Lo quiere todo y lo obtiene. (Madrid Julio 1936, pág. 191, en cita al libro de TG. Emilio Esteban-Infantes: General Sanjurjo (Un laureado en el penal del Dueso. Maximiano García Venero).

Sobre el marqués del Rif va a recaer el peso de la bienvenida a la República. La República necesitaba para colarse en España el aval de un general, a pesar de Azaña y muy a su pesar: «…accedió sin resistencia a prestar a la República, que reconoció, el primero e inestimable concurso de la Guardia Civil de la que era director general. Siguió al frente de ese Instituto, pero muy pronto inicióse una antipatía que le hizo incompatible con Azaña, el cual no se cansaba de manifestar la molestia sentida ante la pretensión de que la República tuviese un patrono o protector y con entorchados» (Mis Memorias. Niceto Alcalá Zamora. Colección Espejo de España).

Antes de que el rey se vaya definitivamente, un último intento lleva a Romanones a proponer su abdicación y establecer una regencia de la que fuese titular el Infante D. Carlos de Borbón Dos-Sicilias que había sido Capitán General de Sevilla, y en esos momentos Inspector del Ejército. Persona muy considerada, de enorme prestigio entre civiles y militares. Una quimera. Ya era tarde para el apellido Borbón en España. No había vuelta atrás.

Desde el 12 de abril de 1931 la calle no deja de gritar. Por ahora solo eso: gritos.

Berenguer ministro de la Guerra rubrica el final de la escena. Escribe a los capitanes generales la noche del mismo día 12 y les da la orden definitiva: «…que los destinos de la Patria siguieran el curso que les impone la voluntad nacional». Está claro: no hay que contar con el Ejército, que nadie mueva un pelotón. Lo que diga Sanjurjo. Nada que hacer. Dejar correr la calle.

El Rey no tiene donde apoyarse. Dice que no quiere derramamiento de sangre.

¿Y si resiste? «Dios sabe lo que hubiese ocurrido si Su Majestad resiste; tal vez se hubiese salvado el trono» (Franco. MC. FFSA. Pág. 491).

Es el final de la Monarquía: «Quiero apartarme de cuanto sea lanzar unos compatriotas contra otros en fratricida guerra civil… Suspendo deliberadamente el ejercicio del poder real y me aparto de España».

Se acabó el Reino de España, que ahora es la República española. Rumbo a Cartagena.

La guerra que vino no fue como consecuencia de la marcha del Rey sino por los que en un ruin pacto (Pacto de San Sebastián) traicionaron el curso de la historia y amañaron a su gusto unas elecciones para montar su República que no supieron encauzar ni dirigir. Ni la monarquía, ni la República eran culpables. Solo la incompetencia de unos dirigentes demasiado complacientes; con su escasa sabiduría gobernante se llevaron por delante la monarquía y detrás de ella la república. Habrá que admitir la consabida frase: «La República la trajeron los monárquicos y, después, la perdieron los republicanos».

DE CARTAGENA A MARSELLA. EL DESTIERRO

Jesús Juan Garcés, Oficial de la marina de guerra, licenciado en Derecho y perteneciente al Cuerpo Jurídico de la Armada, nos dio la oportunidad de conocer en detalle cómo fueron aquellas últimas horas de la monarquía y el viaje de Don Alfonso al destierro. Lo hace a través del relato del Almirante José Rivera y Álvarez de Canero, ministro de Marina en aquellos momentos, y que acompañó al Rey en su viaje hasta Marsella. Lo publicó en La Gaceta Ilustrada n. º 444 de 10 abril 1965.

Tentado he estado en honor a la brevedad y espacio literario resumir este importante testimonio, pero no me he atrevido a cambiar ni una coma de lo escrito por el almirante, documento oficial depositado en el Museo Naval.

Es un relato exacto no solo del viaje, sino del ambiente oscuro de aquellos momentos en el que se traslucen las relaciones del Rey con el ministro de Marina y los que le acompañan, entre el deber y el sentimiento, que nos permiten deducir lo que ocurría por muchos corazones de tantos militares y españoles. Descripción breve, declaración militar del servicio prestado, en la que el almirante no puede evitar traslucir la frialdad del viaje al exilio.

«Manuscrito 1.306: “El domingo 12 de abril fueron las elecciones municipales y el lunes 13 conocí por el Ministro de la Gobernación, que me habló por teléfono, el desastroso resultado de las mismas. Hablé también con Aznar (Capitán General de la Armada, Presidente del Consejo de Ministros) y me dijo que a las cuatro tendríamos Consejo. Nos reunimos a esa hora y tomó la palabra Romanones, quien desde luego opinó que la única solución era que el Rey se marchase y desde luego que el Gobierno debía presentar la dimisión y aconsejar lo ya dicho. Pensé que esto era ya cosa conocida por el Rey, dadas sus relaciones íntimas con Romanones, ya que este era quien llevaba la política del gobierno y más aún porque ya traía una cuartilla escrita con su opinión.

Aunque la cosa era muy fuerte, todos comprendimos que no había otra solución, pues ni el Rey quería seguir ni el Ministro de la Guerra contaba con el Ejército, según expresó claramente repetidas veces. Cierva fue el único que opinó enérgica y decididamente en contra. Yo me limité a repetir lo que había dicho en la primera reunión de Gobierno: Que mi papel era sostener la disciplina de la Marina, pero veía claramente que sin contar con el Ejército y la Guardia Civil, y siendo la voluntad del Rey no batallar, era inútil todo esfuerzo. En vista de esta larga y penosa discusión, el Presidente fue a dar cuenta al Rey y presentar la dimisión del Gobierno, que continuaría en su puesto hasta la resolución definitiva.

El día 14 recibí aviso telefónico de que a las 12 estuviera en Palacio, y poco más tarde me llamó el Almirante Aznar y convinimos en alistar un Crucero. Supuse para lo que era y di las órdenes al Almirante de la Escuadra. A las 12 estaba en Palacio y allí me enteré de que el Rey estaba conferenciando con García Prieto y Romanones y quería oír a todos los ministros. El cariz de Palacio era alarmante, pero la poca gente que había en la Cámara aún conservaba esperanzas; salieron los arriba mencionados y entramos Berenguer, Maura y yo. Tomó la palabra el Rey y expresó su resolución de ausentarse de España en vista de las circunstancias, pues aunque no le faltaba valor para jugarse la vida y estaba seguro de contar con fuerzas suficientes para resistir, no quería que por su causa se derramara sangre. Maura le dijo que le parecía bien su resolución y que no pasaría un mes sin que hubiera una reacción. Berenguer callaba e insinuaba su desconfianza en el Ejército y yo dije que confiaba en la  actitud de la Marina y que no opinaba como Maura. Después entró La Cierva con otros dos ministros. No sé, pero me lo imagino, lo que el primero diría al Rey. Volví al ministerio y, después de comer, a mi despacho, donde recibí otro aviso de que a las cuatro y media había Consejo en Palacio. Ya se veía la revolución y en el edificio de correos ondeaba la bandera roja y por las ventanas los empleados asomaban banderitas. Fuimos a Palacio encontrando mucha animación en las calles de gente del pueblo.

Durante el Consejo se repitió lo de por la mañana. El Rey no vacilaba en su decisión de marcharse para evitar sangre, pero estaba tranquilo. Cierva insistió en su idea de probar a resistir y discutió con alguna viveza contra Berenguer, García Prieto y Romanones. Hubo el detalle de que entró el Ayudante de servicio y entregó a Romanones un escrito de Alcalá Zamora, al parecer conminatorio, pues era ya tarde y se acercaba lo noche. Al poco rato, y siendo inútil la discusión, nos levantamos y fuera del Consejo, ya junto a la ventana, el Rey hizo la exclamación:

—Esta casa en que nací y que quizá no volveré a ver…

La primera parte es seguro, la última algo parecida. Se habló de que Cartagena había ya preparado un Crucero y Hoyos se ofreció al Rey para acompañarle a dicho punto, pero todos dijeron que el  ministro de  la Gobernación no debía ausentarse, y Romanones dijo que fuera yo quien le acompañase, a lo que me presté, desde luego. Durante el Consejo se había convenido que el Gobierno continuaría hasta las diez de la mañana del día 15, en el que el Presidente haría entrega a Alcalá Zamora.

Quedo con el Rey en recogerlo a las 9 y yo le llevaría en mi coche de uniforme. El Rey se despidió y abrazó a los demás y los Ministros nos reunimos para nada, pues ya no había nada que hacer. Yo me marché pues eran las siete y media y tenía que preparar mi viaje. Ya me costó llegar al ministerio y tuve que hacerlo por las calles extraviadas y aún por estas había gente y gran animación, viéndose muchas banderitas republicanas. Llegué al ministerio y conversé con el Jefe de Estado Mayor, Almirante Cervera. A quien entregué mis papeles y le dije advirtiera al Capitán General de Cartagena  mi salida para aquella plaza con el Rey y que tuviera abierta la puerta  del arsenal y todo dispuesto para embarcarse inmediatamente en el Crucero que estaría listo. También mandé alistar otro Crucero que no hizo falta. Al poco de entrar en el ministerio recibí  otro aviso de Palacio para que fuera a las ocho y media en vez de a las nueve, lo cual era difícil por detalles de preparación inexcusables y entre ellos porque el coche no estaba convenientemente preparado y el chófer de confianza, Requeijo, que conocía muy bien el camino y coche, se había marchado a la calle. Por fin llegó el chófer y pude salir minutos después de las ocho y media, después de abarrotar de gasolina para no tener necesidad de parar hasta Albacete, Ya estaba Madrid intransitable por las calles del centro y me fui por Génova, que tardé bastante en pasar por las aglomeraciones de gente, coches y carros con mujeres con trajes fantásticos y promoviendo gran algazara. Salí del atasco y tomé por las Rondas, donde tampoco faltaba animación, y por fin llegué a Palacio, al que atraqué a la puerta del Príncipe que estaba imponente y dejé allí el coche con mi Ayudante, atravesando yo a pie aquella multitud que me dejó pasar a pesar de ir de uniforme. Llegué al ascensor y no había nadie. Subí la escalera y salí a la galería donde solo había un alabardero a la entrada del primer pasillo. Entré en la saleta y allí me esperaba el Ayudante Moreu, con orden de conducirme a las habitaciones particulares de la familia Real, que yo desconocía, y me dijo que el Rey me esperaba con impaciencia.

Acompañado de Moreu pasé a un salón donde de pie y rodeada de varias señoras estaba la Reina, a quién saludé, así como a los Infantes Don Jaime y Don Gonzalo. Entramos en un pasillo y a poco encontré al Rey con sombrero puesto y me dijo:

—Vamos, don José.

Me puse a su lado, y al salir de nuevo a otro salón grande, apareció rápidamente multitud de servidores que cariñosamente le rodearon y dijeron que volviese pronto, al propio tiempo que le daban vivas. Acompañaba también al Rey el Jefe de la Casa Militar y Ayudantes de servicio y otras personas de Palacio.

Bajamos en un ascensor y en él dije algunas palabras al Rey que estaba con la preocupación natural, a las que no me contestó. Bajamos por una escalera oscura y salimos afuera por la puerta secreta del Campo del Moro. Como no me habían dicho nada y mi auto quedaba en la del Príncipe, lo mandé a buscar por medio de Moreu, y a poco estuvo allí. El Rey me dijo que él iría delante con el Infante Don Alfonso y que fuese yo con el Duque de Miranda detrás. Venía también mi Ayudante Feros. La oscuridad era grande y allí no había más que autos y un montón de gentes que inoportunamente daban vivas al Rey. A eso de las 9 salimos. El rey delante, yo detrás y después no sé en qué coche irían, pues, como digo, la oscuridad era grande. Salimos de Madrid sin novedad y yo creo que sin ser advertidos, y ya, camino de Aranjuez, nos enteramos, al menos yo, de que nos escoltaba un coche de la Guardia Civil, con un Sargento y cuatro guardias. Pasamos por Aranjuez y otros pueblos, en todos los cuales había mucha gente en la calle principal (la carretera) y en todos chillaba la gente, pero sin hacer otras demostraciones. Algo debían saber, pues siendo día de trabajo y a horas desusadas, es raro que estuviesen en la calle y en tan gran número. La primera parada la hicimos en pleno campo y pasado Aranjuez. Bajamos todos y nos reunimos con el Rey, Miranda y yo, también el Infante, que nunca se separaba de él. El Rey me dijo

— ¿Quién me ha empaquetado a mí para Cartagena? ¿Tú?

Y yo le contesté que sí, que el Gobierno.

— ¿A dónde vamos después?

—Ya se lo diré a S.M. y al oído: Marsella.

Pude observar que venían en la expedición tres ayudantes del Rey, Uzquiano, Alonso y Gallarza, vestidos de paisano, y, quizás otras personas que en la oscuridad de la noche no pude distinguir. A los pocos momentos volvimos a los coches y continuamos el camino como antes a  gran velocidad, y continuó el mismo espectáculo al pasar por los pueblos. A eso de las 12 hicimos otra parada y vinieron a decirme que el Rey iba a cenar, y como la noche estaba fría, ni Miranda ni yo bajamos del coche (ninguno de los dos había cenado, ni cenamos aquella noche).

Volvimos a parar por tercera vez y el Rey me dijo que procurara no pasar por las calles de Albacete y que fuese yo delante, pues él no conocía bien el camino. Así lo hicimos, aunque del todo no era posible, pero como era ya la una de la madrugada, no había nadie en las calles que atravesábamos. Volvimos a parar a eso de las dos para dar gasolina al auto del Rey.

