ENTRE SOLDADOS SOLO MIRAMOS AL QUE MÁS AVANZA Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

La frase la pronunció un infante español: Cristóbal de Mondragón, Capitán de los Tercios de Flandes.

¿Hacia dónde avanzamos?

Todos tiran de los militares. Cuando truena. La UME es la Legión de ahora. Una muestra clara de la falta de cultura de Defensa y de nuestro despilfarro como nuevos ricos, que fuimos y aún creemos. Una nación pobre como la española no puede permitirse tener un ejército de servicios profesionales, que asume (¿invade?) competencias no suyas, y confunde el significado de misión con el de cometido. Se hace cada vez más urgente un debate sosegado y serio sobre las misiones de las Fuerzas Armadas y su estructura. De ahí surgirán sus cometidos y la posibilidad de acometerlos. No a capricho de un presidente y su partido político.

Algunos profesionales de la milicia piden una Ley de programación y financiación de la defensa, que está muy bien, es necesaria, siempre y cuando antes definamos la misión.

La Estrategia de Seguridad Nacional, la Directiva de Seguridad Nacional y de Política de Defensa, marcan la línea a seguir y, aunque presenten sus diferencias en función de la evolución y el partido político en el Gobierno, deben mantener un rumbo único que no provoque bandazos a estribor o babor que acaben desorientando a la nave o hundiéndola. Son muchos años de vaivenes  y desesperada espera para encontrar la definición del camino a seguir; puede que sin darnos cuenta, o sí, hayamos caído en el complejo de Penélope.

No se debe estructurar la Seguridad y Defensa desde una ideología partidista sino desde el concepto de nación. Es un mandato constitucional. Técnicamente los ejércitos están obligados a adoptar su estructura con el pensamiento puesto en las guerras futuras y no en las pasadas. Nunca se repitieron ni las formas ni los medios de la acción de anteriores conflictos bélicos; los elementos tampoco, ni siquiera el terreno; solo el hombre se mantiene.

La nueva estructura debe reflejarse en los presupuestos que son muestra inequívoca de querer cumplir con la misión. Son la expresión de la voluntad de proteger y vencer.

Los soldados no tienen el pico y la pala para quitar nieve, pero si hay que hacerlo se hace. Por ejemplo ahora, cuando se desborda la situación y las organizaciones creadas para ello se hacen a todas luces insuficientes.

Lo que no es bueno es acostumbrarse al totum revolutum y no diferenciar para qué tenemos, formamos  y presupuestamos cada organización, que por cierto alguna se ve ninguneada con el consiguiente malestar, no sin razón. Lo (y la) hay, aunque se oculte.

No se atisba en el horizonte una apuesta por la transformación de los ejércitos para la guerra del futuro cuando ya nos encontramos inmersos en ella. Una guerra muy cara que requiere ir hacia la especialización y no a disponer de mano de obra barata. ¿Nos estamos quedando en el camino?

Convendría hacer esa reflexión. No hablo de ningún diseño en concreto. Solo digo que hay que planteárselo, acordarlo entre todos, presupuestarlo y no someterlo a vaivenes partidistas. La fuerza está para dar Seguridad y Defensa en un escenario muy exigente, que ya está aquí, en el que la prevención evita daños más graves.

La atención debe centrarse en la inteligencia de allí donde se combate: «es la esfera cibernética, la espacial, la de aguas profundas y la biológica». En la introducción en el mundo desconocido de la manipulación de conciencias y de ciencia.

No se trata de comprar picos, palas y mangueras. Si eso queremos: bien. Digámoslo claro,  sin engañarnos a nosotros mismos ni a nuestros aliados. Tampoco es cuestión de doblar funciones de manera innecesaria. Cuando hay que echar una mano hasta el político coge la pala. O debe.

Caemos en el error de seguir anclados en un diseño anticuado para la Seguridad y Defensa lo que nos llevará a encontrarnos en breve con unas fuerzas que serán de todo menos fuerza.

Confundir misiones, presupuestos, funciones, matar moscas a cañonazos, mezclar churras con merinas, es signo de desorientación o peor: de una malísima gestión que se traduce en no hacer uso del dinero del contribuyente de manera adecuada y transparente: Corrupción en la gestión. ¿O forma parte de una política que conduce a un fin?

En el Capitolio hemos visto una escenificación de la nueva guerra en la que España también está sumergida y ¿perdida?

Eso sí, con aplausos a nuestros militares que en vez de dejarse engañar solo deberían mirar al que más avanza. Adivínenlo.

Necesitamos unas Fuerzas Armadas operativas, y eso quiere decir listas para el combate. El del futuro que ya está aquí.

«Dejad que huya gimiendo el ciervo herido

y el corzo siga retozando.

Cuando uno vela, el otro está dormido,

y de este modo el mundo va marchando». (Hamlet)

¡Esos Ejércitos!: «¡Glauco, guardián de los rebaños! Te pondré en la mente esta advertencia: Ante todo da de comer al perro junto a la puerta del patio, pues es quien primero oye al hombre que se acerca y a la fiera que entra en el cercado» (Homero. Himnos).

