EL REY DE ESPAÑA ANTE NUESTRO PADRE JESÚS DE MEDINACELI Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

Cada primer viernes de marzo la fe se arrodilla a las puertas de El Señor de Madrid, nuestro Padre Jesús de Medinaceli. Como el ciego del polvoriento camino -¡Hijo de David ten piedad de mí!-, grita la fe proclamando su necesidad. Sobrecoge preguntar a cualquiera del millón de fieles que se arrodillan en la eterna espera que convierten en milagro. Solo explicable porque cada año ocurre lo extraordinario que surge en los que han creído que iba a suceder.

¿Por qué estás aquí? Estremecedoras respuestas de los que se confiesan bajito, con la misma devoción y humildad que se lo piden al Nazareno: un hijo, el paro, el marido… Se repite siempre el doloroso paro y el cáncer.

Lo más extraordinario es que casi nadie pide para él. Es otro el necesitado del milagro, del ruego, de la oración. Quizá por eso se conceden tantos y la mayoría no nos enteramos. Aunque los muertos resuciten

En esas largas colas se iguala la necesidad, quizá la única igualdad auténtica, esa que no distingue entre las posibles diferencias.

No hay encuestas ni estadísticas de lo que allí ocurre. Nadie lo sabe, o al menos se guarda como las cosas delicadas: en el corazón.

Todo el que va pide, con devoción, respeto y agradecimiento. Repite cada año porque la necesidad es insoportablemente repetitiva, infinita.

También el Rey de España está necesitado; su necesidad es seguramente la de todos…, quizá más.

Debe hacerse eco de lo suyo y de lo de todos. Pongámonos de acuerdo al menos en una cosa: que sea por España.

Ayer Don Felipe, Rey de España, se presentaba por primera vez como Rey ante El Señor de Madrid. Se conocían de antes. Ahora es de Rey a Rey. En su petición iba todo. Era el gesto de España, necesitada como cualquier español. Interpretar la santa voluntad de los españoles es también misión de un Rey. Con los gestos también se reina y llegan incluso más lejos que un buen discurso. En el gesto se nota la mano del que lo escribe. En las palabras nunca se sabe.

Se agradece el gesto del Rey, auténtico y de frente, católico y castizo, entrañable. Don Felipe, el Rey Católico, se acercó al Señor y habló en nombre de todos los que fuera, en la calle, esperaban el milagro.

¡Felipe pídeselo por mi!, pude escuchar desde una alejada esquina.

Esclavo del Cristo de Medinaceli, rendido a sus pies, junto a la inmensa necesidad de los que llevan horas, meses, días y años esperando que el milagro sucediese. Y Felipe, el Rey, también pidió por aquella señora de la esquina que le gritaba.

Amén.

Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

Blog generaldavila.com

3 marzo 2018