TENDRÍA EL REY QUE HACERLO General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Alejandro Magno

No corren buenos tiempos. Son abundantes en traición. Y me refiero no a un juego de fidelidades o lealtades. Lo que quiero decir es que abunda el delito que atenta contra la seguridad de la patria. También la alta traición que es la cometida contra la soberanía o contra el honor, la seguridad y la independencia del Estado. ¿Les suena?

Claro que lo del honor que recoge la definición me suena raro. Honor en estos tiempos es extraña virtud que acaba con el que la ejerce.

Antes, los escritos oficiales, al menos los militares, se encabezaban con aquella frase: <<Tengo el honor de comunicarle…>>. Era cuando el honor priorizaba al contenido, cuando el continente era parte y arte para un buen conjunto.

Ahora no hay honor que valga. Se jura por nada o se promete, y se miente.

Por mi conciencia y honor. ¿Qué es la conciencia? ¿Qué es el honor? No sé si es en la guardería o en la universidad donde enseñan estas minucias. Debe ser un honor simbólico, como para quedar bien, un traje a medida, pero sin corbata y con chanclas.

Dejar todo en manos de lo tangible y material tiene sus consecuencias. El honor es algo abstracto, una filosofía muy complicada que no ha lugar. A mí me paga usted y a otra cosa. Cuánto vale, vale tanto, tanto vale; y si nada vale no vale.

Alejandro Magno convirtió en dinero todos sus bienes personales y los repartió entre sus amigos y partidarios leales. Pérdicas, uno de sus mejores generales, no aceptó nada y se atrevió a preguntarle:

-¿Qué te quedas para ti?

Alejandro contestó:

-La esperanza.

-La compartiremos, contestó el general.

Esperamos; desesperadamente.

El cobarde y traidor huye y se refugia. Necesita micrófono y despacho. Lo tiene; se lo pagamos todos. Waterloo.

Las cárceles se llenan con los que nunca soñaron con ella. Pestilencia. Nada es verdad ni es mentira.

Fueros, desafueros, desigualdades, fraccionamiento, enfrentamiento, y España al borde del acantilado de Kuiper.

No hubo crisis; ni la hay. Ensueño. Todo fue una simulación. Disimulemos.

Algo habría que hacer. Digo yo. El honor se ejercita sin mentarlo y se reconoce por las obras y no por los enunciados ni por los alborotos de la palabra. Hay ocasiones en las que un gesto puede cambiar una situación y es en los momentos de vacilación o desmayo cuando se hace más necesario. La crisis, sea del tipo que sea, material o moral, no se soluciona a base de leyes o decretos, ni de políticas económicas más o menos acertadas, ni siquiera con una buena gestión. De nada sirve hacer correctamente las cosas si lo que se está haciendo no es lo que hay que hacer.

No hace mucho les hablaba del embajador de Florencia en la corte española Francesco Guicciardini (1512-1514). Hoy recupero su memoria; del libro Relazione di Espagna: «Estando de embajador en España, caí yo en la cuenta de que el rey católico, príncipe poderoso y discretísimo, al plantear alguna nueva hazaña o tomar acuerdos de gran trascendencia, actuaba de suerte que, antes de que manifestara su intención, la corte y el pueblo ya la apetecían y se exclamaba: “Tendría el rey que hacerlo”. De modo que, al revelarse su acuerdo en el momento en que ya todo el mundo lo anhelaba y aguardaba, la mayor satisfacción y agrado se difundía entre los súbditos y en los reinos suyos».

Antes de que manifestara su intención, la corte y el pueblo ya la apetecían y se exclamaba: Tendría el rey que hacerlo. Tendría el rey que hacerlo.

Todo iba a quedar en una simulación. Pero se les fue de las manos.

Alejandro contestó:

-La esperanza.

-La compartiremos, contestó el general.

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

Blog: generaldavila.com

5 marzo 2019

 

SOBRE EL HONOR, EN LO MILITAR Y EN LO CIVIL. (Pedro Motas Mosquera)

El Honor

Como es bien sabido, el honor y el llamado espíritu de cuerpo han servido a lo largo de la historia a los propósitos más sublimes; sobre todo el honor militar que es antes que nada, la depurada actitud moral que sirve de presupuesto en el militar, junto a la disciplina y el valor para el más exacto cumplimiento del deber.

