LA CÓLERA DEL DÍA DESPUÉS. Rafael Dávila Álvarez

Así empezó todo. Cólera, resentimiento, tradúzcalo cada uno como prefiera: la Ilíada.

Llegará un día, cuando todo haya pasado que habrá que dar respuestas y exigir responsabilidades. ¿Quién fue el que a entrambos los enzarzó en reyerta? Hasta ese día, y aún después, nos esperan tiempos recios: la Odisea.

Esto no se arregla con un simple cambio de gobernantes. Es más lo que hay que deshacer que lo pendiente por hacer. Si el mal pasase pronto, si amaneciese de nuevo, si lloviese y el sol saliese para todos, algún día cercano, habrá por delante un inmenso trabajo, casi inabarcable.

Reconstruir una ciudad arrasada por la guerra es una enorme labor, pero realizable, un trabajo conjunto que suele ir acompañando de la ilusión; nuevas oportunidades alegran los muchos quehaceres.

Reconstruir los adentros, las mientes de todo un pueblo castigado por imposiciones educativas y sectarias es muy difícil porque los rescoldos siguen produciendo daños que arrasan de nuevo bosques centenarios.

Las aguas vuelven pronto a su cauce después de una tormenta, las huellas del fuego desaparecen tras algunas primaveras, las heridas abiertas en las almas de los hombres tardan en cicatrizar y casi nunca llega el día del olvido total.

Cuando todo haya pasado y el mal político, tanto externo como interno, haya desaparecido, tendremos que arar con un buey y un burro, trabajar en verano e invierno. Difícil será saber por dónde empezar cuando todo está arrasado, nación y Estado. Quizá la forma política del Estado sea, entonces, ya irreversible.

Lo hecho, lo mal hecho, es provisionalmente definitivo, un oxímoron harto frecuente. No hay Reglamento provisional que dure menos de cien años.

España vive una permanente provisionalidad sin que llegue el día en que la nación se asiente en principios y afectos comunes.

Hace unos días escribí un artículo que parecía una despedida y así fue interpretado por una gran mayoría de los lectores de este blog. Les agradezco sus buenos deseos e impulso para seguir. No me voy a ninguna parte. Podría haber sido, pero no tengo lugar ni medios para ello, además he de confesarles que me siento muy arropado por ustedes, mis lectores, noto su compañía, y por tanto la moral nunca desfallece.

El Reglamento Táctico de Infantería cuando habla del «Combate» da una norma que recomiendo a todos y que debería formar parta de nuestras vidas:

«Queda prohibido replegarse o rendirse bajo pretexto de estar desbordado, envuelto, sin municiones o por ver retirarse a unidades o fracciones próximas. El repliegue de una tropa no puede resultar más que de una maniobra prevista por el Mando y ejecutada mediante órdenes explícitas, o por consignas precisas y claras, cuando se trate de puestos avanzados. Una unidad, por pequeña que sea, dueña de su fuego, puede sostenerse y combatir aislada durante varios días. Y una tropa que se quede sin municiones, combate a la bayoneta. Una fuerza que se rinde sin haber agotado todos los medios de defensa, está deshonrada, y su jefe es el responsable».

En mi artículo solo pretendía identificarme ante el enemigo y lo hacía también con lo ordenado en el mismo Reglamento que dice: «Si algún individuo es hecho prisionero por el enemigo, no deberá facilitar otros datos que los conducentes a establecer su identidad, tales como el nombre, apellido, fecha y lugar de nacimiento y grado o categoría en el Ejército, absteniéndose de dar otros detalles, tales como el regimiento o unidad a que pertenece, clase, número, situación de las unidades, etc., por los cuales pueda llegar a tener conocimiento el adversario de las operaciones a efectuar, comprometiéndose su éxito y la vida de muchos de sus camaradas. Si el prisionero es portador de alguna orden o consigna escrita, la hará desaparecer rápidamente, destruyéndola en forma que no pueda ser reconstituida, llegando incluso a tragársela».

Somos portadores de órdenes y consignas escritas en tablillas indestructibles y con rasgos inteligibles a distancia: está todo escrito en el alma del soldado.

Hasta ahí he llegado. Ya estamos todos identificados. Algunos, prisioneros, hemos logrado liberarnos sin revelar nada que no sea conocido.

Vuelvo a la tranquilidad del clásico, preparo la batalla, desde donde se explica todo:

«Canta, diosa, de Aquiles el Pelida, el resentimiento — ¡que mal haya!—

[…] ¿Quién fue de entre los dioses el que a entrambos los enzarzó en reyerta?».

El día después se acerca. Estemos preparados y unidos. Sin protagonismos. Lejos de sentirnos como el albatros de Baudelaire remontemos el vuelo, aunque sea hacia la tormenta.

¿Quién será capaz de enfrentarse al día después? Está todo por deshacer.

Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

23 noviembre 2023

 

EL RANCHERO Y EL BUZO. LOS CAÑONES PUEDEN SER NECESARIOS. NUNCA SE SABE… General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

En una deliciosa biografía de Wellington escrita por Andrés Révesz, encontramos inspiración para la paz de las experiencias de la guerra. En alguna ocasión les he hablado de la batalla de Vitoria (21 junio 1813), pero no recuerdo haberles contado la anécdota de uno de los más bizarros oficiales ingleses de Artilleria, el capitán Ramsay.

Al empezar la batalla, Wellington le ordenó colocarse con su batería en un lugar apartado del frente, no parecía el más adecuado para el combate, con orden de no moverse de allí si él mismo no le daba la contraorden. Durante el desarrollo del combate el capitán Ramsay se desesperaba por su inacción, lejano al lugar que creía corresponderle cerca de las primeras líneas de combate.

Un general que por allí pasaba le recriminó.

-¿Qué hace usted aquí?

-Nada, aquí me ha colocado el marqués y  supongo que aquí tendré que quedarme.

El general pensó que aquello era inútil y ordenó al capitán que le siguiese con su Artillería.

El capitán obedeció.

Vencidos los franceses, se retiraban por la carretera de Pamplona, lo que se comunicó a Wellington diciéndole.

-Que lástima que no tengamos nada para detenerlos.

-¿¡Cómo que nada!?, exclamó el Duque.

-¿Qué hay con los cañones del capitán Ramsey?

Se le retiró del servicio. Ramsey volvió a los dos años a reintegrarse al Ejército y cayó junto a sus cañones en Waterloo.

Llevo días repitiendo: <<Que cada uno cumpla con su deber>>, y no otro. Los alardes o las reacciones teatrales de nada sirven en un jefe, sino para llevar a sus hombres a la derrota y a la muerte. Todos somos importantes en el lugar que a cada uno le corresponde por muy humilde o insignificante que nos parezca. Ni estar más arriba, ni más abajo, sino allí donde está tu lugar: cumple, lo mejor que sepas, cumple. Cumple, pero no te exhibas.

Nos enseña el antiguo Reglamento Táctico de Infantería: <<El oficial ha de abstenerse en el combate de realizar alardes inútiles de valor>> […] <<todas sus actividades y todo su valor, en el verdadero concepto de esta palabra, han de tender a conservar durante el mayor tiempo y en el más alto grado, las energías físicas y morales de su tropa…>>.

Veo alardes y pésima gestión en esta guerra contra el coronavirus. Surge repentinamente lo mejor y lo peor. Exhibiciones inútiles. Al final todo se sabe, pero no sé cómo se las apañan que no todo se juzga.

Les hablaba la pasada semana de estos bravos soldados, de bata y mascarilla, que luchan en primera línea del frente jugándose la vida, mal dotados y equipados, pero con la voluntad firme, el saber hacer y sacrificio ejemplares.

Falla la dirección de la guerra. Malos generales.

El que un día quiso organizarlos, sin saber nada de soldados, solo acertó cuando dejó escrito:

‹‹Un acto revolucionario, una resolución oportuna y útil, no califican para mandar. Si el ranchero impide que su batallón se subleve o el buzo de un acorazado logra que la oficialidad no se pase al enemigo con el barco, déseles un premio, pero no me hagan coronel al ranchero ni almirante al buzo. No sabrán serlo. Perderemos el batallón y el barco›› (Azaña. La velada en Benicarló)

No he encontrado mejor calificativo: el ranchero y el buzo. Uno con la sartén por el mango dándonos bazofia. El otro en las profundidades de las ciénagas. Obvio. No es necesario dar sus nombres. No les daría ni un premio, simplemente les haría abandonar la gestión. Bastante error se cometió haciéndoles coronel y Almirante. Han hundido el barco y traen hambre para todos.

Cada uno su deber. Cumplan la orden. No muevan los cañones de lugar. Pueden ser necesarios el día que huyan.

Diomedes intercambiando sus armas con Glauco

<<A Glauco, el Cabrero: ¡Glauco, guardián de los rebaños! Te pondré en la mente esta advertencia: Ante todo da de comer al perro junto a la puerta del patio, pues es quien primero oye al hombre que se acerca y a la fiera que entra en el cercado>> (Homero. Himnos).

Perderemos el batallón, el barco y… el perro murió, sin alimento, sin oír a la fiera que entraba. Lo habían matado.

El enemigo está ya dentro.

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

30 marzo 2020

EL VALOR EN EL SOLDADO. CATEDRÁTICOS DE VALENTÍA. General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Academia de Infantería. Capitán Arredondo

Es el Cid Campeador <<catedrático de valentía>> según el apotegma de Juan Rufo. Cátedra que entre españoles nunca quedó vacante. Su asignatura está escrita en la historia y nunca termina de redactarse el texto definitivo. El valor está en cada soldado, se le supone; hasta que el combate se lo reconoce: heroico, distinguido, reconocido. Los soldados somos permanentes alumnos de esa asignatura.

