SOLDADITO ESPAÑOL General de División (R) Rafael Dávila Álvarez

Soldados españoles en Letonia

Con paso doble marchaban los soldados convertida su aventura en danza popular de aquella guerra que hacía el pueblo con los hijos de sus entrañas: Cuba, Filipinas, África. Al mal tiempo buena cara, con pasodoble incluido, en honor de los que solo volverían muertos en campaña: Soldadito español, soldadito de España

La guerra ya no es algo popular, se ha profesionalizado y así el oficio de soldado se aleja del conjunto social, aunque siga siendo el mismo, con las mismas glorias y penas del pasado, con su grandeza y su enorme pobreza. Hace mucho tiempo que los soldados dejaron de ser algo próximo y conocido. Nadie ya les hace un pasodoble ni su nombre aparece en las portadas. Solo cuando truena; literal. El resto, la guerra, es algo alejado hasta del lenguaje castrense más puro y académico, reducido a melifluos términos más acordes con la hipocresía global: riesgo, amenaza, conflicto, enfrentamiento, adversario, el malo contra el bueno, y un sinfín de términos que eluden la realidad que todo lo engloba: la guerra.

Ahí está. Ahí está.

Evitamos pronunciar lo inevitable: llamar a las cosas por su nombre.

La recién aprobada Estrategia de Seguridad Nacional 2021 recoge, de pasada, la palabra guerra cinco veces; como en un afán de eludirla. El conjunto del documento prioritario de nuestra Defensa es una serie de divagaciones sobre un mundo novelado donde abunda la prosa anglosajona de difícil asimilación; seguramente para confundir al enemigo.

La guerra puede haber variado en sus procedimientos, pero sus honduras responden a los mismos pesares de la condición humana. Miguel de Cervantes: «Calla amigo Sancho, que las cosas de la guerra, más que otras, están sujetas a continua mudanza».

Evaristo San Miguel, general, político e historiador: «Organizar la fuerza armada de tal modo que hallándose siempre pronta a combatir con los enemigos interiores y exteriores del estado, nunca pueda moralmente ponerse encima de las leyes».

Permanentes cambios, enemigos interiores y exteriores: la inevitable guerra que se enmascara de mil formas y cambia su aspecto, su nombre.

La paz, nos dice Spinoza, es «no la ausencia de la guerra, […] Es una virtud, un estado mental, una disposición en pro de la benevolencia, la confianza, la justicia».

La guerra se disfraza en este continuo carnaval. Heráclito de Éfeso afirmaba como postulado fundacional, que «la guerra es el padre y el señor de todas las cosas. Y a unos hace libres y a los otros siervos». Inevitable.

Nos enseña la doctrina militar que «La tradicional frontera entre guerra y paz se difumina dificultando la identificación del final de dichos conflictos con la concepción clásica de victoria o derrota». Ahora ahí está.

Si no entendemos todo esto nunca adivinaremos la guerra del futuro —que puede haber ya estallado— y seguiremos anclados en el pensamiento de guerras pasadas.

Avisaba Clausewitz del peligro de que con un conocimiento imperfecto de los hechos creamos que «exista un desarme artístico del adversario sin causarle demasiadas heridas, y que tal sea la verdadera tendencia del arte de la guerra». Más claro si cabe: «Los errores que se dejan subsistir por benignidad son, precisamente los más perjudiciales».

Indefinición, efectos inconmensurables, inminente peligro. No nos confiemos.

Estos días con motivo del ataque de Rusia a Ucrania es recurrente hablar de despliegues y armamento, pero poco de los soldados que despliegan en el marco de la OTAN.  Heroico pueblo el ucraniano que se une ante la invasión que pretende cortar su libertad. Detrás, en su retaguardia, están los soldados de la OTAN, los de España.

¿Quiénes son esos soldados? Profesionales que se preparan para una trascendental misión por encima de cualquier otra. Dejémonos de eufemismos: la guerra.

La nobleza y grandeza de una nación se mide también por el cuidado de sus tropas, por no abandonar nunca a sus soldados. «El legionario romano juraba que había de servir a la República por tiempo de veinte años, si cumplidos estos continuaba en el servicio voluntariamente le distinguían con el nombre, honor y utilidad de veterano. Si dejaba el servicio le daban su licencia, que llamaban ejautoramentum, y el peculio castrense que le correspondía para que viviese con comodidad el resto de su vida» (Flavio Vegecio Renato, Instituciones Militares).

La preparación de un soldado es cada vez más especializada y requiere una forma de pensar y actuar que nada tiene que ver con otras profesiones. Es el único oficio donde se ofrenda la vida si necesario fuera. Donde el soldado es la pieza decisiva.

Suenan los tambores de guerra. ¿Y nuestros soldados? Inmersos en este cambiante escenario. Allí donde nadie quiere mirar ni pensar, están ellos. Ahora no se trata de pandemia, ni de la lava de un volcán, ni de incendios ni nevadas. Es el frente de guerra. En primera línea.

Los responsables políticos de nuestras Fuerzas Armadas sacan pecho exhibiendo nuestra preparación y adecuadas armas para junto a nuestros aliados hacer frente a cualquier contingencia en Europa o allí donde se nos reclame. Podemos certificar que nuestros soldados poseen una preparación y un espíritu que está entre los mejores del mundo. No hay la menor duda.

La duda surge de un problema lejano del que nadie quiere hacerse responsable y todos miran con recelo.

