
Leyenda de San Eloy. Iglesia de Treffuntec Bretaña (Francia)
«Al empezar la obra»
Perdona si te hiero
con vana obra hermano hierro
Y tú , fragua: une tu calor
al fuego que por la obra siente mi
corazón.*
Caballos, jinetes y arneses se conjugan en el aire, y entre todo este mundo, está el hierro, en contacto con la tierra.
Tradición de tradiciones, y es que el herraje tiene mucho de mito y de leyenda.
He aquí un retazo de historia, un fragmento del pasado que se ha forjado al amor de la lumbre, aunque ignoro por qué los herradores de algunos pueblos solían estar íntimamente relacionados con el diablo, creo que eran simplemente egoístas, pues creían en Dios y en el diablo a partes iguales.
Hasta hace poco, en los pueblos, cuando el tiempo estaba demasiado recio para las labores del campo, las gentes iban a las fraguas a arreglar sus aperos, los herradores, que no herreros, fueron durante muchos años, la encarnación misma de la técnica, y en un momento estuvieron cerca de los alquimistas. Las fraguas, eran lugar cálido, donde se hilaban conversaciones pausadas sobre asuntos del cielo y de la tierra, del pueblo, de la capital y del mundo entero si se terciaba.
―«Y es que el colmo de todo herrador fue siempre tener que agarrarse a un clavo ardiendo»
Con el amor al caballo de siempre, del roce nace el cariño, y con una gran base científica, hoy tenemos herradores cada vez con más criterio, que elevan en todos sus aspectos a este, más que oficio, a este «arte» y a sus protagonistas «les maréchaux-ferrants» (¡como me gusta su nombre en francés !).
El «arte de herrar» es la única especialidad técnica que está estrechamente vinculada a toda nuestra historia, es un oficio que viene del pasado.
La importancia alcanzada en estos últimos años por el caballo deportivo, exige cada vez más una adecuada preparación a los profesionales que cuidan sus cascos, y en referencia a este dicho, se dice que:
―«No hay casco malo si el herrador es bueno, ni casco bueno si el herrador es malo»
Y como dicen que «más vale onza de casco que libra de oro», a través de los tiempos han evolucionado los sistemas para proteger esos cascos: desde las «soleas» o «hipo sandalias romanas», hasta las ultra ligeras del hipódromo fabricadas en aleación de aluminio para las carreras ( para los entrenamientos las de hierro), pasando por los sofisticados sistemas de polímeros en caliente, como el AMF francés o las herraduras Dallmer alemanas.
Como si le tuviéramos miedo, también el refrán aconseja: «Castra pronto, hierra tarde».
La herradura es un mal necesario, pero sin herradura no hay casco y sin casco no hay caballo.
Hablando de herradores, tengo por fuerza que acordarme de su patrón.
Nos cuenta una leyenda que, en el siglo XI, a un sacerdote pagano convertido al cristianismo con el nombre en España de San Eloy y en Europa por San Eligio, se le asignaron poderes especiales en la corrección y tratado de las extremidades de los caballos. Hoy es el patrón de los herradores de todo el mundo, con especial devoción en Francia y de forma particular al sur de Francia, en la región natural de La Camarga en la provincia de Provenza.
Eloy, orgulloso de su habilidad, escribió sobre el rótulo de su herradero:
― «Maestro de Maestros»
Y tú martillo.
Acompaña al corazón en su latido
con jocunda canción de amor*
Dios Padre envió a su Hijo para castigar su arrogancia, Jesús tomó la apariencia de un herrador y, al presentarse ante Eloy, este le encargó herrar un caballo muy valioso. Jesús dejó a un lado el sistema «Inglés o en Frío» y optó por el «Caliente o a la Francesa», pues aún estando solo, a Él le sobraba hasta el «sostenedor de pie».
Después de sangrar la fragua con el espetón y prepararla con el cayado, cortó de un tajo la mano del caballo a la altura del tercer metacarpiano. Con la cuchilla y el martillo quitó los remaches y, con la tenaza de extracción, levantó la herradura vieja. Calentó la nueva hasta ponerla al rojo cereza, la aplicó sobre el casco, sopló para desviar el humo que se desprendía y miró por la derecha, por la izquierda y por detrás para ver si estaba estrecha, ancha, larga o corta. Más tarde en la bigornia, repasó y corrigió defectos.
