EL FINAL DEL VERANO EN LLANOS DEL CAUDILLO General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Imagen histórica de Llanos del Caudillo

Consolación es una pedanía del municipio de Valdepeñas situado junto a la Autovía del Sur (A4). Debe su existencia al Generalísimo Franco que un día cazando por aquellas tierras comentó la escasez de poblaciones en la zona y como no podía ser de otra manera nació Villanueva de Franco. Hasta que se murió, adiós Caudillo, Villanueva ya no es tuya, y bautizaron de nuevo Villanueva, con ese nombre tan extraño: Consolación. Dicen que por sus Torres de Consolación, aunque hay quien opina que por desconsuelo.

Algo más adelante nos encontramos con Llanos del Caudillo, otro de los pueblos creados por el Instituto Nacional de Colonización y que en agradecimiento a Franco mantiene a capa y espada, con orgullo y decisión, su nombre, rotundo: Llanos del Caudillo. <<Este pueblo fue una oportunidad para muchas familias numerosas en aquella época>>, dicen sus vecinos que en votación democrática mantuvieron el nombre por mayoría absoluta.

Como les decía, estos pueblos están situados a orillas de la Autovía del Sur. No es necesario que les diga el tráfico que soporta la carretera a finales de agosto que suma al de españoles de regreso de vacaciones, el de norteafricanos que se incorporan después de las suyas, más los camiones que nunca están de vacaciones.

El caso es que desde Consolación hasta Llanos del Caudillo debe haber unos 30 kilómetros. He tardado aproximadamente una hora en recorrerlos: 30 kilómetros por autovía. Un atasco incomprensible, pero real, a finales de agosto provocado por la improvisación, la dejadez, y puede que hasta la mala uva de algunos (única forma de comprenderlo). Asfaltado, señalización y poco más para este absurdo guirigay de carretera.

En el lento avance, entre parón y parón, me pareció ver al ministro de Fomento. En el atasco veraniego un coche de gran porte, con conductor y muchos caballos percherones, había parado en el arcén. Un hombre de esbelta cintura y barba entrecana se había bajado y hablaba con unos operarios de la carretera. Bajé la ventanilla, apagué la radio y me dio tiempo a escuchar algo de la conversación.

-¿Quién ha mandado estas obras?

-¿Qué dice usté?

-¿Han visto la que están liando?

-¡A mí que me dice!

¿Dónde está el ingeniero?

¿Giniero? El capatás ha ido a comé a Llanos del Caudillo.

¿Llanos de qué?

Del Caudillo, ¡coño!, ¿estás sordo muchacho? Y tira palante que la vas a liar toavía más con el efecto mirón.

Es el ministro de Fomento, pensé yo. Coche con conductor, niquelao, de mucho porte y caballos; no pude ser otro. Improvisación, desastre, descuido, fastidiar por fastidiar, hacer que hacen; no puede ser otro.

Encorbatado, en mangas de camisa, sentado en el coche, detrás, a la derecha. Tiene que ser él.

Tengo que arrancar. No oigo nada más, pero veo el gesto de desaprobación del personaje, veo agitarse su móvil y los gestos iracundos.

Pongo la radio y escucho no sé qué del ministro de Fomento, que está no sé dónde, que se marca un rollito con las autovías, el peaje y los cuentos de verano. Que está en cualquier sitio menos fomentando el ministerio de Fomento.

No, no era el ministro. Era un tío muy cabreado, como todos, quizá el giniero de las obras, canales y puertos de Fomento, que se encontraba pillado por no tener la obra terminada a tiempo, a su tiempo, cuando no hay tráfico denso, cuando se molesta lo mínimo, cuando se licita con sensatez y a tiempo, sin molestar al pagano, al veraneante, al turista…, al personal.

Detrás de mí venía una furgoneta de surferos con chavalada sueca. Después de tantas horas en caravana, pues casi amigos. Veo por el retrovisor que el conductor me hace señas. Saca la mano por la ventanilla con una raja de melón; se ríe, me ofrece, parece una gamba roja cocida.