El honor, que no es patrimonio exclusivo de persona o grupo alguno, y por tanto tampoco de los militares, puede serle exigido a los mismos, bien por la transcendencia de la función pública que se les encomienda, bien por la delicadeza o potenciales efectos de los medios que se les confían. El militar tiene otros deberes y derechos; obedece a otras leyes y disposiciones, amén de las que obligan al ciudadano normal, viste de manera diferente y utiliza una jerga a veces no entendible por el común de los humanos.

El militar está armado y a él, como buen centinela, se le confía la defensa de la nación, la integridad y seguridad de sus territorios, su soberanía, la custodia de sus símbolos, y en ocasiones, incluso la vida de sus ciudadanos. Al militar se le confiere la potestad para disponer de los más sagrados valores de la patria. Este privilegio se le otorga a cambio de una sola y solemne garantía: su honor.

Culto al Honor

Por ello, el honor es el más noble estímulo del valor militar, representa el respeto hacia uno mismo; el ejercicio de la virtud, el deber y la rectitud, indica lo que se debe hacer, pero sobre todo lo que se debe evitar. La base del honor esta en nuestro corazón, en el corazón de los militares como soldados leales, dignos, íntegros e inalterables en el cumplimiento del deber. Ello permite el decoro y la reputación del soldado y su familia.

Hubo un tiempo en el que el honor era la principal fuerza motriz de cada gran hombre, bueno y decente. Todas las acciones de sus manos, cada pensamiento de su mente a su boca estaba terminando en sus labios, toda motivación para cualquier propósito válido para sus empresas; todas ellas fueron dictadas por un innato sentido del honor, objetivado para sostener el honor existente. El honor ha sido para un milenio el punto central en las historias que contamos a nuestros hijos con la esperanza de que también crecen para vivir con honor. Para hombres y mujeres de valor sería matar lo malvado, todo en un intento de satisfacer su sentido del honor.

No relegado solamente a los cuentos de hadas, el honor también se encuentra en todas las grandes narrativas de la historia. Los hombres y mujeres de honor hablan a las almas; que dicen lo que es real y verdadero en cada ser humano. La razón de esto es debido a que el honor, lo que determina, en sí es honesto, benévolo, bello y verdadero. El hombre honra a Dios, los profetas, y sus padres. Se hace honor a sus promesas, sus votos, sus leyes y sus deudas. Se rinde homenaje a sus atletas, los sabios, y un sinfín de grandes triunfadores en nuestra sociedad.

EL CÓDIGO DE LOS CABALLEROS

El código de los caballeros era el código de conducta para los caballeros de la Edad Media. Vivir bajo este código se esperaba que un caballero protegiese a los pobres, los débiles y los indefensos; servir al bien, buscar la justicia, y la justicia tenía en su conducta. Es a partir de ahí que el sentido del honor se convierte fácilmente identificable.

Es una obligación moral de actuar con honor, bondad y generosidad. En nuestra cultura de usar y tirar moderna no es de extrañar que tal noción ha pasado de moda. No solo en su culpabilidad, el individuo debe, por otra parte, admitir que un cinismo desconcertante invadió la actual psique moderna.

En una sociedad como la nuestra, en la que la carga cívica básicamente está en la ley, es común que el concepto de honor pierde rápidamente su relevancia en la sombra de la ley omnipotente. El hombre tiene la ley, que no tiene la más mínima necesidad de el honor o la moral o la ética, que dice lo que está bien y lo que está mal. Definir bien y el mal de esta manera es descuidado, y nada más.

El hombre debe ser libre de actuar como quiera, siempre que no haga ningún daño a los demás, y así sigue la filosofía moderna. Cada decisión en todos los hombres creará inevitablemente un efecto secundario porque ningún hombre es una isla. Mientras que el cáncer social del relativismo moral continúa extendiéndose en la sociedad moderna, nuestro sentido colectivo de honor sigue disminuyendo.

Un hombre, como ser honrado, debe defender las obligaciones humanas de una manera mucho más centrado que en el individuo y la sociedad materialista, esto es en lo espiritual y bueno; pero esta opción honorable a menudo requiere renunciar a los ideales modernos.

Debemos estar agradecidos porque el relativismo sea sólo una sombra, y no sea capaz de producir un objeto sombra. Debemos regocijarnos, porque aunque en declive, el honor no estará muerto, siempre y cuando aquellos que desean vivir una vida honorable lo conserven. Después de todo, recordemos que, para ser honestos, vivir de acuerdo con un código de honor, el mal nunca será una manera cómoda para caminar, pero como dicen en las palabras del Antiguo Testamento “La puerta es estrecha y angosto el camino”

Pedro Motas Mosquera

Blog: generaldavila.com

27 junio 2017