<<El oficial ha de abstenerse en el combate de realizar alardes inútiles de valor>> […] <<todas sus actividades y todo su valor, en el verdadero concepto de esta palabra, han de tender a conservar durante el mayor tiempo y en el más alto grado, las energías físicas y morales de su tropa…>>. Así dice el antiguo Reglamento Táctico de Infantería, olvidado en muchos casos, obsoleto para algunos, pero insustituible para el que conoce el arte de la guerra. Aunque ya no haya gritos de guerra, ni se cante en el momento decisivo el himno del Regimiento, siempre será necesario el valor y su expresión en el gesto, en la acción, en el comportamiento y en la formación. Se forman los valientes en el duro entrenamiento de la vida diaria. Coraje, empuje, frialdad, serenidad, furia, distintos tipos de valor que deben pasar por el crisol del honor para una vez fundidos construirse en el amor a la esposa, a los hijos, a los compañeros, al deber del juramento, a tu Patria. Lo hace en las cátedras de formación que están en las Academias Militares, en el entrenamiento diario, instrucción y adiestramiento, pero sobre todo y por encima de todo en la historia. Un soldado se forma en el valor y en el honor de sus antepasados.

Las primeras palabras que el hombre dejó escritas estaban dedicadas al valor: La Ilíada. La literatura occidental empieza con Homero; narrando las hazañas de los héroes alrededor siempre de esas virtudes: valor y honor. Si aquellas historias eran entonces memorizadas por los estudiantes hoy ya forman parte de nuestras entrañas. Porque la ciencia avanza y se desarrollan tecnologías, pero poco lo hace el alma, lo de dentro, que siempre sigue con los mismos interrogantes. La Ilíada sigue encabezando la modernidad. Todos seguimos siendo homéricos. Sus personajes, héroes o cobardes, son la cotidiana rutina de nuestra vida que no ha cambiado por dentro.

El valor y el honor brillan en La Ilíada junto al conocimiento de su irrenunciable necesidad para hacer frente al combate de la vida entera. En ella siempre están juntos el miedo y el valor, el odio y el amor, la sombra y la luz, lo mortal y lo inmortal: la vida al fin.

A veces es necesario reflexionar para ser valiente. Hay distintos valores, desde el reflexivo de Héctor que <<ha tenido que aprender a ser valiente y pelear en primera fila>> al de Aquiles que no necesitó aprendizaje.

El valor en los héroes de la Ilíada significa amar más la vida en su intensidad que en su duración. Es cosa de héroes.

Cada valiente muestra un rasgo definitorio y todos, a pesar de sus debilidades, lo son: valientes y honorables. Diomedes <<valiente en el combate>>, caballero y cortés, se atreve a luchar contra los dioses, lo divino y lo humano enfrentados, hiere a Afrodita, a Ares con su lanza. También es capaz de entablar tregua amistosa con su enemigo Glauco.

El gran Ayante Telamonio, como una roca, que no retrocede de donde le han puesto y allí permanece con impetuoso valor, siempre de cara.

Son soldados. Arquetipos de lo humano. Del valor y su contrario. Todo está en la Ilíada.

El valor junto al honor son rutina entre nuestros soldados. La gran mayoría de las historias permanecen ocultas. Incógnitos héroes. Causa extrañeza que no se haya concedido ni una sola condecoración al valor heroico o distinguido, Laureada o Medalla Militar, desde 1958 fecha en que se concedió la última Laureada al Caballero Legionario Maderal Oleaga en la acción de Edechera, la guerra olvidada de Ifni.

Héroes sigue habiendo. Guerras también. Hechos heroicos cada día. En este blog lo hemos contado. Proceso de concesión, de reconocimiento al valor distinguido, individual, ninguno que sepamos. ¿Qué es lo que impide distinguir el valor?

Esa es otra de sus características. No espera recompensa alguna. Aunque es necesario reconocerlo y difundirlo como ejemplo. Somos poco generosos a la hora de los reconocimientos.

En la entrada al comedor de la toledana Academia de Infantería hay una placa  que sobrecoge.

Dice así:

Comedor Capitán Arredondo

Caído en 1924 al frente de su Compañía de la Legión

Sesenta acciones de combate

Diez heridas de guerra

Un ascenso por méritos de guerra

Dos Laureadas de San Fernando

Correspondería que ese nombre <<Capitán Arredondo>> lo llevase el Patio de Armas de la Academia de la Infantería, donde forman a los infantes, donde reside la cátedra del valor.

En uno de los pasillos se puede leer la definición del valor heroico:

Comedor Capitán Arredondo. Academia de Infantería

<<Es la virtud que, con relevante esfuerzo de la voluntad, induce a acometer excepcionales  acciones, hechos o servicios militares, bien individuales o colectivos, con inminente riesgo de la propia vida, y siempre en servicio y beneficio de la patria o de la paz y seguridad de la Comunidad Internacional>>.

La cátedra del valor no está vacante. Son legión sus titulares, reconocidos o no, que cada día imparten su magistral lección desde el silencio y la humildad.

El texto sobre la valentía y el honor sigue escribiéndose. Nunca se acabará su redacción.

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

8 octubre 2019