Napoleón Bonaparte ya lo expresó con crudeza: «Para hacer la guerra se necesitan tres cosas: dinero, dinero y dinero». Más de dos siglos después, esa afirmación sigue siendo una verdad inquebrantable en la política internacional. En el siglo XXI, la guerra ha dejado de ser una cuestión exclusivamente geopolítica para convertirse en un gran negocio, donde los intereses de corporaciones, bancos y élites económicas se imponen sobre cualquier justificación ideológica o política.
En este contexto, la irrupción de Donald Trump en la presidencia de los EE. UU. y su regreso al poder, junto a la consolidación del liderazgo de Vladimir Putin en Rusia, han reconfigurado el mapa del poder global. Ambos líderes han demostrado que la guerra no solo es un medio para la expansión territorial, sino también una herramienta para asegurar el control sobre recursos estratégicos como el petróleo, las tierras raras y el gas, entre otros.
Ante este giro copernicano, Europa, que hasta ahora había vivido con relativa comodidad dentro de un sistema de seguridad garantizado por el Tío Sam, ya no cuenta ni para ser invitada a sentarse a la mesa de negociaciones sobre una paz en la guerra de Ucrania, en su propio territorio. Tampoco cuenta el país invadido, Ucrania. Una visión de la geopolítica y del estado de derecho más que peculiar, que se asemeja más al procedimiento empresarial de una opa hostil, pero, en este caso, con cañones por medio.
De la política tradicional al enfoque empresarial
Desde la caída del Muro de Berlín, la política internacional ha seguido patrones más o menos predecibles, con bloques de poder relativamente estables y un consenso sobre las reglas del juego. Sin embargo, desde la irrupción de Trump en 2016 en la política internacional, esos clásicos esquemas han quedado obsoletos. Su llegada representó una transformación en la que el enfoque tradicional de la diplomacia fue desplazado por una visión empresarial basada en transacciones, amenazas y acuerdos oportunistas.
Su lema “America First” supuso un repliegue del liderazgo tradicional estadounidense a favor de un enfoque más unilateral, donde las alianzas internacionales pasaron a ser evaluadas según su rentabilidad inmediata y no bajo la lógica estratégica de la Guerra Fría. De este modo, organismos como la ONU, la OTAN, tratados de libre comercio y acuerdos internacionales fueron sometidos a una brutal auditoría empresarial, lo que llevó a choques con aliados históricos como Gran Bretaña, Francia, Alemania y Canadá.
Putin, por su parte, más sibilino si cabe, como ex agente de la KGB y gran jugador de ajedrez, ha utilizado una estrategia similar, aunque con una visión más a largo plazo. Su objetivo ha sido consolidar el poder de Rusia a través de una política agresiva de expansión territorial y el control de recursos estratégicos. La invasión de Ucrania no fue solo un acto de guerra, sino una jugada maestra en la lucha por el dominio de sectores clave para la transición energética y la industria tecnológica.
El paralelismo con Smedley Butler
El libro La guerra es un latrocinio (War Is a Racket), escrito en 1935 por el general de división del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos Smedley Butler, es una crítica feroz a la guerra como un mecanismo de enriquecimiento para unos pocos a expensas del sufrimiento de muchos. Butler, uno de los militares más condecorados de su país y veterano de múltiples conflictos, denuncia cómo los intereses empresariales y financieros han sido los verdaderos beneficiarios de los conflictos bélicos en los que ha participado Estados Unidos.
Smedley Butler sirvió en el Cuerpo de Marines durante más de tres décadas, participando en conflictos en la Primera Guerra Mundial, Filipinas, China, América Central y el Caribe. El veterano militar, en lugar de enaltecer la guerra, su experiencia le llevó a una conclusión tajante: la guerra no es más que un negocio para las élites económicas. En su libro, expone con crudeza la relación entre el sector militar y el industrial, denunciando que el verdadero propósito de las guerras modernas no es la defensa nacional, sino el lucro empresarial.
Según Butler: “La Bandera ondea según el viento que insufla el dólar; y los soldados siempre siguen a su Bandera”. La frase refleja esa crítica, sugiriendo que la Bandera (símbolo de la nación y sus valores) solo es seguida por los soldados mientras el viento del poder económico (el dólar) la hace ondear en la dirección más rentable a sus intereses.
Las políticas de Trump en su segundo mandato encajan sorprendentemente bien en esta crítica. Si bien su discurso populista sugería un rechazo a la intervención militar, en la práctica ha aumentado el presupuesto de defensa y está promoviendo un modelo de guerra privatizada mediante contratistas y mercenarios. Este enfoque continuista de claro tinte empresarial ha permitido externalizar conflictos y reducir la presencia de tropas estadounidenses en el extranjero, mientras se fortalecía la industria de defensa con la venta de sistemas de armas y armamento a los bandos beligerantes.
En el caso de Putin, la estrategia ha sido diferente, pero el objetivo final es el mismo: consolidar el poder económico y geopolítico de Rusia. Ucrania no solo representa un punto estratégico clave en el mapa de Europa del Este, sino que es una fuente inmensa de materias primas esenciales para la industria tecnológica y armamentista. La dependencia de Europa del petróleo y el gas ruso le ha permitido a Putin tener una carta bajo la manga que utilizó hasta días antes de la invasión de Ucrania.
