Comprendo que no entiendan lo que está ocurriendo en la llamada Guerra de Irán. La de Troya duró diez años, pero solo quedó el relato de sus últimos 51 días. La cólera. Fue una lección de estrategia humana a la vez que una profecía.
Dedicarse a predecir cómo va a acabar una guerra es inútil además de muy peligroso, porque lo que ayer fue una victoria hoy es una derrota. Repasen. Hacer estrategia de salón tiene valor cero.
Dicen los sesudos estrategas (los hay de derechas y de izquierdas, lo que es el colmo) que Trump nunca tuvo un plan en Irán. Me permito unirme a la pléyade de sabios conocedores del mundo militar estadounidense para decir que no saben lo que dicen. Hay un plan militar junto al diplomático (vienen a ser los mismos) que se actualiza cada día, cada hora, cada minuto. Son numerosos planes derivados del único plan. El plan nuclear iraní. Lo que trae derivadas múltiples como son el régimen, el petróleo, la economía, la política, en definitiva la democracia y el equilibrio en la zona más fragil a día de hoy en el mundo.
El control de poder nuclear en la zona es más importante que el mismísimo flujo del petróleo. Lo nuclear a día de hoy no tiene alternativa. El petróleo sí; cada vez más. Su transporte también. Cada vez más rápido.
Trump está demostrando paciencia estratégica. ¿Juega al ratón y al gato? Su juego o acaba bien, es decir para muchos años, o puede revolverse peligrosamente contra él y en ello nos veremos todos envueltos.
Irán tiene a sus guerreros luchando entre ellos. A muerte. Le quedan a sus violentos guardias revolucionarios dos bazas a jugar: el estrecho de Ormuz y las elecciones estadounidenses de noviembre. En ellas se amparan. Son sus únicos misiles de largo alcance.
Trump tiene dos alternativas:
-Continuar con el desgaste iraní aplicando en dosis su plan militar, poco a poco, golpe a golpe, lo que le obligaría a dar un paso atrás y volver a cerrar el estrecho, y a la vez seguir con conversaciones diplomáticas. No parece que mientras siga el «poder militar» de la Guardia Revolucionaria sea posible llegar a un acuerdo.
-Acabar definitivamente, de una vez por todas, aplicando el plan militar previsto desde el principio con un feroz ataque en la zona de la angostura del estrecho finalizando en su profundidad.
En el juego de la guerra el resultado nunca se sabe hasta después de la batalla decisiva. Trump corre el riesgo de ser señalado como un bocazas y por muy vencedor que quiera mostrarse será visto por muchos como un derrotado. Se juega todo en las elecciones de noviembre y con él se la juega el mandato republicano.
Si lanza una ofensiva final tendrá que ejecutar su plan militar, previsto para un par de días. Han calculado las bajas, pero no quién será el vencedor según la retórica. La victoria se puede volver en su contra. Dependerá de muchos factores y el peor es el relato.
La situación que ha llevado a Irán a cerrar el estrecho en estos momentos en los que está en marcha la negociación es comprobar que EE. UU está abriendo nuevas rutas en Ormuz incontroladas por la Guardia Revolucionaria.
Piensa Vahidi que el memorándum es una trampa estratégica y que su firma conlleva su desaparición del poder.
Al otro lado de la Guardia Revolucionaria está un Irán hambriento deseoso de paz; incluso unas Fuerzas Armadas dispuestas a liderar una transición a la democracia.
Irán aguantaría el verano. La calderilla que le ha entrado en estos últimos días no le da para más.
Pero EE.UU sabe que militarmente si has amenazado una vez la segunda es descubrir tu punto débil, y estás enseñando el camino de la derrota. Militarmente es dejar descubierta la retaguardia y si esta está amenazada no hay victoria posible.
No queda tiempo. En la guerra quien maneja los tiempos se hace con el triunfo.
Aprendería del caballo de Troya si es que queda por ahí algún Ulises. Para ganar una guerra son necesarios tres factores: 1. Aquiles. 2. Ayax. 3. Ulises.
General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez
Blog: generaldavila.com
13 julio 2026


