Hoy cambio la frecuencia de mi habitual relato. Esto es más triste y desconsolador. Es padecer el día a día sin remedio y que se acentúa a cada paso de ley, de reglamento, de disposición ministerial o autonómica. Hay entre la clase política una auténtica epidemia de catoptromancia. Los que cada mañana no madrugan camino del Congreso, dicen que a levantar España, viven ajenos a la calle. Da igual el partido. No renuncian a nada, a ninguno le falta de nada y van «creyéndose superhombres por tener las botinas muy lustradas y las gabardinas entalladas y saber de cuatro libros los nombres». Un espejo encierra toda su sabiduría.
Salía esta mañana del supermercado y una señora, ya muy mayor, iba hablando en alto, sola, me pareció que pretendía que alguien la oyese. Soledad si cabe más profunda. Al menos que alguien me oiga quejarme, debía de sentir.
Es por ello que la traduzco en esta hoja de otoño que se cae para siempre. Nadie escucha a los viejos. Visitad una residencia, donde todos esperan un día más. Es hermosa esta estación del año tan engañadora que hay que visitarla detrás de los cristales. Azul es el cielo mientras las hojas sabias abandonan el árbol. Sus colores son tan bellos como efímeros, todo tiene esa extraña estética de lo que nada dura. Caducidad es intraducible para el que la lleva cerca. Se sabe uno que se muere. Nada peor que la muerte por soledad cuando ves que se desprenden ya las hojas amarillentas.
No se quejaba la buena mujer, solo se lamentaba, quizá porque no tenía con quién hablar; al Cielo miraba sin tener ya otro lugar al que acudir. La edad te lleva a mirar en la única dirección donde podría ser que alguien te escuchase. Antes había cerca una parroquia. Ahora tiene horario de oficina y el cura está siempre ocupado o, lo que es más frecuente, nunca está. El Ayuntamiento de la cosa social está para otros. También hay un horario y sus normas que exigen a algunos llevar muchos papeles.
Escucho a la buena mujer.
—Hace ya seis meses que perdí a mi marido. No sé hasta cuando he de llegar. Cada día compro menos y pago más; casi no como. Esto que llevo hoy me ha costado 13 euros, no puedo. ¿A dónde vamos a llegar?
En pocos minutos retrataba a muchos.
—Tengo tres hijos, no quiero molestarles, bastante tiene ellos.
Una madre nunca pide nada a un hijo. Ella da lo que no tiene. Solo sonríe: —¿Te va bien hijo? —¿Qué necesitas?
Ya pocos son los que pueden calentar su casa. Hay que vestirse al entrar más que al salir, no quitarse el abrigo sino ponerse una manta encima. Hace más frio en casa que en la calle. ¿Quién puede pagar la factura de electricidad o gas? No sé cómo se hace con las hipotecas, los colegios, las carreras, ¿los abuelos?
La justicia vuelve a pedirle a la caridad. Vuelve la misma tragedia. Miradas suplicantes y familias rotas y todo empieza por lo mismo: no hay para más. No hay para todos. Caridad. Pobreza. Silencio del que sufre que no suele decir nada ni quejarse. Muchos no saben que allí donde menos se lo figuran se pasan calamidades. No se lo van a decir los sufridores; lo hacen en la dignidad del silencio. Es cuestión solo de sensibilidad.
La buena mujer ha notado que la estaba escuchando ¡eso era lo que buscaba!, alguien que la escuchara.
—Cuénteme señora, que yo la entiendo y tampoco llego mucho más allá que usted.
Al ver que iba con mi mujer nos ha hablado con el consejo de quien sufre.
—Cuídense, estén juntos que va para seis meses que perdí a mi marido y antes íbamos tirando, ahora ya ven… ¡Con lo que me ha quedado!
Claro que hay quién tenía «pa asá una vaca».
Este es el socialismo, el comunismo, el independentismo y el terrorismo.
Esta es la España que va camino del vacío.
Personajes que nos gobiernan poseedores de grandeza geminada.
Ricardo arroja el espejo al suelo. Su catoptromancia ha terminado. El «espejo roto supone, o es en sí, la destrucción de toda posible dualidad» (Shakespeare: El rey Ricardo II).
O acabamos con la catoptromancia de quienes nos gobiernan, con su geminada grandeza, o ellos acaban con España y eso nos va a tocar pagarlo a todos: ricos, pobres y los demás. Hay que romperles el espejo.
¡Idos al diablo, botarates! ¡Mirad a los que sufren!
Con las cosas de comer y querer no se juega. Cada día más pobres, más tristes y más enfrentados.
¡Botarates!
Rafael Dávila Álvarez
Blog: generaldavila.com
24 noviembre 2023




