Tenemos unas magníficas Fuerzas Armadas, los mejores soldados del mundo (por cierto, también los peor pagados del mundo), conocemos su misión, pero damos bandazos en su estructura, no se termina ninguno de los programas principales, se asignan cometidos impropios de una modernas Fuerzas Armadas y poco a poco se va derivando hacia el desarme operativo, con menos medios para la guerra del futuro, que ya está aquí, lo que nos alejará de los centros de decisión y poder. Militarmente estamos dejando de ser.

No, no se trata de picos y palas, sino de Seguridad y Defensa.

Rafael Dávila Álvarez. General de División (R.)

Blog: generaldavila.com

18 enero 2021

 

EL RANCHERO Y EL BUZO. LOS CAÑONES PUEDEN SER NECESARIOS. NUNCA SE SABE… General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

En una deliciosa biografía de Wellington escrita por Andrés Révesz, encontramos inspiración para la paz de las experiencias de la guerra. En alguna ocasión les he hablado de la batalla de Vitoria (21 junio 1813), pero no recuerdo haberles contado la anécdota de uno de los más bizarros oficiales ingleses de Artilleria, el capitán Ramsay.

Al empezar la batalla, Wellington le ordenó colocarse con su batería en un lugar apartado del frente, no parecía el más adecuado para el combate, con orden de no moverse de allí si él mismo no le daba la contraorden. Durante el desarrollo del combate el capitán Ramsay se desesperaba por su inacción, lejano al lugar que creía corresponderle cerca de las primeras líneas de combate.

Un general que por allí pasaba le recriminó.

-¿Qué hace usted aquí?

-Nada, aquí me ha colocado el marqués y  supongo que aquí tendré que quedarme.

El general pensó que aquello era inútil y ordenó al capitán que le siguiese con su Artillería.

El capitán obedeció.

Vencidos los franceses, se retiraban por la carretera de Pamplona, lo que se comunicó a Wellington diciéndole.

-Que lástima que no tengamos nada para detenerlos.

-¿¡Cómo que nada!?, exclamó el Duque.

-¿Qué hay con los cañones del capitán Ramsey?

Se le retiró del servicio. Ramsey volvió a los dos años a reintegrarse al Ejército y cayó junto a sus cañones en Waterloo.

Llevo días repitiendo: <<Que cada uno cumpla con su deber>>, y no otro. Los alardes o las reacciones teatrales de nada sirven en un jefe, sino para llevar a sus hombres a la derrota y a la muerte. Todos somos importantes en el lugar que a cada uno le corresponde por muy humilde o insignificante que nos parezca. Ni estar más arriba, ni más abajo, sino allí donde está tu lugar: cumple, lo mejor que sepas, cumple. Cumple, pero no te exhibas.

Nos enseña el antiguo Reglamento Táctico de Infantería: <<El oficial ha de abstenerse en el combate de realizar alardes inútiles de valor>> […] <<todas sus actividades y todo su valor, en el verdadero concepto de esta palabra, han de tender a conservar durante el mayor tiempo y en el más alto grado, las energías físicas y morales de su tropa…>>.

Veo alardes y pésima gestión en esta guerra contra el coronavirus. Surge repentinamente lo mejor y lo peor. Exhibiciones inútiles. Al final todo se sabe, pero no sé cómo se las apañan que no todo se juzga.

Les hablaba la pasada semana de estos bravos soldados, de bata y mascarilla, que luchan en primera línea del frente jugándose la vida, mal dotados y equipados, pero con la voluntad firme, el saber hacer y sacrificio ejemplares.

Falla la dirección de la guerra. Malos generales.

El que un día quiso organizarlos, sin saber nada de soldados, solo acertó cuando dejó escrito:

‹‹Un acto revolucionario, una resolución oportuna y útil, no califican para mandar. Si el ranchero impide que su batallón se subleve o el buzo de un acorazado logra que la oficialidad no se pase al enemigo con el barco, déseles un premio, pero no me hagan coronel al ranchero ni almirante al buzo. No sabrán serlo. Perderemos el batallón y el barco›› (Azaña. La velada en Benicarló)

No he encontrado mejor calificativo: el ranchero y el buzo. Uno con la sartén por el mango dándonos bazofia. El otro en las profundidades de las ciénagas. Obvio. No es necesario dar sus nombres. No les daría ni un premio, simplemente les haría abandonar la gestión. Bastante error se cometió haciéndoles coronel y Almirante. Han hundido el barco y traen hambre para todos.

Cada uno su deber. Cumplan la orden. No muevan los cañones de lugar. Pueden ser necesarios el día que huyan.

Diomedes intercambiando sus armas con Glauco

<<A Glauco, el Cabrero: ¡Glauco, guardián de los rebaños! Te pondré en la mente esta advertencia: Ante todo da de comer al perro junto a la puerta del patio, pues es quien primero oye al hombre que se acerca y a la fiera que entra en el cercado>> (Homero. Himnos).

Perderemos el batallón, el barco y… el perro murió, sin alimento, sin oír a la fiera que entraba. Lo habían matado.

El enemigo está ya dentro.

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

30 marzo 2020