AZAÑA Y SÁNCHEZ. Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

Ahora a resucitar a Azaña. Este presidente del Gobierno errático y banal le gusta acogerse a las  tapias de los cementerios y enredar entre los muertos. Sabemos lo que persigue, pero los españoles ya están al cabo de la calle y no son fáciles de engañar con los intencionados gestos de la agitación y la propaganda. Los que evocan el pasado para provocar de nuevo la figura repulsiva del violento enfrentamiento de las derechas y de las izquierdas poco favor le hacen a su nación. Pero si tenemos que recordar y analizar nada mejor que acudir a la historia de los acontecimientos. Hagámoslo con justicia y rigor, sin querer enfrentar sino conocer.

Distintos medios se han hecho eco estos días de la figura de Azaña  a raíz de la visita del señor Sánchez a su tumba en Montauban en el suroeste de Francia.

«Es tarde, muy tarde. España tendría que haberles pedido perdón mucho antes por la infamia». ¡Ay! Señor Sánchez. No es malo que usted no sepa; peor es que no sepan los que le rodean, o tanto ellos como usted estén rodeados de mala intención. Muchos perdones se han pedido, unos y otros, hasta que usted, y el que no quiero recordar, rompieron con ese espíritu de perdón y resucitaron los viejos fantasmas.

La viuda del señor Azaña tuvo su reconocimiento en ese periodo que usted ha olvidado llamado Transición y que ahora su señoría quiere cargarse para volver al enfrentamiento. Reconocimiento que hicieron los Reyes de España en nombre de todos. Se le entregó el Lazo de Isabel la Católica y se le asignó la pensión que como viuda de presidente de la República le correspondía.

No es este el sitio para historiar sobre Azaña. Puestos a recordar, lea señor Sánchez la infame declaración de la II República, a la que el señor Azaña inspiraba:

<<Las Cortes Constituyentes declaran culpable de alta traición, como fórmula jurídica que resume todos los delitos del acta acusatoria, al que fue rey de España, quien, ejercitando los Poderes de su Magistratura contra la Constitución del Estado, ha cometido la más criminal violación del orden jurídico del país; en su consecuencia, el Tribunal soberano de la nación declara solemnemente fuera de la ley a don Alfonso de Borbón Habsburgo-Lorena; privado de la paz pública, cualquier ciudadano español podrá aprehender su persona si penetrase en territorio nacional. Don Alfonso de Borbón será degradado de todas las dignidades, honores y títulos, que no podrá ostentar ni dentro ni fuera de España, de los cuales el pueblo español, por boca de su representación legal para votar las nuevas normas del Estado, le declara decaído, sin que se pueda reivindicarlos jamás, ni para él, ni para sus sucesores. De todos los bienes, acciones y derechos de su propiedad que se encuentren en territorio nacional, se incautará en su beneficio el Estado, que dispondrá del uso más conveniente que deba darles. Esta sentencia, que aprueban las Cortes Soberanas Constituyentes, después de sancionada por el Gobierno Provisional de la República, será impresa y fijada en todos los Ayuntamientos de España y comunicada a los representantes diplomáticos de todos los países, así como a la Sociedad de Naciones>>.

Suena mal. A odio. Mucho odio.

El señor Azaña fue un enigma sin resolver. Ni él mismo lo logró, pero estaba a años luz del fracasado alumno Sánchez.

El problema de España no es Azaña. El problema de España es lo que se empeñan en desunirla y enfrentarla como a diario hace este presidente en funciones.

En su Relazione di Espagna, el embajador de Florencia en la corte española Francesco Guicciardini (1512-1514) cuenta la entrevista que mantuvo con el Rey Católico Fernando de Aragón al que preguntó:

<<¿Cómo es posible que un pueblo tan belicoso como el español haya sido siempre conquistado, del todo o en parte, por galos, romanos, cartagineses, vándalos,  moros… ¿ A lo que el rey contestó: La nación es bastante apta para las armas, pero desordenada de suerte que solo puede hacer con ella grandes cosas el que sepa mantenerla unida>>.

Usted señor Sánchez nunca hará grandes cosas.

Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

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