Al llegar a Murcia tampoco encontramos gente en las calles, pero dio la casualidad de que al llegar al paso a nivel de la línea férrea, lo cerraron por estar un tren maniobrando. Estuvimos parados unos siete u ocho minutos y se acercaron a prudente distancia cinco hombres, que quedaron parados y observando, pero al poco rato saludaron quitándose los sombreros y lo volvieron a hacer al abrir el paso y continuar nuestro viaje. ¿Quiénes serían? ¿Policías, periodistas? No sé. De Murcia a Cartagena sin novedad y a más de cien kilómetro entramos por la calle Real, y al enfocar la puerta del Arsenal, la encontramos abierta como yo había ordenado, pero con numeroso público que, contenido por la guardia (pues no se le dejó entrar como deseaba), prorrumpió en gritos y vivas a la República. Entramos hasta el muelle de la Machina, donde encontramos a la marinería correctamente formada y me parece que armada, y un grupo grande de Jefes y Oficiales que rodeó al Rey. Me puse a su lado y pregunté por los generales, quienes llegaron al momento, pues estaban a nuestra entrada esperando a la puerta del Arsenal. Tan pronto llegaron Cervera y Magaz y saludaron, invité al Rey a que embarcara en el bote dispuesto al efecto, y una vez embarcados nos fuimos al buque Príncipe Alfonso, que nos esperaba  a pique del ancla. Al abrir el bote del Arsenal, el Almirante Cervera, Jefe del mismo, dio siete vivas al Rey, y este contestó con un:

— ¡Viva España!

A bordo venía el Almirante Magaz y el Jefe de Estado Mayor, López Tomasete, el Gobernador Militar, general Zuvillaga y otros jefes y oficiales. Atracamos y subimos al Príncipe en cuya cubierta esperaba el Almirante Montagut, Jefe de la Escuadra y el de la División de Cruceros, Salas, así como el Comandante y oficiales del buque y otros de la Escuadra. Tanto en el bote como a bordo, el Rey saludó y habló afablemente con todos. Tan pronto estuvieron a bordo los maletines del equipaje, le dije al Rey que despidiese a todos para marcharnos, extrañado y agradeciéndome que yo continuara a bordo acompañándole. Una vez fuera los que no eran del buque, di orden al Comandante Fernández Piña de salir a la mar. Lo que verificamos, estando fuera de malecones a las cinco y media. Por deseo del Rey subimos al puente alto, donde permanecimos durante la salida, pues me dijo que «quería ver España por última vez». Me preguntó dónde íbamos y le dije que a Marsella, indicándome él que le parecía mejor Tolón, pues Marsella era puerto de mucho movimiento, pero yo le convencí de que era mejor Marsella y que llegaríamos al amanecer, entre dos luces. Una vez en la mar nos fuimos a acostar, pues ya era hora (y yo sin cenar). Al Comandante le di instrucciones para la recalada a Marsella, etcétera.

Día 15.- A las 10 me levanté y subí al puente, donde estuve un rato con el Comandante. A mi paso por cubierta, tanto al ir como al volver a la Cámara, pude observar la corrección de las clases y marinería por su actitud correcta y disciplinada. Al llegar a bordo la noche anterior observé, una persona que, con el Duque de Miranda y el Ayuda de Cámara, formaba su séquito. Al Infante lo alojé en el camarote del Jefe de Estado Mayor. El Duque en el del Ayudante y yo en el del Comandante, como más próximo al Rey que iba en el del Almirante. Dije al Comandante que mientras estuviese el Rey a bordo se le tratara como tal, y por tanto que él invitaría  a la mesa, como así lo hizo después de hablar yo con Miranda. Almorzamos a la una y fuimos invitados, así como a la comida de la tarde, el Comandante, un Jefe y un Oficial y los cuatro que veníamos con el Rey. Este se mostró siempre sereno, si bien en la conversación divagaba algo (no es extraño). Hablaba de su porvenir y de cosas de barcos, dirigiéndose especialmente a los invitados del buque. El Infante también habló de su porvenir. El Rey pidió al Comandante una bandera del buque como recuerdo, y al disculparse este diciendo «que estaban a cargo», intervine yo para que le diera una del bote, como así se hizo. Al llegar se supo por radio que había tenido lugar la proclamación de la República y poco después recibió el Comandante orden del Almirante de la Escuadra para que, después de desembarcar el Rey, se izase la bandera republicana, haciéndosele los honores de ordenanza. De todo me daba cuenta el Comandante, y de esto al Rey, quien me preguntó «cuando se izaría», y yo le dije que cuando se fuera y saliéramos de guas jurisdiccionales francesas.

Nada que yo sepa ocurrió durante el día de la cena. Ya de noche se recibió radio de Gibraltar en que el Infante Don Juan preguntaba qué hacía y el Rey quiso que se le contase «que fuere a París aprovechando el primer paquete» que saliera para Génova o Marsella, pero esta comunicación no se puso. También quiso se telegrafiase al Embajador de París, de lo que le disuadí. Hasta las once de la noche estuvimos en conversación en el sofá de la Cámara hablando, como es natural, de su situación, la que no veía clara, y a cuyas preguntas me era difícil contestar, pues se sentía optimista, y yo no lo era. Por fin me despedí de él, pues íbamos a recalar al amanecer y nos convenía descansar. Me pidió que al volver a España publicara en la prensa monárquica dos manifiestos, despidiéndose del Ejército y la Marina, que me entregó escritos a máquina y que acepté, aunque diciéndole me parecía no los querrían publicar, como así sucedió. Antes de acostarme, hablé largo rato con el Duque de Miranda y con el Comandante aparte, a quien di mi opinión sobre la despedida al Rey en la mañana siguiente y que aceptó. También el rey me preguntó «cómo se le despediría» y le aseguré que interiormente con todos los honores. Recalamos entre dos luces y algo neblinoso, y a las cinco y media de la mañana fondeamos a unos quinientos metros, entre dos farolas. Momentos antes de desembarcar hablé con el Rey, que dudaba en la forma de despedirse, pues me preguntó, «si debía hablar o no». Yo le aconsejé que no hablase, y se despidió uno a uno de los Oficiales y Jefes. Así lo hizo, dándoles la mano sin pronunciar palabra. La gente, cumpliendo mi orden al Comandante, se hallaba correctamente formada en sus puestos de babor y estribor de guardia; esta frente al portalón y los Oficiales en línea a continuación. Presentó armas la guardia y al salir por el pantalón rompió marcha la corneta, y no cesó hasta que el propio Rey desde el bote, mandó parar. Al despedirse de mí le dije de acompañarlo hasta dejarlo en el muelle, lo que le extrañó y agradeció. En el bote embarcamos únicamente el rey, Duque de Miranda, Infante, el criado, mi Ayudante y yo. El Rey, a popa, mandó:

—Abre

Y al decirle yo «mire Señor, que correctamente están», rompió a llorar y metiéndose debajo de la cámara, me dijo:

—Dispense, Don José, no lo he podido evitar.

Desembarcamos en el muelle más próximo saltando por un remolcador que estaba atracado a la escala. Eran las seis menos cinco. No había en el muelle más que cuatro o cinco hombres pertenecientes, al parecer, al remolcador. El Infante les preguntó si no había cerca coches, y el individuo silbó para avisar. Se extrañaron al verme por mi actitud con el Rey e ir de uniforme mi Ayudante y yo. El Rey me abrazó y dijo me marchase, dándome las gracias por todo. Le dije que esperaría a que desembarcaran los maletines que venían en otro bote, y cuando aquellos estuvieron sobre el muelle y la gente embarcada, me despedí, volviendo a abrazarnos al ayudante y a mí. En el momento de embarcar, ya llegaba un taxi verde oscuro con faja blanca, donde embarcamos el equipaje, y el Rey permaneció de pie en el muelle mientras salíamos de los botes. Ya un poco lejos del muelle le vi retirase.

En cuanto llegamos a bordo me recibieron haciéndome honores; le dije al Comandante colgase los botes y zarpase en seguida para Cartagena y que al salir de las aguas jurisdiccionales francesas se izase la bandera tricolor, haciéndose los honores correspondientes. La salida fue inmediata, pues estábamos con el ancla a pique y, a las ocho y cuarto, vi el primer cañonazo; seguramente estábamos fuera de las aguas jurisdiccionales francesas.

Refrescó el norte, haciéndose frescachón y arbolando bastante mar, llamándose luego al norte, tan pronto salimos de la influencia del golfo  a eso de las tres de la tarde.

Se recibió orden de retirar retratos de la familia Real y símbolos de la Monarquía. A las siete treinta de la mañana fondeábamos en Cartagena, tomando el expreso para Madrid. Después de lo escrito anteriormente me enteré de que se fantaseaba sobre supuestas incorrecciones cometidas a bordo durante el viaje a Marsella. Todo eso es falso, pues ni yo me di cuenta, ni ninguno de a los que después pregunté. Todos a bordo estuvieron correctísimos y el Rey fue tratado como tal hasta el último momento. El incidente de la petición de una bandera ya lo he relatado y respecto a que vio cortar el estandarte para hacer la nueva bandera, me extraña, pues yo no lo vi. Esa faena, caso de que tuviera lugar, se hace a popa. Ha sido que el Ayudante de Cámara de Su Majestad lo vio y contó; lo ignoro.

El diecinueve de febrero juré el cargo de ministro por segunda vez. El doce de abril fueron las elecciones Municipales y en vista del resultado, el catorce a las nueve menos cuarto salimos de Palacio con el Rey, llegando a Cartagena a las cuatro y media, embarcando en el Príncipe Alfonso, fondeado en Marsella el dieciséis a las cinco y media de la mañana, desembarcando a las seis y cinco, dejando al rey en el muelle y saliendo para Cartagena, donde fondeamos el diecisiete a las ocho de la mañana. Al salir de las aguas jurisdiccionales de Marsella se izó la bandera republicana por orden del nuevo Gobierno. El veinte me presenté al ministro, a quien di cuenta de mi comisión y en seguida me retiré del despacho casi sin oírle. Y aquí termina mi vida oficial».

En ABC de 7 noviembre de 1973 se cita otro importante documento que viene a completar el ya expuesto. Se trata de la carta que el Comandante del Príncipe Alfonso remite a sus hermanos el día 18 de abril de 1931 contándoles las peripecias de aquel viaje. No modifica las declaraciones del Almirante, pero hay detalles que siguen siendo esclarecedores para adivinar el ambiente que se respiraba en aquellos históricos momentos. El capitán de Navío Manuel Fernández Piña, comandante del buque, pensaba que iban a Inglaterra y ya en la mar supo que debía poner rumbo a Marsella. No se permitió al Rey comunicarse con el exterior «como el pobre deseaba para saber de su familia; a esto no me atreví por temor a que se pescasen sus radios y me costase un disgusto con el Gobierno».  Un mal trago, dice el Comandante del buque. No nos extraña; con el Rey se iba la monarquía embarcada sin razón ni más explicación que los inciertos datos de unas elecciones municipales y el Rey no era ningún alcalde elegible. Una grosera y triste despedida, inmerecida a todas luces.

Ni la bandera española que enarbolaba el buque “Príncipe Alfonso” se le entregó con la excusa de estar a cargo.

El buque Príncipe Alfonso, regresó a España siendo ya  republicano. Adoptaría el nombre de Libertad y terminaría sus años de mar con el nombre de Galicia.

Cuando el buque se hacía a la mar con el rey a bordo se cruzó con un submarino de la clase B5 que regresaba a puerto. Se vio como arriaba la bandera tricolor e izaba la de España rindiendo los honores de ordenanza al cruzarse. El comandante del submarino se llamaba Luis Carrero Blanco.

Así se acabó la Corona. «Nos regalaron el poder», dice Miguel Maura, ministro de Gobernación».

PRIMEROS PASOS DE LA II REPÚBLICA

La República nace con un problema de ilegalidad que con el tiempo se convierte en otro de legitimidad y ante eso no hubo, no hay, no habrá, argumentos. De la chistera de aquellos magos de las urnas, con los polvos del Pacto de San Sebastián, llega la República; o lo que aquello fuese.

Un Gobierno provisional, un Estatuto provisional. Todo es provisional, a base de provisionales Decretos. Sigue mandando el Comité

Revolucionario, aunque se denomine Gobierno Provisional.

Designaron Presidente a D. Niceto Alcalá Zamora y este, a su vez, por ministros del Gobierno, a los miembros de aquel Comité, en esta forma:

Estado: Alejandro Lerroux García

Gobernación: Miguel Maura Gamazo

Guerra: Manuel Azaña Díaz

Fomento: Álvaro de Albornoz y Liminiana

Instrucción Pública: Marcelino Domingo Sanjuán

Marina: Santiago Casares Quiroga

Economía: Luis Nicolau d´Olwer

Justicia: Fernando de los Ríos Urruti

Hacienda: Indalecio Prieto Tuero

Trabajo: Francisco Largo Caballero

Dentro de las distintas tendencias políticas representaban:

Alcalá Zamora y Maura  a los conservadores; Lerroux, republicanos históricos; Albornoz y Domingo, al partido radical-socialista; Azaña al grupo de ateneístas Acción Republicana; Casares  a la incipiente

Organización Republicana Gallega Autonomista; Nicolau, a los

autonomistas separatistas catalanes; Prieto, de los Ríos y Largo Caballero, a matices del socialismo; Martínez Barrio, era Gran Maestre de la Masonería, de cuya organización eran miembros Lerroux, Albornoz, Domingo y de los Ríos, y posteriormente Azaña.

El programa de gobierno era sencillo. Nadie tenía que cumplir nada. Gritar viva la República era suficiente.

Entre ellos los soldados que dejaron de estar obligados a cumplir el juramento de servicio y obediencia al rey. Azaña, ministro de la Guerra, les libera a cambio de la promesa de servir a la República; eso sí, con fidelidad y con las armas si fuese necesario; o serán dados de baja.