Por otro lado, la política exterior de Trump, apoyada por think tanks como la Fundación Heritage y el Proyecto 2025, ha consolidado una doctrina que favorece el uso del poder militar y económico para beneficiar directamente a los intereses corporativos. La presión a países aliados para aumentar su gasto en defensa, la imposición de sanciones económicas de aranceles como herramienta de control y la creciente privatización de la seguridad son manifestaciones de este modelo de “guerra rentable”.
Javier Milei y la motosierra del sistema
Si Trump rompió con el paradigma tradicional de la política en EE. UU., Javier Milei ha hecho lo propio en Argentina. Su discurso radical, que combina ultraliberalismo con una estética agresiva y disruptiva, ha generado un impacto global. La “motosierra” de Milei no es solo un símbolo de ajuste fiscal, sino también un mensaje de destrucción del establishment.
Al igual que Trump, Milei ha convertido la política en un espectáculo mediático, capitalizando la indignación de un electorado desencantado con las estructuras tradicionales. Su ascenso ha sido impulsado por redes sociales y el respaldo de sectores económicos que ven en él una oportunidad para desmantelar las regulaciones estatales.
Este fenómeno ha tenido repercusiones más allá de Argentina. Líderes y analistas internacionales han comenzado a ver a Milei como una pieza clave en el tablero de la nueva política global, donde la retórica populista, el desdén por las instituciones y la exaltación del libre mercado están redefiniendo las reglas del juego.
El riesgo para Europa: ¿qué pasará después de Ucrania?
Lo que hace inquietante esta nueva fase de la política internacional es su imprevisibilidad. En 2016, pocos imaginaban que un magnate inmobiliario como Trump sin experiencia política se convertiría en presidente de Estados Unidos. Hoy, el regreso de Trump a la Casa Blanca es un hecho, y su impacto en el orden mundial podría ser aún más profundo que en su primer mandato.
El problema es que la ambición de Trump y Putin no se detiene en Ucrania. Si Europa cede ante las propuestas ilícitas e injustas de estos dos líderes, el viejo continente podría verse en peligro. La idea de una Europa cómoda y estable se desmorona ante la perspectiva de una escalada en la lucha por los recursos estratégicos.
Putin ya ha dejado claro que considera a Ucrania solo el primer paso en su proyecto de restauración del poder ruso. Mientras tanto, Trump ha manifestado su desprecio por la OTAN y su voluntad de reducir el papel de Estados Unidos en la defensa de Europa. Si ambos líderes encuentran un punto de entendimiento, la UE podría verse atrapada entre la espada y la pared, obligada a tomar decisiones difíciles para proteger su soberanía, integridad territorial y estabilidad.
A este respecto, los dos mandatarios no esconden sus cartas. Las afirmaciones de Trump sobre las anexiones de Groenlandia, Canadá, el Canal de Panamá y la Franja de Gaza, convertida en un resort en el Mediterráneo, son algunos anticipos de su hoja de ruta a paso militar.
Por otra parte, Putin, su pareja en este romance interesado, tampoco se queda corto a la hora de recuperar la Rusia imperial, con la anexión de antiguas repúblicas como los países bálticos (Lituania, Estonia y Letonia) con el añadido de que, hoy por hoy, están bajo el escudo protector de la Alianza Atlántica.
El sobrevuelo del Cisne Negro
Si algo nos ha enseñado la historia reciente es que los Cisnes Negros no son hechos aislados, sino patrones que se repiten ultimadamente, lamentablemente, con demasiada frecuencia. En este sentido, la combinación de Trump, Putin, Milei y la creciente mercantilización de la política internacional podría ser el inicio de una nueva era en la que los Estados sean gobernados como empresas y la guerra siga siendo, como advirtió Butler, un negocio corporativo para unos pocos elegidos.
Europa debe estar preparada. Porque si cede ante la presión de estas nuevas fuerzas políticas, el siguiente movimiento podría ser aún más devastador que la invasión de Ucrania.
Y no hemos hablado del líder de una de las potencias mundiales, Xi Jinping presidente de la República Popular China que cuenta con un poder absoluto, tanto en el ámbito político como en el militar, y por ahora, está velando armas. Su boyante economía tecnológica amenaza tanto a los EE. UU. como a Rusia, habiendo desbancado a Europa. Por ahora no se han cruzado mensajes amigables entre ellos, si bien, Putin mantiene con Xi Jinping una entente cordiale, más que Trump. Veremos como termina este culebrón económico & empresarial. Todo es posible en este tablero de ajedrez. Las armas están en prevengan en guardia. Las banderas, blandiendo a los cuatro vientos…
Julio Serrano Carranza. Coronel de Aviación (Ret.) DEM. Ejército del Aire y del Espacio.
Blog: generaldavila.com
27 febrero 2025



