Para dar salida al casco, redondeó la pinza, hoy llamado «rolling», para mayor comodidad dio un progresivo descanso hasta los talones y, con una buena «justura», evitó presiones en la palma.
Con el punzón piramidal o estampa, abrió las claveras, puso de nuevo la herradura al fuego, con la ayuda del pujavante la asentó y al final la sujetó con los clavos bien incrustados para que no quedase «en solfa».
Más tarde, con su poder divino, puso el miembro en su lugar.
Cuando Eloy, asombrado, quiso hacer lo mismo, la sangre saltó a borbotones, haciendo temer por la vida del caballo. Jesús entonces le curó y Eloy, al reconocerle, imploró que perdonara su atrevimiento. A partir de ese día, quitó el letrero de su fragua y procuró, dentro de su sencillez, seguir tan profesional como siempre.
El rótulo pasó de «Maestro de Maestros» a «Maestro Herrador»
Muchas de estas técnicas bien las conocía Gioacchino Antonio Rossini, el «Cisne de Pésaro» como le llamaban sus amigos, el creador de la ópera bufa italiana y autor de «El barbero de Sevilla», pues trabajó unos años como aprendiz de herrador a orillas del Adriático, en su Pésaro natal.
Como todo buen aprendiz , su primer menester, consistía en aprovechar los rescoldos de la fragua para preparar el almuerzo de su maestro y adquirió tal maestría que, ya consagrado como músico genial, no perdía la oportunidad de lucirse ante sus amigos preparando, en su punto, grandes chuletones de buey.
Otras referencias, que no corresponden al hilo de la presente historia, suelen llevarnos a los muy internacionales canelones que llevan su nombre, pero fueron los asados la gran pasión de Rossini, tanto, que al cumplir los 37 años, se sintió tan cansado de la música que dejó de componer dedicándose por completo a la gastronomía.
Después de todo lo dicho y para terminar estas leyendas, recordar que Ricardo III, no tuvo paciencia para esperar a que su herrador introdujese el último clavo en una de las herraduras de su caballo, y de esa guisa, se puso al frente de sus tropas en la Batalla de Bosworth, que decidiría quien ocuparía el trono de Inglaterra.
En el fragor del combate, por falta de ese clavo, el animal quedó descalzo, tropezó, cayó al suelo y despavorido se fue de caña. Shakespeare inmortalizó la escena haciendo gritar al Rey pie a tierra «¡Un caballo!», «¡Mi reino por un caballo!».
Esas fueron las últimas palabras del Rey antes de morir a manos del conde de Richmond en el último episodio de la obra «Ricardo III» basada en la Guerra de los Treinta Años o de las Dos Rosas: la roja de Lancaster, y la blanca de York. Con la derrota y muerte en Bosworth del último monarca de la Casa de York, se puso fin a los Plantagenet y a tan larga guerra.
Un proverbio español dice desde entonces.
―«Por falta de un clavos e perdió una herradura; por falta de una herradura, un caballo; por falta de un caballo, una batalla; y por falta de una batalla , un reino».
Siempre el clavo sostuvo a la herradura, la herradura al caballo, el caballo al hombre y el hombre al universo.
Hoy al desaparecer el ganado del campo, las fraguas se han convertido en talleres de tractores y, los herradores en mecánicos autodidactas, pero lo cierto es que muchos terminaron pronto por ser consumados maestros y, sobre todo por una razón: habían hecho cuestión de honor, como siempre hicieron con los caballos, el que algo accidentado saliera del herradero andando.
Siempre he querido tener profesionales que elevasen en todos los aspectos, a este más que oficio, a este «arte» y a su protagonista, el Maestro Herrador, por el que siempre sentí respeto y admiración.
El herraje es una tradición de tradiciones, pues tiene mucho de mito y de leyenda, retazo de historia; fragmento del pasado que se ha forjado al amor de la lumbre y es que el sonido de una bigornia, tan puro como el de un esquilín, es un tintineo lleno de encanto producido por el más bello de los trabajos técnicos.
Así eran esos hombres y, yo no sé si un oficio de hoy puede ser tan hermoso, y llevar tanta retranca dentro. No creo que lo haya.
Y tú yunque:
como siempre, aguanta con tesón
el empuje de mis martillos
en su afán de creación…
¡Que tu regazo soporte otra vez la
idea¡
¡Que surja hoy más espontánea
más bella!*
* Un poema de forja.
Del herrero que no herrador (Pablo Remacha)
Zaragoza abril 2023.
Blog: generaldavila.com