Suena el himno de Riego. Hay que buscar los  símbolos. La República ya tiene su nueva bandera, inventada sobre la marcha, sin rigurosidad, ni historia. Remiendo de paño nuevo en vestido viejo.

El exteniente coronel de ingenieros Francisco Maciá proclama la República catalana com Estat integrant de la Federaciò Ibèrica. Companys y Lluhí al frente. El presidente de la República, se supone que española, viaja a Cataluña. En tres días la República Catalana se convierte en la Generalidad de Cataluña. Todos votan favorablemente al Estatuto el 2 de agosto.

Fue una negociación en falso. Aquel día, desde dentro empezó la división, el camino a la independencia. La semilla iría creciendo: «Los catalanes no pueden ser españoles porque han nacido en tierras de Cataluña» (Ventura Gassol en Ricardo de la Cierva. Historia de la Guerra Civil española, pág. 2). Tan infantiles como eficaces. No está de más recordar que en el Pacto contra la monarquía se reconocía la personalidad de Cataluña.

En el País Vasco va a iluminar el independentismo vasco el PNV de Antonio Aguirre y Lecube ¿o es la Iglesia vasca? Está en juego la unidad de España, siempre la diversión de los tahúres es repartir las cartas y luego romper la baraja, una ruleta rusa cuyo cañón apunta al corazón de España.

En Gobernación ondea ya la bandera republicana. Habla el nuevo presidente del Comité Revolucionario, ahora convertido en gobierno provisional de la República, don Niceto Alcalá Zamora: «El gobierno provisional de la República ha tomado el Poder sin tramitación y sin resistencia ni oposición protocolaria alguna…». Nos lo han regalado, le contestaba la calle.

¿Violencia?: no pasará un día si ella, sin miedo, sin dolor, sin persecución. No es esto, no es esto. Pero ya era tarde.

« ¡Cuádrese! Soy el ministro de la Guerra» (Memorias. Diego Martínez Barrio. Espejo de España, pág. 32). Era de noche y en la oscuridad de las bujías, entre las sombras, Azaña pone firmes al oficial de guardia del palacio de Buenavista, sede del ministerio de la Guerra. El general Ruiz Fornell le da posesión del cargo. Azaña acababa de cumplir un sueño infantil. A esas horas el niño don Manuel sueña con su juguete: ¡Soldados! Pronto abrirá la cajita y sacará a sus soldados de plomo para organizar su peculiar ejército.

Todo se radicaliza. Aflora el «no sabe usted con quien está hablando; aquí mando yo».

«Para los republicanos de izquierda, también llamados la izquierda burguesa, la nueva República tenía menos que ver con un proceso democrático que hubiera que respetar escrupulosamente que con un proyecto de reforma radical que en, algunas ocasiones, Manuel Azaña y otros líderes calificaban de revolución. Para ellos la República no era tanto un sistema político como un determinado programa de reformas culturales e institucionales para el cual era indispensable eliminar permanentemente a los católicos y a los conservadores de cualquier participación en el Gobierno» (Stanley G. Payne. El camino al 18 de julio. Espasa. 2016).

Empieza el juego militar. Queipo de Llano es nombrado capitán general de Madrid, López Ochoa de Cataluña, Riquelme de Valencia y Cabanellas de Andalucía.

El juego tiene nombre, pero le faltan los apellidos: los Decretos de Azaña, ministro de la Guerra. Nada de juramentos a la bandera: fidelidad a la República o a casa, con paga, pero a casa. El Ejército se reduce de dieciséis Divisiones a ocho, sin orden ni concierto ya que nunca se hizo previsión del número de oficiales necesarios para cubrir los puestos, a pesar de la disminución drástica de unidades, sin limitar el pase a la reserva. Más de ocho mil oficiales dejaron la actividad militar. En principio pasaron a la reserva 140 generales, 8.500 jefes, oficiales y asimilados, 3.200 clases de tropa. Sus plazas quedaban amortizadas. ¿Descontento en el Ejército? Sin duda, pero por razones diferentes a las legales: confusión, precipitación en las reformas más demostrativas del «aquí mando yo» del ministro de la guerra que de un estudio profundo y una ejecución escalonada.

Se suprime el empleo de capitán general por el tono autoritario del término; mejor División Orgánica, y se fija como empleo máximo el de general de división. Se empieza por una orden sencilla: ¡Firmes! ¡Cuádrese!; después se organizan batallones, divisiones y guerras, desde los despachos, sin mirar al frente, sin ver las consecuencias.

Se cierra la Academia General Militar de Zaragoza, creada para, además de fomentar el espíritu de unidad, compañerismo y fraternidad, formar a los oficiales con un mayor conocimiento y coordinación entre las distintas Armas del Ejército, algo crucial en la guerra. Azaña, su República de reformas, de decretos, no admitía ese sentido de unidad en el Ejército que siempre le pareció peligroso. Quiso un Ejército Republicano, pero nunca pensó que lo primero que un Ejército necesita es una explicación; que nunca fue dada.

Se discute la bondad de la reforma de Azaña. No hubo tal. No hubo nada. Purga sí. ¿Buena voluntad?, puede, pero no se pudo demostrar. ¿Era necesaria una reforma militar? Siempre lo fue, siempre lo es. En aquellos momentos también, pero sin dar la imagen de venganza, de resentimiento, de lanzar a unos contra otros. No era la reforma más urgente, los ejércitos eran necesarios y eso significaba tener cerca a los militares, que por cierto no se oponían a la República como demuestra el golpe de Sanjurjo, y el alzamiento que se produjo al grito de viva la República, siempre seguido del viva España. Con un poco más de mano izquierda las cosas habrían sido de otra manera. Azaña lo supo después y se arrepintió, pero su mentalidad infantil, su afición a las formaciones de soldaditos, acabó con él. Para más inri jugó también a ser más papista que el Papa y pasó a ser monaguillo de la España católica, aunque fuese por costumbres, tradiciones ancestrales. Hubo más militares que se pasaron a la reserva por el ataque a la Iglesia que por las reformas militares. Una auténtica persecución religiosa.

Se cometió el mismo error que Pavón achaca a Napoleón en España: el error nacional, el monárquico y el religioso. Los españoles después de tantos años de sacrificio son antes que otra cosa españoles. Se dan cuenta de ello cuando alguien intenta que dejen de serlo. Son monárquicos por costumbre, y porque no se dejan mandar por cualquiera. Lo de la religión es, además de costumbre, por lo que han luchado y muerto sus antepasados: la fe Católica.  Cómo para perderla por una imposición extranjera.

Azaña calculó mal. A la postre entre los retirados y apartados, generales o no, se generó el alzamiento.

MAYO 1931

Ha llegado el mes de mayo. «Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano» (Azaña) (La España del siglo XX. M.Tuñón de Lara). Los propósitos de revolución de sector importante del nuevo régimen se hicieron patentes en los sucesos revolucionarios de los días 11 al 13 de mayo de 1931 en diversas poblaciones como Madrid, Málaga, Sevilla, Cádiz, Jerez de la Frontera, Algeciras, Valencia, Alicante, Murcia… en las que por multitudes, que no quiso controlar la policía, procedieron a incendiar templos, conventos, quemar las imágenes, bibliotecas, laboratorios…, sin que los bomberos pudieran actuar para aminorar los daños y sin que las fuerzas de Ejército intervinieran.

En este mes de mayo republicano Juan Ignacio Luca de Tena, director de ABC, se reúne con Alfonso XIII en Londres. La entrevista se publica el día 5.

— ¿Cómo estás? ¡Cuánto tiempo sin vernos! El primer español que llega aquí para verme eres tú. Te lo agradezco mucho.

Verdaderamente era mucho: nadie se acordaba ya de Alfonso XIII, nadie en España, y solo habían pasado 15 días.

—No quiero que los monárquicos exciten en mi nombre a la rebelión militar […]. La monarquía acabó en España por el sufragio, y si alguna vez vuelve ha de ser asimismo por la voluntad de los ciudadanos.

Ese día el Rey autoriza al marqués de Luca de Tena a que se organice una corriente de opinión monárquica en España. Pone condiciones: «Que actúe públicamente y sin crear dificultades al Gobierno español, e incluso estar con él para todo lo que sea defensa del orden y de la integridad de la Patria». Está claro que el Rey no sabe lo que ocurre en España.

Lo va a saber en muy poco tiempo. Va a empezar a darse cuenta cuando llegue el mes de noviembre: «Las Cortes Constituyentes declaran culpable de alta traición, como fórmula jurídica que resume todos los delitos del acta acusatoria, al que fue rey de España, quien, ejercitando los Poderes de su Magistratura contra la Constitución del Estado, ha cometido la más criminal violación del orden jurídico del país; en su consecuencia, el Tribunal soberano de la nación declara solemnemente fuera de la ley a don Alfonso de Borbón Habsburgo-Lorena; privado de la paz pública, cualquier ciudadano español podrá aprehender su persona si penetrase en territorio nacional. Don Alfonso de Borbón será degradado de todas las dignidades, honores y títulos, que no podrá ostentar ni dentro ni fuera de España, de los cuales el pueblo español, por boca de su representación legal para votar las nuevas normas del Estado, le declara decaído, sin que se pueda reivindicarlos jamás, ni para él, ni para sus sucesores. De todos los bienes, acciones y derechos de su propiedad que se encuentren en territorio nacional, se incautará en su beneficio el Estado, que dispondrá del uso más conveniente que deba darles. Esta sentencia, que aprueban las Cortes Soberanas Constituyentes, después de sancionada por el Gobierno Provisional de la República, será impresa y fijada en todos los Ayuntamientos de España y comunicada a los representantes diplomáticos de todos los países, así como a la Sociedad de Naciones».

Firmaba la sentencia, como presidente del Gobierno de la República de España, Manuel Azaña el día 26 de noviembre de 1921.

El Decreto se había aprobado en las Cortes con nocturnidad: a las tres cincuenta y cinco minutos de la madrugada del 20 de noviembre de 1931.

Esa era la respuesta de los que hay que apoyar, según palabras del Rey. Alta traición. Una declaración de rencor — ¿odio?— sin precedentes. Peor que la guillotina. Insoportable. El Rey de España se convierte en un peligroso delincuente.

Los gritos de la calle se transforman en hechos. Las tierras hay que repartirlas, la Iglesia, iglesias llenas hace un mes, ahora hay que clausurarlas, los militares fuera, fuera el Ejército. Mantequilla por cañones y el odio como proyectil.

El Gobierno provisional, en un medido e interesado proyecto, convoca elecciones constituyentes. Los partidos se preparan.

Los monárquicos, autorizados por el rey, al que para otras cosas han olvidado, inauguran el domingo 10 de mayo la sede de su partido en la calle Alcalá nº 67.

Se oye en la calle la Marcha Real que alguno de los reunidos hace sonar intencionadamente. También vivas al Rey desde el balcón. Las pedradas iníciales dirigidas a la sede monárquica acaban en disparos. El centro monárquico es asaltado por la muchedumbre a la vez que arden los vehículos aparcados en sus inmediaciones. Luego se dirigen a la sede del ABC que no llegó a ser asaltada porque el ministro de Gobernación, Miguel Maura, ordenó a la Guardia Civil proteger el edificio. Hubo disparos y algunos manifestantes cayeron heridos. Murió el portero de una casa cercana y un niño de trece años.

El ABC había sido sentenciado desde el anuncio de la entrevista de su director con Alfonso XIII y la consecuente apertura de la sede del Partido Monárquico. A la República se le escapaban las riendas del caballo desbocado.

La calle va a ser utilizada como la principal urna. La C.N.T y los comunistas quieren dirigir las masas, la U.G.T. y el Partido Socialista también. Todo menos sacar un tricornio a la calle contra el pueblo.

Desde una de las ventanas del ministerio de Gobernación habla Azaña: «Se hará justicia». Demagogia que gentilmente cede a un joven ateneísta que aclama: «Se castigará a los monárquicos y se suprimirá la Guardia Civil».

El día 11(mayo) sigue el ambiente de crispación. Se sabe que la quema de conventos está preparada para ese día. El capitán Arturo Menéndez, ayudante de Azaña, se lo había comunicado al ministro de la Gobernación. Estaba confeccionada y repartida la lista de conventos que había que quemar. La dirigían los mismos jóvenes del Ateneo que el día anterior desde Gobernación habían pedido la disolución de la Guardia Civil. (Así cayó AlfonsoXIII… Miguel Maura. Ediciones Ariel).

El Gobierno está reunido ese día en Presidencia. Son las nueve de la mañana y llega el aviso: ¡Está ardiendo la Residencia de los jesuitas de la calle de la Flor! «Son Fogatas de viruta», bromea Alcalá Zamora. «Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano», apostilla Azaña.

La calle festejaba la libertad y la justicia que dicen que trae la República. Con hogueras. La quema de conventos: el Sagrado Corazón en Chamartín, las Bernardas en Vallecas, Santa Teresa de los Carmelitas Descalzos…, todo lo previsto según la lista que se había redactado; más todo lo que se les ponía a tiro.

Pasadas las tres de la tarde el Consejo de Ministros decide declarar en Madrid el estado de guerra. Ni un tricornio a la calle contra el pueblo. Se pasa de no hacer nada a todo: que salgan los militares. Azaña toma el mando de sus soldaditos.

Madrid, Málaga, Sevilla, Cádiz, Jerez de la Frontera, Algeciras, Valencia, Alicante, Murcia…, arden como «fogatas de viruta».

En Valladolid también pretendieron incendiar el convento de los Padres jesuitas, los templos y colegios religiosos; desde Madrid llegan núcleos de personas para encabezar la acción revolucionaria.

