EL DISCURSO DEL REY O LA ESPAÑA REAL Rafael Dávila Álvarez.

NOCHEBUENA REAL

Pues qué decirles. Unos años más, otros menos. Unos dicen, otros claman; algunos nada, o nadan y guardan la ropa.

Todo se analiza y en este caso, en el mío, creo que lo accesorio, el relleno, ha sido peculiarmente mal elegido lo que da al plato un sabor un tanto desconocido que tira a amargo. Escenario abstracto, inconcreto, tan calificable como interpretable, para la mayoría inentendible.

Tres millones menos de oyentes, es decir que nada, no han visto ese escenario poco «real», que tira a feo. Hablan de guiños, y sigo sin entender.

Claro que como los tiempos están raros vaya usted a saber si el raro soy yo y veo el panorama de espaldas al desfile o cabalgata, que ya no sé distinguir. Casi seguro que es eso. Solo percibimos el ruido y las sombras, siempre reales, pero intangibles.

Del escenario a los hechos. A veces no hay diferencia, en otras ocasiones habla más el terreno que la batalla que en él se desarrolla. El mundo se mueve por luz, color y movimiento. Dibujos animados.

El discurso Real de Nochebuena es uno de los intangibles; como la nación, o el amor; la virtud. La Nación España. Símbolo imprescindible La Corona.

Un discurso Real ahonda en la realidad, no virtual, no aparente.

LA CONSTITUCIÓN

Ya sabemos lo de la Constitución y está muy bien que el Rey insista en ello, algo necesario cuando no se cumple, cuando se gobierna de espaldas a ella, pero, como cabía esperar, los que se ven señalados dicen que no, que no quiere decir nada de eso.

Alguno interpreta que ¡dale que te dale con la Constitución!; claro que lo que pretenden es poner de moda lo de nación de naciones que nos colaron y ahora vaya usted a arreglarlo, porque el Constitucional depende del día y de la hora. Como lo del Estado que da paso al estado de los estados, todos nacionales.

Digo yo que por eso el Rey dice que hay Constitución que debemos respetar. Porque sabemos que la hay y además está claro que no se respeta (de arriba abajo), o sea que como si no la hubiese.

¡Niño come! ¡Niño estudia!, cuando no come ni estudia. ¡Cúmplase la Constitución!

Y así todos los días. ¡Velay!

No sé si lo hemos entendido. Tampoco está clara la razón por la que alguno se calla. Si te gusta dilo; si no también, pero si callas es fruto de dos cosas: o cobardeas o callarás para siempre.

De repente me ha venido el recuerdo de aquella frase que seguro alguno no ha olvidado:

«Nosotros caminamos hacia la Monarquía, vosotros podéis impedir que lleguemos a ella…».

Como se lee poco, se sabe menos y así cualquier cosa puede ocurrir por olvido y no tener un modelo que sirva como referencia.

EN BELÉN CON LOS PASTORES

Se nota lo federal, que será un primer paso, no sorpresivo, anunciado y ya en ejecución.

El discurso del Rey, que es a lo que iba, el de Navidad, no fue como el del 3 de octubre de 2017, aunque las circunstancias sean más o menos las de entonces, pero más maduradas.

Muy medido y entendible, aunque a los que más afecta dicen que ha sido plano, cuando pienso que ha habido mucho de ironía que no hemos terminado de analizar en su totalidad.

España no va bien y se dispone a ir peor. La medicina se llama Constitución.

Es decir que el Rey ha hablado para un pueblo que está en Belén con los pastores.

Mientras, otros aprovechan para saquearlo.

Feliz día de los inocentes.

Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

28 diciembre 2021

DE NUEVO EL DISCURSO DEL REY Rafael Dávila Álvarez

Que de todo hay en la viña del Señor… Los hay contentos, medio contentos, frustrados y muy enfadados. Incluso los hay que no hay, que ni leen ni dejan leer.

Hay una frase del discurso del Rey que encierra la clave del momento: «Rey de todos los españoles». La pronunció Don Juan Carlos el día de su coronación y la repite ahora, con frecuencia, Don Felipe.

Deberíamos detenernos para analizar su significado. ¿Por qué insiste el Rey en ello? ¿Por qué especialmente ahora?

Cobra su verdadero sentido cuando existen mayores diferencias entre nosotros, los españoles. Es decir: siempre. Por ello hay que repetirla.

De todos, de unos y otros (incluso de hunos y hotros) y eso exige que unos y otros (o hunos y hotros) hagan un ejercicio de reflexión y acepten que todos somos españoles, incluso los que no quieren serlo o lo son a su manera sin admitir a los que son de otra. Comprendo la dificultad, pero es la Ley. No habla el Rey para cortesanos (su tiempo se fue), ni para ideologías o partidos (a lo suyo); no son sus palabras un capricho Real, ni una postura de cara al público, tampoco una cesión para quedar bien y ser aplaudido. El Rey habla de la Ley, como manda la Ley y en respeto a la Ley: la Constitución. Eso es conocido como cumplimiento del deber.

Rey de todos los españoles. Encierra un mensaje que no solo compromete a él. Nos compromete a todos. De respeto a las ideas de todos. Todos somos españoles y no querer serlo es como dudar de tu maternidad o paternidad; renunciar puedes, pero legalmente exige un proceso; mientras, deberás ajustarte a la Ley que te obliga, por orden y convivencia.

El Rey es tu rey y en su frase recuerda que hay una exigencia por su parte y por la nuestra: con la Ley, con todos y de respeto al conjunto. Porque no todo vale; hay una norma que hay que cumplir y exigir su cumplimiento.

Los roedores de la Nación, de la Constitución, del Estado, van a por la Corona, y desde su madriguera, otros (también roedores) hacen que les sujetan mientras les animan y empujan a ello «Unos (hunos) tiene la fama, y otros (hotros) cardan la lana».

Amenazan, los de Podemos con mal ánimo—porque lo suyo no es construir, sino destruir— con una Ley de la Corona; y los otros roedores, en la puerta del agujero: «No, que no es necesario, que con el Título II es suficiente, que ya está regulada, que dice Simancas, que no dice…», todos ratones que roen y roen. De ellos es también rey Don Felipe. Del gato y de los ratones, y de los que se disfrazan.

El caso es peligroso. Tenemos un presidente con el síndrome de Eróstrato, aquel que quemó el templo de Artemisa con tal de adquirir la celebridad que nunca debió alcanzar. Ahí está el riesgo. Una antorcha en sus manos.

Nació ese día Alejandro Magno: «… el seis del mes de Hecatombeón […] el mismo día precisamente en que se quemó el templo de Ártemis de Éfeso (Plutarco. Vidas Paralelas. Alejandro).

Dejémoslo para otro día; sin perderlo de vista. Es tiempo de desolación hasta otro magno.

Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

28 diciembre 2020