El planteamiento inicial para la profesionalización de los ejércitos escondió los gravísimos problemas que trajo la supresión del servicio militar obligatorio. En pocos años las unidades quedaron bajo mínimos y en algún caso sin operatividad. Profesionalidad equivalía a temporalidad, sin futuro, ni más salida que la de la puerta del cuartel y un infinito desagradecimiento. Los años de bonanza económica dejaron al descubierto los grandes errores cometidos. Ejércitos vacíos; buques sin tripulaciones, aviones sin volar y armamento sin soldados. Los Cuarteles cerrados y vendidos a precio de saldo.

Pretendíamos tener soldados a bajo precio y corto tiempo. Mano de obra barata y silenciosa. Unos años de esfuerzo, sacrificio y una despedida rápida y sin futuro.

La crisis económica hizo que de nuevo aumentasen las solicitudes para ser soldado. Pero la solución al futuro sigue sin llegar.

En época de crisis no hace mudanza. Cierto. Pero cuando veas las barbas de tu vecino cortar…

Lo único que sigue intacto es su espíritu y disponibilidad. La guerra llama a nuestras puertas y ellos están para recibirla. Son nuestros soldados.

Amós de Escalante nos hizo vibrar con una de las mejores definiciones de nuestro soldado, que merece nuestro recuerdo y compañía en estos momentos de incertidumbre. Aunque no sea con un pasodoble.

«No hay a su duro pie risco vedado;

sueño no ha menester, treguas no quiere;

donde le llevan va; jamás cansado

ni el bien le asombra ni el desdén le hiere:

sumiso, valeroso, resignado

obedece, pelea, triunfa y muere».

Nada impide, sino que exige el recuerdo y reconocimiento a nuestros soldados, pensar en ellos; y su labor aquí y allí, en la guerra.

Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

P.D. No puedo evitar recordar la irresponsabilidad del que por un puñado de votos dijo: «Sobra el Ministerio de Defensa» y aún tiene la desfachatez de hacerse una foto con ellos en el frente.

Blog: generaldavila.com

10 marzo 2022

EL PASTOR Y SUS OVEJAS CON LA TECNOLOGÍA. General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

No sé cuanto ha que no me pedían la hora (la hora no se pregunta, se pide, ¿me puede dar la hora?, como el turno en la pescadería: ¿quién da la vez?).

Suelo correr durante una hora todas las mañanas por los campos cercanos a Madrid. Uno de estos días me encontré con un rebaño de ovejas que pastaba en un barbecho mientras el pastor junto a sus perros las vigilaba sentado al borde del camino. Al pasar a su lado me pidió la hora. Eran las diez y veinte. Me ha asombrado. ¿La hora? Ni reloj, ni móvil, ni radio, nada, nada, o todo; un zurrón, un bastón, sombrero de paja, sus perros y sus ovejas. Todo. Menos la hora. ¿Sabrá cuando tiene que irse para el pueblo que está a unos 3 kilómetros? Después de hablar durante un rato con él he sacado la conclusión que conoce las horas y los días mejor que yo con la información que me da el móvil. Su petición al borde del camino ha sido de cortesía, él no necesita saber la hora, la lleva dentro por la posición del sol. De la misma manera que conoce  y mira de reojo a la pareja de aguiluchos ceniciento que nos sobrevuelan o cuándo llegan o se van las avutardas que en la lejanía me enseña levantando el bastón.

¿Lleva usted hora? Así se iniciaba en tiempos una amistad, al menos una conversación. Hoy me cruzo con alguno que como yo corretea por los caminos y es difícil que conteste al saludo.

El caso es que el pastor me ha dejado pensativo. Hay mucho que pensar. ¿Será un caso único? Me da la impresión que cada vez va a ser más frecuente. Que se estabilice esta epidemia, vivir enganchado (¿conectado?) las veinticuatro horas del día; regresaremos a otros modos de vida. Hoy vivimos conectados al que está lejos de nosotros  y desconectados del que está a nuestro lado; eso es lo que yo veo. No rechazo la tecnología, la uso como bendición y avance que es, me limito a ser un observador de lo que acontece y ya me gustaría poder colocar en su sitio las piezas de este puzle. Hoy mi asombro es por culpa de esta pieza que no encaja: ¿me da la hora?

El caso es que estos días como habrán podido comprobar me estoy dando un banquete de clásicos del Arte de la Guerra y al llegar a casa me ha saltado lo que intento entretejer de uno y otro.

Creía Sun Tzú,  y más tarde Lidell Hart, que el estratega hábil debía ser capaz de someter a su enemigo sin combatir, tomar sus ciudades sin sitiarlas y derribar sus gobiernos sin derramar sangre. Lo cual es un hecho patente en nuestra querida España. Hace falta saber quién es el estratega. Creo adivinarlo.

Aguilucho cenizo

Si tengo que reclutar un ejército recurriré a las Instituciones Militares de Flavio Vegeccio y mi primer recluta será el pastor, <<porque para la guerra no hay gente mejor que la del campo>> y porque <<más vale tener soldados fuertes que grandes>>. Porque el pastor ni está aborregado ni sometido al  hábil estratega.

¿De qué te sirve saber la hora si no sabes la posición del sol ni conoces el augurio de las aves? ¿Será por el abuso de lo que entra por ese cordón umbilical que llevamos colgando y que no sabemos muy bien a qué y a quién está conectado? ¿Será al hábil estratega?

No; no sabemos la hora sino que vivimos al dictado de la hora que nos envían. Si solo fuese la hora…

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

7 agosto 2019