«Habría que preguntarse desde cuándo empieza a deslizarse en la mente de los españoles la idea de la radical discordia que condujo a la guerra. Y entiendo por discordia no la discrepancia, ni el enfrentamiento, ni siquiera la lucha, sino la voluntad de no convivir, la consideración del “otro” como inaceptable, intolerable, insoportable. Creo que el primer germen surgió con el lamentable episodio de la quema de conventos el 11 de mayo de 1931, cuando la República no había cumplido aún un mes» (Julián Marías. La Guerra Civil. ¿Cómo pudo ocurrir?); y añade unos párrafos más tarde: «Cuanto peor, mejor, que fue la consigna que se acuñó por entonces y que valdría la pena datar con precisión». Julián Marías habla de frivolidad y de la irresponsabilidad máxima del Partido Socialista en octubre de 1934, aprovechada por los catalanistas, que llevó a la destrucción de una democracia eficaz y del concepto mismo de la autonomía regional.

Y es que siempre hay alguien que aprovecha el fuego de la colilla que se tira al suelo encendida.

El Norte de Castilla anunciaba al día siguiente: No pasa nada en Valladolid.

La capitanía general de Valladolid había dado orden de proteger los edificios y cumplir a rajatabla las ordenanzas para evitar cualquier desorden. El jefe de Estado Mayor de la Capitanía era el general Dávila.

Azaña sabía del general a raíz del Informe Picasso y quiere contar con él. Un hombre sensato y eficaz, sin alharacas a la hora de afrontar difíciles situaciones como lo prueba su actuación en África antes del desastre de Annual, que él vaticinó como jefe de la Sección de Campaña del Estado Mayor del general Silvestre. En el deseo de Azaña puede que influyese el consejo  del comandante Leopoldo Menéndez López (primo del general Dávila), uno de los militares, junto a Hernández Sarabia, de su confianza que conocía muy de cerca al general Dávila. Azaña nombraría a Menéndez más tarde subsecretario de Guerra con Hernández Sarabia de ministro. No podía contar con muchos colaboradores dentro de aquel Ejército desconfiado, pleno de retirados y expectantes ante el desorden y la ausencia de autoridad.

El domingo 24 de mayo de 1931 el general Fidel Dávila Arrondo estaba en su despacho de la Capitanía General de Valladolid. Dos capitanes de su Estado Mayor piden permiso para entrar.

—Enhorabuena mi general.

Dávila levanta la cabeza extrañado. ¿Un domingo de enhorabuena?

—A mí, ¿por qué?

—Mi general acaban de llamar del ministerio de la Guerra que don Manuel Azaña le llamará mañana porque le designa Subsecretario.

Al poco tiempo desde Madrid, por encargo de Azaña, llama el comandante Leopoldo Menéndez López repitiéndole lo que acababa Dávila de conocer por sus capitanes del Estado Mayor. Al poco tiempo entró su hermano Víctor Dávila, comandante de Infantería, al que habían enviado para convencerle de que aceptase el cargo.

Ya en su casa le comenta a su esposa:

—Teresa, Azaña me designa Subsecretario del ministerio de la Guerra. Me lo acaban de comunicar.

— ¿Y qué vas a hacer?

—Acabo de formalizar la solicitud de retiro y mañana la cursaré.

—Pero, ¿lo has pensado bien?

—Sí, yo no puedo servir a…

La resolución de Azaña fue muy rápida y en la primera lista apareció retirado, por Decreto del día 28, con tres tenientes generales, ocho generales de División y 42 generales de Brigada (Diario Oficial  del domingo 31 mayo 1931).

El pensamiento militar está revuelto. Sensibilidades a flor de piel ante los desórdenes, la violencia, la deriva que toma la República.

En junio se celebran elecciones generales para elegir las Cortes Constituyentes.

Se inauguran solemnemente. Bandera tricolor e himno de Riego. Ya no hay Rey. ¡Viva la República!… ¿O la revolución?

En el discurso de apertura luce la pomposidad dialéctica de Niceto Alcalá Zamora: « ¡Ah! El sabio extranjero que quiera definir la política española por diccionario tendrá ya que innovar la llamada que decía: “Pronunciamiento: voz anticuada, despectiva, militar y española, sin traducción posible”, y tendrá que decir: Pronunciamiento: voz moderna, civil, popular, de comicio legal, republicana, típica de España, sin traducción posible».

Del proyecto constitucional se pasó a la discusión del articulado. El problema de siempre. La República Federal.

Ortega y Gasset dejó claro los términos del problema, pero ya era tarde: «Un Estado federal es un conjunto de pueblos que caminan hacia su unidad. Un Estado unitario que se federaliza es un organismo de pueblos que retrograda y camina hacia su dispersión». Expuso las diferencias entre soberanía y autonomía: «Es la soberanía la facultad en su raíz, preestatal y prejurídica de las decisiones últimas o primeras, según el orden en que queráis contar: es, pues, el fundamento de todo poder, de toda ley, de todo derecho, de todo orden. Y la autonomía, en cambio, un principio político que supone ya un Estado sobre cuya soberanía indivisa no se discute porque no es cuestión» (Del libro Memorias de Diego Martínez Barrio).

En aquel momento constitucional se vislumbró que la discusión de los artículos referentes al problema religioso iba a ser el plato fuerte y espinoso de aquellas Cortes constituyentes. Lo resume Azaña: «España ha dejado de ser católica». Era el religioso, la Iglesia Católica, una obsesión de aquellos republicanos que, encabezados por el infantil sueño napoleónico de Azaña, cometían los mismos errores del Emperador francés en España: Entre ellos quizá el que más sensibilidades despertaba: el católico.

Se redactaba, más que con sentido común y pensando en la mayoría del sentir de la población española, con revancha y al dictado de los gritos de la calle que no eran todos los españoles, aunque sí los más ruidosos. Un elevado número de ciudadanos se refugió en su casa a la espera del desarrollo de los acontecimientos sin movilizarse en ningún sentido. El resultado no se hizo esperar.

Las discusiones fueron bruscas y pintorescas. Desde oír decir que todo el nudo religioso era: ¿Qué soy, de dónde vengo y adónde voy?, hasta la cita a la que recurre el presidente de las Cortes, con profética referencia, don Julián Besteiro: «Ya dijo el Kempis que la tarde alegre trae la triste mañana».

Al fin vía libre: El Estado español no tiene religión oficial (artículo 3 de la Constitución 1931).

Pero no era este el artículo de la controversia. Una Iglesia perseguida es la consecuencia que se extraía del artículo 26 y que provocó las dimisiones y enfrentamientos. De acuerdo con ese artículo todas las confesiones religiosas eran consideradas como asociaciones sometidas a una ley especial. Se prohibían las ayudas económicas oficiales. Se disolvía la Compañía de Jesús por su voto de obediencia a autoridad distinta de la legítima del Estado, siendo sus bienes nacionalizados. El resto de órdenes religiosas se someterían a una legislación especial y se disolverían las que fuesen un peligro para la seguridad del Estado, prohibición de la enseñanza y toda una serie de medidas que las dejaba sin poder ejercer su labor tradicional. Era el camino a su desaparición.

Aprobado el artículo 26 con él llegó la crisis. ¿Deseada por Azaña? Niceto Alcalá Zamora, presidente del Gobierno provisional, dimite y con él Miguel Maura, ministro de la Gobernación.

No era difícil adivinar quién sería su sucesor: Azaña.

La crisis no estaba cerrada, solo daba comienzo perseguida por tres icebergs: la forma de Estado, los regionalismos, hacia la independencia, catalán y vasco, y sobre todo y, entonces por encima de todos, la Iglesia Católica.

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

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13 abril 2025

LAS COSAS DE DON EUFEMIO. Félix Torres Murillo. Coronel de Infantería DEM (R.)

FERNANDO DE HUIDOBRO Y POLANCO: EL PÁTER JESUITA CAPELLÁN DE LA LEGIÓN. Rafael Dávila Álvarez

Páter Fernando de Huidobro. Claustro de la Iglesia PP. Jesuitas San Francisco de Borja . Madrid

El 11 de abril de 1937 moría el jesuita Padre Fernando de Huidobro y Polanco. Era el Capellán de la IV Bandera de la Legión en el frente de Madrid. Enterrados sus restos en la Iglesia de San Francisco de Borja de los Padres Jesuitas en la calle Serrano de Madrid tiene un monumento erigido en la Cuesta de las Perdices (N-VI. Madrid).

Uno de los primeros artículos que publiqué en este blog, el 5 de marzo de 2014, fue dedicado al Páter Huidobro, Legionario y Santo. Desde entonces han pasado muchas cosas, pero han de pasar muchas más. No ha habido año que no dedique mi recuerdo, devoción y oraciones al Páter de la Legión.

Ahora, al fin, su Causa de beatificación se ha vuelto a  abrir y el Capellán legionario continúa su lento, pero seguro camino hacia los altares.

Es la burocracia lenta y pesada, por rigurosa y eficaz, confiemos en ella para determinar ese día en el que oficialmente se proclame la Santidad del Páter Huidobro. La legión quiere un santo en sus filas.

Pero no será el lento caminar de los papeles los que hagan Santo al Páter; hay algo mucho más eficaz, necesario, y está en nuestras manos, en la de todos ustedes, legionarios o no, y es la devoción lo que le llevará a los altares.

La santidad a día de hoy es un difícil reto. Si además se trata para alguien que estuvo con la Legión en la Guerra Civil se nos antoja un imposible. Hay recelos, en lenguaje legionario ya saben, se quieren derribar cruces y bondades.

No entremos en ello. El que quiera puede leer la biografía del Páter Huidobro en este blog o en otros muchos sitios. No conoció bandos ni atendió a unos olvidando a otros. Se acercó entre balas y cañones a todos, los de uno y otro bando; a todos les llevó su crucifijo de brazos abiertos, de consuelo antes de morir. Sé que más de uno gritó y pidió como última voluntad su presencia, y el Páter olvidó las balas y los colores para correr a consolar a un español que moría.

Sea este día un homenaje hecho oración al Páter de la legión, una unidad elegida por él ya que era más pueblo y valiente que ninguna, y la más cercana al Cielo.

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

11 abril 2025

Padre Huidobro Capellán de la IV Bandera de la Legión

(Publicado en 2014)

Si salen de Madrid por la carretera de  La Coruña, a la altura del Km. 8,6,  podrán observar una gran piedra de granito y comprobar, si son capaces de llegar hasta ella, que se trata del monumento “Al padre Huidobro. Capellán de la Legión”.

Hace exactamente un año que el Presidente Obama concedía a título póstumo la Medalla de Honor del Congreso al Capellán del Ejército de los Estados Unidos Emil Kapaun por su valor y méritos en la Guerra de Corea. Murió el año 1951 siendo prisionero de guerra. Se le conocía como el “capellán de los soldados”. “Nunca disparó un arma de fuego pero tenía el arma más poderosa de todas: el amor a sus hermanos, tan poderoso que estaba dispuesto a morir para que ellos pudieran vivir”, dijo de él Obama en el acto de entrega de la preciada condecoración.

El padre Huidobro era un joven jesuita que vino el año 1936 desde su destierro en Bélgica para prestar auxilio espiritual a los soldados en combate.

Murió en el frente de Madrid el 11 de Abril de 1937 siendo capellán de la IV Bandera de la Legión. Con un mono azul como vestimenta y crucifijo en el pecho, sentó plaza con los novios de la muerte y sólo necesitó el primer combate para demostrar quién era aquel curita que siempre aparecía donde más zumbaban las balas. Los legionarios pronto se dieron cuenta. “¡Este cura es un valiente!”, “¡es un Santo!”, decían al ver que se mezclaba entre ellos como uno más. Bien respondía aquél jesuita a lo que ahora predica y ejerce otro jesuita, el Papa: “Los obispos y sacerdotes deben estar al servicio del pueblo, en medio del rebaño y con olor a oveja”. El padre Huidobro amó siempre a sus legionarios, pero estaba en tierra de nadie y se lanzaba a prestar los auxilios espirituales a cualquier herido, sin discriminación de bandos y llevando como únicas armas la bondad y el crucifijo.

Era un valiente y era santo, según el decir de los legionarios que es envidiable certificado popular. Se fue, con tantos legionarios que caían en combate, cuando el amarillo de los jaramagos y el rojo de las amapolas rellenaban las cunetas de la Cuesta de las Perdices.

El poema medieval “La Danza de la Muerte”, que siendo un joven estudiante había representado Fernando Huidobro, se había hecho realidad tal y como él la esperaba, la muerte igualadora.

El Capellán en los ejércitos es algo que los soldados asumieron desde Flandes como saludable precaución ante el trance de la muerte cercana. Desde entonces, los capellanes han recorrido muchos frentes de batalla con su cruz y su estola. Los españoles les llamaban Páter o Padre. Las unidades de los ejércitos anglosajones copiaron entonces el nombre ya que eran los capellanes españoles los que les atendían. Por eso al “military chaplain” le llaman Padre en español. Eran los antecesores del Páter Emil Kapaun, “capellán de los soldados” y del Páter Fernando Huidobro, “capellán de los legionarios”. El primero ha sido condecorado con la más alta condecoración de su Nación.

El padre Huidobro ni una sola condecoración, casi olvidado y silenciado.

Ambos, héroes de la bondad, luchan por una condecoración más elevada, la de la santidad.

La Legión espera el término de la causa de beatificación de su capellán que parece perdida, con o sin intención, por los pasillos del Vaticano.

Mientras, esperamos rezando y encomendándonos al Padre Huidobro.

Se lo recomendamos; vayan de nuestra parte porque nunca le niega nada a un legionario.

Para la Legión la causa de beatificación terminó aquel 11 de Abril de 1937. Es legionario y Santo.

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UN PUEBLO Y UN EJÉRCITO CONFUNDIDOS POR SU CONSTITUCIÓN General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Cuando hablamos de la integridad territorial, tan en duda, tan cuestionada, conviene saber de qué estamos hablando. Nos lo figuramos, pero no está definido.

