
La carga que tuvo lugar el 18 de junio de 1815 al mando del general Wellington en las proximidades de Waterloo, una localidad de la Bélgica actual situada a unos veinte kilómetros al sur de Bruselas.
Ya se sabe que de los cinco sentidos es el olfato el menos atendido. Despierta más interés el sexto sentido, o el sentido común, que lo que vemos o lo que oímos, aunque de tanto manosearlo e incumplirlo, ya no es común, sino vulgar.
Del ¿sentido del deber que podemos decir?.
El sentido de la vista me lleva al cuadro «La parábola de los ciegos» de Pieter Brueghel El Viejo. La pintura se basa en un dicho de Jesucristo que dice:
―«Dejadlos: son ciegos que guían a ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo».
Por supuesto que con este cuadro, Bruegel quiso dejarnos la moraleja:
―« Que cada cual reconozca su ceguera, y desde luego es muy importante no seguir la de los demás… »
En la política actual, se da más crédito a lo que oyen que a lo que ven, y por eso premian el favor y no el servicio. Al contrario de lo que comentó Francisco de Moncada y Moncada, historiador y diplomático español del Siglo de Oro, en su libro de historia: «Expedición de los catalanes y aragoneses contra turcos y griegos», donde relata las campañas militares de la Corona de Aragón en territorios del Imperio bizantino, donde decía:
―«Pocas veces se engañaron en repartir las mercedes; porque dieron más crédito a sus ojos que a sus oídos, y siempre el premio a los servicios y no al favor».
Pero lo que de verdad da sentido a nuestra vida son:
―«Las relaciones personales, la intimidad o el amor, la contribución a la sociedad, los logros personales, la espiritualidad y la armonía».
Sin embargo, mucho se habla hoy, sobre el sentido del «empoderamiento» de nuestros políticos, creo que esa altanería es más intolerable y repulsiva que el verdadero orgullo. El General de Ingenieros José Almirante y Torroella, tratadista y polígrafo militar del siglo XIX, ya nos decía que:
―«Ese empoderamiento no era la expresión franca y fiera de la fuerza o de la soberbia del león, sino simplemente la vanidad del pavo real».
Respecto al sentido del deber, hace relativamente poco, y bajo el cielo de África el alma de los soldados franceses y españoles se alarmaron y dudaron por su deber debido a las inquietudes políticas de la época.
El escritor, académico, publicista y crítico literario francés Henri Massis, en 1911, y desde un puesto de la policía mauritana, nos exponía sus razones:
―«El crImen de la República es haber desorganizado la enseñanza y el Ejército, las dos fuerzas de una nación…No hay régimen más intolerante que la República, tal vez porque no hay ninguno más inestable».
Pero los hombres que sirven en el Ejército no son como algunos los pintan:
―«Calma perfecta del soldado y del oficial, calma que es precisamente la del caballo midiendo noblemente el paso entre la brida y la espuela y orgulloso de no ser responsable de nada»
Si nó, como los vemos en la carga de Waterloo donde se enfrentaron por un lado al ejército francés, al mando del emperador Napoleón Bonaparte, y por otro, a las tropas británicas, neerlandesas y alemanas dirigidas por el duque de Wellington.
Para que la carga de caballería fuera más eficaz, el duque ordenó quitar las embocaduras a los caballos, y con esa medida borró de la cabeza de algunos jinetes, el tirar demasiado de las riendas para ocupar posiciones atrasadas, donde se corría menos peligro que en la primera línea de la carga.
El resultado fue una derrota incontestable y definitiva de las fuerzas napoleónicas que determinó el final del primer Imperio francés, y la prisión definitiva de Napoleón en la distante isla de Santa Elena hasta su muerte
La carga de caballería a caballo, era una maniobra militar en la que soldados a caballo avanzaban contra el enemigo en una formación en línea compacta y a gran velocidad, con el objetivo de romper y desorganizar al enemigo. Ha sido utilizada a lo largo de la historia, desde la antigüedad hasta la Segunda Guerra Mundial, y ha sido famosa por su impacto psicológico y su capacidad de desatar el caos en las filas enemigas
Ya solo nos queda reivindicar el sentido del olfato, pero hoy me temo que el aroma que desprenden en el hemiciclo la mayoría de sus señorías ya no es fragancia, sino hedor.
Dentro de las inquietudes políticas de aquella época, apareció un caballero de Santiago el Tte. Coronel D. Fernando Primo de Rivera, sin otras virtudes que las que exigía Alfonso X: ser noble, valiente a caballo, y decir la verdad siempre. Supo morir con la mayoría de los jinetes del Alcántara, cumpliendo rigurosamente la misión de sacrificio de proteger la retirada de sus compañeros de armas, en aras del honor de la gloria y de la Patria, escribiendo una de las páginas más gloriosas de la Caballería Española
También hoy el alma de nuestros soldados se alarma y duda con las inquietudes políticas de la época …, pero con tanta gloría ganada, aún en la derrota, no sentirán el dolor de las heridas. ¡Escuadrón en línea!, ¡llevo la dirección!, ¡paso!, ¡trote!, ¡galope!…¡A la carga!
Coronel de Caballería ® Ángel Cerdido Peñalver
Blog: generaldavila.com
Zaragoza 15 junio 2025
















