LOS ACTORES DE LA GUERRA. LA PAZ AMENAZADORA General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Señales de Guerra

«Y por la mañana: Hoy habrá tempestad, porque el cielo está rojizo y amenazador. ¿Sabéis discernir el aspecto del cielo, pero no podéis discernir las señales de los tiempos?» (Mateo 16:3).

No habrá milagros.

El G20

El 24 de octubre de 1945 los representantes de 50 países se unen en la Conferencia de San Francisco para redactar la Carta de las Naciones Unidas. Ratificada por China, Francia, las Unión Soviética, Reino Unidos, Estados Unidos y el resto.

Las Naciones Unidas son todas (hoy 193), pero son unas más que otras.

Como no eran suficientes luego vino lo del G20 donde gobernantes y banqueros discuten —¿o se reparten la tarta?—sobre políticas relacionadas con la estabilidad financiera internacional. Es decir: todo. ¿España? No, no forma parte, sino que es una invitada, Curioso. Con los cerebros que aquí tenemos.

Rusia y China dicen no. No han asistido a esta reciente reunión. Nula de hecho y derecho. El cambio climático no les interesa, sino el cambio del mundo que es lo que ahora tenemos sobre el tablero: calentamiento. No hay duda de ello, pero no hay que mirar al cielo, basta con leer el termómetro del mundo. Las señales de los tiempos. Se calienta el ser humano, no el mundo como conjunto de todo lo existente, no el medioambiente sino el ambiente.

La ONU

La ONU sigue sin Divisiones Acorazadas, y su aspecto moral ni está ni se le espera. Fondos y vivir lo hacen y muy bien. La saducea trampa de sus 193 miembros es matemáticamente un imposible como lo era el problema de los puentes de Königsberg. Euler no daría con la fórmula para recorrer el mundo pasando solo una vez por cada uno de los 193 países que compone la Organización, puentes del futuro.

La solución es sencilla: China, Francia, la Unión Soviética, Reino Unido, y Estados Unidos. El resto es calderilla, no es la ONU, donde ni Asamblea ni naciones, sino Consejo de Seguridad es el único capaz de tomar decisiones y vetarlas. En resumen: 193-5. El resto calderilla, ni siquiera hoplitas.

En cualquier Academia Militar, no necesariamente de Estado Mayor, se estudian las señales que anuncian un posible conflicto, los síntomas de una posible guerra. Uno de ellos es este que hemos visto en la última reunión del G20: la ausencia de Rusia y China. Más cuando va precedida -o ligada- a otras muchas señales: la pandemia, los movimientos en las fronteras, nuevos y desconcertantes despliegues de tropas, reactivación del servicio militar en algunos países (algo impensable hasta ahora), grupos armados sin control (?), ciberguerra declarada, focos de tensión que entran en actividad: Taiwán, Báltico, Kaliningrado, Bielorrusia, Crimea, América española, Argelia-Marruecos; y los de siempre agazapados con sus átomos a cuestas.

No lo digo yo, sino que está escrito: la guerra es un fenómeno inevitable.

La Guerra

«Por regla general, hacer la guerra no es lo mejor. Sólo la necesidad debe obligar a emprenderla. Independientemente de su resultado y su naturaleza, los combates resultan funestos incluso para los propios vencedores. Únicamente hay que librarlos si la guerra no se puede conducir de otra forma. Si al soberano le mueven la cólera o la venganza, no debe declarar la guerra ni movilizar tropas» (Sunzi).

Los signos de estos tiempos son claros, pero no sabemos discernirlos. Se reúne el G20, no asisten dos de sus actores principales, la ONU ni está ni se la espera. No creo que nadie quiera llevar a su nación a una despiadada guerra. Sí, creo y veo, sin necesidad de interpretar ningún signo, que los que mandan, y pueden mandar aún más terror y desasosiego, son incapaces de reunirse y decidir una paz solvente y no una paz amenazadora.

El mundo en nada ha cambiado, y si lo ha hecho es a peor.

Vivimos sobre una paz amenazadora y eso no es paz. El gran pensador de la guerra, Carl von Clausewitz (1780-1831), dejó el vaticinio de los males que anuncian el futuro: las guerras son el reflejo de las sociedades que las sostienen.

Mirémonos. No habrá milagros. Sostenella y no enmendalla.

«Empiezo a cantar a la poderosa Palas Atenea, protectora de las ciudades, que se cuida, juntamente con Ares, de las acciones bélicas, de las ciudades tomadas, de la gritería y de los combates; y libra al pueblo al ir y al volver (del combate).

Salve, diosa; y danos suerte y felicidad» (Homero. Himnos).

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

8 noviembre 2021