Es importante ya que constituye una de las misiones que la Constitución asigna a las Fuerzas Armadas: «…garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional»(subrayado propio).

Nuestra actual Constitución guarda silencio sobre cual es el espacio físico donde se ejerce la soberanía nacional, es decir que no determina cual es el territorio del Estado. Sí lo hicieron la Constitución de Cádiz de 1812 (art. 10) y la Constitución de la Segunda República de 1931 (art. 8). La actual se limita a hacerlo de manera indirecta al hablar de las circunscripciones electorales (arts. 68 y 69)

El territorio del Estado es «el espacio físico (terrestre, aéreo y marino) donde se ejercen las competencias y funciones del Estado, con exclusión de análogos poderes por parte de otro Estado o sujetos internacionales».

¿Integridad territorial? ¿Cuál es el territorio nacional?

Cuando las cosas están claras no parece necesario insistir en esa realidad física, jurídica e histórica. Todo se complica cuando vives en constante conspiración y es la propia Constitución la que abre sus puertas a la libre interpretación con el confuso e intrigante término de «nacionalidades» junto a su fundamento: «se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles», es decir que todo apunta a pretender justificar lo injustificable: «a la vez que reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas». Todo un lío sin aclarar ya que nos pone abiertamente ante la necesidad no solo de definir, con rotunda claridad, a qué territorio abarca, sino también de definir los mecanismos para evitar que el principio y fundamento en el que se apoya se venga abajo. El territorio es una realidad física y jurídica que debe ser definido y protegido. Ni le hemos definido ni protegido. Parece intencionado.

Es difícil saber cual es tu nación si no está escrito en algún lugar, si ninguna ley dice cual es el territorio nacional. Ese espacio terrestre, marítimo y aéreo que conforma la identidad nacional y del que ni un metro cuadrado has de abandonar, máxime cuando es la misma Constitución la que ordena defenderlo como misión principal de las Fuerzas Armadas. «…defender su integridad territorial».

¿Cuál es el territorio? ¿Integridad territorial? ¿De qué territorio hablamos?

Todo está en el aire.

Me preocupa ver que la Constitución dice una cosa y la contraria y que su interpretación está en manos del partido (s) político gobernante, es decir que no dependemos de la Ley sino de la trampa.

Lean ustedes e interpreten antes de que sean otros los que lo hagan.

Constitución española de 1978 (el subrayado es propio).

Artículo 94- La prestación del consentimiento del Estado para obligarse por medio de tratados o convenios requerirá la previa autorización de las Cortes Generales, en los siguientes casos:

  1. a)Tratados de carácter político.
  2. b)Tratados o convenios de carácter militar.
  3. c)Tratados o convenios que afecten a la integridad territorial del Estado o a los derechos y deberes fundamentales establecidos en el Título I.
  4. d)Tratados o convenios que impliquen obligaciones financieras para la Hacienda Pública.
  5. e)Tratados o convenios que supongan modificación o derogación de alguna ley o exijan medidas legislativas para su ejecución.
  6. El Congreso y el Senado serán inmediatamente informados de la conclusión de los restantes tratados o convenios.

Todo ello sin olvidar el artículo 95 que dice que: «La celebración de un tratado internacional que contenga estipulaciones contrarias a la Constitución exigirá la previa revisión constitucional» está en manos de ese llamado Tribunal Constitucional Ad hoc: «El Gobierno o cualquiera de las Cámaras puede requerir al Tribunal Constitucional para que declare si existe o no esa contradicción».

No dispongo de la preparación jurídica necesaria, pero interpreto -corríjanme si me equivoco- que se puede ceder territorio nacional mediante un «Tratado» y además por mayoría simple. Es decir que la Constitución se fundamenta en «la indisoluble unidad de la Nación española» y «la defensa de la integridad territorial» es misión de las Fuerzas Armadas, pero es un camelo que nos han contado ya que la misma Constitución permite, por mayoría parlamentaria, deshacer eso que llamamos «integridad territorial» recurriendo a lo que llaman -vaya usted a saber- un tratado internacional. Inaudito tener una Constitución adaptable a la interpretación sesgada de unos teóricos magistrados afines al Gobierno de turno y que abra paso de manera sutil y dudosa a romper con la integridad territorial. ¿En qué quedamos?

La irreductibilidad de España, su integridad territorial, su fundamento, y hasta la integridad territorial de todas su provincias… todo en el aire de un «tratado internacional».

Así estamos, con la duda más que razonable, si España seguirá siendo España, si su Constitución se fundamenta en su indisoluble unidad, si Ceuta y Melilla, Chafarinas, Perejil y los peñones de Vélez de la Gomera y Alhucemas son irrenunciables, «si renunciamos a nuestro derecho sobre Gibraltar y aceptamos la extralimitación de la colonia militar británica respecto a lo cedido en Utrecht». Por último, y no menos importante, si alguna Comunidad Autónoma podría dejar de formar parte del territorio nacional sin que las Fuerzas Armadas intervengan en el cumplimiento de su misión ya que una treta de interpretación constitucional puede lograr ese tratado de cesión territorial sin que ni una pareja de la Guardia Civil lo impida.

Hágase la Ley y no olviden adjuntar la trampa.

Lo de las Fuerzas Armadas es una tomadura de pelo, o quizá una previsión por si Putin cruza los Pirineos por el Rosellón.

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

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9 abril 2025

DE BANDERA E HIMNO NACIONAL. General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Estampa legionaria del cuadro obra de Vicente Serradilla Ballinas

Pues debo explicarme y entenderán conmigo que se echa de menos y, en breve, sin apenas darnos cuenta, eso de la bandera y el himno nacional quedará relegado a los cuarteles y si acaso a alguna ceremonia de Jura de Bandera, pero con las limitaciones que el ordeno y mando imponga, que puestos, a lo que vemos, podría ser que no inviten a la bandera o nos cambien el himno, que de todo son capaces cuando las fronteras no están bien delimitadas.

La bandera y el himno nacional cada día están más ausentes de la vida diaria, de lo cotidiano, y cualquier sentimiento de unidad, cualquier emoción que nos lleve al histórico ejemplo de nuestros antepasados es batido por la mediática orden que emana de quienes pretenden una España sin historia, sin pasado, camino de desaparecer en la maldición dictada por real decreto.

Me parece entender que pretenden dejarnos sin el temblor de la emoción que se siente cuando suena el himno nacional y con los ojos al cielo se eleva la Enseña Nacional, sobre todo y sobre todos, llevando ese trozo de poesía que encierra el símbolo en su imposible definición, solo explicable cuando se ha muerto bajo su mandato. ¿Es que no lo recuerdan?

¿…derramar, si es preciso, en defensa de la soberanía e independencia de la Patria, de su unidad e integridad territorial y del ordenamiento constitucional, hasta la última gota de vuestra sangre? No busquen ahora esas palabras. Se han cambiado: «¡Soldados! ¿Juráis o prometéis por vuestra conciencia y honor cumplir fielmente vuestras obligaciones militares, guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado, obedecer y respetar al Rey y a vuestros jefes, no abandonarlos nunca y, si preciso fuera, entregar vuestra vida en defensa de España?

No querían saber como muere un soldado, olvidar el sacrificio: «…derramar hasta la última gota de vuestra sangre…» La vida militar no admite melifluas promesas ni adornos cobardes, genuflexiones ante el fuego del combate.

En el recuento hay días que falta alguien. Se reza y se llora, pero no habrá novedad mientras el deber y el honor no mueran. Lágrimas de soldado, secas y duras como perlas milenarias, invisibles, rostros que, a pesar de todo, transmiten sosiego y paz. Pretenden que nos encierre la noche. La Bandera se ha recogido. No se ve la Enseña, pero no descansa, no se esconde, cubre el silencio con su manto de protección esperando izarse de nuevo. Otro día y siempre, como horizonte permanente del soldado que la ha besado al jurar que siempre estará en lo alto.

Nuestra Bandera ha sido arriada del territorio nacional y su brillo ha sido eclipsado con la infamia del consentimiento de todos, sin que nadie haga nada, sin cumplir ni hacer cumplir la ley. Deberíamos sonrojarnos, todos.

¿Hemos perdido el honor? No es retórica. Es lo que veo.

La Bandera de España no se iza en todo el territorio nacional. En Cataluña y en muchos rincones del País Vasco se ha arriado la Bandera de España. Incluso se la ofende a diario. Nadie hace nada, no pasa nada.

No lo olvidemos. Ese es el parte, la novedad más importante que hoy y siempre comunicaremos al mando.

Mañana será otro día…, pero todo seguirá igual.

Artículo 4 Título Preliminar. Constitución española:

    1. La bandera de España está formada por tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja, siendo la amarilla de doble anchura que cada una de las rojas.
    2. Los Estatutos podrán reconocer banderas y enseñas propias de las Comunidades Autónomas. Estas se utilizarán junto a la bandera de España en sus edificios públicos y en sus actos oficiales.

Sentencia del Tribunal Supremo del 24 de julio de 2007:

La bandera debe ondear diariamente con carácter de permanencia, no de coyuntura, no de excepcionalidad sino de generalidad y en todo momento.

Cúmplase la Ley.

«La bandera de España simboliza la nación; es signo de la soberanía, independencia, unidad e integridad de la patria y representa los valores superiores expresados en la Constitución» (Ley 38/1981 por la que se regula el uso de la bandera de España y el de otras banderas y enseñas).

Muchos días, cuando empiezo a escribir, rompo el folio en blanco, se seca la tinta de la pluma porque todos los días son iguales de tristes para esta  España que se rompió desde que presos por la tiranía etarra y el independentismo caminamos como ciegos sin ni siquiera mantener la sombra de nuestros símbolos; que nos niegan.

Es por ello que vuelvo a nuestra Bandera y nuestro Himno Nacional, para recordar que existen; en poco tiempo los niños de ahora, que ya serán mayores, lo verán como algo extraño y lejano y la simbología será artificial. Aunque todo lo demás será igual, ¿por quién se morirá en combate? ¿por quién la vida dar? ¿Entregar  la última gota de sangre por un ideal? ¿…entregar vuestra vida en defensa de España?

¿Rearmarnos?: Juren ante la Bandera defenderla y morir por ella. ¿Rearmarnos?: Defiendan la soberanía e independencia de España, su integridad territorial y el ordenamiento constitucional.

¿Rearmarnos?: De valores, del valor que requiere morir por España.

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

7 abril 2025

«BASTES Y CANCIONES» Coronel de Caballería ® Ángel Cerdido Peñalver.

Dibujo del Coronel Luis Esquiroz Medina de su libro «Chascarrillos Militares»

«…Quiero que esta Unidad sea muy alegre y muy eficiente, porque si no es lo primero difícilmente podrá ser  lo segundo; con caras largas no se vencen la fatiga, el miedo ni el hambre: sólo se soportan, pero lo que nosotros perseguimos no es soportar sino vencer, a eso y a todo…» (Alocución de un Capitán en la primera formación de su C.O.E., Compañía de Operaciones Especiales, vulgo guerrilleros.)

Y con ese talante empiezo:

Lo que no he dejado de hacer desde que estoy encerrado con la 2ª lumbar chafada, es ver «La Promesa» por las tardes. Todos tenemos nuestros pecados, pero este no me importa confesarlo, así que ahora me dedico entre otras cosas a ver pasar capítulo tras capítulo, donde todo se complica sacando nuevos personajes para que nunca se acabe,  como dice Pérez-Reverte deben pertenecer a la organización EPYPA  (Éramos Pocos y Parió la Abuela).

Como estoy cansado de pensar siempre sentado, preferiría reflexionar andando, pero con este corsé que me han puesto para corregir los desperfectos, me resulta difícil (una estructura de aluminio, marco de hiper-extensión Jewett largo con adaptación esternal tridimensional Orliman J001G le llaman).  ¡«Cágate lorito»! ; y no me refiero a una de esas expresiones chulesca de los jóvenes de hoy, sino a una de las  vías ferratas deportivas de alta dificultad situada en Sant Llorenc de Montgai, en la Noguera (Lérida).

Todos aseguran estar en posesión de la verdad, pero la lógica me dice que no debería apoyar ninguna que no admita que pueda estar equivocada, y así lo hago.

Pero con mi ingenuidad se me ocurrió preguntar al traumatólogo:

―¿Que estaba más lejos, el sol o mi recuperación?.

El doctor todo irritado me contestó:

―«¿Tú ves la recuperación?

Al menos desde Sócrates, la filosofía sirve para no ser tan necio como ese doctor.

Como aquel capitán de la COE, yo no quiero soportar, quiero vencer.

Y aquí me tenéis encerrado sin el último elemento grotesco de esta torre de Babel en que vivimos,  el «kit de supervivencia» de la Unión Europea. Seguiré mi vida con normalidad, sin hacer acopio de provisiones, y mucho menos  de grandes cantidades de papel higiénico.  La Promesa, el blog y todas estas canciones de marcha,  creo serán  la mejor estrategia de mi supervivencia.

En fin, que Dios nos dé humor para seguir asomados al mirador cómico de la vida, olvidando su fase trágica; hay que reír, porque la risa es vanguardia de la bondad, y porque de no haber ocasión de reírse de vez en cuando, sería cosa de dar parte por escrito de los infortunios de la existencia. (Anónimo militar)

Vais a la muerte con alegría con el galope de la Caballería…

El maldito corsé, se parece a un baste de las Baterías de Montaña para los mulos, como los que se usaban en la General en el ciclo de Artillería. Debido a mi no excesiva estatura, fui conductor de manguito del obús 105/11, y ahora me acuerdo de aquellas  sufridas  acémilas.

Cuando fuimos al campamento de Ezcaray con ellos, los hombres del campo decían:

―«¡Que bestias más guapas!»