Han comprado el melón al de la fragoneta de meloneros que había en una gasolinera. Por un momento pienso en el Brexit, en Europa, en la Unión Europea, en el ministro, en el verano, en el atasco, en el sin gobierno.

Y pienso que el de la fragoneta de melones está más cerca de mí que el sueco de la furgoneta llena de tablas de surf.

Por un momento pensé que volvía del fin del mundo, pero el parón en la carretera me abrió los sentidos. Al final en esta España nuestra, de usted y mía, si no te encuentras un atasco, una chapuza, un timo, una falsificación, pues que parece que no estás a gusto.

Al final del verano debo estarle agradecido al ministro que ni ministra ni fomenta, al presidente que no preside, al parlamento que no parla, al engaño de cada día. Sobre todo al atasco del final de las vacaciones. Esto sigue siendo España, la europea.

Tengo previsto que la próxima vez -que la habrá- me voy a cenar y dormir a Llanos del Caudillo. Puede que me tope con algún ministro y si no siempre habrá un buen melón como consolación.

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

30 agosto 2019

EL ORÁCULO DE DELFOS ¿ES ESTO UNA DEMOCRACIA? Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

De Doñana a La Mareta y tiro porque soy el Presi

Cuenta el mariscal Montgomey que en cierta ocasión el mariscal Wavell le contó que cuando los espartanos estaban en el cénit de su fama militar, enviaron una diputación al oráculo de Delfos para preguntar con cierta arrogancia: ¿Puede dañar algo a Esparta?: La respuesta no se hizo esperar: Sí, el lujo.

No tenemos un lujo de presidente del Gobierno, pero sí uno que se pirra por el lujo.

¿Pero qué tomadura de pelo es esta de que los viajes del presidente del Gobierno y su familia son secreto de Estado, cuestión se seguridad nacional? Es lo más parecido a La escopeta nacional de Berlanga. Demasiadas cosas esconde este Gobierno.

No estaría de más dar un repaso a las propiedades de los distintos ministerios, de todos los ministerios, donde los altos cargos, no solo ministros, se solazan después de su agotador trabajo. Es el todo gratis. ¿Alguien se atreve a preguntar por esas casas-palacios? ¿Cuántas? ¿Dónde? Secreto oficial claro. ¿Y los viajes gratis de fin de semana?

No ocurren cosas así en ninguna democrática nación.

Ni ocurre que un presidente es tal por los favores de un grupo independentista que quiere acabar con su nación.

No ocurre que un grupo terrorista ocupe lugar en la administración y que los dirigentes pertenecientes al partido en el Gobierno de España, el grupo socialista vasco, compadreen en una cena con ellos.

Nueva avería del tren de Extremadura. No es la primera. ¿Será la última?

No ocurre en una democracia que mientras el tren a Extremadura es una vergüenza nacional el presidente disfruta de sus inmerecidas vacaciones, no dimite el jefe de mantenimiento de RENFE, el presidente de RENFE, y así sucesivamente hasta el  ministro de Fomento que se ha debido poner fino a polvorones. Su petición de perdón no hace sino aumentar su desfachatez. En democracia no se pide perdón sino que se asume la responsabilidad y sus consecuencias. Es decir dimite y se va de la política a la que nunca debió llegar con ese bagaje. Ni el presidente ni el ministro. Los de RENFE ni les cuento.

Cualquier parecido a una democracia es mera coincidencia. Esto pasa de castaño oscuro y, en su momento, el revolcón electoral al lujoso presidente va a ser también otra escopeta nacional.

Preguntemos al oráculo de Delfos. ¿Puede dañar algo a Esparta?: Sí, el lujo.

El del presidente y no el de los pobres y sufridos pasajeros del tren de Extremadura.

Tome nota señor Sánchez.

Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

Blog: generaldavila.com

3 enero 2019