PUTOS FORASTERS Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

Les ruego me perdonen por encabezar así este artículo. Lo han sufrido miles de españoles, en sus trabajos, en sus empresas y lo peor: en sus hijos. Nadie ha hecho nada para evitarlo y corregirlo. Hemos tragado el sapo y nos hemos relamido. Les hablo de años ha, no solo del presente, cuando España consentía tanto o más que ahora con gobiernos muy españoles. Eran los tiempos incluso del señor Tarradellas, Pujol ni les cuento, de Adolfo Suárez, de Felipe González, Calvo Sotelo, de Aznar, de Rajoy, y que apuntillaron unos personajes a los que más cuentas debe pedir España: el grupo Zapatero del que algún día habrá que dar noticias y nombres.

Vivimos el impacto de la España posfranquista que fue benevolente con el terrorismo y el independentismo y se abstuvo de cumplir con la ley. Al pueblo español lo manejan como a la calderilla.

No le demos más vueltas. Todos somos culpables, por acción o por omisión.

Nadie en España hasta ahora ha gobernado con el pensamiento puesto en España. Nadie. Todos han mirado el ombligo enorme del partido, el poder que todo lo puede, el Falcon, el Banco, la Empresa, y la aureola entre los amigos y amigas. Les esperaba al menos un Consejo de Administración por mantener el secreto, incluso el oficial.

Lo de Canet es una simple, muy grave y triste, muestra de la vil entrega al independentismo, como lo ha sido al terrorismo cuyos miembros ahora forman parte de las instituciones como ejemplares hombres de paz.

Lo del acoso a la familia de Canet por exigir que se cumpla la ley en la enseñanza del español a su hijo no es nada nuevo por mucha guerra mediática que ahora se desate. Una guerra preparada con esmero y sabiduría, con la estrategia adecuada. Saben que la guerra la tienen ganada por mucho que pierdan una batalla. Es más, tengo la impresión, después de estudiarlo desde un punto de vista táctico, que esta batalla está planteada para perderla y dar una muestra más al mundo, a quien por cierto poco le interesa hasta que no vean peligrar sus intereses económicos, de que no cederán y que están en el camino correcto, el del incumplimiento de la ley lo diga quien lo diga, juez o parte. La batalla la han preparado mediáticamente y las consecuencias se reducen a un enorme movimiento de protesta (cuatro pero ruidosos) y poco más. Una imagen que juega a su favor. Manejan armas que la España de la unidad desconoce.

Son víctimas de la opresión de la extrema española. Nos quieren hacer ver que todo está preparado por la familia del pobre niño de Canet que al fin de cuentas será el más perjudicado. La batalla, perdida, aunque la ley está a favor de la familia que pide amparo legal y que el juez se lo concede: es inútil. La ley sin la fuerza no existe. La fuerza es obligar a que se cumpla y el juez solo puede rellenar un papel con una sentencia que no tendrá efecto alguno ya que nadie va a obligar a su cumplimiento como a diario se comprueba.

El cumplimiento de la ley debe estar amparado por el Ejecutivo y todos sabemos y vemos que eso no es así en Cataluña, sino todo lo contrario. Hay una razón muy sencilla: al más mínimo movimiento del Ejecutivo contra el independentismo hace caer a Sánchez y compañía. Así de sencillo. Lo tiene agarrado por donde más le duele a un vanidoso y ellos, que lo saben, no sueltan sino que aprietan.

«Putos forasters»: no es nada nuevo. Una triste realidad que se ha dado en varios lugares de España desde hace muchos años y que miles de familias de trabajadores, funcionarios, empresarios, militares, policías, jueces,  autónomos, han sufrido en silencio para no perjudicar a sus hijos y para poder sobrevivir en esta selva llamada política donde unos espantapájaros hacen que dirigen España mientras espantan a los españoles. Todos lo han consentido y nada, nada, nada han hecho para evitarlo y que la Ley se cumpla.

La guerra de «putos forasters» no se gana con la sentencia de un juez, sino con su cumplimiento y exigencia de que se cumpla que es lo que estos espantapájaros no hacen, ni cumplen ni hacen cumplir, prevarican un día sí, otro también. La batalla más importante es la del idioma. La infiltración y el idioma. Hecho. Hasta Roma.

Hoy en España mandan los independentistas y los terroristas. Con pleno consentimiento de todos nosotros.

Esa es la única y triste realidad: que la guerra está perdida.

Ni votar, solo botarlos, va a arreglar lo que ya es un hecho irreversible.

El poema del Premio Cervantes D. José Jiménez Lozano nos descubre el horizonte ante nosotros.

«Cuando la melancolía habita en una casa,

comienza a derrumbarse.

La casa de mi ánima

resiste con puntales».

Parece no construido por humano sentimiento personal, sino un lamento del tiempo actual, escrito en el cielo que cada mañana leemos, cuando miramos en esa dirección como si algo hubiese perdido. Allí se lee el pasado, el presente y puede adivinarse aquello que está por venir. Nada bueno.

Todo ha cambiado. Para unos es riqueza, para otros es pobreza espiritual.

Hace tiempo, no mucho, vivíamos en paz y armonía, con futuro, teníamos una casa: España. Vivimos años de progreso y templanza, donde se tenían hijos, se estudiaba o trabajaba, nos respetábamos, y solo la sombra del vil asesinato ensombrecía nuestro día a día. Fue la ETA quien ennegreció nuestros días. Pero algunos emboscados se frotaban las manos. Estaban poniendo los ladrillos de su maligna obra. En ella viven quienes todos sabemos. Alguno (s) se aprovechó de la bonanza para sus correrías. Sólo han salido a la luz pública unos pocos, mientras unos muchos esconden su geta o siguen hacia adelante como salida, pero no dejan de ser unos golfos.

No hay mayor dispositivo de corrupción en el mundo que la política. Hoy los políticos se enorgullecen de ello. Los que no jugamos somos forasteros.

« Putos forasters». Nos lo han llamado a muchos. Hoy lo han logrado que lo seamos todos. Nos lo dicen a la cara.

Mentiría si les dijese que les deseo lo mejor.

Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

Blog: generaldavila.com

13 diciembre 2021