Y siempre cantando. En 1953, en las revistas «Armas» y «La Taquilla» de la Academia de Zaragoza, apareció el «Canto al Mulo». Entre otras cosas decía:

 

Oigo «alférez» tu aflicción

 y escucho  el triste concierto

que forman tocando a muerto

la cureña y el cañón.

Estoy en la batería asiendo fuerte una cola.

 viendo la manera de meter en limonera

a mi tormento La Lola.

«Alférez»,

descansa en paz,

que este maldito mulero

jura con su rostro fiero, que hasta que el mulo sucumba

luchará como en Otumba contra ese animal tan fiero.

 

Y mucho antes, en 1949, ya cantaban los cadetes: «Un Conductor de Montaña»

 

Un conductor de montaña,

un testamento dejó…pilín, pilón

que le entierren con el tubo, la cureña y el cañón

que lo suban, que lo bajen, que le canten el kirie eleyson,

 ah,ah,ah que le canten el kirie aleyson…

que le hagan una corona, más reluciente que el sol…pilín, pilón

con los pelos de la cola del mulo que lo mató

que lo suban, que lo bajen…

En la Academia de Infantería de Toledo, en los años cincuenta, aparte de las canciones, estaban de moda los llamados «Ovillejos Académicos», como muestra este con cariñosos recuerdos a tres protos:

Astuto,  feroz y fiero,

«El Barbero».

Del «elenco» el más «felón»

«Cromañón».

No escatimará el «paquete»

«Morterete».

Son el terror del cadete

que sufre castigo duro

cuando le meten un «puro»

«Barbas» «Croma» y «Morterete»

 

1951.-La Batería de Montaña obuses 105/11. Desfilando ante el General Fernandez Capalleja. Del libro «AGM apuntes para su historia» del Coronel Julio Ferrer Sequera.

 

En aquellos años se cantaba casi todo: canciones de guerra como «Lily Marlen», «Yo tenía un Camarada», «La Madelón»… Gozaba también de cierta popularidad «La Campanera»: (¿Por qué seré tan Alférez?/ La estrella la tengo ya,/ solo me falta el Despacho/, y ese muy pronto me lo darán….)  con la que los «retras» ponían los dientes largos a los sufridos «nuevos», que a su vez se defendían tímidamente entonando «La Contracampanera».: (¿Por qué te crees tan Alférez?/ si estás en la General…/ si aún te queda el despacho,/ y hasta septiembre, no te lo dan…).

En el lado oeste del edificio histórico, se encuentra la denominada entre los cadetes  como «escalera del cañón». Accediendo desde el Patio de Armas al pasillo interior, antecede a nuestra protagonista un arco sobre el que reza el conocido refrán latino: «Si vis pacem para bellum» , que resume con elocuente sencillez la razón de ser de nuestros ejércitos.

Su traducción en español para los nuevos es: «Los novatos por la otra escalera».

Escalera del Cañón. Por tradición la escalera, está vetada a los cadetes de primer curso, quienes por ello, en multitud de ocasiones deben dar un largo rodeo para llegar al lugar donde el profesor les espera con exigente puntualidad para comenzar la sesión o actividad programada

Esta prohibición de acceso finaliza, buscando la sorpresa, en fecha indeterminada, nunca antes de la Jura de Bandera, cuando los «nuevos» que ya empiezan a no sentirse como tales, deciden llevar a cabo su primera acción coordinada de combate, agrupándose al pie de la escalera con la intención de tomarla al asalto. Pero, sus compañeros de segundo curso, los «retras», que ya vivieron la misma experiencia como atacantes un año atrás, sienten ahora la necesidad de defender la posición, impidiendo mediante la fuerza de la masa perder apenas un centímetro de terreno en forma de escalón, empleando para ello, agua y harina como armas arrojadizas, y como medio disuasorio, las estrofas de la Canción de la Escalera.

Tras unos minutos de imposible avance, las promociones se disuelven ante la cómplice y parsimoniosa llegada de los oficiales de servicio, quienes igualmente vivieron años atrás la misma experiencia, atacando y defendiendo junto a sus compañeros una escalera, que fue es y será testigo callado, de cómo se forja mediante el respeto y amor a las tradiciones el «Espíritu de la General», vínculo de unión entre generaciones y promociones. Aunque eso sí, todos contarán que fue la suya la única que consiguió subir la escalera del cañón.

Una mañana de invierno

llegaron los «nuevos» a la General

y toda la «alferecía» con mucha alegría se puso a cantar:

¡No subirán la escalera!

aunque juren Bandera

los novatos de la General ¡No hay, no hay, no hay, no hay…!

 

Algunas de esas canciones y otras más, también las cantan los soldados destinados en unidades de  montaña, tropas escogidas, que por su movilidad, perfecta instrucción y conocimiento del terreno, son los llamados a defender las fronteras montañosas,  conocidos con el nombre de Cazadores, sin tener ninguna analogía entre la guerra y la caza como deporte; de buscarlas, solamente serían la agilidad, actividad y conocimientos del terreno que ambos tienen.

Hubo una vez un hombre, Francisco de Asís, que llamaba hermanos a los animales, hasta el más malvado de los cuentos infantiles, era para él, el hermano lobo. Desde Esopo hasta Samaniego o Iriarte, en el mundo de la fábula, los animales han sido ejemplo de comportamientos del hombre

Bajo la piel del mulo, se esconden lecciones que los humanos no deberíamos tener reparo en imitar.  En este mundo en el que las voces «servicio» y «sacrificio» parece que están en crisis, ¡Que gran lección, para nuestra vergüenza, nos da el hermano mulo!

Para la confección de estas notas, me fueron imprescindibles los libros:

―La Academia General Militar «Apuntes para su historia» Tomo II, de mi admirado y amigo el Coronel de Infantería y Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza † JULIO FERRER SEQUERA, de la 8ª promoción, que en su presentación ante su COE pronunció las palabras con las que he comenzado este artículo, y

―«El Ganado».-Guia del Oficial y Suboficial de Cazadores, y «Chascarrillos militares»,del Coronel de Infantería † LUIS ESQUIROZ MEDINA, de la 9ª, que un día me contó:

Soldado español de montaña: CAZADOR. Dibujo del Coronel Luis Esquiroz Medina de su libro ―«El Ganado».- Guia del Oficial  y Suboficial de Cazadores

―Mi padre fue Cazador, mi abuelo en ellos sirvió, mis hijos son Cazadores, ¿qué quieres que  sea yo?

Mi más profundo agradecimiento a mis dos queridos Coroneles, a los que he tenido el gran lujo de conocer y estar a las órdenes del primero. Muchas gracias.

¡Descansen en Paz!

Coronel de Caballería ® Ángel Cerdido Peñalver.

Zaragoza  abril 2025.

Nota: Los dibujos son obra del coronel  Esquiroz. Las fotos y las  letras de las canciones están sacadas de ambos libros. Obligación de todos es mantenerlas y que no se pierdan con el tiempo.

Blog: generaldavila.com

LAS COSAS DE DON EUFEMIO. Coronel de Infantería DEM (R.) Félix Torres Murillo

EL CANAL DEL CORONEL. El General Dávila con el Coronel Pedro Baños.

Con el Coronel Pedro Baños en su Canal. Ha sido un placer analizar la actualidad que a tantos afecta. Gracias al Coronel y a todos sus seguidores. Siempre estoy a vuestras disposición en ese lugar donde la verdad, la amistad, la unión y socorro y el compañerismo florecen. ¡Gracias!

Publicado en el Diario “La Región” de Orense. “Amancio Ortega y Lord Wellington” por Rafael Dávila

https://www.laregion.es/opinion/amancio-ortega-lord-wellington_1_20250403-3476348.html

La política belicista de Putin y Trump: ¿Hacia una III Guerra Mundial? Julio Serrano Carranza Coronel de Aviación (R) DEM Ejército del Aire y del Espacio

La historia de la humanidad está marcada por conflictos de gran escala que han devastado naciones y generaciones enteras. Dos de los episodios más trágicos del siglo XX, la Primera y la Segunda Guerra Mundial, tuvieron su origen en un proceso de rearme incesante, políticas expansionistas y la falta de mecanismos de mediación efectivos. En la actualidad, la política belicista de líderes como Vladimir Putin en Rusia y Donald Trump en Estados Unidos ha encendido las alarmas sobre la posibilidad de que el mundo esté avanzando inexorablemente, una vez más, hacia un conflicto de proporciones globales.

Paradojas históricas: el rearme antes de la tormenta

Antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, las potencias europeas se embarcaron en una carrera armamentística sin precedentes. El asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria en 1914 fue el detonante que encendió un conflicto latente, alimentado por alianzas militares y políticas nacionalistas exacerbadas. Del mismo modo, en la Segunda Guerra Mundial, la política expansionista de la Alemania nazi llevó a la invasión de Polonia en 1939, marcando el inicio de un conflicto que dejó decenas de millones de muertos.

Otro factor que obligó a Japón a entrar en la Segunda Guerra Mundial fue el estrangulamiento comercial y económico impuesto por Estados Unidos, quien bloqueó el acceso del Imperio Japonés al petróleo y otros recursos vitales para su economía. Esto empujó a Japón a atacar Pearl Harbor en un intento de neutralizar la flota estadounidense y garantizar su acceso a los recursos del sudeste asiático.

En la actualidad, observamos un patrón similar. Rusia, bajo el liderazgo de Putin, ha incrementado significativamente su gasto militar, ha llevado a cabo la invasión de Ucrania y ha desafiado abiertamente a la OTAN, en un alarde de fuerza que parece que no tiene límites. En paralelo, el retorno de Trump al poder podría suponer una política exterior errática y agresiva, en la que el unilateralismo y el desprecio por las alianzas tradicionales se conviertan en factores de desestabilización global. Máxime cuando se pone en duda la integridad territorial de paises europeos e integrantes de la Alianza Atlántica, como es el caso de Groenlandia de soberanía danesa.

El equilibrio existente durante la Guerra Fría conllevó una paz forzada generada por las dos grandes potencias que, pese a la constante y vacilante espada de Damocles, fue efectivo y propició un desarrollo económico y bienestar social en ambos bloques.

Esta situación, hoy en día, no se da. La diversificación en los seis dominios posibles de conflictos bélicos: tierra, mar, aire, espacio, ciberespacio y el cognitivo o informacional, nos sitúa en una zona hostil de un espectro demasiado amplio. Excesivos dominios en donde, si quieren hacernos daño, no es necesario que nos bombardeen ni nos disparen, con la manipulación de la percepción, la guerra psicológica y la influencia en la opinión pública, por ejemplo, del sexto dominio, estaríamos sufriendo ya un casus belli.

Además, la guerra comercial iniciada por Trump con la imposición de aranceles a productos y materias primas de Europa y otros países no favorece el equilibrio económico ni el libre comercio entre naciones. Esta política de proteccionismo económico exacerbado, con respuestas similares por parte de otras potencias, puede generar el estrangulamiento económico de terceros países, hasta ahora, tractores de la economía continental, como es el caso de Alemania, lo que podría convertirse en un factor detonante de nuevos conflictos.

¿Estamos ante un nuevo 1914 o 1939?

El paralelismo con el pasado es innegable. Las tensiones en Europa han aumentado de manera alarmante, con la guerra en Ucrania prolongándose más allá de lo que se esperaba y con un Putin cada vez más aislado y dispuesto a medidas extremas para consolidar su poder. La reciente militarización de Kaliningrado, la amenaza sobre los países bálticos y la posibilidad de una intervención en Polonia plantean un escenario inquietante.

Otro factor crucial que podría desencadenar una nueva guerra es la lucha por los recursos energéticos (gas, petróleo) y materias primas críticas como las tierras raras, fundamentales para la industria tecnológica, la defensa y la seguridad. El control de estos recursos es un punto de tensión entre Estados Unidos, China y Rusia, lo que podría generar conflictos geopolíticos de gran magnitud.

Paradójicamente, en un momento en que la vivienda es un bien escaso para la mayoría de los españoles, ha surgido una creciente demanda para la construcción de búnkeres familiares, reflejando el temor de la población a un posible ataque nuclear o a una conflagración mundial a gran escala.

Tal vez, para evitar este incremento en la militarización de los países que nos lleve a una trágica devastación de guerra mundial, deberíamos analizar y también visualizar el resultado final de guerras mundiales, o bien de cualquiera de las guerras pasadas. Así nos podríamos conmover al ver como quedan las ciudades y sus moradores, en donde todos son inocentes y nadie eran culpables para sufrir tantas calamidades, miedos y sufrimientos en lor a victorias militares, anexiones territoriales y humillación de los vencidos cuando, entre los contendientes, han dejado a millones de muertos y otros tantos heridos.

En las guerras, desde los tiempos más remotos de la humanidad, no hay triunfadores ni vencidos. Todos pierden y los sacrificios y penalidades padecidas no tienen precio para los ciudadanos de cualquiera de los bandos en litigio.

Una de las frases que ha pasado a la historia como el dolor de un vencedor ante la devastación de una batalla, la expresó el duque de Wellington con amargura el horror de la guerra tras su victoria en la batalla de Waterloo en 1815: «Nada excepto una batalla perdida puede ser tan melancólico como una batalla ganada.» Reflejando en su declaración su pesar al ver la devastación y el sufrimiento causados por la guerra, incluso en la victoria.

