Así empezó todo. Cólera, resentimiento, tradúzcalo cada uno como prefiera: la Ilíada.
Llegará un día, cuando todo haya pasado que habrá que dar respuestas y exigir responsabilidades. ¿Quién fue el que a entrambos los enzarzó en reyerta? Hasta ese día, y aún después, nos esperan tiempos recios: la Odisea.
Esto no se arregla con un simple cambio de gobernantes. Es más lo que hay que deshacer que lo pendiente por hacer. Si el mal pasase pronto, si amaneciese de nuevo, si lloviese y el sol saliese para todos, algún día cercano, habrá por delante un inmenso trabajo, casi inabarcable.
Reconstruir una ciudad arrasada por la guerra es una enorme labor, pero realizable, un trabajo conjunto que suele ir acompañando de la ilusión; nuevas oportunidades alegran los muchos quehaceres.
Reconstruir los adentros, las mientes de todo un pueblo castigado por imposiciones educativas y sectarias es muy difícil porque los rescoldos siguen produciendo daños que arrasan de nuevo bosques centenarios.
Las aguas vuelven pronto a su cauce después de una tormenta, las huellas del fuego desaparecen tras algunas primaveras, las heridas abiertas en las almas de los hombres tardan en cicatrizar y casi nunca llega el día del olvido total.
Cuando todo haya pasado y el mal político, tanto externo como interno, haya desaparecido, tendremos que arar con un buey y un burro, trabajar en verano e invierno. Difícil será saber por dónde empezar cuando todo está arrasado, nación y Estado. Quizá la forma política del Estado sea, entonces, ya irreversible.
Lo hecho, lo mal hecho, es provisionalmente definitivo, un oxímoron harto frecuente. No hay Reglamento provisional que dure menos de cien años.
España vive una permanente provisionalidad sin que llegue el día en que la nación se asiente en principios y afectos comunes.
Hace unos días escribí un artículo que parecía una despedida y así fue interpretado por una gran mayoría de los lectores de este blog. Les agradezco sus buenos deseos e impulso para seguir. No me voy a ninguna parte. Podría haber sido, pero no tengo lugar ni medios para ello, además he de confesarles que me siento muy arropado por ustedes, mis lectores, noto su compañía, y por tanto la moral nunca desfallece.
El Reglamento Táctico de Infantería cuando habla del «Combate» da una norma que recomiendo a todos y que debería formar parta de nuestras vidas:
«Queda prohibido replegarse o rendirse bajo pretexto de estar desbordado, envuelto, sin municiones o por ver retirarse a unidades o fracciones próximas. El repliegue de una tropa no puede resultar más que de una maniobra prevista por el Mando y ejecutada mediante órdenes explícitas, o por consignas precisas y claras, cuando se trate de puestos avanzados. Una unidad, por pequeña que sea, dueña de su fuego, puede sostenerse y combatir aislada durante varios días. Y una tropa que se quede sin municiones, combate a la bayoneta. Una fuerza que se rinde sin haber agotado todos los medios de defensa, está deshonrada, y su jefe es el responsable».
En mi artículo solo pretendía identificarme ante el enemigo y lo hacía también con lo ordenado en el mismo Reglamento que dice: «Si algún individuo es hecho prisionero por el enemigo, no deberá facilitar otros datos que los conducentes a establecer su identidad, tales como el nombre, apellido, fecha y lugar de nacimiento y grado o categoría en el Ejército, absteniéndose de dar otros detalles, tales como el regimiento o unidad a que pertenece, clase, número, situación de las unidades, etc., por los cuales pueda llegar a tener conocimiento el adversario de las operaciones a efectuar, comprometiéndose su éxito y la vida de muchos de sus camaradas. Si el prisionero es portador de alguna orden o consigna escrita, la hará desaparecer rápidamente, destruyéndola en forma que no pueda ser reconstituida, llegando incluso a tragársela».
Somos portadores de órdenes y consignas escritas en tablillas indestructibles y con rasgos inteligibles a distancia: está todo escrito en el alma del soldado.
Hasta ahí he llegado. Ya estamos todos identificados. Algunos, prisioneros, hemos logrado liberarnos sin revelar nada que no sea conocido.
Vuelvo a la tranquilidad del clásico, preparo la batalla, desde donde se explica todo:
«Canta, diosa, de Aquiles el Pelida, el resentimiento — ¡que mal haya!—
[…] ¿Quién fue de entre los dioses el que a entrambos los enzarzó en reyerta?».
El día después se acerca. Estemos preparados y unidos. Sin protagonismos. Lejos de sentirnos como el albatros de Baudelaire remontemos el vuelo, aunque sea hacia la tormenta.
¿Quién será capaz de enfrentarse al día después? Está todo por deshacer.
Rafael Dávila Álvarez
Blog: generaldavila.com
23 noviembre 2023