Soluciones y esperanza para el futuro

A pesar de este sombrío panorama, aún existen posibilidades para evitar una nueva catástrofe global. Entre las estrategias a considerar se encuentran:

  • Fortalecimiento de las alianzas internacionales: La OTAN, la Unión Europea y otros organismos multilaterales deben reforzar su cohesión y compromiso con la paz, estableciendo mecanismos de disuasión efectivos.
  • Diplomacia activa y negociaciones de paz: El diálogo debe mantenerse abierto con todos los actores involucrados, evitando posturas intransigentes y unilaterales que puedan escalar el conflicto.
  • Regulación del armamento y control de la inteligencia artificial militar: El desarrollo de tecnologías autónomas para la guerra plantea riesgos sin precedentes. La comunidad internacional debe establecer regulaciones claras para evitar una carrera armamentística descontrolada.
  • Fomento de la cooperación energética y económica: La dependencia de los recursos energéticos ha sido históricamente una causa de conflicto. La diversificación de fuentes y la búsqueda de acuerdos comerciales pueden reducir la tensión entre países.

Conclusión

La historia nos ha enseñado que la humanidad es capaz de autodestruirse cuando el nacionalismo exacerbado, la falta de diplomacia y la desconfianza entre naciones toman el control de la política global. Sin embargo, también sabemos, por las lecciones aprendidas, que la cooperación entre naciones y la diplomacia de altas miras pueden prevenir futuros desastres.

Si bien la política belicista de Putin y Trump plantea desafíos sin precedentes, aún es posible encontrar soluciones que nos permitan evitar el horror de una nueva guerra mundial. La clave está en la unidad, el diálogo y el compromiso con la paz, para que las futuras generaciones hereden un mundo mejor del que conocemos hoy en día. Donde la libertad, el bienestar y la paz de sus ciudadanos, sean los axiomas a respetar y cumplir por todos los dirigentes políticos y exigidas por todos sus ciudadanos que les han votado para protegerlos y cuidarlos.

Julio Serrano Carranza. Coronel de Aviación (R) DEM Ejército del Aire y del Espacio

4 abril 2025

Blog: generaldavila.com

 

 

 

 

ATAQUE DE LA INTELIGENCIA A LA PLAZA FUERTE (ULTIMA RATIO REGIS). General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

De información (Inteligencia), que es poder, todos están hambrientos y dispuestos a pagar cualquier precio. No hay exclusividad. Es un combate a muerte. Hace unos años se inició una guerra cruel, sucia también, entre los que deberían evitar el conflicto precisamente por disponer de la información (Inteligencia) que lo permite. Ha tenido gravísimas consecuencias para esta nación llamada España por hacer uso de ella premeditada e indebidamente.

El conjunto de la nación se viene abajo y esta guerra es culpable en máximo grado. Sus generales también. En la guerra confundir la táctica con la estrategia es corriente entre los malos generales; que alguno llega a creerse el futuro de la nación. El dinero y el poder le gusta a los que solo van uniformados por fuera.

La información debida, el conocimiento de hechos transcendentes, se confundió con el cotilleo. Claro que muchas veces cuando entras en el mundo del cotilleo obtienes transcendente información ¿o será al revés?

La información que mayores resultados da es la que se obtiene de cintura para abajo. Lo dijo en una reunión alguien que sabe mucho de eso (ahora más, por su poder y dinero logrado). No creo necesario recordar qué reunión fue esa y quiénes los reunidos. Son una masa gravitatoria. Para nuestra desgracia, de máxima actualidad. La crítica situación lleva envuelta la gravedad de lo que les cuento.

***

Al finalizar la guerra civil española, allá por los años cuarenta, empezaron los trabajos para artillar el Estrecho. Nos lo cuenta con detalle el general Martínez de Campos, Duque de la Torre, en su magnífico libro Ayer, donde, desde su puesto de jefe de la Reserva General de Artillería y Gobernador Militar de Cádiz, refiere una anécdota imprescindible .

El artillado se estudiaba con gran secretismo y máximas precauciones. Entre los traslados secretos de los cañones de artillería estaban varias piezas que iban de Galicia a Cádiz, algo que sospechaban se había divulgado excesivamente. Para comprobarlo el general mandó llamar a un joven oficial de artillería con el que mantuvo la siguiente conversación.

—Se está desmontando en el Ferrol una batería que ha de llevarse a Palma de Mallorca. Nadie conoce su destino, pero a fin de asegurarme de que el secreto se mantiene, va usted a tomar el tren mañana mismo, pasarse cuatro días en el Ferrol, indagar discretamente sobre a dónde va la batería y traerme luego el resultado de su gestión.

Pasaron ocho días, y al cabo de ellos, el oficial volvió del Ferrol.

—Mi general, he cumplido mi misión. Puede V.E. estar tranquilo. Todo el mundo, en el Ferrol está convencido de que las piezas desmontadas saldrán muy pronto para Cádiz.

***

En estos últimos años algunos-todos saben de la guerra abierta entre los ejércitos de la Información-Inteligencia, que en ocasiones han manejado los que más tienen que ocultar, y que se ha llevado a cabo con todo el ruido mediático que exige la discreción y el secreto. Las consecuencias, y las bajas, las estamos viendo; vislumbramos las de plazo medio con los cambios ya patentes y los previstos traslados. El desarme de las piezas es tan evidente como secreto.

***

No está muy claro si, al fin, la justicia-popular sabe el destino de los sirvientes (Ultima ratio regis) y necesario será asegurarse de que el secreto se mantiene a voces. Constatamos que la evacuación de la plaza fuerte está en marcha.

Todo el mundo en el Ferrol está convencido de que las piezas desmontadas saldrán muy pronto para Cartagena.

***

Ustedes están  convencidos de que hay Constitución. Se equivocan. Meros intérpretes que saben idiomas. Traductores fraudulentos conocedores del mejor lugar para situar los cañones. La libertad en España es mera interpretación teatral con apuntadores.

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

 

Canalejas replicaba: ¡Entonces callen tantos himnos de gloria al ejército, cantadle menos, pero respetadle más! General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Ley de Memoria Democrática

Considero que es uno de los mayores ataques perpetrados a la democracia desde aquel añorado proceso de la Transición es la conocida como Ley de la Memoria histórica, ahora Ley de Memoria Democrática. El 23F81 a su lado fue un juego de niños que no se sabían la lección ni militar ni histórica. El dinero se escondió cuando vio —una vez más— que «no era eso, no era eso».

En definitiva estamos, en conjunto, ante el mayor ataque y robo a la libertad individual hasta ahora conocido. Nos separan y dividen entre buenos y malos. Por cierto; me quedo en el lado de los malos. Tomen nota de mi filiación. Llevan ya demasiado tiempo haciendo listas de unos y otros. Si es necesario moriré como Sócrates: porque se había determinado legalmente. Nunca por haber sido condenado caprichosamente.

«El 14 de abril de 1931 una nación, España, cuya forma de Estado era la monarquía, la Corona más antigua del mundo occidental, de la noche a la mañana se levanta republicana y el Rey, sin más, dice que se va, hace las maletas, se embarca en Cartagena y desembarca en Marsella. El barco que le lleva luce la bandera de España roja y gualda; en el momento en que Alfonso XIII desembarca es arriada, izándose la republicana.

Adiós a la Monarquía

Si la situación no era fácil de entender más difícil iba a ser construir a partir de ese momento el edificio del nuevo Estado que entraba en un periodo de provisionalidad que acabó en permanente inestabilidad. Hasta hoy. Aquello que parecía que iba a traer paz y sosiego, evitar el derramamiento de sangre, fue degenerando, día a día, hasta convertirse en la peor de las guerras. Después de 90 años de aquello, nos persigue políticamente, sin conseguir reducir los hechos a una lectura de la historia de la que extraigamos consecuencias, errores, y alcancemos la verdad, sea cual sea, sin arrojárnosla unos a otros, con sentido histórico y documental» (La guerra civil en el Norte… General Dávila).

Difícil reinado el de Alfonso XIII. Por todo; sobre todo por el apoyo que tuvo de los que tanto le querían. Nos vemos abocados a lo mismo.

¡Rey don Sancho, rey don Sancho!, no me digas que no te aviso…

¡Bendita España, que pare y cría los hombres armados!, exclama Francisco I de Francia, derrotado en Pavía, cuando llega prisionero a Madrid y ve por sus calles a los niños jugando con espadas de madera.

Coraje, valor y honor, nunca nos han faltado. En casi todas las ocasiones era lo único, porque espadas, ni de madera. Cuando eso coincide con la pérdida del honor se alcanzan metas como la actual.

Flandes, Filipinas, Cuba, África. Por allí han pasado las Armas y las Letras: Gonzalo Fernández de Córdoba, el Duque de Alba, don Juan de Austria, Pedro Calderón de la Barca, Miguel de Cervantes, Lope de Vega o Enrique de las Morenas y Fossi; general Martínez Campos, general Weyler, almirante Cervera, Comandante Benítez, y miles de anónimos soldados, « ¡No hay un puñado de tierra/sin una tumba española!».

Honor, coraje y valor. Ahora sigue habiendo grandes soldados… y generales, pero no se les ve en demasía. Digo en la intelectualidad, no vaya a ser que me tomen como espadón.

Canalejas replicaba: — ¡Entonces callen tantos himnos de gloria al ejército, cantadle menos, pero respetadle más!

Hubo nombres heroicos en los dos bandos, generales con honor que entendieron lo que es una guerra y su final. Soldados todos, mientras tuvieron un ejemplo a seguir, si les hablaron de honor y dignidad, cuando no eran forajidos los que ostentaban el mando a base del pistolón que colgaba de su cintura.

Era a España: el respeto. El mismo que acaba en guerra cuando no se tuvo, cuando no se tiene.

¡Tanta gloria!, ¡tantos honrosos nombres! de nuestra historia para ahora ser pisoteados por los cerdos.

 El PSOE

El Partido Socialista Obrero Español conocido por sus siglas PSOE está dando la vuelta al calcetín de la convivencia. Quiere guerra y guerra tendrá. Los mismos que hicieron una cosa hacen ahora la contraria. Ya no les sirve la Transición. «El poder tiene recursos para todo…, ofrece muchas posibilidades. Todo el secreto está en saber manejar los dispositivos legales».

Debe verse al adversario en toda su plenitud: J.L. Rodríguez y P. Sánchez no tienen plenitud. Simples portatirsos llenos de vanidad, muy fáciles de manejar, uno desde las pasarelas de la (mal)-intencionada inclusión y el otro desde los oscuros conventos. El dinero lleva a lugares insospechados, penetra hasta en las clausuras.

Bien conocido es que la repetición de la guerra, cambiar los hechos, dio comienzo con la nueva artillería manejada por los cañoneros: se fundaron medios para extorsionar —siguen en ello los accionistas— con misiles que compran los del dinero oculto; es el arma principal del combate porque todos dependen de la política, de colocar a sus generales de plomo, a caballo si es posible —que se lo crean—, en la Moncloa. El monclovita a caballo solo tiene que pasear su grotesca sonrisa y las órdenes ya las recibirá de forma permanente y oportuna para apoyar y proteger a las unidades (ahora conglomerados o algo escondido como empresa) que el dinero debe apoyar desde la acción política, que para eso se le nombra general en jefe, con sede en Moncloa. Es la interpretación nueva de la moral. Ya no sirve la de Confucio en la que «solo los caballeros son aptos para gobernar con criterios morales y competencia intelectual». Esa cualificación moral e intelectual ahora la reparten los bancos del poder en sus oscuras reuniones.

No hay futuro. El camino está marcado y solo queda seguir la senda: «Muchos guijarreros, pocos adivinos» (Zenobio, V, 75; Apostolio, XIV, 68b). Delincuentes.

«No hay que abusar de la Historia», dijo Villaverde en plena Restauración. Temía mirar atrás para agacharse a recoger piedras que lanzar. Munición falseada al dictamen.

Acaba diciendo Napoleón: «Yo vencí a los alemanes y a los italianos, vencí también a los polacos a quienes ciega su odio frente a rusos y prusianos, pero no he podido vencer a los españoles; en Europa son los únicos que conservan una extravagante afición a la libertad».

¿De qué libertad hablaba?

Comunistas, socialistas, separatistas, anarquistas y pistoleros acabaron con ella.

El 14 de abril de 1931 el Rey se marcha, abandona el ejercicio de sus funciones para evitar un supuesto y posiblemente no seguro derramamiento de sangre.

No había razón alguna; nadie había depositado en las urnas la forma política del Estado. Solo eran unas elecciones municipales. No se le había consultado nada a la República ni a la Monarquía, a nadie le habían preguntado su preferencia. Nunca se sometió a referéndum la forma política del Estado. De unas elecciones municipales manipuladas surgió la forma del Estado: República. En España, como en mayo de 1808, parece que la política se interpreta en los ayuntamientos.

Alfonso XIII, el Rey soldado, se quedó solo. Alguien le dijo que los españoles se habían pronunciado sobre la monarquía, aunque nunca dijeron nada porque nadie les había preguntado.

Ya estamos unos enfrente de otros:

«Recordad en todo momento que las páginas más gloriosas de nuestra historia las ha escrito la Infantería con la punta de sus bayonetas».

Son «Fogatas de viruta», bromea Alcalá Zamora cuando arden las iglesias y conventos. «Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano», apostilla Azaña.

«Habría que preguntarse desde cuándo empieza a deslizarse en la mente de los españoles la idea de la radical discordia que condujo a la guerra. Y entiendo por discordia no la discrepancia, ni el enfrentamiento, ni siquiera la lucha, sino la voluntad de no convivir, la consideración del “otro” como inaceptable, intolerable, insoportable. Creo que el primer germen surgió con el lamentable episodio de la quema de conventos el 11 de mayo de 1931, cuando la República no había cumplido aún un mes» (Julián Marías. La Guerra Civil. ¿Cómo pudo ocurrir?).

Ortega y Gasset dejó claro los términos del problema, pero ya era tarde: «Un Estado federal es un conjunto de pueblos que caminan hacia su unidad. Un Estado unitario que se federaliza es un organismo de pueblos que retrograda y camina hacia su dispersión».

Agenda 2030: la República

2030. La Agenda 2030, incluido su Director general de Políticas Palanca (no es tomadura de pelo, el cargo existe) no es sino el Arco Triunfal por donde entrar en los cien años de aquella República ilegal e instaurar por la misma vía la de 2031, cien años después. Quizá cambie Cartagena por Torrejón, pero el destino será el mismo: el destierro. Nadie moverá un dedo. Como ahora vemos y vimos entonces, y el dinero seguirá en los oscuros fondos: que dirigen las naciones. Quiero decir los Estados. Ya no hay naciones ni gobernantes, sino esclavos y señores. Oclocracia de Polibio, pero controlada, sin que se vea demasiado.

Llegar al poder y manejar el Congreso de los Diputados, un Legislativo así convertido en Ejecutivo, sin oposición,  es el mayor peligro porque todos, todos los poderes, los grandes y pequeños, la fuerza y la ética, la ley y la estética, el favor o la cárcel, dependen del Ejecutivo, incluso del jefe del Ejecutivo.

Paso a paso han acabado con la Transición. Y la democracia. Condenada.

¿Por qué la Monarquía es su objetivo? Porque ha dado a España una gran estabilidad desde su instauración en 1975. Y lo más importante: moderación y un lugar internacional.

Algo que va contra su objetivo. ¿Cuál es?: la conversión de España en una nueva base comunista que amenace el sur de esta meliflua Europa que cada vez está más rodeada de peligros y con menos fuerza moral y material para su defensa.

No hace falta ser un vidente para darse cuenta que Europa está inmersa en el canto del cisne y sus propios socios huyen buscando fortaleza en sus Ejércitos y en sus economías, que beneficien a su Nación (con mayúscula en este caso).

Esto, señores, se acaba. Si es necesario moriré como Sócrates: porque se haya determinado legalmente. Nunca por haber sido condenado caprichosamente. Como pretenden.

Lucharé hasta el final.

¿Me siguen? ¿Cuántos?

Pronto empiezan las vacaciones, ¿de Semana Santa?, aunque alguno es lo único que ha hecho en su vida: vacacionar en La Moncloa o en sus equivalentes.

Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

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LA FORMACIÓN NAVAL DE LA PRINCESA DE ASTURIAS. Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

Toda España sigue  con verdadero interés la formación naval de la Princesa de Asturias en el Buque Escuela Juan Sebastián de Elcano, pero hay un marcado acento mediático marginal al de su formación, como si este crucero de instrucción fuese unas vacaciones alrededor del mundo. El verdadero objetivo de esta navegación es para la Princesa de Asturias, como para sus compañeros a bordo, de acuerdo con la Escuela Naval: «Echar los cimientos de una formación marinera que le acompañará a lo largo de toda su carrera. El buque-escuela es el escenario donde el Guardia Marina toma su primer contacto profundo con la mar».

No se trata de una navegación de recreo; se trata de la formación de los marinos de guerra de la Armada para adquirir los conocimientos necesarios para combatir en la mar. Se trata de formarse para la guerra naval y hay que empezar por conocer el medio donde esta va a desarrollarse. No son vacaciones en la mar. Es aprender los secretos del mar, el alma de los marinos de guerra españoles, y su historia.

La Princesa de Asturias no tendrá  que mandar una fragata ni el buque «Juan Carlos I», sino un barco de mayor envergadura, incomparable a cualquier otro, mas fuerte y poderoso, lleno de historia, complejo, delicado y con muchos tripulantes a bordo: España.

Difícil navegación. Como mando supremo de las Fuerzas Armadas debe conocer a los que las componen y desempeñan una misión constitucional de tan alto valor como es garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional.

El rey de Francia Luis  XIV hizo grabar en sus cañones la leyenda ultima ratio regum. Todos entendemos el significado.

Por tanto la futura Reina de España se forma más allá del mando de un buque de guerra, de sus maniobras, navegación y dificultades. Ella debe profundizar en el alma de los que llevan el rumbo de la nave España, superando tormentas y marejadas, bonanzas y aquilones. He repetido muchas veces aquello que figura en la capilla de la Escuela Naval: «El que no sepa rezar, que vaya por esos mares, verá que pronto lo aprende, sin enseñárselo nadie».

La dureza de la vida en la mar es la forja donde se fabrican nuestros insignes marinos, gloria de nuestra Historia. Hombres de guerra, cuya preparación exige mucho tiempo, sacrificio y una gran vocación. La formación militar naval, a pesar de su dureza, es gratificante por ser una escuela única de compañerismo, donde se conoce sin pliegues el alma humana, una convivencia tan íntima que no cabe secreto ni engaño, una camaradería que dura toda la vida, bien guardado todo en cada intimidad, algo inexplicable para quien no lo ha vivido.

No. La Princesa de Asturias no embarca en un crucero de vacaciones. Inolvidables días de navegación donde el duro aprendizaje va más allá de la mar, porque en la soledad de las largas noches de vigilia, las añoranzas familiares, el riesgo, el deber cumplido, tristezas y alegrías, férrea disciplina y la convivencia en la mar, conforman un conjunto muy necesario para llevar el timón de España.

Un viaje más allá, al horizonte que la espera, una responsabilidad que no es de papel cuché, sino que se graba en la piel y penetra hasta el corazón del que más ama a España.

Cuando además el viaje es por la América española se entiende más a España, lo que es, fue y será. Lo que debemos ser, porque aquellas tierras que vemos en el horizonte en el que nos esperan son España.

La Princesa de Asturias pasó por la Academia General Militar, entró en los secretos del Ejército de Tierra, ni pedir ni rehusar, navega ahora por la mar y su historia de grandeza y volará el año próximo por los cielos de España con el Ejército del Aire y del Espacio.

Inolvidable.

No hay más bello y noble sacrificio para ser Reina de España.

Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

31 marzo 2025

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«PELÍCULAS EN COLOR» BLANCO, AZUL, ROJO, VERDE BOSCOSO, CAQUI, GRIS y… NEGRO. Coronel de Caballería ® Ángel Cerdido Peñalver      

 

Cadetes con el uniforme de gala, y  un coeficiente destacado en notas (galonistas), portan la corona de laurel que la Academia ofrenda a los caídos por España en todos los tiempos.  

De Cecil B. DeMille, uno de los más grandes directores del cine de nuestra época: «Ben Hur», «Sansó n y Dalila», «Los Diez Mandamientos»…, me cuentan que siempre que comenzaba el rodaje de una película lo hacía como el arranque de un tsunami, y después recomendaba seguir creciendo.

Aunque la política española siempre tuvo algo del mundo de la farándula, últimamente se parece más a una burla con guion de Rafael Azcona escrito para una película del gran Berlanga.

Tan burdo es todo en el mundo de nuestros políticos, que no necesitan un teléfono para preguntar ¿Es el enemigo?   como hace Gila en su nueva película; pueden  hablar directamente con ellos, hasta en la Sala del Consejo de Ministros.

De seguir así, acabará por no presentarse nadie a las elecciones, al menos nadie honrado; los deshonestos sí, porque  a esos les dará igual que les achaquen de todo,  pues solo van a lo que van.

Puigdemont que empezó con una carpeta  bajo el brazo, en estos momentos es como un ministro sin cartera, pero acabará como ministro de todas las carteras, pero yo en su papel no me fiaría del «Puto jefe», pues aunque  por ahora ha sido el único que parece que le ha engañado, entre pillos anda el juego.

A nuestro director del cine le hubiera apasionado todo este  espectáculo, de haber tenido acceso al «Diario de Sesiones» del neoclásico Palacio de las Cortes, seguro que lo hubiera empleado como guion para una nueva película, y es que de todo lo que ahí acaece, él lo hubiera  convertido en una especie de novela turca.

En ese guion, también pudo influir las lluvias que nos trajo la  primavera, como las  que  barruntaban desde hace días en España. Con ellas, hasta Margarita Robles se acalora y afirma que si el Rey es guapísimo, el «Puto Amo» (el funambulista que resiste en la Moncloa contra viento y marea), lo es más todavía. La ministra está entre un moreno y uno rubio, ambos hijos del pueblo de Madrid, y yo sin enterarme. Vamos como en una  verbena del Madrid de finales del siglo XIX.

Con  acento del barrio de «La Latina» e  imitando a la «señá Rita», alguien debería decirle a la ministra:

―«Margarita  «que tiés madre».

Cuando acaban de decir tonterías desde sus escaños, bajo la bóveda de la Sala de Sesiones, los personajes continúan su fiesta a modo de kermés, en plena Carrera de San Jerónimo, sin organillo ni pianola, donde se marcan unos chotis, que como sabemos  se bailan en pareja, cara a cara y agarrados.

Sus señorías, empoderadas ellas, son  las  que bailan y giran alrededor del hombre, este se limita a girar sobre su propio eje, en un ladrillo vamos. Al primer pisotón que reciben, los dejan tirados en la escalinata de la entrada al Palacio a los pies de Daoiz y Velarde, la famosa pareja de leones, fundidos con el bronce  de los cañones capturados al enemigo en la guerra de África, batalla de Wad-Ras, al mando del general O’Donnell  en 1860.

Cambio de mano por diagonal y me encuentro con recuerdos diarios académicos revestidos de gris, que son más reales que cualquier película en color, y sobre todo más sanos que lo que nos puedan trasmitir sus medianías, quise decir sus señorías.

En 1993, un amante de la paz noruego, pronunció una conferencia en la Academia General Militar de Zaragoza, y proclamó como presentación:

―«Yo soy antimilitarista»

Por aquellos años el Director de la Academia (1992-1994) era mi querido y admirado Mariano Alonso Baquer, que al final de la conferencia replicó de esta manera:

―«Yo también soy antimilitarista, pues creo que el militarismo es la deformación de lo militar, tampoco soy pacifista, porque todos los «ismos» me parecen deformaciones, yo soy pacífico porque defiendo la paz, aunque lo que más me preocupa es la seguridad».

Hoy, después de tantos años pero con la admiración de siempre, me  entero de tu silencioso fallecimiento el pasado 15 de marzo en Valladolid, a la edad de 88 años, como Teniente General de Infantería y  Doctor en Historia por la Universidad de Valladolid.

Tras pasar a la reserva en 1996, empezó con el doctorado,  tenía 78 años  cuando defendió su tesis doctoral: «Defensa y estrategia militar en las Provincias Internas de Nueva España (1760-1805)», obtuvo la calificación de sobresaliente, y que el Ministerio de Defensa publicó posteriormente como libro bajo el título «Españoles, Apaches y Comanches».

Como me llevas dos años, no coincidimos en la Academia, y al ser de distinta Arma tampoco en los diferentes destinos de nuestras vidas, pero yo te seguía en todos los tuyos.

En la General, el uniforme de gran gala, «ros blanco con plumero rojo», «polaca azul»,  «pantalón grancé» y «cordones dorados»  (recuperado de la primera época en el Alcázar de Toledo 1882-1893)  es vistoso y colorista,  el de instrucción práctico «mimetizado y verde boscoso», y el de paseo «caqui». Los cordones de los cadetes de enseñanza superior con el uniforme caqui y el gris de diario son rojos.

El  origen de los cordones de cadete podría estar en las guerras de Flandes. El Duque de Alba para castigar la falta de arrojo de un contingente de tropas auxiliares flamencas se planteó ahorcar a todos sus miembros. Estos soldados, resentidos con el Duque, se colgaron del cuello una cuerda con un clavo para facilitar la ejecución del castigo llegado el momento. Las acciones posteriores de la unidad fueron valerosas y brillantes. Su reacción no pasó inadvertida y en lo sucesivo, esos cordones, pasaron a ser considerados un atributo de distinción y notoriedad para la unidad que los portaban.

En aquellos años, el colmo de todo profesor era que el alumno te pidiera permiso para repetir curso, y te dijera que lo hacía por tener ganas de seguir aprendiendo; o que cuando nos encontrábamos en la nave, después de tocar silencio, a un cadete durmiendo en el suelo a los pies de su cama y preguntarle si le había ocurrido algo, te dijera que no, que solo lo hacía para forjarse; no nos olvidamos de aquel novato que al pedirle diera una descripción sucinta de la brújula, respondió que servía para no perderse en el campo, y su cinta para colgarla del cuello,… tampoco, de aquel listillo que al pedirle que hablara del 18 de julio, preguntó ¿De que año?.

Y es que la Academia General Militar en el «solar zaragozano», la General como es comúnmente denominada, fue creada con la finalidad entre otras, de «crear y fomentar el espíritu de compañerismo en el Ejército, que se obtiene en oficiales procedentes de un centro común, que han hecho la misma vida, que tienen los mismos recuerdos, que no se borran y se conservan después de los años a pesar de las vicisitudes de la carrera militar».

Acudo a Salomón para terminar, pues concuerda bien con el «Espíritu de la General», que se mantiene tan joven y vigoroso como cuando nació.

―«No te desvíes ni a la derecha ni a la izquierda y aparta del mal todos tus pasos»

Desde nuestra querida Zaragoza acabo con un brazalete  «negro» en la manga izquierda de cualquiera de los uniformes  por el luto de mi amigo, y con la misma admiración, respeto y cariño de aquellos años, le doy las gracias por su ejemplo, que impactó en mí como el comienzo de aquellas películas.

El tiempo no borra las muchas y buenas enseñanzas, las hace más bien reales y las precipita en una palabra, que creo nunca reciben suficientemente los que han sido maestros de nuestras vidas, Gracias.

¡Que Dios te acoja en su seno y te de la Paz Eterna!

Coronel de Caballería ® Ángel Cerdido Peñalver.

Zaragoza marzo 2025.

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LAS COSAS DE DON EUFEMIO. Félix Torres Murillo. Coronel de Infantería DEM (R.)